El Dios de la alegría y el problema del dolor
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¿Cuánto hay de cierto en esto? ¿Cómo reaccionar ante el dolor? ¿Por qué me pasa eso a mí, y no a otro? Contemplamos cada cierto tiempo desastres naturales, males físicos y morales que dejan al hombre abatido y desconcertado. ¿No podía Dios haberlos evitado? ¿No podía haber construido un mundo mejor? ¿Qué explicación ofrece la fe católica?
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El Dios de la alegría y el problema del dolor - Jorge Ordeig Corsini
JORGE ORDEIG CORSINI
EL DIOS DE LA ALEGRÍA Y EL PROBLEMA DEL DOLOR
EDICIONES RIALP, S.A.
MADRID
© 2015 by JORGE ORDEIG CORSINI
© 2015 by EDICIONES RIALP, S.A.
Colombia, 63, 28016 Madrid
(www.rialp.com)
Realización ePub: produccioneditorial.com
ISBN: 978-84-321-4592-6
No está permitida la reproducción total o parcial de este libro, ni su tratamiento informático, ni la transmisión de ninguna forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopia, por registro u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del copyright. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita reproducir, fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.
ÍNDICE
PORTADA
PORTADA INTERIOR
CRÉDITOS
PARA COMENZAR
PARTE I. LAS CAUSAS DEL DOLOR
I. EL PROBLEMA
El Dios de la alegría
El escándalo del mal
Existencia real del mal
¿Dios tiene la culpa?
Complejidad del problema
II. PRIMERA APROXIMACIÓN
Males morales y males físicos
Lenguaje piadoso y lenguaje real
Dios creador de todos los bienes
III. DIOS Y EL MAL MORAL
El mal moral
La fuerza de la libertad
Los límites de la omnipotencia divina
¿Por qué la libertad?
IV. ¿DIOS «PERMITE» EL MAL?
El término «permitir»
Dios prohíbe el mal
¿Las madres «permiten» que su hijo sufra y muera?
V. DIOS Y EL MAL FÍSICO
Efectos colaterales
La pregunta incontestable: ¿por qué a mí?
No intentar explicar lo inexplicable
La autonomía de este mundo
La Providencia y el mal
¿Providencia o casualidad?
La dichosa complejidad
VI. ALGUNAS CUESTIONES PUNTUALES
La asimetría del bien y del mal
¿Dios no podría haber construido un mundo mejor?
Los males «inarreglables»
¿Por qué no me quita Dios el dolor?
PARTE II. CARA A CARA FRENTE AL DOLOR
VII. ¿CÓMO REACCIONAR ANTE EL DOLOR?
El dolor no es un castigo de Dios
Tampoco es un «regalo» de Dios
Luchar contra el dolor y la desgracia
Vencer el mal con el bien: perdonar
No hipervalorar el mal: siempre hay mucho bien
VIII. EL SENTIDO DEL DOLOR
Sentido y finalidad
La sirena de alarma
El sinsentido del dolor
Dar sentido al dolor: no ¿por qué?, sino ¿para qué?
Desde una perspectiva humana
IX. ¿QUÉ ESPERA DIOS DE NOSOTROS?
Alegría y felicidad
Un gran regalo de Cristo
Una llave para la puerta del cielo
Amar la voluntad de Dios
Corredimir: unirse a Cristo en la Cruz
Dios está junto a los que sufren
Sonreír en medio del dolor
El Dios de la alegría
BIBLIOGRAFÍA COMENTADA
JORGE ORDEIG
PARA COMENZAR
Antes o después, siempre nos llega el sufrimiento. En eso somos todos iguales. ¿Quién no ha tenido algún dolor? ¿Quién no se ha preguntado alguna vez «por qué me pasa esto»?
Sin embargo, somos muy distintos en cómo afrontamos esos males. Tanto por experiencia personal, como por haberlo visto en distintos medios de comunicación, conocemos a personas que disfrutan de grandes comodidades y no son felices; y a otras que, encontrándose en medio de situaciones dolorosas, son capaces de derramar a su alrededor alegría y serenidad.
Esto ha llevado a los hombres, casi desde que surgieron las primeras incipientes filosofías, a plantearse el problema de la felicidad y el sufrimiento. Mas a pesar del interés suscitado, aún no se ha llegado a contestar plenamente al interrogante originado por la cuestión del mal, del dolor y del sufrimiento.
La cuestión llega a adquirir tintes casi dramáticos en algunos cristianos: al no comprender el dolor y no enfocarlo correctamente, llegan a perder la alegría e incluso a desconfiar de Dios. Es la consecuencia más grave cuando no conseguimos responder a los problemas planteados por el sufrimiento.
Me gustaría que este libro pudiera leerlo cualquier persona, sin ninguna preparación especial: el dolor y el sufrimiento están presentes en la vida de todos, y todos necesitamos alguna ayuda para saber afrontarlos. Por este motivo he evitado utilizar una terminología demasiado filosófica y he reducido al mínimo el aparato crítico de citas y notas a pie de página.
Al final comento alguna bibliografía sobre el problema del dolor, para quien desee profundizar más. Hay bastante escrito, pero como no estoy de acuerdo con algunos autores, pongo solo los libros que me parecen más interesantes. Destacaría un libro de Lewis, El problema del dolor, desde un punto de vista humano; y un libro de Carlos Cardona, Metafísica del bien y del mal, desde una vertiente más filosófica.
En la Parte I del presente libro intento dar una explicación lo más racional posible de las causas del mal y del dolor en el mundo. Aunque se evita el lenguaje excesivamente filosófico, no deja de ser una aproximación teórica, buscando una comprensión intelectual de la cuestión.
La Parte II aborda no ya el problema teórico, sino qué hacer cuando uno se encuentra inmerso en un grave sufrimiento. Intentaré dar algunas ideas de cómo afrontar el dolor desde una perspectiva meramente humana, y también desde otra más sobrenatural, cristiana.
En este asunto hay pocas verdades dogmáticas. La mayor parte de las cuestiones que se tratan aquí están abiertas a la libre discusión. Solo algunos pocos puntos hay que afirmarlos con la fuerza de la doctrina de la Iglesia: los haré notar. Sobre el resto, cada uno puede pensar como quiera. Pero… es importante pensar bien.
En el fondo, como queda dicho, la cuestión permanece irresoluta: no tengo la pretensión —sería absurdo— de intentar decir la última palabra. Pero sí quisiera ayudar al lector a replantearse esta cuestión y a buscar, cada uno, las mejores líneas de pensamiento para poder afrontar el dolor. Todos somos buscadores de la verdad, y cualquier idea que nos ayude a acercarnos a ella es bienvenida
PARTE I
LAS CAUSAS DEL DOLOR
I. EL PROBLEMA
El Dios de la alegría
Una primera consideración, antes de abordar de lleno la cuestión del sufrimiento: la casi totalidad de las realidades humanas no son digitales, sino analógicas. En este mundo tan digitalizado en el que vivimos, conviene recordar que en la mayor parte de los aspectos de nuestra vida, no se trata tanto de ceros y unos, de sí y no… sino de más o menos, de mejor o peor. No se trata solo de ser estudiante, sino buen estudiante. No se trata de estar matriculado en un curso, sino de estudiar de verdad. Se puede ser mejor o peor estudiante, sin dejar de ser estudiante.
Lo mismo pasa con cualquier otra actividad a la que nos dediquemos: conductor, atleta, funcionario, cocinero, padre de familia o lo que sea: se tratará de ir consiguiendo mejorar y, si es posible, alcanzar un cierto grado de excelencia.
También sucede con el cristianismo: no se trata tanto de estar apuntado como cristiano, sino de ser un buen cristiano. El mero hecho de estar apuntado no sirve de casi nada. Una persona puede estar matriculada en un curso… y no servirle de nada. Si no va a clase, no abre un libro, ni se presenta a los exámenes… ¿de qué le ha servido «ser estudiante»?: de nada. De hecho es como si no lo fuera. Pues con el cristianismo sucede algo análogo: podemos estar apuntados en la lista oficial de los cristianos… y vivir como paganos.
¿Cómo puedo medir mi cristianismo? ¿Cómo puedo saber si soy buen cristiano? Los estudiantes tienen un medio muy concreto para saber si son o no buenos estudiantes: los exámenes son un termómetro bastante claro del esfuerzo y la capacidad de cualquier alumno.
¿Los cristianos tenemos algún termómetro para saber si estamos siendo buenos cristianos? Me parece que sí: hay bastantes. Uno indudable es la preocupación por los demás, la caridad. Pero hay otro también muy claro: el modo como entendemos a Dios. Podemos acercarnos a Él como a un Padre amoroso, que se desvive por nuestra felicidad y nuestra alegría… o podemos verle como un ser terrible y enigmático, alejado de nuestra preocupación por ser felices e, incluso, como causa de nuestros males.
Los cristianos decimos y repetimos que Dios es el Dios del amor y de la alegría. Es casi el núcleo de la enseñanza cristiana, según recogen los evangelios. Cuando el papa Francisco ha escrito un documento con carácter programático, según él mismo dice, lo ha titulado Evangelii gaudium: «La alegría del evangelio». El cristianismo ha afirmado esta verdad desde siempre, y el último pontífice la está subrayando cada vez con más fuerza[1].
En consecuencia, ser cristiano es, en su núcleo más fundamental, confiar en Dios. Si un cristiano no confía en Dios… difícilmente puede decir que es cristiano. Pero solamente confiamos de verdad en aquellas personas a las que amamos y de las que nos sentimos amados. No se puede confiar en un enemigo, en una persona que nos hace el mal, que nos hace sufrir.
Si de algún modo se nos mete en la cabeza que Dios es el responsable de nuestros sufrimientos… ¡qué difícil será que podamos confiar en Él! Por tanto, el problema del dolor nos acerca al punto esencial del cristianismo. O más bien, un error en el enfoque de la cuestión del mal nos puede hacer desconfiar de Dios: puede alejarnos de Él y hacer tambalear nuestra fe cristiana.
Solo si vemos a Dios como el Dios de la alegría, del amor y de la paz, podremos confiar en Él, podremos ser verdaderamente cristianos.
El escándalo del mal
Frente al Dios de la alegría, se levanta lo que se suele llamar el «escándalo del mal». El Catecismo de la Iglesia Católica lo plantea con las siguiente palabras: «Si Dios Padre Todopoderoso, Creador del mundo ordenado y
