Filosofía breve de la vida
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Los infinitivos elegidos pronto se descubren como puertos en los que restaurar la curiosidad y continuar el viaje en búsqueda de la verdad. La filosofía que acompaña cada instancia visitada por el autor nunca fue más cálida y acogedora; la erudición está al servicio del entendimiento, y la brevedad al de la claridad; de ahí el título de este libro en el que cada página es un regalo porque, como señala el autor, «Saber no es solo algo que podamos tener sobre la vida, sino vida misma intensificada según un modo particular: la comprensión. Pensar lo que vivimos forma parte de vivirlo también más humanamente, más de manera plena según nuestro modo de ser».
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Filosofía breve de la vida - Higinio Marín Pedreño
Higinio Marín
Filosofía breve de la vida
© El autor y Ediciones Encuentro S.A., Madrid 2025
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Colección Nuevo Ensayo, nº 156
Fotocomposición: Encuentro-Madrid
ISBN: 978-84-1339-216-5
ISBN EPUB: 978-84-1339-549-4
Depósito Legal: M-254-2025
Printed in Spain
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Redacción de Ediciones Encuentro
Conde de Aranda 20, bajo B - 28001 Madrid - Tel. 915322607
www.edicionesencuentro.com - info@edicionesencuentro.com
Índice
Agradecimientos
Introducción
Vivir y saber
1. Nacer
2. Crecer y madurar
3. Andar, correr, saltar, lanzar
4. Jugar
5. Obedecer
6. Elegir
7. Distinguirse
8. Salir
9. Volver
10. Volver a empezar
11. Comer
12. Bañarse
13. Dormir
14. Cuidar
15. Invitar
16. Pasear
17. Saludar
18. Agradar
19. Aprender a leer
20. Leer y escribir
21. Leer y vivir
22. Pensar
23. Pensar y creer
24. Juzgar
25. Hablar
26. Escuchar
27. Atender
28. Ver y oír
29. Tocar, abrazar, besar
30. Intimar
31. Tener hijos
32. Alegrar-se
33. Llorar
34. Perdonar
35. Trabajar
36. Tontear
37. Rogar y ofrecer
38. Agradecer
39. Quitar, tener y dar
40. Adornar y regalar
41. Prometer
42. Honrar
43. Aplaudir
44. Alabar
45. Gobernar
46. Cantar y bailar
47. Contar el tiempo
48. Recordar
49. Esperar
50. Sepultar
51. Morir
A mi hija, Paz Marín Cánovas, que no separa vivir y pensar
Agradecimientos
A Higinio Marín Cánovas, Paz Marín Cánovas, Enrique Anrubia y José Fernández Castiella tengo que agradecerles la lectura, corrección y sugerencias para mejorar el texto.
También a Ruth Cánovas y a nuestra familia y nuestras familias, amigos y compañeros que son el verdadero tema de este libro.
No habría podido escribirlo sin la eficiente y cuidadosa organización de mi actual trabajo que hace Amparo Carbó. Ni lo habría escrito ahora sin Ediciones Encuentro y su director, Manuel Oriol, de cuya amable invitación surge el esfuerzo por acabarlo.
Finalmente, quiero agradecer a la Universidad CEU Cardenal Herrera haber llevado una vida de estudio durante muchos años, y a sus estudiantes que han sido casi siempre sus primeros destinarios.
Introducción
Vivir y saber
«Gris es toda teoría», mientras que «verde es el árbol de oro de la vida» (Fausto). Goethe consagró la idea de que la vida y el saber se excluyen y no es posible tener uno sin perder el otro. El saber, y sobre todo la teoría, no haría más que disecar la realidad siempre más vital y colorida, así que distintos son el árbol de la Vida y el árbol de la Ciencia, verde y vital el primero, ceniciento el segundo.
En dirección opuesta a la de Goethe está Aristóteles: no solo el conocimiento es intensamente vital, sino que la vida de los que no somos todo conocimiento se profundiza mediante el conocer (también mediante conocer que no somos solo conocimiento). El discípulo de Platón lo piensa al hilo de su teoría de las operaciones vitales, entre las cuales —locomoción, nutrición, crecimiento, reproducción, percepción¹— ninguna le parece más vital que el conocimiento mismo.
Siguiendo al viejo Aristóteles cabe incluso ir un paso más allá: las formas más humanas y plenas de andar, de alimentarse y sentir, también del sexo, son las que satisfacen a su modo y al mismo tiempo el deseo de conocer, de manera que se convierten en pasear, viajar, celebrar, amar. Dicho más directamente: muchas acciones humanas, sobre todo las que Aristóteles llama operaciones vitales, además de satisfacer sus deseos específicos, también persiguen a su modo el deseo de conocer. Y si cabe pensar que el amor es todavía más pleno que el conocimiento es también porque no hay forma más intensa de conocer que amar. De hecho, el único modo de superar el efecto espejo del conocimiento y alcanzar la presencia real del otro, incluso de lo otro, es amarlo. No obstante, no hay amor que renuncie a conocer lo amado, incluso a habitarlo conociéndolo.
Además, la conciencia intensifica aquello de lo que es conciencia. Por eso, contra lo que se suele creer, una inteligencia penetrante está más presta a las pasiones: encuentra más razones para la ira, el gozo, la pena y la gratitud. De hecho, lo que los animales no tienen son pasiones porque en ellos la realidad apenas hace mella. Es cierto que las pasiones nos pueden conducir a formas poco sensatas o racionales de conducirnos, pero la fuente de esas pasiones es también el conocimiento al que pueden arrollar en su precipitarse. Aunque parezca paradójico, lo cierto es que nos podemos conducir irracionalmente porque somos racionales. Los animales no pueden.
Así pues, la conciencia intensifica aquello de lo que es conciencia, pero no según la naturaleza propia de lo sabido, sino del saber: nadie es más alto por la conciencia de serlo, pero sí es alto de otro modo, ante uno mismo y ante los otros, y como no lo era antes de saberlo, por ejemplo. La estatura también puede ser poseída de muchos modos además de la nuda altura física, siempre relativa.
Sin embargo, no se trata solo del simple incremento de la opresión que se produce mediante la conciencia de estar oprimido², y que Marx preconizaba como desencadenante de la lucha de clases. Se trata, más bien, de que la conciencia comprensiva de lo vivido intensifica y perfecciona su experiencia, esto es, se vive más y mejor lo que se comprende al vivirlo, también la injusticia, y de ahí la ira del justo.
Así que pensar la vida es también vivir más intensa y perfectamente lo vivido al comprenderlo, aunque sea en la medida limitada de nuestras fuerzas. Saber no es solo algo que podamos tener sobre la vida, sino vida misma intensificada según un modo particular: la comprensión. Pensar lo que vivimos forma parte de vivirlo también más humanamente, más de manera plena según nuestro modo de ser. El vitalista tiene muy buenas razones para ser meditabundo. A condición de que no se confunda lo pensado con lo real, pensarlo profundiza su realidad, y, además, profundiza la realidad misma del que piensa.
Así que, un paso más allá, resulta que conocer no es solo algo que podemos hacer por nuestro modo de ser, sino que —como dice Jacinto Choza— el hombre para serlo necesita saberlo, al menos para serlo según su forma más propia y cumplida. Y como somos un tipo particular de vida orgánica, cabe concluir que forma parte esencial de nuestra vida conocerla en sí misma y mediante sus actividades (respectivamente vida en acto y operaciones vitales o actos segundos que dirían los aristotélicos). Y el primer rendimiento de ese conocimiento es que la vida es más bien vivir, así en infinitivo, verbo y no tanto como sustantivo³, o mejor, lo sustantivo de la vida es su condición viviente.
Los clásicos medievales tradujeron y asumieron la máxima aristotélica «la vida es el ser para los vivientes»⁴, vita viventibus est esse. En este libro no solo se la asume como punto de partida, sino que se le da continuidad así: para el hombre, ser lo que es, requiere saberlo, o, si se quiere, lo apetece desde su propio modo de ser y para su cumplimiento o realización. Lo requiere, además, porque el ser humano apetece protagonizar su propia vida, dirigirla y darle la forma de lo propio. A ese respecto, si bien Aristóteles sentenció que «todos los hombres desean por naturaleza saber»⁵, no me parece menos cierta la afirmación de Julio César de que los hombres desean ser libres. Aristóteles lo escribió al principio de su Metafísica; Julio César lo incluyó en las memorias de sus conquistas en las Galias⁶, donde sojuzgó a muchos hombres que se le resistieron. No puede extrañar que el romano creyera saber qué era lo que apreciaban hasta jugarse la vida aquellos a los que derrotó.
Y como vivir es primero, todo lo demás es posterior, podríamos concluir. Primum vivere, deinde philosophari, en efecto, primero vivir, después filosofar, pero para vivir más. Hacia lo uno y lo otro nos dirige el mismo apetito, pues hasta lo irreductible al conocimiento está bajo el apetito de alcanzar a decirlo: «Sobre lo que no puede ser dicho es sobre lo que la poesía no puede callarse»⁷, y la filosofía tampoco. Lo sabemos todos, pero lo apetecen sobre todo los poetas y, más prosaicamente, los filósofos y todo el linaje de narradores y cuenta historias: «¡Inteligencia!, dame/ el nombre exacto de las cosas. Que mi palabra sea la cosa misma»⁸.
Nuestra tradición se inauguró con el relato de la creación del mundo mediante su nombramiento, y hemos persistido en la creencia de que el mundo es inteligible hasta la crisis de esa misma tradición. En el principio fue el Logos, ese fue el punto de partida. Pero otra vez el Fausto de Goethe y después Fichte antepusieron excluyente la alternativa: «En el principio fue la acción». Y aunque el griego poiein significa a un tiempo palabra y acción⁹, lo cierto es que el pensamiento alemán estaba ya en la dinámica de las confrontaciones dialécticas y había olvidado la antigua tradición y su inclinación preferente hacia las síntesis.
Sin embargo, para los hombres la síntesis entre vida y conocimiento tiene la forma primordial de la comprensión: se vive cumplidamente lo que se comprende, incluso más allá de la posibilidad de nombrarlo, de darle la forma de palabras. Poder decirlo con palabras y argumentos es una aspiración inevitable: no somos solo conocimiento, pero aspiramos a conocer lo que somos como un apetito de nuestro propio vivir.
Para los hombres poder elevar a categoría de concepto —mejor, de comprensión— lo que hacemos y lo que nos pasa forma parte de poder vivirlo como propio, incluso de vivirlo más intensamente. Pero eso no implica que sea siempre posible, o que todo en nuestra vida este accesible de ese modo. En cierta medida, todos los libros están escritos para comprender la vida y el mundo. Y, obviamente, ninguno lo consigue, no ya del todo, sino apenas. Este no es una excepción. Pero que su forma modesta no alcance a dar cuenta de la vida, no implica que no pueda procurar alguna ganancia comprensiva sobre lo que hacemos y nos pasa.
Son las cosas que hacemos y las que padecemos las que se han hecho materia de indagación en estos textos, cuya brevedad le da título. Pero, al meditar sobre lo que hacemos comparecen aquellos con quienes lo hacemos. No hay vida que se pueda esclarecer desenredando el hilo del tapiz intersubjetivo del que formamos parte. Al revés, comprender es más bien tejer e hilar entre las otras hebras la de la comprensión. El tapiz no se distingue del enredo por su sencillez, sino porque su complejidad es significativa.
En tiempos como los nuestros de sujetos enfáticos, la identidad con forma de urdimbre (la trama y síntesis individual de lo común en diálogo con otros) provocará la incomodidad de las identidades solitarias con pretensiones de suficiencia. Pero, contra lo que pueda parecer, el individuo humano no precede a sus relaciones porque para nosotros la condición misma de individuo las requiere. Que no sea bueno que el hombre esté solo no expresa solo una recomendación moral y psicológica, sino un imposible metafísico. Somos una especie mamífera, muy singular, un espíritu que habla, es cierto, pero no por ello menos mamífero, y tanto por lo uno como por lo otro, constitutiva y sintéticamente relacional e individual. No es un mero azar que inteligencia (inter-llegere) signifique también leer, comprender y poner en relación, descubrir y enhebrar hilos de comprensión en el tejido de la vida.
1. Nacer
Para nuestra conciencia el nacimiento siempre ha sido un pasado inalcanzable. Nadie lo recuerda. Nuestro yo psicológico surge mucho después. Y aunque negar que fuimos aquél mismo que nació es un desatino, lo cierto es que buena parte de la filosofía moderna lo hace al identificarnos con nuestra conciencia. Para buena parte de los filósofos modernos el cuerpo no tiene en puridad la condición esencial de lo humano. Este libro, en cambio, está escrito desde la afirmación de que cada uno de nosotros somos un cuerpo vivo, este cuerpo vivo que aman y cuidan nuestros allegados, que enfermará y morirá siendo esa también nuestra muerte. Y si afirmamos que somos aquél que nació (y morirá) y que ya éramos antes de ser conscientes de serlo, entonces tenemos que extender la idea de lo que somos a nuestro cuerpo¹⁰, y el nacimiento trasparenta y remite a nuestra concepción: ahí empezó todo.
Todos los nacidos fuimos nasciturus. Todos los vivientes somos nacidos, y en particular nosotros hemos nacido del vientre de una mujer. Crecimos desde el cuerpo de una mujer que hizo de su propia vida nuestro soporte imprescindible y antes de que nuestro corazón latiera el suyo cooperaba para que el nuestro se formara. ¿Cómo es posible que esta evidencia incontestable no nos asombre? La soledad originaria es una quimera de metafísicas amnésicas del hecho de haber nacido. Ningún nacido debería obviar ese tiempo de indefensión y dependencia completa. Nacimos porque alguien lo asumió, formara parte o no de su plan, surgiera o no de su decisión y su deseo.
Cuando estábamos plenamente ausentes de nosotros mismos ya éramos, y antes incluso de poder guardar recuerdos fuimos acogidos y tratados con toda suerte de cuidados. En la medida que el nacimiento está más allá y antes de la conciencia, le muestra su límite y lo vano de su pretensión de ser por completo concéntrica con nuestra vida: el nacido es siempre excéntrico para su memoria y conciencia. Y esa excentricidad nos define porque la conciencia que estuvo ausente de nuestro nacimiento nunca puede abarcarnos del todo, ni siquiera al respecto de lo que somos en su presencia. El nacimiento es como la espalda de la conciencia, lo que siempre queda antes y más allá antecediéndonos.
Por eso, es nuestra madre la que suple la conciencia que nos falta de nosotros mismos. Ella y sus recuerdos son el origen egoexcéntrico del yo y de nuestro cuerpo. La memoria materna es la preconciencia más benigna y configurante de la existencia humana. Así que el nacimiento nos hunde psicofísicamente más allá de cada uno en unas entrañas ajenas y maternales. Esa es la arqueología humana de la conciencia: nacidos de vientre de mujer. Ahí radica la matriz de lo que somos y el principio que no nos hemos dado a nosotros mismos. Lo que hay debajo o antes de la conciencia no es el subconsciente sino la vida de una mujer prefigurándonos en toda la amplitud de la expresión y en continuidad con un linaje.
Todo lo que sabemos de nuestro nacimiento, de nuestra concepción y primera infancia es una transfusión materna, como lo fue el alimento y el oxígeno y, más todavía, como lo es nuestra carne misma. La madre extiende nuestra conciencia y nuestro cuerpo hasta las suyos, ofreciéndonos un legado infundido mediante la propia vida recibida. La memoria materna es la primera exo-conciencia de cada uno de nosotros que casi somos un eco de aquellas primeras palabras y emociones convertidas en capaces de hablar.
Así que la forma misma de nuestra existencia está marcada por el hecho de haber nacido. Somos seres cuya constitución no solo se originó desde antes, sino que nuestra carne es una historia que alcanza a los primeros humanos pobladores del mundo. Nadie vivo carece de antepasados entre los primeros pobladores del mundo. El ombligo nos vincula a un origen tan excéntrico para cada individuo como concéntrico para todos. Creerse el ombligo del mundo es justo lo que tener ombligo debería poder evitar: mirarse el ombligo es mirar hacia el propio principio que se junta con el de todos.
Si uno solo de nuestros ascendientes fuera sustituido por otro individuo, nosotros no habríamos nacido. Así de comprometidos estamos en esa historia que nos precedió. El pasado entero de nuestro linaje y de nuestra especie está con nosotros encarnado en nuestro cuerpo y en nuestra morfología psíquica: somos esa historia; pero somos esa historia devenida capaz de darse continuidad desde una novedad irreductible. Así que esa historia no basta para explicarnos, como se evidencia en nuestros hermanos con los que compartimos todos y cada uno de nuestros antepasados. Procedemos por nacimiento de un linaje sin el que no podríamos ser quien somos, pero que no basta para conocernos.
En la teología medieval los animales son individuos que se agotan en su especie, es decir, no son más que casos de un modo de ser general. Los ángeles en cambio son individuos que agotan su especie, es decir, no hay dos iguales y su individualidad es singularísima. El individuo humano ni se agota en su especie, ni agota su especie¹¹: cada individuo pertenece y excede a su especie simultáneamente. Por eso nos enterramos entre nosotros, porque a diferencia de los ángeles somos mortales, pero a diferencia de las bestias, nuestra muerte es una pérdida genuina. En sentido estricto solo muere lo que no se agota en lo general de su modo de ser, y eso solo le ocurre a individuos irrepetibles, de una singularidad sin réplica. Y de ahí, en efecto, que nuestro nacimiento sea al mismo tiempo un hecho común y extraordinario: el nacido es siempre el miembro de una especie y, al mismo tiempo, un ser de singularidad irreplicable, una novedad radical cuya fugaz existencia supone un acontecimiento, por mucho que se trate de un mamífero más.
Ahora bien, es necesario admitir que esa pérdida irreparable que es la muerte de cada uno es apreciada espontánea y de forma cabal en un espacio social particular, a saber, la familia. En realidad, la afirmación ontológica del valor absoluto de cada individuo es una elevación del punto de vista familiar a punto de vista general. La familia es el órgano social donde el nacimiento o la muerte cobran valor de novedad y pérdida absoluta que se difunde y asume socialmente. La desatención filosófica al nacimiento es correlativa al persistente olvido filosófico —metafísico, en realidad— de la familia. La realidad del hombre como individuo de una especie a la que excede se hace carne y se advierte prejuiciosamente —es decir, habitual y de manera emocional— en la familia.
Sorprende que la filosofía se haya ocupado tan poco de la realidad ordinaria pero insólita de que nacemos de una mujer, que procedemos de un linaje y del hecho mismo de que nacemos. Tengo para mí que, sin una buena comprensión del nacimiento, toda filosofía del hombre está en precario y yerra sin remisión. Somos un organismo vivo nacido de mujer y que de ella se alimentó también una vez nacido, de manera que cualquier otra consideración no puede desplazar a esta realidad primera, aunque siempre la exceda.
El ombligo no solo es la huella de nuestra antecedencia genealógica, sino de nuestra finitud: para todos los nacidos hubo un tiempo en el que no fuimos en absoluto. No obstante, somos un organismo autoconsciente, no mera vida orgánica, sino singularidad sin réplica posible. De ahí que el momento en el que vinimos a ser tenga el carácter de una primicia, de un acontecimiento en sentido estricto, es decir, irrepetible, por muchas que sean las veces que tiene y tendrá lugar un parto de mujer.
Nada en el ser humano es mera biología, pero nos constituye tanto el hecho de ser una realidad biológica como el excederla. El parto mismo excede con mucho la condición del mero proceso biológico común entre los mamíferos. Ningún parto es tan doloroso ni vitalmente comprometido como el de la mujer, y de ahí que sea la primera causa de mortalidad femenina desde el inicio de nuestra especie. Solo el desarrollo de la medicina moderna ha modificado esa dramática realidad.
Pero antes incluso, la especie no habría logrado sobrevivir si la mujer no hubiera sido auxiliada en el parto por terceros, pues la mortandad materno infantil habría impedido la reposición generacional. Mientras que la mayor parte de las mamíferas se esconden en soledad para parir, la mujer gime y pide auxilio. Así que el parto de la mujer no es un mero hecho biológico sino social. Esa resonancia social del excedente humano es signo del nacimiento como irreductible a lo que se multiplica en todos y cada uno de los miembros de una especie. En cada nacimiento el daño y el gozo, la vida y la muerte vuelven a su principio. Nacer fue un trance físico que nos trajo a un mundo más allá de lo meramente físico, metafísico, valga la expresión.
2. Crecer y madurar
Los recién nacidos son un prodigio de inacabamiento: su forma es tan inconcreta como es posible. Además, son más cartilaginosos que óseos porque no pueden fijar su forma, todavía por alcanzar. Parecen el mínimo orgánico capaz de sostener los requerimientos de un cerebro en crecimiento. Así que lo primero que un recién nacido ha de hacer es crecer, desarrollarse y alcanzar progresivamente su madurez física y neuropsíquica.
Los zoólogos estiman que para que naciéramos con una madurez orgánica similar a los homínidos, el embarazo humano debería durar al
