Un reto para el actor
Por Uta Hagen y Elena Vilallonga
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En este texto, fruto de más de cuarenta años dedicados a la formación de actores, Uta Hagen define los objetivos que debe perseguir un actor y proporciona las técnicas específicas para lograrlos. Así, plantea ahondar en los sentidos físicos y en la propia psicología para ofrecer una buena interpretación, y propone ejercicios que permiten recrear emociones auténticas en escena. Gran conocedora de las dificultades con que se enfrenta un actor al dar vida a un personaje, ofrece también soluciones a dificultades concretas como la forma de recrear el aire libre en la escena, encontrar una ocupación mientras se espera en el escenario, hablar con el público, aprender a usar la imaginación histórica y ser capaz de interpretar personajes de época con auténtica convicción. En definitiva, Uta Hagen ofrece un sinnúmero de ayudas prácticas que han hecho de ella una de las pedagogas más influyentes de Estados Unidos, con alumnos tan destacados como Geraldine Page y Jack Lemmon, y de Un reto para el actor un bestseller en lo que a aprendizaje teatral se refiere.
Uta Hagen
Nacida en Alemania pero educada en Estados Unidos, Uta Hagen debutó como actriz profesional en 1937 en el papel de Ofelia. En 1947, cuando estaba a punto de abandonar la profesión a causa de su insatisfacción personal, conoció a Herbert Berghof y profundizó en las enseñanzas de Stanislavski y la llamada “verdad escénica”. A partir de entonces se implicó por completo en su labor como pedagoga, que considera su prioridad profesional. Sin embargo, su reconocimiento como actriz corre paralelo al que tiene como autora: recibió Premios Tony en 1950 y en 1962. En cine la recordamos por su interpretación con Laurence Olivier y Gregory Peck en Los niños de Brasil (1978). En 1973 publica Respect for acting, su primer título en torno a la interpretación. En 1991 reescribe algunas de sus propuestas de entonces y publica una nueva versión más completa: Un reto para el actor, el texto que ahora ofrecemos al lector.
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Un reto para el actor - Uta Hagen
Primera parte
El actor
1
El mundo del actor
Desde la antigua Grecia, la democracia ha dependido de filósofos y artistas. Ésta puede prosperar únicamente a fuerza de investigar y reflexionar sobre la condición social del hombre, poniéndola a prueba y cuestionándola. El hombre vive sujeto a estas condiciones empujado por un constante afán de superación. Una de las primeras medidas de la dictadura consiste en reprimir a aquellos artistas e intelectuales que puedan sembrar la discordia a propósito de cualquier doctrina que los subyugue. Un artista despierta la curiosidad y la conciencia de su comunidad, y es por ello que supone una amenaza para aquellos que se han hecho con el poder. Existen innumerables ejemplos de ello en la historia reciente: Hitler censuró no sólo a todos los artistas contemporáneos que desafiaron al régimen, sino también las obras de algunos clasicistas alemanes como Schiller y Goethe, que defendían la libertad de expresión y condenaban el antisemitismo. Prohibió funciones de la ópera Fidelio de Beethoven porque propugnaba la causa de los presos políticos. Son legión los artistas contemporáneos que han discrepado de las dictaduras, del racismo en Sudáfrica, de la opresión militar en Latinoamérica e incluso de nuestro episodio de macartismo. Todos ellos constituyen un ejemplo del poder del arte.
En tanto que actores no debemos considerarnos exentos de la tarea de aprender del mundo, de nuestro país y de nuestra comunidad más próxima. Tenemos que formarnos un criterio propio. Las generaciones posteriores, es decir, la generación del «yo», trajo con ella gente joven con preocupaciones sociales diferentes que solían ir acompañadas de la idea vana y fútil de que la acción individual nada puede cambiar. Sé positivamente que si yo pongo mi granito de arena, detrás de mí lo harán miles de personas más; que si contribuyo con cien pesetas a saciar el hambre que hay en el mundo, a la protección ambiental o a las libertades civiles, muchos contribuirán igualmente después de mí, de la misma manera que estoy convencida de que si yo no hago nada, el resto actuará con la misma negligencia.
Una vez que empezamos a familiarizarnos con los problemas mundiales y a entender la relación que mantiene nuestro país con todos ellos, ya podemos abordar los problemas más cercanos a nosotros. «¡Mi país, para bien o para mal!» suele sacarse de contexto y utilizarse en un sentido antipatriótico e incluso peligroso. En cualquier país, como en cualquier individuo, siempre hay algo que corregir. La lucha por mejorar el estado de las cosas y mostrarse disponible para ello es la obligación del ciudadano responsable. Cierto es que ser un artista conlleva subirse al carro de la lucha por la causa. De una manera intuitiva sentimos compasión por nuestro semejante y entregamos desinteresadamente nuestro tiempo y talento para combatir el hambre, la enfermedad, la falta de vivienda y para protestar contra la proliferación nuclear, contra las guerras injustas y la opresión, pero únicamente después de que todas estas cosas hayan llamado nuestra atención. Desgraciadamente, no existe una conciencia acerca de los falsos valores nacionales imperantes ni de las técnicas de explotación que se practican en nuestra sociedad. Somos muy perezosos a la hora de cambiar las condiciones actuales, incluso aunque afecten a nuestro propio trabajo. Aducir que ignoramos la situación o hacerse el sordo y dar por hecho que las acciones individuales no conducen a nada, es condenarse a una subsiguiente esclavitud.
Retrocediendo a los orígenes del arte del teatro y trazando brevemente la historia de su evolución, explicaré cómo y por qué alcanzó su apogeo y por qué cayó tantas veces en desgracia; por qué Norteamérica le puso el sobrenombre de «El inválido fabuloso» y a santo de qué debería ser inválido, o fabuloso, o cualquier otra cosa.
El antiguo teatro griego, con sus enormes palestras al aire libre, era una fuente de iluminación intelectual y una forma de catarsis emocional para el pueblo. Al extenderse a los romanos, sumidos en una dictadura y con una creciente propensión al mero entretenimiento, el teatro fue deteriorándose hasta convertirse en un espectáculo carente de alma. Finalmente, acabó por extinguirse y los teatros públicos desaparecieron. (¿Cuántos espectáculos deleznables llenan hoy nuestros polideportivos y espacios polivalentes, incluso a veces con sus participantes montados sobre patines? ¿Cuántos teatros han sido abandonados o demolidos?) Unos siglos más tarde, en la Edad Oscura, cuando la gente trataba de encontrar la luz, el teatro emergió de nuevo en forma de «milagro» religioso y obras de «pasión». Finalmente se extendió por las calles y los mercados y las compañías de mimos y actores ambulantes ofrecían su visión de los problemas políticos locales a modo de espectáculo e improvisaban sobre los temas eternamente fascinantes del amor y el sexo y de la vida cotidiana. (¿Cuántas iglesias, garajes o sótanos ocupamos actualmente en busca de una audiencia que nos escuche?)
Con los isabelinos renació un teatro que posteriormente dio paso a los grandes poetas-dramaturgos alemanes y franceses. El reconocimiento por parte de los gobernantes de que el buen teatro ensalzaba la gloria de sus comunidades se tradujo en un aumento del apoyo económico y en la aparición del patrocinio. Esta política todavía existe fuera de Estados Unidos, aunque muchos teatros lidian todavía con la invasión de la burocracia que amenaza la verdadera contribución del arte en cada país. En toda Europa existen teatros subvencionados por el gobierno central y el municipal. (En Alemania cuentan también con ayudas del ministerio de Industria y de Trabajo.) Gracias a estos constantes y asequibles subsidios, el público ha desarrollado una afición por el teatro. El teatro es parte de la vida cotidiana de la gente. (Un día que hacía cola para comprar entradas en el Burgtheater de Viena, una joven hablaba con su amiga de los problemas que tenía como vendedora. De pronto le preguntó su opinión sobre una película recién estrenada. «No la he visto. ¿Para qué voy a ir al cine cuando puedo ir a ver una obra de teatro?» Ésa fue su respuesta.) Estos teatros subvencionados, que constituyen la columna vertebral de los teatros del país, coexisten felizmente con los teatros comerciales, los experimentales y los cabarets políticos. Ofrecen un amplio abanico de posibilidades, no sólo al público sino también a los actores, que pueden escoger el tipo de teatro que más les convenga para su estilo de trabajo. (En los teatros estatales de Austria y Alemania, los actores trabajan con contratos indefinidos, las vacaciones pagadas y una pensión de jubilación acorde a sus sueldos.)
Al poner énfasis en la importancia del teatro subvencionado no quiero decir que sea necesariamente ésa la solución para los problemas del artista, pero es evidente que estas ayudas implican un reconocimiento de los frutos que nos brinda la cultura, del valor que tiene el teatro para la sociedad, conjuntamente con las óperas, orquestas, compañías de danza, museos y bibliotecas. Significa que existe un respeto hacia los artistas de teatro. En Estados Unidos todavía tenemos que ganarnos este respeto y este apoyo. No nos queda otra salida si queremos levantar cabeza y salir del pantano de la industria comercial en el que actualmente estamos sumergidos y estancados. ¿Cómo hemos podido llegar a esta situación?
Cada vez que me desespero pensando en la situación actual del teatro en Estados Unidos, intento recordar que nuestro país es muy joven y soy consciente de la velocidad con la que este arte ha pasado del caos a la civilización. Los primeros cien años de vida sirvieron para despejar la maleza, dividir el suelo, proporcionar cobijo y tierras de cultivo, crear escuelas, iglesias y ayuntamientos. La formación de gobiernos viables, la comunicación entre los poblados, la lucha por un alto nivel de educación y las artes tuvieron que esperar su
