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La revancha del reportero: Tras las huellas de siete grandes corresponsales de guerra
La revancha del reportero: Tras las huellas de siete grandes corresponsales de guerra
La revancha del reportero: Tras las huellas de siete grandes corresponsales de guerra
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La revancha del reportero: Tras las huellas de siete grandes corresponsales de guerra

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La obra que dio a conocer al corresponsal de guerra Plàcid Garcia-Planas, en una nueva edición interactiva con enlaces a las crónicas de guerra originales de los siete reporteros tras cuyas huellas parte el periodista. "Esta es la historia de un reportero de La Vanguardia que decidió seguir los pasos de aquellos corresponsales de guerra que le habían precedido, y contemplar en antiguos campos de batalla que la hecatombe más desoladora de todas es el paso del tiempo" (Xavi Ayén, La Vanguardia). Niños macedonios que convierten un cementerio de soldados del káiser en campos de fútbol arrastrando sus lápidas para marcar las porterías. Niños libaneses que pescan bajo el mar con cartuchos de dinamita mientras la aviación israelí bombardea la bahía. Marineros de la Navy que se desmadran en una discoteca de Saigón llamada Apocalypse Now... No es ficción. Son las crónicas del reportero de un diario centenario que regresa a las guerras narradas desde 1893 por siete corresponsales: José Boada y Romeu, Gaziel, Enrique Domínguez Rodiño, Francisco Carrasco de la Rubia, Carlos Sentís, Javier M. de Padilla y Tomás Alcoverro. Una lectura apasionante siguiendo acontecimientos reales, con dos protagonistas que acaban cruzando sus alientos: el reportero y la muerte.
IdiomaEspañol
EditorialDiëresis
Fecha de lanzamiento31 oct 2014
ISBN9788493870232
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    La revancha del reportero - Plàcid Garcia-Planas Marcet

    1. Melilla

    Un siglo antes del 11-S, la guerra de Margallo contó con todos los ingredientes del ‘choque de civilizaciones’: provocaciones yihadistas, el intencionado bombardeo de una mezquita, la celebración de una misa frente a sus ruinas, masacres colaterales y la expulsión masiva de judíos. Lo narró en 1893 el reportero José Boada y Romeu. El fuerte español cuya construcción provocó la guerra es hoy un centro de acogida para niños magrebíes desde el que se domina un campo de golf y el contundente muro de Melilla.

    Cañonazos contra la mezquita

    Bombardeo a Sidi Guadiach

    Telegrama urgente… La mezquita de Sidi Guadiach ha sido completamente derribada por los cañonazos de los fuertes Camellos y Victoria Grande. Júzguese esto de una importancia trascendental por el efecto moral que ha de haber causado al enemigo.

    El cable cruzó como una flecha la redacción de La Vanguardia y atravesó tres siglos hasta clavarse hoy con un cierto olor a choque de civilizaciones. Porque la pólvora buscaba eso: el efecto moral, y este viaje a las guerras muertas empieza precisamente aquí, con un telegrama desenterrado en el archivo de un viejo diario, con un disparo de 1893 contra la profundidad.

    El telegrama fue enviado desde Melilla a la una de la tarde del 7 de noviembre y publicado en la edición del día siguiente [Clic al artículo original]. Lo redactó José Boada y Romeu, el primer corresponsal de guerra que tuvo el rotativo de Barcelona.

    Es –como tantas– la historia de un desencuentro. La intención inicial del ejército español no era derribar la mezquita (en realidad un morabo, la tumba de un santón islámico). Fue la profunda desconfianza entre cristianos españoles y musulmanes rifeños lo que acabó en guerra, y la guerra la que acabó en la destrucción del santuario.

    ¿Qué hay en Sidi Guadiach, cien años después?

    Como en una clásica historia de reporteros, el avión De Havilland con hélices aterriza sobre un territorio cruzado de razas, lenguas y religiones. Porque Melilla, bajando del cielo, respira hoy a Israel: chalets adosados, el trazado de un muro impenetrable y, al otro lado, anarquía urbanística árabe.

    Y Sidi Guadiach se vislumbra ahí abajo, cerca de la pista de aterrizaje, con el sofisticado alambre trenzado de cortantes pinchos que resigue todo el cuadrante del morabo –fue reconstruido tras la guerra– y que resigue todo el cortante perfil de Melilla: los rifeños no querían en 1893 que los españoles entraran en el Rif y los españoles no queremos hoy que los rifeños entren en España.

    –En todas partes hay vallas. Es normal. Lo que no me gusta es que tengan pinchos –comenta un periodista melillense tomando un café frente a la playa europea de África–.

    Todas las líneas empezaron el 14 de junio de 1862 con dos balas de cañón de 24 libras de peso lanzadas desde el fuerte de Victoria Chica. Ese fue el método pactado entre el Gobierno de Madrid y el sultán de Marruecos para trazar la indefinida frontera de Melilla: hasta donde llegaran los proyectiles, eso sería España.

    Como gesto de buena voluntad, la delegación española tomó como válida la bala de menor alcance. En un segundo gesto de buena voluntad, España renunció a la franja neutral para no tener que derruir el poblado rifeño de Farjana. Hubo un tercer gesto hispano: se cedió una porción rectangular de terreno para que el muy venerado morabo de Sidi Guadiach, con su cementerio, quedara en territorio marroquí.

    Pasaron tres decenios de muy relativa calma hasta que, en 1893, el ejército español decidió construir un fuerte sobre una pequeña loma frente al morabo. De edificarse la obra –pensaron los rifeños– ese lugar sagrado quedaría para siempre al alcance de la mirada infiel. El dos de octubre de ese año, los musulmanes atacaron a los presos comunes que construían el fuerte y a sus guardianes: hubo 18 muertos y 53 heridos.

    La guerra duró un par de meses, y el ejército español no sólo destruyó a cañonazos la mezquita de Sidi Guadiach, sino que –para más inri y choque de civilizaciones– al final de la contienda celebró una misa de campaña frente a sus ruinas con la confesada intención de provocar la chispa que encienda nuevamente la guerra y castigar a estas cabilas que tanto han ofendido a España.

    Dejemos que nos lo explique el reportero Boada: porque su relato, como el telegrama inicial de esta historia, no tiene desperdicio.

    El altar –contaba el periodista– se montó en el tambor que protegerá la entrada del nuevo fuerte, a unos dos metros del suelo. Estaba adornado con banderas nacionales y otras que facilitaron los barcos de guerra. Antes de comenzar la misa bendijo las obras el vicario general castrense. Se cambió el nombre árabe con que hasta el presente era conocido el terreno –Sidi Guadiach– bautizándole con el de fuerte de la Purísima Concepción, en honor a la patrona de la infantería española.

    Un vibrante punto de atención del corneta de órdenes anunció el comienzo de la misa. Todas las miradas se fijaron en el altar, y aquellos 20.000 hombres allí congregados se sintieron presa de intensa emoción (…) La posibilidad de que se rompiera el fuego de un momento a otro –seguía explicando el corresponsal– daba mayor solemnidad al acto. Cuando al llegar al punto culminante de la misa todas las bandas batieron la marcha real, hincando las tropas la rodilla y presentando las armas frente al símbolo de nuestra redención, el espectáculo resultó de una grandiosidad extraordinaria.

    El general Martínez Campos, erguido en su caballo, examinaba las montañas vecinas, en tanto que los moros, sorprendidos, admiraban en numerosos grupos aquel hermoso espectáculo. Lo que buscaba el general y lo que aguardábamos todos no venía… Los rifeños no parecían dispuestos a atacarnos. Unos araban las tierras, otros marchaban campo a través, todos, en fin, demostraban el firme propósito de no guerrear, ahora que veían palpablemente numerosas fuerzas dispuestas a castigar sus desmanes.

    Los que ayer limpiaban de escombros la mezquita no trabajaban hoy –escribía el periodista–; sin duda la proximidad de las tropas españolas les inspiraba recelos.

    ¡No hay más medio de sacarles de su quietismo!, decíamos despechados. ¡Ni hiriendo sus sentimientos religiosos logramos que salga una bala de sus espingardas!….

    Hasta aquí el relato del corresponsal de guerra.

    Que con esa misa no se celebraba precisamente el Sacrificio del Cuerpo y la Sangre de Jesucristo lo ratificó unos días más tarde Martínez Campos ante las tropas que regresaban a la Península. El modo cómo sufrieron la provocación que para ellos significa celebrar la misa en Sidi Guadiach, al lado mismo de la derruida mezquita –subrayó el general–, es demostración más que suficiente para que hasta la más ligera sombra de ofensa a nuestra bandera quede desvanecida.

    Y es que la guerra al moro –añadía el reportero Boada en su crónica– ha sido muy popular en nuestro país, teniendo el don de enardecer todos los corazones.

    En 1893, esa era la verdad. Hoy, hay otras verdades. Hoy, el fuerte cuya construcción provocó la guerra, con su imagen de la Purísima Concepción pintada en destellantes colores, es un centro de acogida de menores magrebíes. Es más: cuando se ha desbordado de niños marroquíes, las fuerza armadas han donado sus literas a la Consejería de Bienestar Social de Melilla.

    En 1893, el ejército español tuvo muy serios problemas para alojar a la masa de soldados que desembarcó en Melilla para luchar contra el moro, y hoy el ejército ofrece camas para que el hijo del moro no duerma en el suelo.

    Todos los mundos se cruzan por el espinoso alambre de Sidi Guadiach. Subiendo a pie la cuesta hacia la Purísima, a las ondas de los móviles españoles les cuesta alcanzar la bala de cañón lanzada en 1862… bip, bip… Morocco Telecom Welcomes You….

    Todo está demasiado cerca de todo.

    Debajo del viejo fuerte se extiende el aeropuerto de Melilla. Es como una alfombra asfaltada hacia el Paraíso: los niños magrebíes de la Purísima Concepción miran sentados sobre montículos de ruina cómo se elevan los aviones De Havilland con hélices de la compañía Iberia.

    –¿Adónde queréis ir? –pregunto–.

    –A Barcelona –responden extrañados ante la pregunta, como si no hubiera otro lugar en el mundo dónde ir–.

    Es –pienso– la foto del bloqueo soviético de Berlín en 1948: un muro y unos niños que se suben al cielo mirando las hélices de un avión. Sólo que en este cielo hay mucho Dios.

    Mi coronel… ¿es esto la guerra?

    Asedio en Cabrerizas Altas

    Fue el primer corresponsal de guerra de La Vanguardia y el que más sed ha pasado nunca.

    margin: 0.5em 0em 0em 0em;

    Tenemos la boca seca –escribía José Boada–; la lengua, llena de una pasta viscosa, se pega al paladar. Si no llegan pronto los refuerzos, algunos no podrán resistir las torturas de la sed. ¡Morir de sed!… ¡Qué horror!… Tengo el vago presentimiento de ser de las primeras víctimas… Cerremos la boca; contengamos la respiración. No hablemos. Es preciso prolongar la agonía, los auxilios no pueden tardar….

    Eran los últimos días de octubre de 1893 y la guerrilla rifeña asediaba en Melilla el espectacular fuerte de Cabrerizas Altas. Más de 600 soldados y cinco periodistas hispanos estaban atrapados entre una lluvia de pólvora y sin una gota de agua.

    ¡Qué imprevisión! –exclamaba el reportero–. Los dos aljibes que hay en el fuerte están vacíos… La tropa se halla cansada, sedienta por la excitación de la lucha. Los heridos piden a voces agua, dominados por la fiebre.

    Boada descubrió que la sed tiene su propia expresión, su propio rugido, y lo empezó a escribir… Los caballos, cansados y hambrientos, hacen resonar sus cascos en las vacías bóvedas de los aljibes (…) Aunque todos sabemos que en los aljibes no hay una gota de agua, continuamente se ven numerosos soldados bajando con cordeles sus potes de hojalata para ver si logran recoger alguna porción olvidada… El ruido producido al chocar el metal en las vacías cavidades se oye sin cesar.

    Hoy, esos potes de hojalata también chocarían contra cavidades vacías: ya sin valor estratégico, Cabrerizas Altas forma parte del acuartelamiento Millán Astray, y acaba de ser restaurado por la Legión, ladrillo a ladrillo, casi con cariño.

    En su espléndida terraza, sobre los aljibes donde la tropa española de 1893 se deshidrataba, los militares sorben hoy refrescos y cócteles en fiestas señaladas. Y las cavidades, donde los potes de hojalata rebotaban contra la sequedad y la desesperación, han sido acondicionadas para acoger –si fuera necesario– el archivo histórico de la Legión que ya llena otras salas del antiguo fuerte.

    Los soldados –explicaba el reportero en su asedio– se agolpan en las cubas en demanda de algunas gotas del precioso líquido. Los abanderados, encargados de su custodia, procuran convencer a todos de la necesidad de sacrificarse en bien de los que yacen heridos por el plomo enemigo. Todos lo comprenden; pero la materia, dominando al espíritu, les obliga de nuevo a solicitar, con redobladas ansias, un poco de agua, algunas gotas solamente….

    "Se prepara el rancho de la tropa –anotaba en su libreta–… Para colmo de desdicha, el rancho ¡está salado!… Llegará a un momento en que los líquidos faltarán por completo. La más elemental prudencia nos aconseja demorar todo lo posible ese momento. Se

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