En esa esquina del bosque
Por Vanessa Bonilla
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Comentarios para En esa esquina del bosque
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Dec 5, 2019
Un agradable descubrimiento. Ame cada escena descrita en el libro así como las resoluciones de cada personaje, al principio no sabemos bien para dónde va la trama pero después se van uniendo los puntos creando un buen camino para el lector. Me gustó saber cada punto de vista de los personajes aunque siento que acabo muy rápido y yo quería más de la historia.
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En esa esquina del bosque - Vanessa Bonilla
Primera edición: julio de 2017
© Grupo Editorial E.I.
© Vanessa Bonilla
ISBN: 978-84-17005-74-0
ISBN Digital: 978-84-17005-75-7
Ediciones Lacre
Monte Esquinza, 37
28010 Madrid
info@edicioneslacre.com
www.edicioneslacre.com
IMPRESO EN ESPAÑA — UNIÓN EUROPEA
Dedicado
a mi familia,
a mis amigos.
1. Gabriel
—Pásame la sal, güey.
Miré con horror hacia la mesa vacía.
Torné mis ojos enseguida al platón. Lo vi concentrado. Sentía que algo me aplastaba el pecho. Un cosquilleo en el estómago comenzó a colarse dentro de mí, y tensé mis dedos alrededor del tenedor plateado. Lo encajé con fuerza en la comida. Abrí mi mano enrojecida para liberar la tensión, pero se me cerraba la garganta, y se me revolvía el estómago una vez más.
No, no, no. Respira. 1, 2, 3, exhala. Bien, bien, bien. Mi respiración y la tensión hacia el utensilio se calmaron mientras me repetía esas palabras. Regresé al pollo que brillaba de aceite, como si nada.
Al acabar la comida, mi mente comenzó a sentirse cansada y me acerqué despacio a la sala. Aquel lugar era pequeño, con dos sillones yuxtapuestos amarillo obscuro y cojines color café. Estiré mi brazo hacia uno de los cojines cuadrados y me eché en el sillón boca abajo. El cojín era suave al roce de mis mejillas y dejé reposar mi cabeza. Cerré los ojos con el estómago satisfecho.
Llegó Fernando a sacudirme y saltaba de arriba abajo sobre mi espalda. Mi pecho se contraía contra el colchón del sillón. Él se burlaba de mi sufrir, como siempre.
—¡Ya! ¡Quítate! —le ordené enojado, tratando de levantarme y fallando.
—¿Quieres que me quite? —me preguntó. Seguía saltando y me hundía más en el colchón. No respiraba bien.
—Sí —le pedí fastidiado—. ¡Quítate, Fernando!
Fer se levantó finalmente y respire hondo, recuperando el aire. Él se regodeaba, y yo me recosté sentado sobre el sillón, mi expresión: irritada.
—¿Qué quieres?
—Estoy aburrido, agarra la bici. Vamos.
—¡No! ¡Qué flojera! —le refuté airado.
—Ándale, güey.
—Que no. Mañana —negociaba tratando de que dejara de molestar.
—Va a llover a la noche y va a estar todo húmedo en la mañana —pausó—. Vamos hoy —volvió a insistir. Él se quedaba parado y no me dejaba ver el televisor. Me miró rezongando.
Medíamos prácticamente lo mismo y su tez blanca era una réplica a la mía, pero sus ojos eran un poco más pequeños, su cuello más alargado. A una vista miope, seríamos la misma persona, pero éramos diferentes en tanto, y aun así similares.
Suspiré.
—Que no, que ando cansado —le repetí con rapidez e indolencia. Hundía más la parte posterior de mi cabeza sobre el sillón amarillo—. Además —proseguí—, la montaña queda a unos 20 minutos en coche —trataba de convencerlo, aunque él ya sabía este dato.
—Por eso, no es nada. Anda.
—No.
—¡Sí!
—Mañana en la mañana —le accedí con certeza.
—Eres un huevón.
—Ve tú, entonces —le repliqué ofendido.
—No. ¡Vamos! —siguió Fernando, sacudiendo su cabello opaco de un lado al otro, negado.
—Mañana, lo juro —le prometí mientras buscaba un ángulo en que él no me bloqueara del televisor prendido. Fer siguió mi mirada y exhaló.
—¿Qué ves? ¡Ni te gusta el fut! —me reclamó viendo hacia el televisor.
—Tampoco me gusta salir contigo, pero a veces hacemos cosas por amor y otras veces por pendejos.
—No te entiendo —me contestó Fer.
—Ni yo —y le sonreí.
—¿Vamos hoy?
—¡Que mañana!
—¡Va, pues!... mañana —y se regresó a su cuarto abatido de perder la discusión. Hacía berrinche mientras subía las escaleras con recelo y lanzaba miradas resentidas hacia mí.
—¡Ya! ¡Sabes que te quiero! —le grité riendo ante su enfado.
Me regresé a ver el programa de televisión con calma. Cambié de canal con ocio y entrecerré los ojos con pereza.
Entonces, me levanté del sillón con el corazón palpitando en mi garganta. Tomé las llaves de mi casa. Salí, disparado y corriendo, una vez más, hacia el bosque detrás del Parque Oyamel.
2. María
Un letrero de piedra a la entrada leía Oyamel.
Seguí trotando, curiosa. Nunca había venido a este parque. Estaba a unas cuadras de mi casa, pero como no acostumbraba hacer ejercicio, no era sorpresa que no conociera este lugar. La hierba seca y larga entre el cemento del camino daba a la idea que este parque no había sido cuidado en mucho tiempo. No había otra alma en este lugar.
Justo antes de dar la vuelta de regreso, noté un sendero que daba a la entrada del cerro. Decidí seguirlo. Iba escuchando música de The Kooks a través de mis audífonos blancos.
Había piedras entrañadas en la tierra, bellotas de encinos y bichos de caparazón negro y brilloso. El viento tenue solo lograba traer el olor a verde a mis sentidos, y mi trote se convirtió en un caminar que admiraba el bosque a mi alrededor. El polen me picaba la nariz. Hacía que mi cerebro se pusiera medio borroso con cosquillas nasales. Me molestaba. Había encinos por todas partes, rosales y otros tantos árboles frondosos que opacaban el sol, el cual cada vez bajaba más.
El bosque me recordaba a una escena de The Vampire Diaries y se me empezó a antojar mucho estar tirada en la cama viendo Netflix. Ya corrí. Me toca descansar, pensé a los diez minutos de haber empezado mi ejercicio.
Decidí regresar. Me impulsé con fuerza para comenzar a correr de nuevo y moví mi brazo hacia delante. Mi brazo derecho terminó por enroscarse en el cable de mis audífonos y, al jalar mi codo hacia atrás, salieron los auriculares de mis oídos, lastimando mi oreja en el proceso.
—¡Auch!
Hice un pequeño sonido de dolor y la música se atenuó. Se seguía oyendo un poco en el fondo, pues mi música siempre estaba a todo volumen. Escuché algo más. Me detuve. Se me heló la piel. Seguía escuchando esa voz, masculina; y no había nadie a la vista. Estaba sola, ¿no?
Inhalé analizando mi alrededor y pasé mi lengua por mis labios resecos. Pensé en correr cuando, de pronto, paró mi corazón. Escuché que la voz había empezado a reír. Los árboles frondosos eran dos veces mi altura, y seguía sin poder ver, pero decidí seguir la voz. Enrosqué el cable y lo metí junto a mi móvil, cerrando el compartimiento con el velcro blanco que tenía alrededor de mi brazo, sin dejar de mirar a todas partes, sospechosa.
Me adentré más al bosque y allí el terreno era más irregular, pero los árboles parecían respetar sus espacios entre cada uno. Era lo suficiente para poder pasar entre ellos. No se podía decir lo mismo de la hierba y la maleza que me picaban los chamorros, pero proseguí.
Entonces, lo vi. Una figura masculina de espaldas a mí. Vestía una sudadera azul y mezclilla, y estaba sentado en la tierra. Sus rodillas parecían estar pegadas a su pecho y sostenidas por sus manos. No lograba verlo bien, mi vista se borraba a ratos, y las cosquillas de nariz regresaban. Él seguía hablando y finalmente podía distinguir lo que decía.
—…se tropezó y tiró todo el agua al suelo. Luego, Chelo se resbaló con el agua y cayó de un sentón. ¡Se dio en la madre! Te lo juro que…
Pero en ese momento, y para mi mala suerte, el polen que me había estado molestando desde que entré al bosque, surtió su efecto.
—¡Achú!
Cerré los ojos en el estornudo, pero los abrí enseguida. El chico volteó a verme con los ojos bien abiertos. Tenía los ojos muy negros y combinaban perfectamente con su cabello obscuro, completamente desarreglado. Sus labios eran delgados y me miraba con miedo. Admito, no fue la entrada más sutil. Nos mirábamos incómodos y traté de normalizar la escena con un nervioso hola.
—¿Qué onda? —me respondió el chico, levantándose con cautela. Sus cejas gruesas se juntaban extrañado y su cara estaba completamente seria. Su mirada me ponía nerviosa y me rasqué el cuello con la mano derecha.
No sabía qué decir. Miré hacia la dirección que él miraba previamente y busqué a la persona con la que él había estado hablando. No vi a nadie. Me paré un poco más derecha y giré hacia ambos lados. Nada. Lo único que se veía eran árboles: uno pequeño, otros tantos gigantes, maleza, hierbas y bellotas. Lo miré dudosa.
—¿Con quién hablabas? —le pregunté sin preámbulos.
El chico parpadeó un poco y alzó las cejas. Luego, tornó su cabeza hacia abajo, moviéndose de lado a lado. Abría la boca para decir algo y la cerraba. Después, levantó su cabeza, cambiando completamente la expresión en su cara a una despreocupada.
—Mi celular —me contestó—. Mandaba una nota de voz por mensaje —y sonrió. Su sonrisa era amplia, sus dientes: muy blancos. Sentí el estómago liviano justo después. Lo miré. Pronto algo tomó mi atención y di un paso hacia atrás con temor, cambiando el aire de nuestra conversación. Estaba metida en el bosque, en las orillas del cerro, con un extraño, y ante una noche que se aproximaba… y apenas me daba cuenta.
El chico mentía.
—Te refieres a tu celular —me atreví a decirle—, ¿el que está guardado en tu pantalón? —y di otro pequeño paso hacia atrás con mis nervios alzados. Lo notó.
Tocó la silueta de su celular que se escondía en sus pantalones y comenzó a reírse nerviosamente. Su risa
