Educar con solidez en tiempos líquidos
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Cuestiones como la atención, la memoria, la constancia, la superación o el esfuerzo son directa o indirectamente denostadas. Por su parte, las prisas, las urgencias y las ocurrencias sin un porqué van tomando protagonismo. Todo ello unido a un menoscabo de las materias humanísticas, las cuales nos otorgan criterio, nos sitúan en el mundo y nos dotan de una conciencia y de una base ética.
Abandonar la senda de las actitudes que conducen a una educación sólida es imprudente y peligroso, y afecta de forma decisiva al futuro de nuestros alumnos.
Este libro pretende ayudar a recuperar el significado profundo del respeto, la importancia de la atención y la comprensión, la competencia oral y escrita, el nivel académico, la formación cívico-ética. En definitiva, recuperar el sentido común y dotar al cuerpo docente de unos fundamentos y de un apoyo que ilusionen y que impulsen su labor. Porque en las aulas se siembra la semilla del futuro.
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Educar con solidez en tiempos líquidos - Josep Manuel Marrasé
EDUCAR
CON Solidez
en tiempos
líquidos
Guía para docentes
JOSEP MANEL MARRASÉ
NARCEA, S. A. DE EDICIONES
Para Núria
Índice
Introducción
1. Enseñar en lo posible, desear lo imposible
2. El rigor y la verdad
3. Carácter y conciencia
4. Conexiones
5. La palabra
6. El catalizador emocional
7. La lacra del acoso escolar
8. Solidez y creación
9. Inteligencia humana, inteligencia artificial
10 El compromiso
11. El principio artesano
12. Mirar hacia dentro, mirar hacia fuera
13. Cuidarse para poder cuidar
14. El imprescindible optimismo
15. Educar-enseñar con sentido y solidez: una guía
Referencias Bibliográficas
Introducción
Nos importa más lo que no sabemos que los conocimientos que ya tenemos. Por eso, entre nosotros, damos lugar a los maestros, a los maestros verdaderos que hacen y dejan pensar, que hacen y dejan vivir, que hacen y dejan crecer.
Marina Garcés
La educación es un ámbito sensible y delicado. Está sometida a intereses, presiones y prejuicios oportunistas. El vaivén constante de opiniones, a veces paralelas, a veces contrarias, con fundamento o sin él, puede desenfocar sus objetivos centrales, su misma razón de ser. En esta especie de caos, en estos tiempos líquidos, convendrían, más que nunca, miradas conscientes, reflexivas y responsables. Miradas que recuperasen el sentido común y la defensa de una enseñanza sólida que se reencuentre, por encima de anomias y comodidades, con sus esencias.
Enseñar con solidez. Este sería el reto. La sociedad, si queremos que lo sea, si pretendemos que esté articulada democráticamente y que esté compuesta por personas íntegras, competentes, libres y solidarias, necesita de una educación bien fundamentada, basada en actitudes, conocimientos y competencias realmente entrelazados. Desde la ética y las matemáticas, las lenguas y la ciencia, la historia y la tecnología digital, o el arte y la música, precisamos de un hilo conductor: establecer unas bases seguras para que cada alumno y cada alumna —desde la educación infantil hasta la universidad— se ilusione y se motive para que genere posibilidades y dignidad, para que vaya conformando su proyecto de vida.
Esta es la fuerza de la educación. Esta debería ser la certeza principal en este mundo nuestro tan cargado de incertidumbre. Las personas que ahora ocupan nuestras aulas precisan de un futuro; precisan, como afirma Joan Manuel Serrat, reconocerse y ser reconocidas
. Es decir, necesitan definir sus propios posibles, su propia vida.
Este mundo en el que vivimos no es exactamente el mejor de los mundos; estamos inmersos en una emergencia climática que lo condiciona todo. Ante las tensiones que se están generando a nivel mundial, la competitividad a ultranza, el egoísmo, la avaricia y el primitivo instinto de poder marcan, a nuestro pesar, una deriva nada prometedora. Necesitamos una reacción que neutralice esta deriva porque si nos mantenemos en ella, las consecuencias que se vislumbran son, como mínimo, poco deseables. Está claro, y sabemos, que la historia ya nos ha mostrado otras veces encrucijadas complejas y sombrías. Sin embargo, la que estamos viviendo ahora, la situada en nuestro siglo, presenta una novedad: condiciona nuestra misma existencia como especie.
Reconducir esta preocupante deriva requiere el concurso de muchos actores, pero, sin duda, uno de los cruciales es el actor educativo. Tendríamos que apartar pesimismos y comodidades, y recuperar el compromiso, el optimismo y la proactividad. Todo ello sobre una buena base, sobre cimientos amplios y consistentes, sobre valores atemporales de una buena enseñanza: posibilitar, acompañar, potenciar, descubrir e impulsar. En escuelas y universidades se respira un ambiente de renuncia, de cierto abandono y de mera adaptación a la última receta del utilitarismo, al conformismo y a la inacción. El rol central del profesor se está, en cierta forma, desdibujando, y está navegando entre la burocracia y la adaptación al cambio.
En este sentido, conviene recordar siempre, en cada clase y con cada grupo, que la educación es el intento —más o menos logrado— de que los seres humanos accedan al conocimiento y a unas normas de convivencia que permitan un progreso auténtico, basado en una ética esencial y compartida. El educador y la educadora son portadores de mensajes de esperanza, de acompañamiento, de crecimiento personal, de claves para comprender mejor la realidad y, por supuesto, para intentar mejorarla. Impulsamos conciencias y habilidades, actitudes y voluntades; sembramos semillas de futuro. Así pues, somos donantes de un bien esencial, en quienes se deposita una responsabilidad de dimensión colectiva. La complejidad y la presión son, por tanto, inherentes a nuestra labor.
Por otro lado, la educación también es pasión, comunicación, emoción y reflexión. Todos los maestros y maestras, profesores y profesoras, independientemente del nivel de enseñanza en el que impartan, hacen posible su ilusión renovada si tienen en cuenta estos pilares en su actividad diaria. Se enseña y se educa por contagio. Lo que cuenta, es decir, lo que al final adquiere un valor perdurable, es la creación de un ambiente en el que se instala el amor por el conocimiento, y la inducción de lazos, conversaciones y complicidades que den pie a una educación de mirada amplia y generosa, convencida de su doble función: facilitar el desarrollo pleno del alumnado, y su aportación a un futuro compartido y deseable.
En este aspecto, el actual tótem de las competencias contiene trampa; hablaremos de ello más adelante. Competencias tiene que haber, por supuesto, pero basarse solo en ellas conlleva el riesgo de marginar el espíritu crítico y un buen nivel cultural y académico, fundamentales en nuestros tiempos líquidos.
Parece que vayamos transitando un camino hacia una enseñanza teledirigida, donde lo instrumental, práctico y competitivo es un fin en sí mismo. Y ahí es donde surgen —me surgen— muchas dudas. Si somos sensibles al noble oficio de educar, no podemos fondear en este único puerto; no nos podemos conformar con enseñar de forma instrumental. Al contrario, tenemos que ir más allá.
La enseñanza realmente significativa representa mucho más: buenos niveles de comprensión, actitudes abiertas y positivas, motivación y esfuerzo, respeto, convivencia, argumentación, cultura, expresión, emociones… Se percibe en estos aspectos un olvido, como si se tratara de algo que caduca, de esas cuestiones teóricas y utópicas que importan menos. Sin embargo, intentar levantar el edificio educativo sin estos fundamentos es inútil y no deja de ser una empresa vacía de contenido.
Educar es preguntarse. Educar significa también preparación y acción. En estos tiempos acelerados, repletos de emergencias, sería deseable disponer de bases firmes. Las guías básicas de la acción educativa no pueden alterarse, precisamente por eso, por ser básicas y ser las que pueden auparnos a tiempos mejores. Para conseguirlo necesitamos potenciar la dignidad de la profesión, porque los docentes también necesitamos reconocernos y ser reconocidos.
Se echa en falta una apuesta decidida por la educación con mayúsculas. A veces, uno sospecha que no interesa una educación de nivel. Ya está bien de que no nos hagamos preguntas, de que no profundicemos, de que no analicemos. Observamos con preocupación la tendencia de la administración educativa a ocuparse de asuntos superficiales, sin abordar con inversiones, apoyo y seriedad los requerimientos de fondo.
Un poco de luz, algunas seguridades, una guía, un impulso, un aliento son hoy más necesarios que nunca. Espero en este libro aportaros todas estas sensaciones y certezas sólidas, tan indispensables en tiempos líquidos.
1. Enseñar en lo posible desear lo imposible
Uno de los problemas más grandes de la educación
es el siguiente: ¿cómo se puede unir la sumisión
a la legalidad con la facultad de servir a la libertad?
¿Cómo puedo cultivar la libertad bajo el peso de la legalidad?
Kant
Convivimos cada día con miradas. Son miradas que aguardan, expectantes, a que hablemos de cosas interesantes, a la vez que esperan que nosotros mismos estemos interesados por ellas. Esta conexión entre nuestro interés por el conocimiento y el que puedan mostrar o desarrollar nuestros alumnos es más fuerte de lo que pueda parecer a primera vista. Por lo tanto, es necesario interesarse en diversos ámbitos; se precisa de nuestra propia inquietud en este sentido.
Sin embargo, blindar esta actitud de búsqueda de significado frente a la tiranía de la realidad diaria es una tarea difícil, porque tenemos que ejercer desde lo posible y desear, al mismo tiempo, lo que parece imposible; lo que otorga objetivos ambiciosos y perdurables a nuestra labor, lo que puede conseguir que nuestros alumnos, además de habitar el aula, compartan con nosotros la pasión por saber, por comprender y por ampliar esa mirada que, en principio, tan solo esperaban recibir.
Por lo tanto, el profesor está sumido en bastantes dicotomías, como iremos viendo a lo largo de todo este recorrido, pero esta es, sin duda, una de las importantes. Nuestra tarea se enmarca en un cuadro de realidades, urgencias, contenidos y burocracia que tenemos que entrelazar con aquello que parece inalcanzable: el objetivo de hacer del aula un ágora donde se investigue, se dialogue y se expanda en cada alumno y alumna la medida de sus posibles, esa perspectiva constante de mejora.
Sin embargo, teniendo en cuenta que debemos tender a ello, también habría que recordar constantemente que hay mucho mundo y mucha influencia más allá del aula. De lo contrario, estamos abocados a la desesperación. Hans-Georg Gadamer tiene algo de razón cuando afirma que nos educamos a nosotros mismos, el educador sólo contribuye modestamente
(Gadamer, 2000).
Pero precisamente ahí es donde se encuentra una de las claves educativas. No podemos ignorar el hecho de que todo lo que aprendemos exige un proceso de captación y de incorporación que es íntimo, y que en cada alumno —en cada persona— circula por canales heterogéneos, sometidos a una influencia social que actúa de forma persistente, incomodando o retando a esa capacidad que tenemos todos de aprender por nosotros mismos. Los profesores tenemos que contemplar esto, de lo contrario, el aprendizaje degenera en una serie de mecanismos repetitivos que actúan como una especie de somnífero, adormeciendo el impulso interior y la creatividad.
Por ello, al incorporar contenidos de forma personal, cada alumno siente, percibe y vive esta experiencia de forma diversa. Así pues, ¿de qué deberíamos tratar los docentes? De no olvidar nunca esa perspectiva; de situarnos, humildemente, en un estado de conversación constante, intensa y empática con nuestros alumnos, con el simple
