Marginautas
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Marginautas - Adolfo Guidali Etcheverry
MARGINAUTAS
adolfo guidali etcheverry
Autor: Guidali Etcheverry, Adolfo.
Título: Marginautas / Adolfo Guidali Etcheverry.
Edición: Primera edición.
Xalapa, Veracruz, México : Universidad Veracruzana, 2015.
Serie: (Ficción)
ISBN: 9786077605874
Materia: Novela uruguaya--Siglo XXI.
DGBUV 2015
Primera edición, 2015
D. R. © Universidad Veracruzana
Dirección Editorial
Hidalgo núm. 9, Centro, CP 91000
Xalapa, Veracruz, México
Apartado postal 97
diredit@uv.mx
http://www.uv.mx/editorial/
Tel./fax (01228) 8185980; 8181388
ISBN:978-607-7605-87-4
Versión de ePub: 2.1
Maquetación digital: Aída Pozos Villanueva
Exordio
Rulito caminaba rápido y tenso, sin atreverse a mirar hacia atrás. La calle estaba mal iluminada, no había columnas sino picos de luz que cada tanto asomaban como gárgolas colgando del vetusto muro del depósito de los ingleses. Aunque la mayor parte ya no funcionaba. Las bombitas de cien watts habían sido robadas o rotas a pedradas, cuando no simplemente quemadas por el uso y jamás fueron reemplazadas. Avanzaba a tropezones. Había llovido mucho en los últimos días. Pero no era el intenso olor a humedad lo que le molestaba sino las baldosas flojas encharcadas que inevitablemente pisaba cada pocos pasos, subiéndole el agua barrosa hasta más arriba de las rodillas. Se mordía los labios y maldecía hacia sus adentros, pero no tenía más remedio que andar así, a tientas y arrimándose contra la pared. El golpeteo sordo de sus pisadas era acompañado por el rumor de fondo de los coches que circulaban por la avenida, que se encontraba a más de doscientos metros, del otro lado del tejido de alambre que limitaba el predio ahora baldío. Cada tanto, se escuchaba el ladrido lejano de algún perro o el llanto como de bebé de una gata que delataba una noche de amor y lujuria.
Cuando llegó al final del muro, se agachó y retiró con dificultad una enorme piedra que cubría un hueco debajo del alambrado. Arrastrándose, logró pasar al otro lado: estaba en tierra de ingleses. Desde su infancia había escuchado diversas historias sobre el viejo depósito. Pertenecía a la Compañía del Gas, pero desde que se fueron los británicos había quedado cerrado y abandonado. Primero circularon historias de que había sido saqueado. La fantasía popular describía verdaderos tesoros, extraños y complejos aparatos que habrían conocido finalidades fascinantes, más compatibles con las películas de espías y agentes secretos que con la monótona y sin gracia tarea de suministrar gas por tubería a toda una ciudad. Después, con el misterio de la dejación y del olvido a cuestas, el viejo edificio se convirtió en verdadero nido de pasiones clandestinas y en dormitorio improvisado compartido por vagabundos y ratas de dimensiones insospechadas. Pero la mitología era generosa, y todavía se decía que algo nuevo siempre podía encontrarse. Había que saber buscar y, por supuesto, hacer gala de la habilidad necesaria para eludir a la cana[1] que religiosamente, y a pesar de los años, continuaba arrimándose al lugar en sus rondas nocturnas.
Rulito encendió por lo menos tres veces el yesquero[2] para orientarse antes de llegar al portón principal. La madera de éste estaba casi por completo descascarada y semipodrida en algunas partes. Entonces abrió el cierre de su campera y extrajo de entre las ropas una barra metálica de casi cuarenta centímetros de largo y comenzó a hacer palanca en la breve rendija que quedaba entre el portón y su marco. Cuando parecía que la barra se doblaría, se escuchó un chirrido como de riel y la abertura se agrandó en unos pocos centímetros. Con las dos manos comenzó a tirar y a zarandear la madera hacia los lados, logrando aumentar un poco la luz, pero sólo hasta un punto a partir del cual el desvencijado portón no se quería mover ni un milímetro más. Se deslizó hacia el interior colocándose de costado y soltando todo el aire de los pulmones. Aun así tuvo que hacer un juego cimbreante entre la columna vertebral y el esternón para lograr su objetivo. Lo consiguió. Aspiró con fuerza y un vaho fétido penetró en todo su cuerpo y sintió ganas de vomitar. Se distrajo pensando lo bueno que sería contar con una linterna, pero la suya, protagonista de viejas correrías, estaba estropeada por culpa de unas pilas sulfatadas y no había tenido tiempo ni ganas de robar o pedir otra prestada.
Comenzó a buscar con cautela. Casi arrastraba los pies para evitar cualquier tropiezo. A su paso, barría con sus zapatos el suelo de cemento desnudo, semicubierto de polvos de diversa naturaleza, hierros y tornillos oxidados. De tanto en tanto encendía el mechero y mantenía la llama hasta que el calor se volvía insoportable, al punto de chamuscarle los dedos índice y pulgar, pero era la única manera de orientarse. Casi se le paraliza el corazón al escuchar muy cercana una sirena y ver cómo se multiplicaba en los ventanucos cuadriculados que daban a la avenida la luz de un patrullero de la policía. Pero siguió de largo; todavía no lo habían descubierto. Se había cuidado de no comentar sus planes con nadie, los del barrio eran buena gente pero nunca faltaba algún batilana[3] que lo vendiera por un par de litros de vino o sólo por quedar bien con los milicos. "Los chorros[4] de hoy carecen de ética", filosofó, en un lamento interior interrumpido por el golpe seco de su rodilla izquierda contra lo que parecía ser una gran caja de cartón. Estaba de suerte: a oscuras y sin radar había dado con los últimos vestigios autóctonos del Gran Imperio Británico. De nuevo se alumbró con el encendedor y pudo hacer un primer examen del tesoro que se había interpuesto en su camino. Se trataba de una caja de cartón grueso, sellada por completo con una ancha cinta adhesiva de color marrón. Los vértices estaban bastante deteriorados por la humedad. La tanteó, intentó moverla y apenas logró hacerlo con dificultad. Era evidente que se trataba de algo valioso, sobre todo a juzgar por su peso. Prefirió no abrirla para evitar inconvenientes durante el traslado; ya tendría tiempo de regodearse con su hallazgo. Seguramente, los mil dólares que necesitaba para un pasaje a Europa ya estaban en su bolsillo, y de ahí en más vaya uno a saber. La providencia había puesto a su lado una gruesa cuerda de cáñamo. Estaba vieja y reseca, pero casi con seguridad resistiría. Rodeó la caja, hizo un nudo y lentamente empezó a arrastrarla hacia la salida. Al tiempo que especulaba con el posible contenido y su valor en el mercado negro, se devanaba los sesos pensando cómo iba a salir del depósito con su carga por el breve resquicio que le ofrecía el portón. Pero no había decidido solución alguna cuando escuchó un ruido de chupeteo y casi simultáneamente la luz de una linterna le cegó los ojos desde no más de metro y medio de distancia. Quedó paralizado. Tanto trabajo para nada. Allí estaba, transpirando y agitado por el esfuerzo, con partículas de un polvo rancio y centenariamente victoriano pegoteadas en el rostro, sorprendido como un principiante. El gran Rulito descubierto dando el golpe de su vida. Si hasta parecía el titular de la página roja de los diarios del día siguiente.
I
Apenas alcanzó a ver una sombra que se incorporaba junto a una de las paredes del enorme barracón. Haciendo visera con las manos y en la medida en que el otro movía la linterna como si lo estuviera examinando, logró distinguir algo que lo dejó casi petrificado. Se trataba de un agente de policía el que con una mano sostenía la linterna mientras con la otra se acomodaba la bragueta del pantalón y que, no sin cierta torpeza, sacó su revólver de la cartuchera.
—¡Quedás detenido, hijo de una gran puta! –gritó el agente, provocando un eco que aumentaba la desolación del lugar, al tiempo que le apuntaba con el arma.
—¿Pero qué…, qué hice? –balbuceó Rulito, todavía desconcertado.
De repente, junto al policía se irguió otra figura que se había mantenido agachada en el suelo, sobre un revoltijo de frazadas sucias y deshilachadas.
—¡Matalo, negro…, matalo…!
Carraspeó una voz ronca que no guardaba para nada proporción con la melena rubia oxigenada y las pestañas cargadas de rimmel que Rulito alcanzó a advertir entre penumbras. Pero bastó otro movimiento de la linterna del policía, para que una sombra de barba brillara en las mejillas de la blonda y alejara definitivamente cualquier tipo de duda o sospecha.
—¡Matalo! ¡Pegale un tiro en la cabeza! –insistía con tono histérico.
—¡Tranquila, Mesalina!… No sea que me ponga nervioso y el tiro te lo pegue a vos –amenazó el policía.
—¡Sos un bruto! Un bruto y un desagradecido –gritó el conato de hembra, lloriqueando y tirándose sobre el jergón improvisado.
—Creo que llegué en mal momento –masculló Rulito en un alarde de picardía.
—¡Tranquilo, flaco! Si colaborás acá no va a pasar nada… Capaz que hasta podemos hacer algún negocio juntos. A éste no le hagas caso, ya sabés cómo son las mujeres. Bueno…, o lo que sea. ¿Qué tal si vemos eso que llevás ahí? –señalando la caja con el cañón del revólver.
—No sé qué tiene adentro. Pero si me ayudás a sacarlo de aquí, podemos ir a medias –planteó Rulito convencido de que comenzaba a manejar la situación.
—¡Lo de a medias está por verse! Pero creo que tenés razón, lo mejor va a ser salir de acá y afuera vemos qué hay en este bulto.
—¡No, negro, mejor matalo! Este flaco no me parece de fiar.
—¡Vos callate la boca, Mesalina! ¡Me tenés podrido! Aquí el único que da órdenes soy yo –al tiempo que le cruzó la cara de una bofetada.
El travesti se echó a llorar tirado sobre las frazadas y la escena comenzó a tomar un sesgo melodramático que a Rulito le desagradaba, pero prefirió mantenerse al margen.
—¡Son todos iguales! No tienen la más puta idea de cómo tratar a una dama. ¡Negro ordinario!, me buscás para que te la chupe pero sos incapaz de tratarme con decencia. A mí, que actué en los mejores cabarets de medio mundo –gemía la susceptible Mesalina.
El policía hizo un gesto de fastidio y se dirigió a Rulito que se mantenía expectante.
—Bueno, ahora ustedes dos levanten la caja y vámonos de aquí, antes que caiga alguien.
—¡Yo no pienso cargar eso ni loca! ¿Dónde se ha visto? Una reina de la noche acarreando cajas como si fuera un vulgar estibador del puerto –protestó Mesalina.
—Vos y éste van a cargar con ese bulto porque a mí se me antoja, ¿está claro? –el policía, amenazante, le restregó el caño del revólver contra una mejilla al travestido que optó por callarse la boca.
—Perdoná flaco que no te dé una mano, pero es que si nos ven lo mejor va a ser que crean que los llevo detenidos. Además –señalando a Mesalina–, te puedo asegurar que la Mesa con minifalda y tacos altos tiene más fuerza que vos y yo juntos. Antes de hacer la calle trabajaba en una empresa de mudanzas.
—¡Si será grosero este palurdo! Desde que se fueron los ingleses ya no quedan caballeros en este puto país –mascullaba para sí la aludida.
El trío abandonó la enorme nave por una puertita lateral que Rulito desconocía y que el agente de policía abrió con destreza desatando unos alambres. Formaban un extraño cortejo, avanzando hacia la avenida periférica bajo la tenue luz plateada de una luna nueva rodeada de un halo que, inequívocamente, anunciaba más lluvias. Caminaban con lentitud, chapoteando en el barro. Mesalina perdió un zapato en más de una oportunidad, puesto que los tacones de aguja se enterraban como estacas en el suelo fangoso; hasta que optó por quitárselos y colocarlos encima de la caja. Los dos resoplaban y sentían cómo las gotas de sudor se les enfriaban lentamente en las sienes, mientras el policía los azuzaba como si fueran un par de bestias de tiro.
Al llegar a escasos metros de la calzada, el policía los obligó a detenerse. Miró con sigilo en derredor y sacó de un bolsillo de su chaquetón un pequeño cortaplumas. Les hizo una señal para que se mantuvieran callados y procedió a abrir la caja con sumo cuidado. Primero cortó la cinta engomada, luego hizo palanca con la hoja de cuchillo para desclavar media docena de grapas herrumbradas. Retiró con delicadeza, rascando con dos dedos la lengüeta de cartón que estaba también húmeda y entonces pudo levantar la tapa. Apartó la viruta de madera que formaba una especie de colchón para proteger el contenido de eventuales golpes, y, con la minúscula navaja, rasgó el grueso nylon que tenía pegada una etiqueta escrita en inglés, cuyo significado era para él un verdadero misterio. Recién entonces, introduciendo una mano entre los labios del tajo en la bolsa, pudo tantear la promisoria mercadería. Eran piezas metálicas pequeñitas. Hurgó un poco más y comprobó que eran todas iguales. Acto seguido tomó un puñado y alumbrándose con la linterna se dispuso a estudiarlas.
—Y esto, ¿qué mierda es? –preguntó extrañado mientras sopesaba los minúsculos artilugios.
Rulito, que a simple vista adivinó la naturaleza de tan preciado botín, no pudo evitar ruborizarse. No eran diminutos micrófonos inalámbricos, ni tampoco pepitas de oro sintético, todas parejas en forma y dimensiones para que no ocuparan espacio de más. Eran simples oídos para los quemadores de las hornallas de las viejas cocinas a gas traídas por los ingleses.
—Vendiéndolos al peso, podemos sacar unos cuantos mangos… Yo conozco a un chatarrero que no va a hacer demasiadas preguntas –afirmó en un tono medio balbuceante.
—¡Mirá, flaco! Lo mejor que podés hacer con estas mierditas es metértelas en el culo. Y no te llevo en cana porque es más la complicación que otra cosa. Eso sí, que no te vea nunca más por aquí. ¿Entendiste?
El policía tiró con bronca el puñado de piecitas de nuevo en la caja y golpeando la linterna contra uno de sus muslos, se alejó rápidamente del lugar, dejando a Rulito en compañía de una sonriente e irónica Mesalina. El travestido tomó un par de oídos de quemador y los hizo rebotar suavemente en la palma de su mano con un breve movimiento.
—¡Tanto lío para nada! –comentó filosóficamente. No sé cómo a este negro atorrante, que conoce el depósito mejor que nadie, se le pudo ocurrir que podía quedar algo de valor. ¿Me los puedo quedar?
—Sí, por supuesto. Aunque no sirven para nada –respondió Rulito medio abatido.
—Es que mi madre tiene una cocina de gas de las antiguas y una de las hornallas no funciona. Capaz que sirven de repuesto.
—¿Vos vivís con tu madre? –preguntó Rulito extrañado.
—Sí, y con mi padre y dos hermanos varones.
—¿Y qué dicen de esa pinta con la que andás por la vida?
—Están acostumbrados. Siempre quisieron una mujercita en la familia. Además, como llevo plata a casa, prefieren no preguntar demasiado. Pero en lugar de quedarnos aquí hablando, que con esta humedad vamos a echar raíces, ¿por qué no buscamos un taxi? Te alcanzo hasta donde vayas.
Rulito no tuvo ni tiempo de pensarlo, cuando Mesalina ya estaba haciendo señas con uno de los zapatos de tacón a un taxi libre que se acercaba por la avenida. El conductor no pudo disimular su asombro cuando tuvo que ayudar al joven hombre a cargar la caja en el portavalijas, pero se abstuvo de cualquier comentario. Sentados en la parte trasera del vehículo, ninguno de los dos habló una palabra durante las primeras cuadras, hasta que el travesti tomó la iniciativa.
—Estaba pensando, flaco. A esta hora y con esta pinta que llevo, va a estar difícil para levantar algún cliente. ¿Mejor por qué no terminamos la noche en un amueblado?
Rulito quedó desconcertado con la propuesta. No era un problema de prejuicios. Años de eternas discusiones con sus amigos y de prácticas clandestinas, a veces por el mero hecho de poder contar con un plato de comida caliente, e inclusive, hasta alguna aventura juvenil en plan zoófilo, habían moldeado su actitud frente al tema sexual. Una suerte de ética, más que elástica pero ética al fin –inclusive, una vez un viejo marica de barrio pituco[5] le había dicho: "ustedes los pichis[6] tienen la moral como un chicle, y aunque no lo entendió muy bien, le gustó la imagen–. Lo tenía bien claro, mientras hiciera el papel activo no había ningún problema. En el barrio se hablaba de grandes bujarrones históricos, taladros míticos como el
Pibe pastilla", que haciendo suspirar y gemir hasta el delirio a señores de alcurnia consiguió hacer estudios universitarios y asegurarse un porvenir. El caso era que Mesalina no le movía un pelo. Más que de ética, este asunto se volvía una cuestión de estética. Le habían contado de los travestis de Río de Janeiro, algunos capaces de hacer palidecer a las más encumbradas misses del orbe. Hembras reales frente a las cuales las modelos de las revistas y sus figuras anoréxicas daban la impresión de un hatajo de prematuras. Pero para nada era el caso de Mesalina y su barba desatendida desde la media mañana anterior. A Rulito se le hacía cuesta arriba concebir una respuesta que no hiriera susceptibilidades. Además, conocía algo de la fama del mal carácter de muchos de los travestidos. Al final se le ocurrió una justificación bastante sencilla pero cargada de una lógica prácticamente irrebatible.
—¿Quién te entiende a vos? Hace un rato le decías a tu amigo el milico que me pegara un tiro en la cabeza y ahora me querés llevar al catre.
—¡Ése no es mi amigo! ¡Es un negro cafiolo[7] de lo peor! Me obliga a chupársela gratis para no llevarme detenida por ejercicio ilegal de la prostitución. Si dije lo que dije fue porque me puse nerviosa. Pero ¡dale!, no vas a desperdiciar esta oportunidad. Yo pago el amueblado.
A Rulito la situación se le comenzaba a revelar complicada. Entre su gente había leyes no escritas. La solidaridad entre los desposeídos y orilleros era una regla de
