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COMANDO BUITRE: La invasión
COMANDO BUITRE: La invasión
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Libro electrónico477 páginas5 horas

COMANDO BUITRE: La invasión

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Información de este libro electrónico

La humanidad vive los momentos más difícil les de su existencia, una lucha casi perdida por la invasión demoníaca, que se complica con la llegada de una raza extraterrestre invasora llamados "El Imperio Eclesiastés". Quedando en medio de una guerra entre el bien y

IdiomaEspañol
Editorialibukku, LLC
Fecha de lanzamiento15 ene 2026
ISBN9798897273799
COMANDO BUITRE: La invasión

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    Vista previa del libro

    COMANDO BUITRE - O. J. V. Montero

    Portada de Comando Buitre hecha por O J V Montero

    COMANDO BUITRE

    LA INVASIÓN

    O J V Montero

    Reservados todos los derechos. No se permite la reproducción total o parcial de esta obra, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio (electrónico, mecánico, fotocopia, grabación u otros) sin autorización previa y por escrito de los titulares del copyright, excepto breves citas y con la fuente identificada correctamente. La infracción de dichos derechos puede constituir un delito contra la propiedad intelectual.

    El contenido de esta obra es responsabilidad del autor y no refleja necesariamente las opiniones de la casa editora. Todos los textos e imágenes fueron proporcionados por el autor, quien es el único responsable por los derechos de los mismos.

    Publicado por Ibukku, LLC

    www.ibukku.com

    Diseño de portada: Ángel Flores Guerra Bistrain

    Diseño y maquetación: Diana Patricia González Juárez

    Copyright © 2025 O J V Montero

    ISBN Paperback: 979-8-89727-378-2

    ISBN Hardcover: 979-8-89727-380-5

    ISBN eBook: 979-8-89727-379-9

    Índice

    PRIMERA PARTE PRÓLOGO

    ANTES DE LA CREACIÓN

    EONES DESPUÉS DE LA CREACIÓN (EL DÍA DE HOY)

    OTRAS CIVILIZACIONES ANTIGUAS HACIA EL FUTURO

    SEGUNDA PARTE

    CAPÍTULO 1 BLACK ROCK

    CAPÍTULO 2 CARROÑA

    CAPÍTULO 3 LAS SOMBRAS EN LA OSCURIDAD

    CAPÍTULO 4 SÚCUBUS

    CAPÍTULO 5 CRUEL

    CAPÍTULO 6 El INQUISIDOR

    CAPÍTULO 7 AYA´HA ERA´V (EL GLAX´ONITA)

    CAPÍTULO 8 HOGAR, DULCE HOGAR

    CAPÍTULO 9 El EJECUTOR

    CAPÍTULO 10 EL ESCAPE

    CAPÍTULO 11 UN NUEVO COMIENZO

    CAPÍTULO 12 LA FORTALEZA

    CAPÍTULO 13 EL LABERINTO

    CAPÍTULO 14 RICHARD COLVIN JR.

    CAPÍTULO 15 INCURSIO IMPERII ECCLESIASTICI (LA INVASIÓN DEL IMPERIO ECLESIÁSTICO)

    CAPÍTULO 16 LOS TRES INFIERNOS

    CAPÍTULO 17 LA COALICIÓN

    CAPÍTULO 18 LA INVASIÓN DEMONIACA

    CAPÍTULO 19 LA GRAN BATALLA

    CAPÍTULO 20 El PRÍNCIPE OSCURO

    CAPÍTULO 21 AZKARIEL

    CAPÍTULO 22 EL INFIERNO APENAS COMIENZA

    TERCERA PARTE EPÍLOGO

    DE REGRESO A LA LUZ

    1000 AÑOS DE OSCURIDAD

    INFESTACIÓN

    UNA CHISPA EN LA OSCURIDAD

    AUTOR
    A mis mujeres: Elizabeth,
    Kristal Elizabeth y Hasvik Celeste

    PRIMERA PARTE

    PRÓLOGO

    ANTES DE LA CREACIÓN

    Los rumores eran cada vez más intensos. Entre los ángeles se comentaba la posibilidad de una rebelión de parte de uno de los arcángeles de Dios. Se decía de uno de los favoritos del Padre, pero nadie sabía quién era; esa incertidumbre tenía preocupado a todos.

    Azkariel era uno de los millones de millones de ángeles que se encontraba preocupado por los futuros acontecimientos. Ese día se reunió con otro ángel en uno de los jardines del Palacio del Conocimiento con el que tenía una gran empatía.

    —¿Qué pasa, hermano?

    —¿Sabes lo que está sucediendo?

    —Solo lo que dicen todos.

    —¿Algo más?

    —No, hermano, nada nuevo.

    —Está bien. Yo tengo nueva información, Azkariel. Los rumores son ciertos y sé también quién es el arcángel rebelde.

    —¿Es fuente confiable?

    —Yo diría muy confiable.

    —Por qué lo dices.

    —Porque lo he hablado con otros ángeles de menor rango y ellos han sido invitados a unirse a la rebelión y muchos de ellos no ven mal unirse a esa causa.

    —Ahora entiendo. La invitación empieza por los de abajo.

    —Son más susceptibles a aceptar una nueva causa.

    —Más si esta es muy tentadora.

    —Dime, hermano, quién quiere traicionar al padre.

    —¡Luzbel!

    —¿Luzbel?, El lucero de la mañana, el arcángel más hermoso de la creación, en donde el padre ha puesto su mayor esmero. ¿Qué motivo le ha orillado a renegar de su creador?

    —Quiere usurpar el trono de dios porque se siente encima, en lo alto de todos los demás. Él quiere ser dios y ofrece a los ángeles un estado mejor de lo que el padre les ha dado.

    —Nadie más que el padre puede dar más.

    —Muchos ángeles no piensan como tú, solo piensan en ascender a más altos niveles.

    —Pero nuestro padre es el creador y luzbel no ha creado a nadie. Él también ha sido creado. Es una herejía, una falta de respeto a la investidura del padre.

    —Así es, hermano, pero no lo digas aún; en cualquier momento esto se hará oficial.

    —Está bien. Gracias por la información, uruel.

    —De nada, hermano.

    Las noticias fueron confirmadas. Luzbel lo hizo público ante todos los hermanos y desafió directamente a Dios a dejar el trono de luz. Muchos ángeles se unieron a la causa y eso dejó preocupados a los arcángeles, que se reunieron con el Padre.

    «No puedo deshacer lo que he hecho con amor y con el mayor cuidado, dándole toda la hermosura posible a la creación de mi querubín amado. Lamento que ese regalo lo haya vanagloriado ante sus hermanos. Le he dado el libre albedrío, de decidir por sí mismo su destino, y él ha tomado el suyo. Si quiere rebelarse a su padre y esa es su voluntad, no puedo oponerme a ella; está en manos de ustedes la decisión final».

    Los arcángeles se reunieron con los ángeles y en consenso decidieron intentar convencer a Luzbel y a los ángeles que le seguían a dejar la división entre los hermanos para no romper la armonía en el paraíso.

    Luzbel consideró que Dios no pensaba dañarlo y la decisión caía en manos de los hermanos, así que tomó mayor valor y mayor fuerza en exigir y amenazar en crear una guerra si no se accedía a sus peticiones. Los arcángeles fueron contundentes en no acceder al chantaje del lucero de la mañana. La tensión creció con mayor intensidad y las huestes de Luzbel se reunieron con él para prepararse para la batalla.

    Una tercera parte de los ángeles que se rebelaron se vistieron con sus relucientes armaduras y se ordenaron en regimiento de ataque. Luzbel, a la cabeza de su ejército. Se reunieron frente al Palacio de la Luz en el valle de la eternidad. Por su parte, Miguel movió a sus ejércitos en defensa del lugar; su armadura dorada relucía con luz propia esperando con paciencia el ataque de Luzbel.

    Azkariel buscaba afanosamente a su hermano Uruel y se extrañó de que él no estuviera encuadrado en la tercera división, dirigidos por el arcángel Azrael. Posiblemente habría quedado en otra de las divisiones; ya tendría la oportunidad de hablar con él. Su armadura dorada contrastaba con su capa negra mientras su capucha del mismo color impedía ver su verdadero rostro. Puso su mano en la empuñadura de su espada dorada esperando la orden de batalla, pero dentro de su ser deseaba fervientemente que Luzbel y los hermanos que lo apoyaban renunciaran a aquella guerra fratricida que los fieles al Padre no deseaban.

    Luzbel se adelantó a los millones de ángeles que le seguían y se dirigió a Miguel con voz de trueno:

    —Déjame pasar, hermano Miguel. la lucha no es contigo, es con Él. —Levantó su mano, y con su dedo largo y estilizado señaló hacia el templo de la luz donde se encontraba el trono de Dios.

    —No, hermano —respondió el imponente y magnífico Miguel—. no tienes el poder para hacerle daño.

    —Lo sé, solo quiero sentarme en su trono y sentir lo que Él siente.

    —No, hermano, no vas a mancillar su santuario; nadie lo ha hecho y nadie lo hará.

    —¿Acaso pido mucho?

    —SÍ, hermano. Él es nuestro creador y su santuario es un suelo santo.

    —Pero serafines, querubines, tronos y arcángeles y muchos hermanos hemos pisado ese lugar santo.

    —Así es, y tú lo has hecho cuando tu esencia era humilde, antes de que la soberbia te corrompiera. ahora estás manchado, a menos que te arrepientas de tu altanería. Él sabrá perdonarte porque te ama y te recibirá de nuevo en casa.

    —¡No!, ¡jamás! ¡no voy a arrodillarme ante él, aunque sea mi Padre!

    —Entonces no pasarás.

    —Yo solo deseo sentarme en el trono de luz y lo voy a hacer con o sin tu consentimiento, hermano.

    —Me pongo a pensar, Luzbel, que estás dispuesto a empezar una guerra por querer sentarte en el trono del Padre. Si te lo permitimos, sé que no lo soltarás nunca más. Ese trono tiene la esencia de Dios y utilizarás esa energía para tus fines oscuros. ahora veo que no solo eres soberbio, sino también ambicioso.

    —¿Por qué no? Tengo derecho de hacer lo que yo quiera, después de todo, él nos ha dado el libre albedrío.

    —También nosotros tenemos la libertad de decidir, pero sobre todo está por encima de ello el amor y el respeto al Padre y a nuestros hermanos. Primero está el bien de la familia sobre los intereses de algunos, y tú lo sabes mejor que nadie, hermano.

    —¡Ya me cansé de ello! El amor, el amor… ¿No tengo derecho a odiar también? ¡Tengo la libertad de sentir lo que yo quiera!

    —Me duele, hermano, que tu alma se haya corrompido. tenía la esperanza de que rectificaras y que volviera la armonía entre todos los hermanos y no que los dividieras.

    —¡Basta de palabrerías, Miguel! ¡Ya estoy cansado de tu «hermandad»! ¡No me interesa! ¡Por última vez, déjame pasar!

    —¡Hermanos! —dijo Miguel dirigiéndose a los demás ángeles e ignorando a Luzbel—, ¡Dejen esta locura y regresen a casa! ¡Que la sabiduría reine sobre el engaño y la paz sobre la guerra!

    Algunos ángeles dudaron y se salieron de las filas de Luzbel para incorporarse a las filas de Miguel.

    —¡Cállate, Miguel! ¡Reniego de ti, hermano! ¡Reniego del Padre y del paraíso! ¡Mi paciencia se ha terminado! —Su hermoso rostro se transformó en una mueca desagradable; sus largos cabellos rubios revolotearon ante un fuerte viento que inundó el valle de la eternidad.

    Luzbel maldijo a su creador y a todo lo que amaba. El paraíso se sacudió y el cielo se oscureció; relámpagos surcaron iluminando de forma lúgubre el Palacio de la Luz.

    —¡Dios te ha abandonado, Miguel!

    —¡No!, ¡No lo ha hecho! ¡Solo ha dado la espalda para no ver esta locura que has desatado!

    —¡Entonces es un cobarde!

    —¡Si lo fuera, ya hubiera acabado contigo, pero aún te ama a pesar de tu maldición a Él y a tus hermanos!

    —¡Entonces se haga mi voluntad!

    —¡Lamento escuchar eso! ¡que así sea entonces!

    Luzbel levantó de nuevo en lo alto su brazo y apareció en su mano una espada negra de la cual se desprendía una niebla oscura que cortaba el aire. Bajó el brazo de manera horizontal y señaló con la punta del arma a sus enemigos dando la orden de ataque.

    Los ángeles rebeldes gritaron al mismo tiempo levantando las espadas, y se lanzaron al ataque. Otros se elevaron en el aire y atacaron por arriba. Miguel vio la horda avanzar sobre ellos, extrajo su espada legendaria que desprendía un fuego intenso y la flamígera ondeó por lo alto, dando órdenes a sus hombres de que se prepararan ante el embate. Azkariel mantuvo firme su espada y tomó su posición defensiva, retrasando su pierna izquierda y flexionando la derecha. Otros ángeles se elevaron para combatir por el aire desplegando sus alas, pero él había decidido iniciar la lucha en tierra.

    El choque fue brutal entre atacantes y defensores, y la lucha comenzó en el paraíso. Las espadas chocaron en la tierra y en el cielo, y los millones de millones de ángeles convirtieron el paraíso en un pandemónium. Los ángeles que caían se desintegraban y regresaban a la esencia del Padre que los creó. Miguel y Luzbel chocaron sus armas; eran dos fuerzas niveladas y por un momento no se sabía quién era el dominante. Ambos arcángeles luchaban sin dar tregua, al igual que el resto de los hermanos, mientras muchos caían de ambos lados.

    La guerra se alargó por milenios para los hombres, pero solo días para los ángeles.

    Azkariel blandía su espada dorada desintegrando a los rivales que se enfrentaba. Al principio su división retrocedió ante el embate, pero luego fueron ganando terreno y empujando al adversario fuera del Palacio de la Luz. La destreza de Miguel, un guerrero nato, empezó a imponerse sobre Luzbel. La espada flamígera golpeaba con fuerza a la espada negra nebulosa del ángel soberbio hasta que un fuerte golpe partió a la mitad el arma oscura. El impacto fue brutal y un enorme destello iluminó el paraíso. El choque lanzó a Luzbel por los aires; sus alas impidieron que su caída fuera más humillante. Miguel se acercó a su rival y le puso la bota sobre el pecho mientras su espada flamígera apuntaba al rostro de su adversario.

    —Ríndete, hermano, ya todo ha terminado, se acabó.

    —¡Jamás! ¡has frustrado mis deseos, Miguel!, ¡te odio!

    —Dame la mano, levántate con dignidad y vuelve a casa. el Padre estará feliz de verte

    Miguel retiró su bota del pecho de Luzbel y extendió su mano hacia su hermano. El querubín sacó una daga similar a su espada rota y rasgó la mano del protector del palacio, que la retiró rápidamente.

    —¡Muérete!, ¡ya no eres mi hermano! ¡renuncio al paraíso y reniego del Padre! ¡buscaré por mi lado mi propio reino! ¡nunca volverás a impedírmelo!

    —¡Luzbel!, ¡no tomes decisiones precipitadas!

    —¡Renuncio a ser Luzbel!, ¡ahora soy LUCIFER y quiero irme de aquí!

    —Lamento tu voluntad. si ese es tu deseo, que así sea entonces.

    La tierra tembló con más fuerza y el cielo se oscureció; los ángeles rebeldes cayeron al suelo como su líder.

    Por su parte, Azkariel buscaba afanosamente a Uruel y lo encontró tirado; se acercó rápidamente a él para ayudarlo a levantarse.

    —¡No! —le contuvo Uruel.

    —¿Qué pasa, hermano?

    —No puedo levantarme y no puedes tocarme.

    —¿Estás herido?

    —No.

    —¿Entonces, qué pasa?

    —¿No te das cuenta, hermano?

    —¿Por qué lo has hecho?

    —Porque creí que era lo mejor para mí y también lo veía para ti.

    —Pero has renunciado al Padre y eso no es una buena decisión.

    —Luzbel nos convenció y no vi mal tomar esa decisión que iba a compartir contigo.

    —No hubiera aceptado.

    —Lo sé, ahora me doy cuenta de ello.

    —Voy a pedirle al Padre que te reciba de nuevo en casa. Él nos ama y el arrepentimiento es la llave para entrar en el paraíso.

    —No, hermano, ha sido mi decisión y acepto mi destino y no me arrepiento de ello.

    Azkariel derramó sus lágrimas por Uruel; su alma sentía que le había perdido. Un temblor intenso le sacó de su dolor. Varias manos le tomaron por los brazos y lo alejaron de su amigo. La tierra se resquebrajó y se abrió, tragándose a todos los ángeles rebeldes, incluyendo a su líder Lucifer. La tierra volvió a cerrarse y el paraíso volvió a iluminarse. El pecado había desaparecido, solo quedaba una gran tristeza, la tristeza profunda del Padre y de sus hijos.

    EONES DESPUÉS DE LA CREACIÓN (EL DÍA DE HOY)

    Los ángeles rebeldes iban cayendo dentro de aquella oscuridad que parecía eterna. Los gritos de dolor y agonía retumbaban en la penumbra; todo lo que habían ambicionado se había esfumado para siempre.

    Los ángeles caídos tardaron eones en tocar el suelo. Su nuevo hogar era oscuro, frío y caliente a la vez; un lugar pestilente, desolado y desesperanzador, en donde surgió la tristeza, la amargura, el odio y el rencor contra Dios y los ángeles, sus antiguos hermanos.

    Las consecuencias apenas comenzaban. Sus cuerpos se fueron transformando en entidades monstruosas y la belleza de Luzbel empezó a desaparecer para surgir un ser espantoso y diabólico, al igual que los ángeles caídos; de ellos solo quedaban unos remedos de lo que alguna vez fueron.

    Seres desagradables deambulaban en aquel reino oscuro al que llamaron Infierno. Lucifer y sus ángeles caídos empezaron a corromper a las criaturas del universo y tratar de boicotear la creación de Dios. Algunas razas fueron tentadas como los Draconis (reptiloides) o los Inquisidores; estos últimos, fanáticos que gobernaban una teocracia. Creían en un Dios del dolor y vengativo, distorsionando la sabiduría del Padre y creando una religión oscura y dictatorial; un excelente caldo de cultivo para Lucifer y sus acólitos.

    Las razas universales los temían y otros los invocaban, y ellos se presentaban para llevar el caos, la destrucción y el terror a los mundos. Para las civilizaciones, a Lucifer le llamaron Satanás, y los hombres de la Tierra le llamaron Diablo, y a los ángeles caídos les llamaron Demonios.

    El ángel Uruel se transformó en el demonio Cruel y se convirtió en un ser sádico que atormentaba a los hombres y poseía a los débiles de espíritu. Por millones de años disfrutó su trabajo y, dentro de él, el odio creció para todo tipo de vida; solo importaba dañar a los hijos de Dios.

    El Demonio Cruel nunca más se acordó de su hermano Azkariel. Atacaba a todos por igual; aterrorizaba a los hombres buenos y traicionaba a los hombres malos. Deambulaba por las calles de las ciudades del mundo en busca de víctimas inocentes. Le gustaba poseer cuerpos y que estos cometieran actos innombrables en nombre de su señor, y aquella noche fue perfecta para cometer una vez más su crueldad.

    En aquel pueblo rural perdido en Grecia, una niña de 11 años llamada Paula Papadoupoulous, la sexta hija de una familia pobre de 9 hermanos, una niña muy tranquila y noble, sufría ver la pobreza de sus padres y ver mendigar a sus hermanos mayores tentados por las drogas y la delincuencia. Le pidió a Dios que ayudara a sus padres a sacar adelante a la familia, pero al no ver ningún resultado, se enojó con Dios y renegó de él.

    Ni ella ni nadie se dio cuenta de que detrás de ella una sombra oscura le acechaba, metiéndole cosas negativas en su imaginación, lo que derivó en actitudes extrañas y conductas esquizofrénicas.

    Los padres de Paula, desesperados, pidieron ayuda porque no sabían qué hacer con ella. Acudieron al padre de la parroquia del pueblo. El sacerdote ortodoxo la examinó para descartar una posesión demoniaca. Él no era exorcista, así que acudió a la capital Atenas para hablar con las autoridades de la iglesia ortodoxa, quienes le prometieron considerar el caso.

    La iglesia ortodoxa envió a tres médicos y un sacerdote especialista en exorcismo. La niña demostró una actitud violenta cada vez con mayor agresividad. La tuvieron que amarrar para que no se hiciera daño o lastimara a alguien de su familia. Fue llevada a una clínica especializada sobre esquizofrenia en donde le hicieron todos los estudios posibles sin que arrojaran resultados significativos.

    Los médicos llegaron a la conclusión de que ella tenía tendencia a la locura y al suicidio, y que era un peligro si volvía al pueblo y a su familia. Ya no se podía hacer nada por ella; lo mejor era internarla en un centro psiquiátrico.

    A pesar de ello, el sacerdote exorcista y el párroco del pueblo no estuvieron de acuerdo con el diagnóstico y ambos solicitaron a la sede de la Iglesia que se hiciera cargo de la situación. La Iglesia aprobó la petición y aceptó el exorcismo de la niña, así que en la parroquia del pueblo se acondicionó un espacio en donde la niña estaría recluida todo el tiempo que durara su liberación.

    La Iglesia envió a un joven exorcista para apoyar al padre Aramis y al párroco Onassis en la misión encomendada.

    —Mañana empezamos temprano, padre Onassis; creo que está todo listo.

    —Así es, padre, solo me queda hoy ir por el padre Smith a recogerlo a la terminal del tren.

    —Gracias, lo instalaremos en el motel más cercano.

    —En «El Encuentro Feliz».

    —¿Es en serio?

    —Es un motel de paso, es lo más decente que hay en este pueblo.

    —Válgame, amigo, un nombrecito muy sugerente.

    —Así, padre, pero si no le parece, podemos seguir buscando.

    —No, está bien así. No hay tiempo que perder; nuestro joven colega lo entenderá sin problemas.

    —Está bien, padre. Ahora lo dejo solo para que descanse y se prepare para mañana.

    —Gracias, voy a ayunar y orar este día. Mañana hablaré brevemente con el padre Smith antes de que empecemos.

    —Está bien, padre Aramis, no le molesto más.

    Esa noche, el padre Carlo Aramis amaneció orando, pidiéndole a Dios la fuerza suficiente para vencer y expulsar del cuerpo de la niña Paula Papadoupoulous al demonio que la atormentaba. Le pidió a Cristo la fuerza del amor para vencer al odio de la maldad. Grandes gotas de sudor perlaron su frente; esperaba que este demonio no fuera tan reacio a abandonar el frágil cuerpo de la niña y todo terminara de la mejor forma. Cuando vio que faltaba poco para amanecer, decidió dormir un rato; exorcizar muy cansado era darle ventajas al mal.

    A las siete de la mañana fue despertado por el párroco y el padre Smith, que le hicieron tiempo a que se cambiara; después les hizo pasar a la pequeña habitación.

    —Bienvenido, padre Smith; lo esperábamos con ansia. ¿Se encuentra listo para que iniciemos en unos minutos?

    —Estoy listo, padre. Traigo todo lo necesario, incluyendo el manual del exorcista.

    —Está bien, aunque le va a servir más a usted, mi joven amigo; mis años de experiencia me han hecho aprender y conocer bien el manual.

    —No lo dudo.

    —Creo que tengo todo listo, podemos ir a ver a Paula ahora mismo.

    —Adelante entonces.

    Los tres sacerdotes se colocaron sus accesorios y oraron brevemente para entrar a la habitación en donde estaba atada Paula, quien empezó a retorcerse al verlos mientras se le escurría la baba y a la vez profería insultos a los tres.

    —Ignórenle —dijo Aramis—. Buscará desconcentrarnos e intentará engañarnos; no hagan caso de lo que suceda alrededor.

    —Sí, padre —respondió el párroco.

    Los tres sacerdotes rezaron el Padre Nuestro y el Ave María, y luego el padre Carlo Aramis empezó a amonestar al demonio y exigiéndole abandonar el cuerpo de la niña. Este respondió con violencia, insultando al sacerdote mientras los otros dos rezaban una de las oraciones del manual del exorcista.

    —¡Te ordeno, demonio rastrero, que dejes este cuerpo! ¡Regresa al lugar en donde perteneces! ¡No vas a atormentar más a esta niña! ¡Te lo ordeno en nombre de Cristo!

    —¡CRISTO NO ESTÁ AQUÍ, SACERDOTE! ¡TU IGLESIA CORRUPTA LO HA ALEJADO DE USTEDES! ¡SI ÉL ESTUVIERA AQUÍ, YO NO HABRÍA TOMADO ESTE CUERPO, IDIOTA! ¡USTEDES SON TAN CORRUPTOS COMO NOSOTROS! —respondió con una voz gutural.

    —¡Cállate, demonio mentiroso! ¡Deja en paz a esta niña y lárgate!

    —JA, JA, JA, JA, JA, ¡ME CAGO EN TI Y EN TU IGLESIA, SACERDOTE!

    —¡No me voy a ir hasta expulsarte de aquí! ¡Tú no eres nadie, demonio, solo eres un ángel caído!

    La niña se convulsionó con violencia y sus bracitos se tensaron por las correas de cuero.

    —¡DESÁTAME Y TE VOY A DEMOSTRAR DE LO QUE SOY CAPAZ DE HACERTE!

    —¡Tú no harás nada! ¡En nombre de Dios, te ordeno que te vayas y no vuelvas más!

    —¡TU ORDEN NO VALE, ROÑOSO! ¡TIENES MUCHOS PECADOS EN TU CORAZÓN, PADRE ARAMIS! ¿TE ACUERDAS CUANDO LEVANTASTE FALSOS TESTIMONIOS CONTRA OTRO COLEGA TUYO PARA OCUPAR SU PUESTO? ¿Y TÚ PRETENDES CORRERME?, JA, JA, JA, JA, JA ¡ERES UN IMBÉCIL!

    —¡Ya he reconocido ese error mío! ¡Le he pedido perdón a Dios y al padre Petris por mis actos!

    —¡ESO NO TE EXONERA, SACERDOTE!

    —¡Cállate, demonio!, ¡no vas a desconcentrarme!

    —¡POSIBLEMENTE A TI, NO!, ¿PERO A ELLOS?

    —¡No voy a permitir que a ellos los utilices!

    —¡ESO NO PUEDES DECIDIRLO TÚ!, ¡LOS PONDRÉ A PRUEBA PARA VER SU TEMPLANZA!

    —¡Con ellos no vas a jugar!

    —¿TIENES MIEDO, SACERDOTE?

    —¡Maldita seas, demonio!, ¡no permitiré que me hagas caer en confusión!

    —¡YA CAÍSTE, SACERDOTE!, ¡YA MALDICES! ¡NO ERES TAN FUERTE COMO CREES!, JA, JA, JA, JA, JA.

    El padre Smith y el párroco Onassis tomaron del brazo al padre Aramis y lo sacaron de la habitación, allí se encontraron con los padres de Paula y dos de sus hermanos mayores que habían llegado para verla. El párroco los atendió mientras el padre Smith hablaba con Carlo.

    —Perdón, padre, que le hayamos sacado de la habitación; el demonio es muy fuerte y pretendía jugar con usted, y si usted cae, será difícil para mí y para el padre Onassis expulsar a esa lacra.

    —Gracias por su sensatez, padre, voy a tomar un descanso y continuaremos nuestra lucha.

    —Creo que será lo mejor para todos.

    Los días pasaban y el demonio se resistía a dejar a la niña Paula; más bien parecía tomar fuerzas mientras la niña se deterioraba cada vez más. El padre Aramis y sus colegas empezaron a temer por la vida de Paula, ya que cada día comía menos y en cualquier momento dejaría de hacerlo.

    Así sucedió al décimo día. Ella escupía todo lo que ingería mientras insultaba a los presentes; su cuerpo se veía flagelado y cada vez más escuálido, lo que hizo disparar las alarmas al viejo exorcista. Esta gravedad se complicó con una acción violenta contra el padre Smith: un tazón metálico de agua bendita salió volando para estrellarse en la cabeza del joven sacerdote, haciéndole una herida profunda y provocándole una fuerte conmoción mientras el demonio reía estruendosamente.

    Carlo Aramis, furioso y desesperado, encaró solo al demonio y estuvo tentado a golpear a la niña, pensando en hacerle daño a él, pero la sensatez iluminó por un instante su cordura, deteniéndose en el acto.

    —¡ADELANTE, PADRE!, ¡HAGA LO QUE ESTÁ PENSANDO!, ¡DESCARGUE SU CORAJE CONTRA MÍ O CONTRA ELLA Y TAL VEZ DECIDA IRME!, JA, JA, JA.

    —¡Te reto, demonio! —dijo sacando fuerzas—. ¡Deja a la niña e intenta si puedes entrar en mí!, ¡quiero ver si te atreves o puedes!, ¿o eres un cobarde?

    —¡BRAVO, PADRE!, ¡AL FIN UN BUEN RETO! ¡MUY TENTADOR!, ¡TIENE MI APROBACIÓN!

    —¡Aceptas o no, demonio!

    —¡DÉJAME PENSARLO!, ¡MMMMM!, ¡CLARO QUE SÍ!

    * * *

    Afuera de la iglesia alguien se acercó a la entrada, era una figura muy alta que vestía una camisa blanca y pantalón de mezclilla. Empujó la puerta y esta se resistió; volvió a intentarlo y la puerta cedió, entrando al interior. Sus botas resonaban en el recinto. Se detuvo frente al altar y puso una rodilla en el piso, inclinó la cabeza y oró en voz baja por un minuto; luego se incorporó y se dirigió a la habitación de Paula.

    * * *

    Carlo Aramis sintió aquella presencia penetrar en su cuerpo. Intentó resistirse, pero aquello era muy fuerte; por un momento se vio a sí mismo como si hubiera sido desplazado de su cuerpo, y se vio acercarse a la niña que lloraba de terror al verle. Sus manos crispadas tomaron aquel frágil cuello con la intención de matarla. Aramis se resistía a cometer aquel asesinato y esa resistencia le hizo titubear. Un par de manos le agarraron y le alejaron de ella. Con la fuerza descomunal que poseía, empujó al párroco Onassis contra el muro, dejándolo seminconsciente, mientras el padre Smith, a pesar de ser muy joven, no podía quitarse aquella mano engarfiada a su cuello y que cada segundo le asfixiaba. Y cuando estaba a punto de perder el conocimiento, la puerta de la habitación se abrió.

    El padre Aramis soltó al padre Smith y su vista quedó fija en aquella figura alta que se encuadraba en el marco de la puerta. El hombre entró a la habitación y se dirigió al padre Aramis; este retrocedió ligeramente asustado.

    —¿QUIÉN ERES? ¿QUÉ HACES AQUÍ?

    —Dios ha escuchado tus plegarias, padre Aramis. me han enviado para liberaros, a ella, a ti y al pueblo, de cualquier maldad.

    —¡YO NO SOY ARAMIS!

    —Lo sé, le hablo a su espíritu porque sé que me escucha.

    —¡NI TÚ NI NADIE ME SACARÁ DE ESTE CUERPO!

    —No es debatible si quieres o no, es una orden que ni satanás podría contradecir.

    —¿ERES UN ÁNGEL?

    —¿Ya no te acuerdas de mí, Uruel?, porque ese es tu nombre.

    —¿ERES TÚ, AZKARIEL?

    —Soy yo, hermano. cuando supe que eras tú, pedí que me enviaran.

    —¿POR QUÉ ME ABANDONASTE? TÚ FUISTE MI MEJOR AMIGO. —Su voz gutural se suavizó y el demonio empezó a llorar.

    El hombre desconocido se acercó y tomó por los hombros al padre Aramis.

    —Yo nunca te abandoné, hermano, fuiste tú el que se alejó de mí. yo siempre estuve pendiente de ti, pero la maldad te tiene ofuscado.

    —PERDÓNAME, AZKARIEL, POR HABER FALLADO. FUI ENGAÑADO POR LUZBEL Y AHORA NO TENGO EL PERDÓN DE DIOS. HE HECHO COSAS TERRIBLES A LOS HOMBRES Y A LOS SERES DE LA CREACIÓN.

    —El padre te sigue amando como al principio de tu creación, pero tú lo has rechazado, solo dale a él lo que necesita de ti, tu amor.

    —HE JURADO REPUDIO AL PADRE ANTE LUZBEL; HE COMETIDO UN PECADO DE MUERTE.

    —¿Y qué valor puede tener la palabra de un mentiroso, ambicioso y traicionero como Luzbel?

    —¡NO! ¡ALÉJATE DE MÍ, AZKARIEL!, ¡YA ELEGÍ MI DESTINO! —Reaccionó con violencia, empujando al desconocido, mientras su voz se volvió gutural y profunda.

    —Lamento tu respuesta, Uruel.

    —¡NO SOY, URUEL!, ¡SOY CRUEL,

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