El velo alzado
Por George Eliot
3.5/5
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Información de este libro electrónico
El velo alzado (1859) es una nouvelle con sorprendentes elementos góticos y fantásticos que uno no suele asociar con la autora de Middlemarch. En ella, el joven Mortimer, un melancólico que tiene «la sensibilidad del poeta sin su voz», adquiere inesperadamente el don de leer el pensamiento de los demás: solo una persona se le resiste y es la prometida de su hermano mayor; sin embargo, una visión le anuncia que se casará con ella.
George Eliot
George Eliot (1819–1880) was the pseudonym of Mary Ann Evans, one of the defining authors of the Victorian era, who penned influential works such as Adam Bede, Middlemarch, The Mill on the Floss, and Silas Marner. Eliot began her career by writing for local newspapers, eventually running the Westminster Review. During her time there, she decided to become a novelist and chose a masculine pen name in order to avoid the rampant sexism of the day. Her first novel, Adam Bede, was an instant success. Eliot’s realist philosophy and deep characterizations were defining features of her work, and her classic novels have earned her praise as one of the English language’s top authors.
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Comentarios para El velo alzado
170 clasificaciones4 comentarios
- Calificación: 4 de 5 estrellas4/5
Sep 1, 2024
Una novela muy interesante aunque nunca pensé que fuera tan densa pese a su corta extensión. - Calificación: 3 de 5 estrellas3/5
Feb 27, 2011
A mini-book containing a short story about a man whose life is blighted by his ability to foresee the future and read other people's thoughts. - Calificación: 5 de 5 estrellas5/5
May 2, 2010
Gorgeous short story. Really beautifully written, and an intense read. - Calificación: 3 de 5 estrellas3/5
Feb 1, 2008
More of a short story than a novel (at only 60+ pages plus an afterwards by a modern writer), this was a fast, enjoyable read. Eliot's style and tone here reminded me of Frankenstein and a number of Poe's short stories.
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El velo alzado - George Eliot
NOTA AL TEXTO
George Eliot escribió El velo alzado en 1859 y el relato se publicó ese mismo año en la revista Blackwood’s Edinburgh. Sin embargo, no apareció en forma de libro hasta 1878, en la edición de Cabinet, juntamente con Silas Marner y Brother Jacob, a instancias de la propia autora. Sobre esta edición se basa nuestra traducción.
No me des otra luz, Dios mío,
que la que se transforma en energía fraternal;
ni poderes que desborden la herencia, fruto del esfuerzo,
que perfecciona, día a día, la naturaleza humana.
G.E.
CAPÍTULO I
Mi fin se acerca. En los últimos tiempos he sufrido varios ataques de angina pectoris, y, si todo marcha como de ordinario, puedo tener la esperanza razonable, me dice el médico, de que mi vida no se prolongue muchos meses más. A no ser que pese sobre mí la maldición de una fortaleza física excepcional, de manera similar a lo que sucede con mis facultades mentales, no gemiré mucho más tiempo bajo el peso insoportable de la existencia terrena. Si fuera de otra manera –si llegara a alcanzar la edad deseada y prevista por la mayoría de los hombres– podría decidir si el dolor causado por una esperanza decepcionada puede superar al del conocimiento anticipado. Porque sé cuándo moriré y todo lo que sucederá en mis últimos momentos.
Exactamente en el plazo de un mes a partir de hoy, el 20 de septiembre de 1850, estaré sentado en esta silla, en este mismo estudio, a las diez de la noche, anhelando la muerte, agotado por mi continuo penetrar en las mentes ajenas y por mi capacidad para prever el futuro, sin ilusiones y sin esperanza. Cuando, como ahora, esté contemplando la lengua azul de una llama surgida del fuego, y mi lámpara brille con luz mortecina, la horrible contracción recomenzará en mi pecho. Solo tendré tiempo de alcanzar el cordón de la campanilla y tirar de él con violencia antes de que me domine la sensación de asfixia. Pero nadie contestará a mi llamada. Y sé muy bien por qué. Mis criados, que son amantes, se habrán peleado. Mi ama de llaves se habrá marchado de casa en un arrebato de ira, dos horas antes, con la esperanza de que Perry crea que está dispuesta a suicidarse ahogándose en el lago. Perry terminará por asustarse y saldrá tras ella. La pinche se habrá dormido, sentada en un banco: nunca acude cuando llamo; el sonido de la campanilla no consigue despertarla. La sensación de ahogo irá en aumento; se me apagará la lámpara, produciendo un olor espantoso; haré un gran esfuerzo para conseguir que la campanilla suene de nuevo. Anhelo vivir, pero nadie vendrá en mi ayuda. Solía dominarme la sed por lo desconocido, pero esa sed ya no existe. Dios mío, déjame seguir con lo que ya conozco hasta que me canse de ello; con eso me doy por satisfecho. La angustia del dolor y de la asfixia… y, mientras tanto, la tierra, los campos, el arroyo guijarroso debajo de la grajera, el suave aroma del aire cuando ha llovido, la luz de la mañana a través de la ventana de mi cuarto, el calor de la chimenea después del aire helado, ¿los ocultará para siempre la oscuridad?
Oscuridad…, oscuridad…, sin angustia; la oscuridad tan solo; pero yo sigo avanzando a través de la oscuridad; mis pensamientos continúan a oscuras, pero siempre con la sensación de avanzar…
Antes de que llegue ese momento, quiero utilizar mis últimas horas de tranquilidad y lucidez para narrar la extraña historia de mi vida. Nunca me he confiado por completo a ningún ser humano; nunca se me han dado motivos para esperar mucha comprensión de mis semejantes. Pero todos disfrutamos de la oportunidad de obtener un poco de compasión, un poco de ternura, de caridad, cuando hemos muerto; solo a los vivos es imposible perdonarlos; solo a los vivos niegan los hombres indulgencia y respeto, al igual que el fuerte viento del este impide la lluvia. Mientras el corazón late, hiérelo: es tu única oportunidad; mientras los ojos aún puedan volverse hacia ti con una tímida súplica en la que tiemblen las lágrimas, destrózalos con una mirada helada que niegue toda respuesta; mientras el oído, ese delicado mensajero capaz de llegar al más íntimo santuario del alma, pueda aún percibir las tonalidades del afecto, recházalo con fría cortesía, o con un cumplido sarcástico, o con una rencorosa simulación de indiferencia; mientras el cerebro creador aún se estremece por un sentimiento de injusticia, cuando anhela un reconocimiento fraternal, apresúrate, no le des tregua y golpéalo con tus juicios imprudentes, tus comparaciones triviales, tu despreocupada manera de desfigurar las cosas. El corazón terminará por detenerse, ubi saeva indignatio ulterius cor lacerare nequit*; los ojos dejarán de suplicar; el oído ensordecerá; el cerebro habrá renunciado a todos sus deseos y a toda actividad. Podrás entonces dar expresión a tus frases caritativas; podrás recordar y apiadarte del esfuerzo, de la perseverancia y del fracaso; honrar como es debido la tarea realizada; quizá encuentres excusas para los errores y tal vez consientas en enterrarlos.
He aquí una redacción escolar sin interés; ¿por qué me detengo en ella? Tiene muy poco que ver conmigo, pues no dejaré obras que los hombres puedan celebrar. Carezco de familiares cercanos que reparen, llorando sobre mi tumba, las heridas que me infligieron cuando me hallaba entre ellos. Quizá, después de muerto, la historia de mi vida me gane más comprensión de algún desconocido de la que jamás esperé de mis deudos cuando
