La ilusión de India: El largo despertar del país más populoso, contado desde dentro
Por Jordi Joan Baños
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Vivir en la India es un reto no exento de aventura para ese inmigrante de lujo que es el expatriado e incluso para otros inmigrantes a corto plazo y en clase turista. Durante una década, el autor ha recorrido el subcontinente, desde su base en Nueva Delhi hasta su retaguardia en Bombay, pasando por Calcuta, Bangalore, Goa o Madrás. Todo un desafiante itinerario vital que mezcla la blancura del Taj Mahal y la colorida festividad del Holi con el asfixiante clima del país, sus más de 17 idiomas legales y un número casi infinito de guías espirituales.
Jordi Joan Baños nos sumerge en la vida cotidiana de la India, desde la cercanía y sin paternalismos, descubriendo nuevos elementos de fascinación.
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La ilusión de India - Jordi Joan Baños
Entrada de urgencias
Hay muchos libros sobre el sueño americano, en declive, pero muy pocos sobre la pesadilla india, en ascenso. Algo llamativo, tratándose del fabuloso país que, desde ahora y para siempre, va a ser el más poblado de la Tierra.
En honor a la verdad, hubo un momento único en que algo parecido al sueño indio dejó de parecer una quimera. No era palpable, pero sí imaginable y yo estaba allí para contarlo. Ese paréntesis empezó prácticamente con el siglo, alargándose durante una década y media. Tocó techo durante la primera legislatura de Manmohan Singh (2004-2009), antes de planear e iniciar su descenso. Pero había despegado algo antes, con el último A.B. Vajpayee, y cuando se estrelló contra la realidad, Narendra Modi llevaba ya un par de años en el cuadro de mando.
En ese parpadeo de su larga historia, la milenaria, inconmensurable y caótica India volvió a parecer un arma cargada de futuro. Durante ese periodo —que algunos ilusos no dan por terminado— se abrillantaron los logros indios hasta forzar el límite de la credulidad. Así, para la prensa de Londres o de Nueva York, equiparar el crecimiento de India con el de China se convirtió en un artículo de fe, con décimas de ventaja para la primera.
Desde la propia India, casi todo lo que se escribía abonaba aquel relato, demasiado importante como para permitir que la realidad lo estropeara. Sin embargo, el progreso de una sociedad no es susceptible de ser cuantificado y reducido a enteros y decimales. O por lo menos, no entiendo que esa sea la labor del corresponsal, sujeta a su buen ojo, su experiencia, sus fuentes y, finalmente, a su talento para relacionar y darle forma escrita.
El economicismo en boga me recordaba a cierto galerista de arte de Hauz Khas Village, barrio de moda en Nueva Delhi. Cuando se le preguntaba cuánto valía uno de los cuadros expuestos, el hombre adoptaba una expresión ceñuda, echaba mano de una cinta métrica y le tomaba literalmente las medidas, antes de lanzar al aire con gravedad un precio irrebatible.
La India no es la China, pero en ambos países el futuro aún cotiza al alza. El contraste con Europa es ese. La mayoría de sus jóvenes, como la mayoría de asiáticos emergentes, creen que vivirán mejor que sus padres.
En mi caso, cambiar Lisboa por Delhi y Portugal por India, fue también una forma de no volver la vista atrás. Un modo particularmente enrevesado de pasar página, transitando de lo cercano a lo exótico y de lo asequible a lo inabarcable. Hay sitios más recomendables para empezar de nuevo, pero son más predecibles. La India cansa, pero no aburre.
También este retrato en claroscuro se quiere impredecible. A ratos tal vez merodee la literatura de no ficción, pero no es un libro de viajes, ni una crónica periodística al uso, ni un ensayo sociocultural de urgencia, ni una reflexión política, ni un esbozo autobiográfico. Aunque contenga retazos de todo eso, más unas pinceladas de historia hacia el final. Articular un material tan heterogéneo ha sido un reto. Esta es una colección de digresiones, grandes y pequeñas —con el añadido de algunas postales y retratos—, alrededor de un hilo conductor muy simple: cómo entré en India y cómo salí de allí, diez años más tarde, siendo otro. No todas las partes van a gustar por igual a todo el mundo. Pero espero haber salido airoso en mi intento de plasmar, con amenidad y un cierto pulso literario, una mirada fresca sobre la India de hoy. Con enjundia cuando menos te lo esperes.
El libro empieza con minucias —sensaciones y observaciones— antes de abrir el foco y embarcarse en reflexiones de mayor calado —confío— sobre la India actual y su lugar en el mundo. En un bazar, es fundamental el detalle que nos llama la atención sobre una alfombra. Pero más importante aún es lo que nos parece la alfombra cuando nos la desenrollan y podemos hacernos una idea de conjunto.
He leído, generalmente con gusto, cientos de libros sobre el subcontinente indio, que en su inmensa mayoría pertenecen a dos géneros. Por un lado, apologías de una India espiritual, fuera del tiempo y del espacio. Por otro, reivindicaciones de una India material, aunque purulenta, que se va a comer el mundo gracias al ingenio de sus habitantes y su sistema democrático, por poco que aplique las reformas sugeridas. Así que me acojo al viejo Gotama Buda y a su invitación a tomar el camino de en medio. Este no es un libro sobre lo que India ha sido, nos gustaría que fuera o debería ser, sino que es un libro sobre lo que es.
Lo cierto es que India me ha dado más que cualquier otro país. Y yo a ella, también. Hay países a los que les falta un tornillo y países a los que les falta una rueda. A la India tal vez le falten tres ruedas, pero no echa de menos ninguna, porque sin embargo se mueve.
Es más, está dispuesta a racionalizarlo, mientras acelera y atropella a propios y extraños. Como aquel gigantesco carro que vi en el templo de Yáganat, en Orisa. Estado oriental que, por cierto, es una de las joyas de la India, al margen del circuito turístico. Aquella especie de carro del juicio final era arrastrado con cuerdas, desde tiempo inmemorial, por miles de peregrinos, en un día señalado, en el templo de Puri. En un ambiente de total exaltación religiosa, eran bastantes los que antaño se arrojaban bajo el tonelaje de las ruedas para sentir crujir, por primera y última vez, el peso de la ley divina.
La India es más lenta que otros a la hora de cambiar sus supersticiones por las nuestras. Quizás por eso, contra pronóstico, tres cuartos de siglo después de su emancipación, no solo se ha mantenido democrática, unida y diversa, sino que ha crecido (con la incorporación de Sikkim), al contrario que el demediado Pakistán. Todo ello sin tener que padecer ningún golpe militar. La India federal es, fundamentalmente, una historia de éxito.
A la vez, a la vista del salto adelante de la mayor parte de Asia, la India contemporánea es un fracaso colosal, de dimensión continental. Con el mérito, no menor, de ser un marasmo autocontenido, que no se desborda sobre sus vecinos y apenas salpica a Occidente. Cuando lo hace, sobre todo en los países anglosajones, el balance es a menudo altamente positivo para ellos, puesto que exporta ingenieros, médicos, informáticos o enfermeros.
A pesar de esa lacerante fuga de cerebros y de mano de obra —compensada solo parcialmente por las remesas— India no se hunde. No lo hace por la laboriosidad y abnegación de su gente —en muchos casos, brillante— y, creo yo, por otros tres motivos. Uno, porque su trayectoria es ligeramente ascendente y, mientras el futuro cotice al alza, podrá absorber tensiones. Dos, porque la inmigración clandestina está fuera del alcance —e incluso fuera de la imaginación— de cientos de millones de indios que viven por debajo del umbral de la pobreza. Y tres, porque Pakistán ejerce por añadidura de tapón o torniquete, limitando una mayor hemorragia humana.
De hecho, los primeros muros de la fortaleza Europa se levantan a muchos miles de kilómetros de nosotros. La verja entre Bangladesh e India, casi completa, también forma parte de ella, como la valla entre India y Pakistán, mucho más fiable. Y aún habría que añadir las cercas cada vez más extensas entre Pakistán y Afganistán y entre Pakistán e Irán, o entre Irán y Turquía, antes de llegar a las que separan a Turquía de Grecia y de Bulgaria. El mundo es plano, decía en tiempos más optimistas el cofundador de Infosys, Nandan Nilekani, en Bangalore, mientras las fronteras empezaban a llenarse de barreras y alambradas.
A mi entender, la India tiene un futuro mejor que su presente, pero no la veremos marcar el paso del planeta, por mucho que sea, desde mediados de 2023, el país más populoso, según la ONU. Tampoco va a estar en condiciones de ejercer de contrapeso a la China o a Estados Unidos, por lo menos en varias décadas. Quizás jamás.
Es un país ensimismado y, a la vez, indispensable. Sin embargo, si cruzamos los dedos, no debe ser para que la India —la nación de naciones más fascinante y colorida del orbe— sea la gran solución —no puede serlo— sino para que no se convierta en el gran problema.
Comprendo que, rebajar las expectativas sobre India, mientras se agolpan tantos nubarrones sobre Europa, pueda sonar pretencioso. Pero en realidad forma parte del enfriamiento global de las expectativas. Ya en su momento, que un diario como La Vanguardia enviara a un corresponsal a India fue un empeño quijotesco, casi romántico. Ahora entiendo que quizás también fuera irrepetible, visto el panorama económico general y el de la prensa en particular.
Sin duda, la India volverá a la palestra y su condición de país más poblado del mundo va a cargar de razones su demanda histórica de convertirse en miembro permanente de Consejo de Seguridad de la ONU. Momento que podría coincidir con la acumulación de pruebas sobre su estancamiento relativo frente a algunos países de su entorno que han optado por la cooperación pragmática con China antes que por la confrontación.
El caso es que, no hace tanto, la India discurría como una barcaza fluvial, conmigo dentro. En los peores momentos se empantanaba, como un autorickshaw —el popular triciclo motorizado— en hora punta. Pero aun a trompicones, no paraba de emitir destellos, interrogantes para los cuales lo mejor es no haber leído casi nada o haberlo olvidado casi todo. Porque la verdad de India te asalta ahí dentro, tras la cortina mugrienta del triciclo, mientras esquivas los escupitajos al suelo del conductor. Esa constante rojiza, indiferente a que luzca camiseta imperio o una camisa uniforme, de manga larga y planchada. Te asalta ahí, con el culo apretado contra el asiento destripado y desprendido del vehículo. Te asalta ahí, a cuarenta y cinco grados —la temperatura ideal para meterse en este libro— deseando fervientemente que la cola se mueva, aunque el aire resultante también sea caliente.
Esa verdad, bajo un sol de justicia, es que lo que está en un sitio, no puede estar a la vez en otro. Empezando por uno mismo. Una revelación como un templo, mientras se te derriten los sesos. Las redes sociales —esa red para saltar con red— en apariencia nos igualan a todos, como el alfombrado de las mezquitas. Pero el que está en Cadaqués o en los Champs Elysées no se encuentra ahora mismo tragando humo en medio de este embotellamiento petardeante en Paharganj, Nueva Delhi. Ni tampoco a «las puertas del infierno», en Benarés. El arranque de sinceridad no es mío, sino de mi padre octogenario a bordo de un rickshaw en la ciudad del Ganges. Concretamente, de un autorickshaw circulando a tumba abierta entre la marabunta, como quien tiene la resurrección al alcance de la mano.
En mi caso, visto con perspectiva, tal vez jamás estuve tan cerca de reinventarme como periodista como en mis tres primeros meses mandando crónicas de la India, sin otra preocupación ni ocupación. Libre todavía del algo rimbombante título de corresponsal y sin más mochilas que la mochila. Tiene su explicación. En primer lugar, nunca cunde tanto el tiempo como viajando solo. Y jamás vuelven a estar los poros tan abiertos como las primeras veces. Si la rutina ensucia el parabrisas, en la India más.
Al mismo tiempo, la India es una cura de humildad. Un dado de un millón de caras donde conviven otras tantas verdades y su reverso. Una civilización multiforme que no cabe en un retrato, ni en un solo argumento. Así que este texto solo aspira a ser una azarosa e inconclusa rendición de cuentas. Y al mismo tiempo, esto es todo y no voy a decir más.
Que vivir en India, escuela de improvisación permanente, haya servido por lo menos para eso. Para aceptar que se escribe un libro, nunca el libro. Porque no existe el relato, total y definitivo, sino los relatos, provisionales y parciales.
India es un caos que se sobrelleva, pero que a la vez te trastorna. Hasta me llegó a pasar por la cabeza comprarme un piso en Mehrauli, ese barrio de Delhi más viejo aún que Old Delhi, con un estanque arqueológico al que algún día le llegará su hora, la del boom, como ya ha sucedido en Hauz Khas. Sin embargo, creo que los hijos que luego he tenido no me lo habrían perdonado. Aunque quién sabe.
El escritor escocés William Dalrymple llegó a una conclusión parecida mucho antes que yo y pasa la mitad templada del año en Mehrauli, con su esposa no menos británica. Aunque es verdad que no en un modesto piso, sino en una farmhouse, como se conocen allí las grandes casas de los potentados, a condición de que no sean granjas, ni huelan a ganado, sino que tengan aire acondicionado y piscina. Como leerán a continuación, no es la norma.
Pero por si no ha quedado claro lo repito. Este no es el libro que se espera de un corresponsal. O eso espero. Menos aún al cabo de tantos años. Pero siendo la India madre de todas las contradicciones y amándolas a todas por igual, no podrá dejar de acogerlo en su seno. Solo nos queda desear que valga tanto como mide y pesa.
En Delhi, a quién conoces
Nueva Delhi, estación terminal
En las incómodas banquetas de aquella tetería con vistas a la polvareda, alguien habló por todos: «Pues menos mal que son sagradas». Iban apareciendo, de cuando en cuando, vacas descarriadas entre el tráfico, ensimismadas, flacas y bastante sucias. Circulaban de una en una y sin cencerro, con un meneo a paso de rumiante que empeoraba el atasco, si eso era posible. La apretada paciencia de los pasajeros en los destartalados cycle-rickshaws parecía no habérselo de reprochar jamás. Los cuadrúpedos se detenían a veces, con apetito, ante un montículo de basura fresca y cumplían con su cometido. Pero otras veces, la parada era de carácter filosófico y sin objeto alguno, más que darse en el peor momento, en el peor lugar, sin que nadie les soplara un ojo. Mientras, parapetados tras de un té, las observaban, variopintos y extasiados, personajes prestados del Makoki, en un tris de entrar en órbita o en un plas de derrengarse en el más absoluto sopor.
En aquel entonces, la atropellada calle principal de Paharganj era todavía un barrizal —cuando llovía— o, más a menudo, un palimpsesto enjuto, con varias capas de inmundicia indescifrable. Entre tanto neón mellado, una cosa se entendía: Bienvenido a Nueva Delhi y disfrute del calor. La roña corre a cuenta de la casa.
Paharganj era tan irreal como la calle del duelo en una peli del Oeste, pero en hora punta y con muchísimos más indios que vaqueros. Indios de veras, claro. En lugar de saloon, había garitos sin maldita la gracia, de paredes mugrientas y nada parecido a unas bailarinas con ligas. Tampoco había tiros, ni siquiera tirones, aunque a nadie le interesaba recordar el bombazo de unos años atrás, ni su desparrame de muertos.
Aquello tampoco era Bombay, sino una marabunta sin más y sin mar. Entre los rostros pálidos, una amplia paleta de aquellos que habíamos perdido ya unos cuantos trenes, y para nuestro secreto regocijo, no pocos para los que parecía haber pasado ya de largo hasta el coche escoba.
No en vano aquel galimatías era, antes incluso que un forúnculo capitalino, una excrecencia de los ferrocarriles. La llamada Estación de Nueva Delhi, sin ser la más antigua de la gran ciudad, estaba allí desde antes de la independencia y allí seguía, tragando y vomitando gente las veinticuatro horas. Principalmente, las más intempestivas, siendo de rigor el madrugón en sus horarios de salida, pensados para soslayar, en la medida de lo posible, la parte más tórrida del día, en trayectos que pueden llegar a durar varias jornadas.
Quien sin embargo llegaba con retraso —si es que algún día había de llegar— era el estado del bienestar. Con resistencias por arriba, pero también por abajo. Los barrenderos, por ejemplo, acostumbran a pertenecer a cierta casta: los válmiki. Estos ven la mecanización de la recogida de basuras como un atentado frontal a sus derechos adquiridos. De este modo, a sabiendas de que los médicos viven de la enfermedad —más que de la salud— y los periodistas de la catástrofe —no de la calma chicha—, los barrenderos de Delhi se aseguran el pan para mañana barriendo hacia los lados, sin recoger jamás.
Aunque, de cualquier modo, los verdaderos basureros eran ellas: las anémicas vacas de paso titubeante. De tan enfrascadas, su empeño daba grima, excepto a los recién llegados, que saludaban su visita con una amplia sonrisa y alzando su refresco —un mango lassi o una dulzona cola Thums Up— frotándose las manos ya ante el exotismo que habría de venir. Bien dispuestos a liarse un pitillo y entablar conversación, cuanto más gaseosa, mejor.
Mientras, los más colgados —quizás de Ciencias Puras— se devanaban los sesos con aquel misterio irresoluble desde que aterrizaban en la India ¿Cómo impedir que las burbujas terminen escupiendo del vaso la pajita de la limonada, más conocida como fresh lime soda?
Todos estaban, sin excepción, en el secreto. Basta, para ser rico, con irse a un país más pobre, con tiempo por delante. Nada más llegar a esa especie de sala de espera al aire libre que era la inefable Paharganj, uno podía imaginarse un millonetis de ocasión. Acaudalado en horas sin reloj, pero también en gárgaras, tosidos y expectoraciones. «¡Y qué negros los mocos!», se desahogaba alguno. En verdad, cuánta asfixia en aquel desfogarse, cuánta impureza para purificarse en la capital espiritual de la contaminación.
El mundo entero parecía en descomposición y no pocos estómagos incautos parecían haber elegido el mismo destino al mismo tiempo. La devoción a Krishna, a dios gracias, con su ubicuo aroma a incienso, desinfectaba putrefacciones y hediondeces varias. Asimismo, hervía el lassi en ollas como bañeras jurásicas de aluminio. Mientras, niñas humildes de uniforme impecable se apiñaban dentro de latas de sardinas, motorizadas, camino de la escuela, y un halo de jazmines traspasaba su jaula. Aquella que debía protegerlas, en primer lugar, del taciturno e inescrutable conductor.
La clientela del Café Madan no era necesariamente selecta y encima hacía lo imposible para afear su indumentaria. Por mucho que Bunti, su avispado y bigotudo dueño, interrogado sobre el significado del cartel, se apresurara a sacarle brillo: «¡Madam! ¡Es madam!». Los indios tienen siempre a punto una respuesta complaciente, pero es más probable que fuera un remedo de maidán, vocablo persa extendido desde Ucrania a Bangladesh para designar una explanada a modo de plaza.
Se deduce porque, en aquel preciso emplazamiento, la calle se ensanchaba un par de metros, como mucho. Más que suficiente para dárselas de algo, del mismo modo que un hotel con un ronroneante aire acondicionado de tercera mano en alguna que otra habitación, se anunciara, invariablemente, como Deluxe, cuando no Palace.
Pero más que explanada, aquello era un conato de aplanamiento, con muchos baches indemnes, flanqueado por farolas y postes incongruentes, más de telégrafo que de teléfono. Las primeras, desmochadas, nunca acababan de sacar de la penumbra a piedras y pedruscos que llevaban desviando y enervando al género humano desde los tiempos de Vishnú.
Sin embargo, los hagiógrafos occidentales de la nada sorbían aquella superpoblada inanidad con supremo deleite. Del menos es más, centroeuropeo, que los engendró, al más y peor, de aquel sur desfondado y prolífico. Interrogándose, felizmente, sobre el devenir de burbujas y pajas, en mitad de una metrópolis venida a menos desde muy atrás, pero con ínfulas desaforadas y fantasías metastásicas.
Para no ver la pesadilla o, cuando menos, taparle las vergüenzas, solo había dos opciones. Tener una rara y abundante cultura, o casi ninguna. En casos extremos de adoración nocturna al reverso del tapiz se lograba hasta darle la vuelta y convertir el insomnio en dulces sueños. Cuando le preguntaron a Gandhi qué pensaba de la civilización occidental, este respondió que «sería una excelente idea». La tan traída y llevada India espiritual, tampoco estaría mal, como proyecto. Por no hablar de la coletilla de democrática y pacífica.
Para vestir a aquella moribunda eterna con las más finas sedas, había —¿habrá aún? — librerías de lance con floridas promesas de atajos a la sabiduría. Libros de los que elevan el alma, al alcance en cualquier aeropuerto, pero que, recogidos en su mismo huerto, como los tomates, siempre saben mejor.
También apetecía un poquito de sombra para paladearlos, en el mediodía infinito. Un lunes era un manojo de estrofas del Bhagavad Guita, un martes algún mantra tibetano del Libro de los Muertos, un miércoles unos slokas del Upanishad... Aunque no pocas veces era la nada, en honor a la nada, enfrente del Imperial Cinema, mientras te perpetraban un zumo de mosambi —o de granada— en cubiletes arteramente apartados de tu mirada aturdida. ¿Dónde está la bolita? De noche, hubiera sido hermoso volver la vista hacia arriba y contemplar las estrellas, pero no hay de eso en Delhi. El cielo era otra ciénaga.
No menos atolondradas, las moscas se estrellaban como kamikazes contra los cristales del hotel Yes Please. Una, dos, tres, cuatro... Las supervivientes persistían, calle arriba, hasta la siguiente esquina, atraídas por las cabras atadas de una pata a las farolas. A veces, sufría igual cautiverio un caballo o un burro. Al paso del primer buey, teníamos ya el pesebre.
Cuando es oro lo que brilla
Qué más puede decirse de aquel barrio aguerrido, donde rusas pechugonas, de cincuenta para arriba, llegadas en cuadrilla de no pocas repúblicas, se reían con uno o dos dientes de oro por haber cerrado un trato –—a cuarenta y tantos grados— antes de salir volando con un cargamento de peletería para su invierno en ciernes. Qué calores, qué sudores y qué mozos cachemires de napia prominente, inglés fluido. Y ellas venga a reírse a carcajadas, cargadas de cajas de cartón en sus días dorados. Como las cigüeñas, aparecían todos los años, por las mismas fechas, y nunca se equivocaban de nido, en Yashwant Place o, para las que tenían por más profesionales a los fornidos sijs, en Karol Bagh. Y venga a reírse y venga a exhibir, como en una rapsodia, sus dentaduras que fueron socialistas, de clara tendencia no alineada.
Quien no se reía en absoluto era el vendedor de periódicos. Un brahmán profundamente deprimido, solemne y pobre, pero alfabetizado, que desplegaba cada día por el suelo, sobre un plástico, decenas de diarios en varias lenguas indias y en inglés, además de revistas. El precio era de risa y se salía siempre, por lo menos, con tres cabeceras bajo el brazo.
Su hijo, de sonrisa callada y sardónica —para mejor esconder el poco inglés— iba ganando tiempo mientras su madre y sus tías le buscaban esposa de su misma casta, lengua y condición. Mientras tanto, se turnaba con su padre calvo, grave y todavía más parco en palabras. Era el suyo un negociado a ras de tierra, en una esquina, frente al ya citado Imperial Cinema, cine de los de antes, en el que ya solo entraba la muchachada y ni una sola fémina. Era un quiosco invisible: un chiringuito de papel y sin duda sometido, como tantos en India, a prórroga mensual, mordida mediante, debida a los agentes de la autoridad.
Nada que ver, claro, con otros tinglados igualmente a ras de suelo, pero confortablemente cubiertos con sábanas y cojines, siempre impecables. Como en tantos bazares en que los más ricos mercaderes, jainistas o
