Batalla de Honor - La Dama de Luzbel
Por Julio Tirado
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Mary Winstead, conocida como la Reina Santa, aquella que tiene el poder de dar y quitar la vida, ha sido secuestrada por la persona más temida y odiada en todo el mundo Renacentista, "La Dama de Luzbel", acción que pondrá en jaque a los siete Imperios que protege su excelencia. Otros aprovecharán esta situación para buscar a los sobrevivientes del "Legado de Fuego", una sociedad que fue exterminada por la misma Reina Santa, lo que no saben, es que la Sociedad Rotton se interpondrá en su camino y los reclutarán para llevar a cabo su más ambicioso plan, sin darse cuenta, que todos enfrentarán decisiones y revelaciones que les cambiarán la vida, una "Batalla de Honor" que deberán ganar.
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Batalla de Honor - La Dama de Luzbel - Julio Tirado
BATALLA DE HONOR
La Dama de Luzbel
Esta historia se la dedico a todas aquellas personas que he conocido a lo largo de mi vida, quienes sirvieron de inspiración para escribir el proyecto de mi vida.
ÍNDICE
Prólogo.
Capítulo I. Una Ciudad Tranquila.
Capítulo II. En Busca de Una Suerte Mejor.
Capítulo III. La Sociedad Rotton.
Capítulo IV. El Gran Plan.
Capítulo V. El Gran Robo.
Capítulo VI. Hilo de Recuerdos.
Capítulo VII. La Séptima Asamblea.
Capítulo VIII. Una Única Oportunidad.
Capítulo IX. Sobrevivir.
Capítulo X. Consecuencias.
Capítulo XI. Poderes Naturales.
Capítulo XII. Hora de la Verdad.
Capítulo XIII. Sacrificio.
Capítulo XIV. Tendremos que seguir luchando.
Epílogo.
Prólogo.
––––––––
Samantha Winstead, la hija menor de la Reina Santa, protectora del Mundo Renacentista, se encontraba jugando a los tesoros con sus niñeras, este consistía en encontrar varios objetos muy extraños los cuales eran escondidos por un tercero en los lugares más remotos del palacio, añadiendo que su juego favorito, era el pretexto perfecto para escaparse de los estudios y entrenamientos, ya que algún día, tendría que formar parte de los Arcángeles, guerreros que luchan contra las fuerzas del demonio supremo y gobernante del infierno Luzbel, según la religión Theika. Es sabido que la Reina Santa, Mary Winstead, acude a Tierra Prometida
por lo menos tres veces al año para rendirle cuentas al Gran Theos, la divinidad gobernante de los cielos, así como le toma un mes regresar de aquellas tierras divinas, ya han transcurrido cuatro meses y nadie conoce lo que realmente le pasó. Samantha cuando preguntaba por su madre, los mayores la trataban como tonta, explicándole que su excelencia estaba bien y que muy pronto regresaría, otros se atrevían a responderle que todavía no ha transcurrido el mes que le tomaba regresar, después de tantas evasivas y ver en sus rostros la preocupación que les causaba el no saber nada de su Reina, decidió acudir con uno de sus hermanos y preguntarles sobre el paradero de su madre; sin embargo, sus tres hermanos han estado ausentes casi cuatro meses, al no soportar las evasivas, tomó la decisión de averiguarlo por sí misma, su juego favorito le daría la oportunidad de descubrir lo que realmente sucedía, el único lugar en donde podría obtener información fiable, sería en su gran estudio, el cual nunca deja de estar custodiado por decenas de guardias, únicamente su madre puede entrar, ni sus propios hijos tenían permitido revisar aquel místico lugar.
En un principio, Samantha realizó varios intentos para entrar, al no tener éxito, era llevada a su alcoba decenas de veces, pero gracias a tantos intentos fallidos, ideó un plan perfecto para poder entrar y lidiar con todos los guardias. Samantha llegó al enorme jardín que se ubicaba enfrente del estudio, comenzó a gatear y debajo de uno de los arbustos, sacó una caja de madera mediana que pertenecía a su juego, si alguien más llegara a encontrarla, no le harían caso. De su interior, sacó una bolsa de pólvora y fuegos artificiales, unas llaves que logró robar de un pasadizo secreto, como otros objetos que le serían de utilidad, de la manera más discreta, realizó una montaña con los fuegos artificiales, seguidamente, creó un camino de pólvora lo suficientemente largo, una vez que terminó, discretamente golpeó su pedernal contra un chispero de metal para generar un poco de fuego y encender la pólvora, esta inmediatamente empezó a generar un camino de fuego, no obstante, pasó algo inesperado, las llamas comenzaron a consumir tanto el pasto verde, como las hermosas flores de varios colores que adornaban el jardín, generándose una enorme llamarada. Samantha frunció la frente desconcertada, según ella, calculó todos los errores posibles, ¿por qué no se le ocurrió que el fuego, también consumiría el pasto?, sin poder hacer nada, decidió alejarse. Los soldados que custodiaban el gran estudio de la Reina Santa, se acercaron para buscar a la persona causante de aquel incendio, otros soldados fueron por agua para apagar las grandes llamas, dejando libre la puerta del estudio, Samantha se dio cuenta y decidió acercarse rápidamente, por la enorme llamarada se prendieron los fuegos artificiales, lo que provocó pequeñas explosiones de diferentes colores, Samantha metió la llave en la ranura y la puerta se abrió sola, entró en el estudio y volvió a cerrar la puerta con llave, guardó silencio para escuchar lo que sucedía, todos gritaban pidiendo agua, por lo visto, su plan salió mejor de lo esperado y no pudo evitar el esbozar una sonrisa de satisfacción.
La pequeña dio media vuelta y se asombró de ver lo grande que era el estudio de su madre, aquel cuarto, era iluminado solamente por los débiles rayos del sol que entraban por las pequeñas ventanas rectangulares, que se encontraban construidas en lo más alto de las paredes, con ayuda de su luz blanca que se desprendía de su espalda, Samantha emprendió su camino y empezó a distinguir cientos de libros acomodados por color, unos muy gruesos y otros demasiados delgados, según los filósofos, en aquel lugar, se podía conocer toda la historia del mundo, desde los tiempos de la Reina Santa. Al seguir avanzando, la niña encontró tres grandes sillones y una mesa pequeña, siendo adornada con un jarrón vacío y una Lucerna, un tipo de lámpara en forma de tetera que funcionaba con grasa animal, para utilizarla, solo era necesario encender la mecha que se asomaba por una boquilla. Decidió encenderla para ver un poco mejor, con su pedernal, volvió a golpear su chispero y mágicamente, la Lucerna se encendió, al contar con más luz, localizó el escritorio de su madre, se acercó y encima, encontró unos pergaminos enrollados, cinco libros acomodados perfectamente de forma vertical, colocó la Lucerna en su parte izquierda y se recargó en el escritorio lleno de polvo, era obvio que nadie lo limpiara, absolutamente nadie tenía permitido entrar. Lo primero que hizo fue desenrollar algunos pergaminos, Samantha hizo una mueca al no encontrar nada escrito y los ignoró por completo, dejándolos a lado de la Lucerna, tomó uno de los libros y comenzó a leerlos, solo contenían reflexiones de su madre sin importancia, también los descartó y los volvió a poner en su lugar, sin saber que hacer, se agachó para abrir el cajón de la izquierda, el cual contenía tintas y plumas, lo cerró y abrió el segundo cajón y por fin, logró encontrar algo interesante. Aquel cajón contenía un enorme pergamino doblado, al desdoblarlo por completo, descubrió demasiados dibujos sin ninguna palabra que explicaran su significado, haciendo difícil su comprensión, Samantha se quejó y volvió a doblar el pergamino para meterlo en el cajón, frustrada, pensó que todo lo que hizo, fue en vano, su madre no dejó ninguna nota que explicara su ausencia. Decepcionada, cogió la Lucerna y para su sorpresa, en los pergaminos emergieron varios textos en forma de instrucciones para alguien, posiblemente su madre utilizó una tinta invisible para ocultar un secreto, desdobló todos los pergaminos y los colocó a lado de la Lucerna, en lo que emergían las palabras, leyó cada pergamino y se desconcertaba por su contenido, le costaba creer que su madre, en verdad se desahogara de esta manera, alguien que constantemente defendía la paz a toda costa, no podría expresarse de manera fría. Samantha, al terminar de leer todos los pergaminos, permaneció inmóvil por un largo tiempo, un poco nerviosa, tomó todos los pergaminos, los cuales ocultó en su vestido, sin poder olvidar las últimas palabras escritas:
Por más que lo pienso, no hay otra opción, al regresar de verte, le daré un nuevo orden al Mundo Renacentista
.
Si de casualidad, alguien descubría lo que su madre escribió en aquellos pergaminos, haría todo lo posible para detenerla, Samantha abrió la boca al darse cuenta de algo, probablemente, alguien si la descubrió y la secuestró, ¿quién sería tan osado para secuestrar a la persona más importante del Mundo Renacentista?, se le ocurrió abrir de nueva cuenta el cajón en dónde se encontraba el gran pergamino con los dibujos extraños, imaginó que tenía relación con los planes de su madre, de repente, la puerta se abrió de golpe, su hermano mayor, el Arcángel Caleb, entró junto con los soldados que protegían el lugar, Samantha por la información que descubrió, olvidó todo el caos que provocó en el jardín y ya no pudo tomar el pergamino del cajón, se preguntó, ¿cómo su hermano se dio cuenta de que se encontraba dentro del estudio?, de igual manera, ¿cómo pudo abrir la puerta si estaba cerrada?
— ¡Espero que tengas una buena explicación de tu intromisión!, sabes muy bien que nadie puede entrar a este sitio sagrado. — le reclamó Caleb.
Samantha, un poco tímida, se limitó a bajarse de la silla. Normalmente, escapaba de sus travesuras echándose a correr; esta vez no pudo hacerlo, al ver que los soldados cubrían por completo la salida para evitar que escapara. Sin poder hacer nada, cerró sus puños para enfrentar a su hermano.
— ¡Por supuesto que la tengo!, vine averiguar en dónde se encuentra mi madre, la única forma de saber, era entrando en este estudio. — respondió Samantha muy firme.
— ¡Entiendo!, por eso quemaste todo el jardín, sí que estás en serios problemas. — aseveró Caleb.
— ¡En verdad lo siento mucho!, no pretendía quemar todo el jardín, no quería lastimar a nadie, esto no hubiera pasado si alguno de ustedes, me hubiera dicho la verdad, yo lo único que quiero saber, es si mi madre se encuentra bien. — explicó Samantha con la cabeza agachada.
— ¡Así que aceptas que todo fue tu culpa! — Caleb hizo una pausa.
— Como castigo, estarás encerrada en tu cuarto hasta que llegue nuestra madre, no me importa si pasan seis meses o un año, lo que significa que no habrá más juegos, por tu bien, espero que el estudio no tenga daños irreversibles. — aseveró.
— ¡Como sea!, estoy preocupada por mi madre, a pesar de todo, siguen sin decirme nada. — se quejó Samantha.
Caleb empezó a revisar el lugar sagrado, al mantener la puerta abierta, se logró iluminar la mayor parte del estudio, que en realidad, se trataba de una enorme biblioteca, por lo visto, todo se encontraba en orden, lo único raro, era la Lucerna que su hermana movió al escritorio como el polvo esparcido por todas partes. Caleb abrió los cajones para revisar si de casualidad su pequeña hermana tomó algo de suma importancia, por fortuna, se encontraba el gran pergamino, como los cinco libros se mantenían intactos, solo faltaban unos pergaminos, probablemente su hermana los agarró y los mantiene escondidos, no le dio importancia, ya que anteriormente el Arcángel los revisó y no contenían nada, así que lo pasó por alto. Caleb hizo un ademán para indicarles a los soldados que todo estaba en orden y sin más, salieron de la gran biblioteca, se acercó con su hermana menor y se arrodilló, para verla directamente a los ojos.
— ¡Hermanita!, tienes mucha suerte de ser la hija menor de la Reina Santa, si alguien más hubiera entrado en esta biblioteca, lo pagaría con algo peor que la muerte. — le recordó Caleb.
— Yo solamente quería saber dónde se encuentra nuestra madre, sin mencionar que ustedes, han estado ausentes durante los últimos tres meses. — se quejó Samantha.
— ¡Sabes muy bien cuál es nuestro trabajo!, por ese motivo debemos estar ausentes, algún día, tú también vendrás con nosotros, mientras tanto, debes continuar con tus estudios y aprender a comportarte. —
— ¡No es justo! — habló Samantha indignada.
Caleb conocía muy bien lo curiosa que era su pequeña hermana, no se daría por vencida y descubriría la verdad tarde o temprano, pensó que ya deberían dejar de tratarla como a una niña, aquella jovencita, crecía demasiado rápido.
— Si te digo la verdad, ¿prometes que te comportarás? — le propuso Caleb.
— ¡Por supuesto, juro que me comportaré! — prometió Samantha.
— Eso incluye no escaparte de tus clases, ni molestar a los demás con tus juegos, lo que significa que ya deberás actuar como la hija de la Reina Santa. — dijo Caleb serio.
— ¡Lo prometo!, me comportaré. — Samantha levantó la palma de su mano.
Su hermano se puso de pie para tocarle los hombros, respiró hondo para decirle la verdad sobre el paradero de su madre.
— ¡Nuestra madre, fue secuestrada por la Dama de Luzbel! — dijo al final.
Capítulo I. Una Ciudad Tranquila.
––––––––
Era la mañana del 13 de febrero del año 1525, todos realizaban sus actividades cotidianas en los alrededores de Lemus, la quinta ciudad más importante del Mundo Renacentista y perteneciente al Imperio Galia, por sus grandes puertos que se conectan con casi todas las rutas marítimas y ser una vía principal para dirigirse al país de Germania, la mayoría de los Burgueses, personas de clase media alta que han obtenido una fortuna por la venta de nuevos productos, invierten en las tierras de Lemus, ya sea para cultivar trigo, cebada, manzanas o cualquier legumbre que les permita lucrar con aquellos alimentos, para posteriormente convertirlos en productos de primera necesidad, un ejemplo de aquellos productos, es la famosa Sidra de Pera, coloquialmente llamada Sidra Verde. Cristín y Fernind Margani, son los Burgueses que inventaron el sabor único de la bebida embriagante y han logrado dominar el mercado durante diez años. Para su elaboración, compraron la mayoría de las tierras fértiles a fin de cultivar sus famosas peras verdes. Varios viajeros visitan ciudad Lemus con el único objetivo de probar el sabor inigualable de su Sidra, muchos han intentado replicar la fórmula de la bebida o inclusive, han conseguido contratar a los jornaleros que trabajan en su elaboración, lo cierto es que nadie ha logrado igualar el sabor perfecto dulce y alcohol que vuelve adicto al que la pruebe, siendo la Sidra Verde la bebida más famosa del Imperio Galia, envidiada y admirada por muchos.
A pesar de tener éxito en su negocio, los Burgueses Margani tenían ciertos problemas con los jornaleros que contrataban, el día de hoy, los jornaleros se pusieron de acuerdo para no labrar la tierra, hasta hablar con alguno de los Burgueses y poder obtener un aumento de sueldo como mejores condiciones de trabajo. Remi Monti, mano derecha de los Burgueses y el jefe de los jornaleros, trató de persuadirlos y les indicó que por sus acciones, les descontaría la mitad de sus sueldos, en repudio, todos los jornaleros se metieron a uno de los graneros que se utilizaban para guardar y fermentar la Sidra, amenazaron en sabotear todo si alguno de los Burgueses no se presentaba, Remi no tuvo otra opción y fue por sus patrones.
La burguesa Cristín Margani, era una mujer de treinta y cinco años, poseía una cabellera rubia rizada, ojos negros redondos, de nariz chata que encajaba con su rostro redondo, añadiendo que sus mejillas, se tornan rojas cada vez que los rayos del sol las tocan. Ese día, tuvo que acudir al granero para terminar con la huelga de los jornaleros, se colocó su capa color verde que la distinguía como una habitante destacada, que combinaba con un vestido entre gris y verde, casi no la usaba al no ir de acuerdo con su personalidad, pero tuvo que ponérsela para hacerse respetar. No entendía él comportamiento de los jornaleros, según ella, les pagaba los salarios más altos en la ciudad, para evitar que se fueran a trabajar a otro lado y pudieran revelar su secreto.
Su esposo Fernind no pudo acompañarla al tener que cuidar de sus dos hijos, María era su hija de quince años que ya daba los pasos para convertirse en una gran mujer y a su hijo Piero, un varón de diez años que no dejaba de jugar y comer golosinas. En un día común, los niños acudían a las Parroquias a estudiar, por circunstancias extrañas, el Virrey Donato Bramante, regente del Imperio Galia, ordenó suspender toda actividad hasta nuevo aviso, provocando un cambio en la rutina de sus padres, para cuidarlos, se pusieron de acuerdo y decidieron que un día les tocaba estar con Fernind y otro día con Cristín, para variar, su esposo propuso que se fueran de campamento y prometió regresar en tres días, sus hijos aceptaron y en todo este tiempo, se la han pasado en el Bosque Virídis.
Cristín no muy convencida, tuvo que aceptar que su familia se fuera de campamento, le preocupaba el no saber de ellos por la situación que se suscitaba en la ciudad, sus pensamientos fueron interrumpidos por Remi, para corroborar y poder resolver los problemas de su empresa. Al bajar de su carreta, en sus campos de peras, se toparon con decenas de soldados Galeónicos que custodiaban el lugar, era la quinta vez que Cristín se los volvía a encontrar, de pronto, se escuchó el sonido de tres grandes aves que sobrevolaban el campo, dejando atónicos a las dos personas.
— ¡Acaso son las personas que creo que son! — dijo Remi asustado.
— No hay duda de que son los Arcángeles, la verdadera pregunta sería, ¿por qué están aquí? —
— Si están aquí, no deberíamos preocuparnos tanto, al fin y al cabo, nos protegerán. — dijo Remi ya más tranquilo.
— Esta situación me preocupa un poco, no tiene sentido que tantos soldados Galeónicos cuiden las afueras de la ciudad. — se angustió Cristín.
— Según me han dicho, dicen que solamente son ejercicios militares, recuerde que cada año lo hacen. — respondió Remi para tranquilizarla.
— Tienes que reconocer que aquellos ejercicios son extraños, cuando mi esposo regrese, le pediré que investigue lo que realmente está pasando. — dijo Cristín.
— Será mejor que nos concentremos en la reunión de hoy. — Remi cambió de tema.
— Supongo que sí, no entiendo por qué los jornaleros están solicitando un aumento de sueldo, el salario que les pago, ¡es el más alto de todos! — se quejó Cristín.
— Me imagino que se sienten nerviosos por lo que está sucediendo en los últimos días, si esto sigue así, probablemente todos dejen de trabajar. — dijo Remi preocupado.
— Eso sería algo terrible para todos, en ese caso, debemos arreglar las cosas el día de hoy. — propuso Cristín.
— Por ese motivo, ¿se colocó su capa patrona? —
— En efecto, sonaré un poco trivial, la capa es para recordarles que yo soy la que mando, no puedo permitir que hagan lo que quieran, ya tengo bastantes problemas. — respondió Cristín.
— ¡Bastantes problemas!, si el Virrey Donato le acaba de comprar una gran cantidad de Sidra, si fuera usted, yo no trabajaría durante tres años con esa venta. — dijo Remi incrédulo.
— Yo me refería a mi familia, como verás, los niños están creciendo y son más difíciles de controlar, aunque eso no viene al caso, no debemos permitir que los jornaleros tomen el control, si lo hacen, estaremos perdidos, tampoco hay que hacerlos sentir menos, al fin y al cabo, es por su trabajo que todos podemos salir adelante. — explicó Cristín y Remi señaló el granero.
— Hemos llegado, ¿quiere que la presente? — se ofreció Remi.
Cristín no respondió y ordenó detenerse, para escuchar lo que decían los jornaleros, esto desconcertó un poco a Remi.
— ¿Por qué no entramos y los tomamos desprevenidos? — preguntó.
— Me gustaría escuchar lo que dicen los jornaleros, no te preocupes, tengo experiencia en esto. — le indicó Cristín.
— No considero que eso sea correcto. — dijo Remi inseguro.
— Ellos nunca nos dirán ciertas cosas en frente de nosotros, debemos averiguar sus verdaderas intenciones, de esta manera, podremos objetar si la situación se pone difícil. —
Cristín abrió un poco la puerta para escuchar las verdaderas intenciones de aquellos jornaleros, en total, se reunieron ciento cincuenta personas que se mantenían levantadas y con las manos agitadas, improvisaron un estrado juntando dos grandes carretas, para evitar que se movieran, debajo de las mismas, colocaron varias cajas llenas de peras, Cristín reconoció al hombre con voz aguda y desgastada por la vejez, se trataba de Cato, el primer jornalero que contrató, era el encargado de llevar a cabo la reunión. En el estrado se encontraban tres hombres que no logró distinguir, supuso que eran los siervos que Remi contrató hace tiempo.
— Compañeros, debemos estar unidos y enfrentar a la adversidad que se avecina, no podemos permitir que nos quiten nuestro trabajo, la mayoría hemos trabajado aquí diez largos años, por nuestros esfuerzos, somos conocidos en todo el Mundo Renacentista y el día de hoy nos escucharán, cualquier cosa que nos ofrezcan, debe ser merecedora de nuestra trayectoria. — gritó Cato y todos lo alabaron, Cristín cerró la puerta discretamente.
— Están preocupados por su trabajo, creí que todos querían un aumento de sueldo. —
— Solo escuchó una parte patrona, en todo este tiempo, se han estado quejando de que ustedes no les pagan lo que les corresponde, es lo que me dicen los siervos. — aseguró Remi.
Sin más, Cristín decidió entrar al granero, dejando sorprendidos a todos, los jornaleros esperaban que los dos Burgueses se presentaran, de cierto modo, esto era bueno, así podrían con su patrona, Cato dejó de hablar y le brindó una mirada desafiante a Cristín, inmediatamente, tres jornaleros atrancaron la puerta y con esto, evitar que los presentes escaparan, esto no provocó que la burguesa se inmutara. Caminó despacio para dirigirse al estrado improvisado, saludando a todos los presentes, algunos jornaleros le correspondían, otros simplemente la miraban un poco nerviosos, Cristín subió al estrado por unas pequeñas cajas que servían de escaleras y reconoció al resto de los siervos, se trataban de Luis y Martín, los encargados de los pagos, cómo todo el tiempo se la pasaban sentados, no dejaban de estar obesos, se dio cuenta de cómo conspiraban y saludaron, Filippo el tercer siervo, era una persona más agraciada y un joven de veinticinco años, era el encargado de contratar a los jornaleros. Filippo no ponía atención por estar en las nubes y no saludó a su patrona, Cristín lo pasó por alto, al estudiar a los siervos, se colocó de frente para contemplar a los ciento cincuenta jornaleros que se encontraban en el granero.
— ¡Buenos días!, me alegra saber que disponemos de la presencia de todos ustedes, he cumplido en venir y espero que tengan una buena razón para detener un día completo de producción, debemos arreglar los problemas que nos acatan lo más pronto posible. — saludó Cristín.
— ¡Por supuesto que sí!, me alegra que trajera a ese cubre malvados que contrató, para arreglar las cosas de una vez por todas. — la enfrentó Cato.
Remi frunció el ceño por la ofensa, a Cristín le dio curiosidad del porqué, el jornalero se refirió a Remi de esa manera, la burguesa se colocó en medio para proceder con su discurso.
— Comencemos con esta sesión, de acuerdo a sus peticiones, lo que piden es un aumento de sueldo, ¿estoy en lo correcto? — dijo Cristín y todos afirmaron al unísono.
— Y que no se le olvide nuestra permanencia como la creación de nuevos trabajos, para ser sincero, la mayoría de nosotros hemos estado trabajando con usted durante diez largos años, nos sentimos un poco frustrados al no ser reconocidos. — habló Cato.
— Interesante lo que proponen, en días anteriores, he hablado con Remi sobre ese tema y creo que se debe de nombrar por lo menos a un jefe que esté encargado de quince jornaleros, dependiendo de cómo funcione, es posible que se abran más puestos, así que no digan que su trabajo no es reconocido, recuerden que ustedes son conocidos en todo el continente. — dijo Cristín.
Los jornaleros empezaron a hablar entre ellos, les gustaba la idea de que al menos unos fueran encargados.
— ¿Eso significa que nos aumentará el sueldo? — preguntó un jornalero de treinta y cinco años.
— Si la propuesta funciona, aumentaremos el sueldo a los que ocupen el puesto de encargados, los demás tendrán el mismo sueldo, simplemente no lo puedo aumentar, ustedes ya ganan más que cualquier otro jornalero que trabaja en otras tierras, si aumento el sueldo, aunque sea un poco, tendrá que aumentar el trabajo. — explicó Cristín y todos la repudiaron.
El salario mínimo de un jornalero a la semana es de cien Turqueses, la moneda con menos denominación del Mundo Renacentista, lo que equivalen a un Mazón, la moneda de mayor circulación.
— Eso no es cierto, nosotros hemos estado recibiendo el mismo sueldo durante un año. — se quejó Cato.
— ¡Tiene razón!, al hacer algún tipo de reclamo, aquellos sujetos que contrató, despiden a los jornaleros y contratan mano de obra con un salario más bajo, para quedarse con el resto. — gritó otro de los jornaleros señalando a los tres siervos.
— ¡Eso es una total mentira!, ustedes no dejan de inventar cosas sin sentido. — aseveró Martín y este le dio un codazo a Filippo, para despejarlo de su trance.
Cristín volteó a ver a Filippo quien comenzó a sudar, como si estuviera a punto de tomar la mejor decisión de su vida, ya comenzaba a comprender un poco lo que sucedía, al no poder llegar a una conclusión, dejó que continuara la reunión para poder seguir atando cabos.
— Desde que contrató aquellos sujetos patrona, hemos sufrido las consecuencias. — habló Jon, un jornalero de treinta años muy alto.
— ¿Qué significa esto Remi? — preguntó la burguesa.
— ¡Eso no es cierto!, ya dejen de culpar a los demás de sus problemas. — se defendió Remi.
— Este hombre que contrató no le dirá nada, lo único que sabe hacer es quejarse como una niña berrinchuda. — se burló Cato y todos empezaron a reírse.
— ¡Señores!, compórtense por favor. — pidió Cristín.
— Ustedes están ganando el salario de tres Mazones a la semana, otros jornaleros, únicamente ganan cien Turqueses como mínimo, lo que trato de decir, es que no deberían de pagarles menos. — dijo Cristín y Luis levantó más la cara, como si ya lo tuviera todo calculado.
— A nosotros nos están pagando el salario mínimo de cien Turqueses, lo demás, desaparece misteriosamente. — habló una jornalera de complexión rechoncha.
— ¡Es cierto!, yo llevo trabajando tres meses y no gano más que ciento cincuenta Turqueses. — habló Nina, una jornalera de veintidós años.
— ¡Hay una explicación para todo eso! — habló Luis en su defensa.
— ¡Claro que la hay!, la explicación es que ustedes nos han estado robando todo este tiempo. — lo acusó un jornalero de veinticinco años.
— No les estamos robando, lo que hacemos, son descuentos por no cumplir con su productividad diaria, añadiendo que la mayoría de ustedes falta de uno hasta tres días a su trabajo, sin mencionar que se escapan para jugar a los amantes, lo único que hacemos es cuidar el patrimonio de la patrona, jamás defraudaremos su confianza, por esas circunstancias, realizamos los descuentos en sus salarios. — habló Luis con orgullo y todos lo abuchearon.
— Yo personalmente, doy fidelidad para proceder con los descuentos, yo me he dado cuenta de aquel comportamiento inapropiado, la última vez descubrí a dos de ustedes, haciendo actos vergonzosos y me vi en la penosa necesidad de correrlos. — dijo Remi.
— ¿Es cierto Cato?, pensaba que todos ustedes trabajaban sin problemas, a pesar de su mal comportamiento, están exigiendo un aumento de sueldo. — se indignó Cristín.
— Es verdad patrona, la mayoría de los jornaleros, se han comportado de forma rebelde, los descuentos que realizamos son por no cumplir las metas. — se excusó Martín.
— Eso no justifica los descuentos excesivos, cuando vamos a cobrar cada semana, simplemente nos entregan una bolsa con cien o hasta cincuenta Turqueses, al momento de reclamarles, nos muestran una lista en donde según están las fallas que tenemos, inclusive, nos cobran el producto que maltratamos. — habló una joven jornalera de dieciocho años.
— Soy consciente que en ocasiones, no se puede evitar echar a perder la mercancía, al menos de que sea un accidente provocado, en esos casos, se debe pagar por ese error, quiero pensar que ninguno de ustedes hace tales cosas. — dijo Cristín sería.
— ¡Por supuesto que no patrona!, ninguno de nosotros lo hacemos, tiene mi palabra. — los defendió Cato.
— Lo que sí me preocupa, es el mal comportamiento que tienen todos ustedes, de acuerdo a lo que mencionan los siervos, cómo es posible que todos falten y hagan el amor en horas laborales, eso no lo voy a tolerar. — aseveró Cristín.
— ¡Eso tampoco es cierto!, el único que hace el amor es ese tal Filippo, él se acuesta con cada jornalera nueva que contrata, para salirse con la suya, le miente al encargado. — reclamó una jornalera de cuarenta años.
— Ya van a denigrar a los hombres de confianza que he contratado, esto es inaudito, yo personalmente los contraté, de ellos deberían aprender de cómo hacer su trabajo, en vez de culpar a los demás de sus problemas. — los defendió Remi y todos los jornaleros lo abuchearon.
— ¿Es cierto lo que dicen Filippo?, sería buena idea que hables, aquí tenemos a una gran cantidad de jornaleros molestos y te conviene decir la verdad. — le habló Cristín.
Filippo ya no seguiría guardando silencio, contempló a la mujer de su vida y decidió actuar, miró a sus compañeros tratando de decir que lo disculparan, él les prometió no decir nada sobre el fraude. Desde el principio, Martín les propuso que era mejor escapar y no enfrentarlos, Luis y Filippo mencionaron que era mejor quedarse, aquellos jornaleros eran muy ignorantes para descubrir sus verdaderas intenciones, de igual manera, si escapaban con tanto dinero, sin duda sospecharían de ellos y los atraparían o peor aún, al estar escapando, les podrían robar todo el dinero. Filippo para no abandonar al amor de su vida, los trató de persuadir, a Martín no le quedó de otra y optó por quedarse, solo les comentó que debían tener cuidado con la burguesa Cristín, a pesar de no estar presente en su empresa, se mantenía al tanto de todo, la única manera de salirse con la suya, era convencer a su asistente Remi, quien confiaba plenamente en su trabajo, a tal grado de defenderlos. Filippo dio un paso al frente, sus compañeros le guiñaron el ojo lo más discretamente posible, algo que Cristín notó y dependiendo de lo que digiera, descubriría el fraude, el siervo tomó aire para hablarle a los jornaleros ya molestos.
— ¡Yo solo voy a decir una cosa!, tras pensarlo por tanto tiempo, quiero decir que todo lo hice por amor. — proclamó Filippo.
El siervo levantó sus brazos para confesarle su amor a una mujer de cuarenta años muy agraciada, que trataba de ocultarse entre la multitud.
— ¡Jazmín, ya no hay que ocultar nuestro amor!, ya no puedo más con esta angustia, deja a tu marido y volvamos a empezar nuestras vidas en otra ciudad, me he dado cuenta de que tú eres la indicada, quiero decirle a todo el mundo que te amo y que eres el amor de mi vida. — confesó Filippo.
— ¡Eso no lo esperaba! — dijo Cristín atónica.
— ¿Qué acabas de decir?, ¿por qué le hablas a mi esposa? — Cato se molestó.
— ¡No sé de qué me hablas jovencito!, yo soy una mujer casada, jamás faltaría a mis votos. — se defendió Jazmín y Filippo frunció el ceño.
— ¡Por favor Jazmín, no me digas eso!, no puedes olvidar las cinco hermosas tardes que pasamos juntos, cada día me decías que era alguien especial, yo entendía que te sentías frustrada por tu matrimonio y por la vida que llevabas, por eso decidí robarles a todos los jornaleros, si te daba una mejor vida, vendrías conmigo, todo el dinero está en mi casa, Martín y Luis me ayudaron y con el dinero que robamos, ya puedo darte una mejor vida. —
Esta confesión provocó que todo el mundo se indignara, Remi no lo creía, la confianza que le entregó a los siervos se lo llevó el demonio, Luis y Martín palidecieron al no poder hacer nada, aquel enamorado arruinó todo, ¿por qué el amor te incitaba hacer cosas sin sentido?, una pregunta que nadie podrá responder, al darse cuenta de que el mal estaba hecho, los siervos regordetes decidieron salir del granero lo más pronto posible, si bien, los jornaleros ya lo intuían y por eso bloquearon todas las salidas en el instante que Cristín entró.
— ¡Me ofendes jovencito!, jamás he estado contigo. — Jazmín continuaba defendiéndose ya un poco nerviosa.
— ¡Jazmín!, no me hagas esto, de todas mis opciones, tú fuiste la mejor, no me pongas en ridículo. — suplicó Filippo.
— ¡Poco hombre!, ¿acaso fui un plato de segunda mano, un juego para ti? — habló un jornalero un poco amanerado acusando a Filippo.
— ¡Franco!, yo me sentía confundido al no ser correspondido, te dije que estaría contigo una vez, yo amo a otra persona. — se defendió Filippo sin dejar de ver a Jazmín.
— ¡Me mentiste Filippo!, en realidad, te gustan los hombres, deberíamos colgarlo. — lo acusó Meredy, una jornalera de dieciocho años.
Lo que antes era una reunión de trabajo, todo se volvió un caos, los jornaleros no dejaban de acusar a los infieles, según parecía, realmente jugaban a los amantes en sus horas de jornadas. Cristín hizo todo lo posible para detener el alboroto, nadie le hacía caso, un jornalero joven se acercó a la burguesa, aprovechando que todos confesaban su amor.
— ¡Patrona!, quiero confesarle que yo he estado enamorado de usted y estoy muy agradecido por haberme dado trabajo, por favor, deje a su marido y vivamos juntos. — le pidió el joven.
— ¡Claro que no!, ¿por qué haría algo así?, yo amo a mi Fernind. — Cristín sacudió la cabeza.
— ¡No tengo por qué darte explicaciones! — dijo tajante.
— Hay que aprovechar este caos Jazmín para irnos. — volvió a suplicar Filippo, tratando de acercarse a Jazmín, que simplemente trataba de huir.
— ¡Tú no vas a ningún lado! —
Cato tomó del hombro a Filippo, lo volteó y le propinó un puñetazo, al ver esta escena, todos los jornaleros comenzaron a golpearse unos a los otros, por haber descubierto las infidelidades de sus parejas. Martín y Luis no corrieron con la misma suerte, los jornaleros, al saber que sí les robaron sus sueldos, fueron detrás de ellos para organizar una gran trifulca.
— ¡Remi!, tenemos que detenerlos, antes de que suceda una tragedia. — dijo Cristín.
— No creo que sea buena idea, no quiero que me maten. — se quejó Remi y con paso sigiloso, se fue a esconder.
Luis y Martín fueron alcanzados, su obesidad no les permitió ir más lejos, al tratar de correr lo más rápido posible, ambos se cayeron al tropezar con una de las cajas llenas de peras, echando a perder un día de trabajo, para evitar que aquellos ladrones no escaparan, otra horda de jornaleros se acercó para comenzar a golpearlos, Cristín sabía que los siervos se lo merecían por estar robándoles, si bien, no deseaba que murieran y se acercó para tratar de calmar a la multitud.
— ¡Cálmense!, no es la manera de resolverlo. —
Fue inútil, todos se llenaron de ira por el abuso que sufrieron, al pedir que se calmaran, era una orden directa para continuar golpeándose, Cristín mejor optó por otro método, se le ocurrió ponerse enfrente de Luis y Martín que recibían la peor parte, fue una pésima idea, Jon, el jornalero de treinta años y de gran estatura, le propinó un fuerte puñetazo en la mejilla, ocasionando que Cristín cayera al suelo y estuviera aturdida por un rato, dejando desconcertados a todos, pero la hicieron a un lado y continuaron golpeando a los siervos. Cristín al recuperarse del golpe, rápidamente se levantó, olvidando el dolor que sentía, se dirigió con Jon y lo agarró de su cintura para detener esta turbia sin sentido.
— ¡Basta, ya basta!, les ruego que se detengan, si no lo hacemos, no seremos mejores que ellos, no ganaremos nada si los matamos, si ellos mueren o les pasa algo, vamos a perder mucho más, yo tengo una familia que cuidar al igual que todos ustedes y no puedo apartarme de ella, les prometo que haré todo lo posible para que esto no vuelva a pasar. — les pidió Cristín sin dejar de sujetar a Jon, al darse cuenta lo soltó.
La multitud poco a poco se fue calmando, mirándose unos a los otros, Cato bajó su puño para dejar de golpear al enamorado de Filippo, todos quedaron pendientes de cuál sería el siguiente movimiento. Cristín al ver que la multitud se calmó, mandó a llamar a Remi quien se encontraba escondido detrás de una de las carretas de peras.
— Remi, tú te encargarás de regresarles el dinero que les han robado durante todo este tiempo, estoy segura de que tienes los descuentos anotados. — Cristín miró a Cato.
— Tú serás el encargado de llevar a estos tres a las prisiones, pero antes de eso, tendrán que entregar todo el dinero que se robaron. — le pidió Cristín y Cato asintió solemne, por la infidelidad de su esposa.
— ¿Por qué usted no nos acompaña patrona?, la verdad no confiamos en Remi. — habló Nardo, un jornalero que no sobrepasaba los veinte años.
Al escucharlo, todos empezaron a replicar, no estaban de acuerdo de que Remi se hiciera cargo del dinero, al mismo tiempo, se escucharon algunos vítores de alegría por haber capturado a los siervos que les han estado robando. Cristín al ver la situación, se dio cuenta cuál era el verdadero problema y decidió zanjar el asunto.
— Remi es la persona encargada de ustedes, deben aprender arreglar las cosas con él, esa es la causa de todos estos problemas, asimismo, mi ayudante no confío en ustedes al no cumplir con su trabajo, admito que en ocasiones confía demasiado en las personas que realmente hacen su trabajo, como le hicieron pensar estos tres ladrones, les prometo que les pagaré todo lo robado con una condición. — Cristín hizo una pausa.
— La condición será que dejen a un lado sus actitudes infantiles, meterse con el esposo de otro, faltar al trabajo, maltratar mercancía, laborar pocas horas, creo que todos trabajamos por necesidad, yo necesito de ustedes y ustedes necesitan el trabajo, si de verdad les molesta las condiciones de mi empresa, pueden marcharse cualquier día. — zanjó Cristín para evitar una disputa mayor.
La mayoría de los jornaleros agacharon la cabeza, por escuchar las palabras correctas de su patrona, pero ellos actuaban de manera incorrecta por el maltrato de los siervos, esperaban que las cosas cambiaran, de modo que aceptaron quedarse y conservar su trabajo.
— ¡De acuerdo!, haremos lo que usted nos diga patrona. — aceptó Cato por todos.
— Muy bien, si ya nadie quiere decir nada, daremos por terminada la reunión, el día de hoy no trabajaremos, tengo el pendiente de lo que está sucediendo en la ciudad, si todo sale bien, los espero a todos el día de mañana, les prometo que en el transcurso del día, realizaremos los pagos correspondientes. — les indicó Cristín y todos asintieron.
Los jornaleros empezaron a recoger el desastre que provocaron en el granero, colocando las cajas de peras en las carretas, retiraron el estrado improvisado y acomodaron las carretas, Cato les ordenó a unos jornaleros de confianza amarrar con fuerza a los tres siervos, un grupo se ofreció de manera voluntaria para acompañar a Cato y llevar a los ladrones a las prisiones, Jon, el jornalero que golpeó a Cristín, se acercó para saber sobre su futuro.
— ¡Patrona, lo lamento tanto!, no pude detenerme, yo necesito el trabajo y no me gustaría perderlo, en verdad lo siento mucho. —
— En ese caso, tendrás que trabajar el doble que antes, esa será la forma correcta en la que puedas enmendarte conmigo. — respondió Cristín con aprecio.
— ¡Muchas gracias patrona!, haré mi mejor esfuerzo, me quedaré trabajando todo el día. — se ofreció Jon.
— ¡No!, es mejor que se tomen el día, me tiene inquieta los ejercicios militares y algo que vi en el cielo antes de llegar al granero, ve con tu familia y diles a los demás que hagan lo mismo, en caso de que el Virrey diga otra cosa, les daremos aviso a todos. — dijo Cristín.
— ¡Claro!, haré lo que me diga. — Jon se despidió y se fue corriendo para ayudar a los demás, Cristín al ver que todo se arregló, soltó un suspiro.
— ¡Por fin, hemos acabado!, al final todo salió bien, ya es medio día, tenemos que irnos. — se alivió Cristín y Remi asintió.
— Patrona, ¿por qué confía tanto en mí?, por todo lo que sucedió, lo mejor sería que me despidiera, ningún jornalero respeta mi trabajo. — Remi se desanimó.
— ¿De qué me hablas? — preguntó Cristín desconcertada.
— Como usted dijo, la mayor parte de los problemas, fueron causados por mi imprudencia, pensaba que al tener mano dura, todos harían su trabajo. — respondió Remi cabizbajo.
— Caminemos un poco Remi. — le invitó Cristín y ambos salieron del granero.
— No estoy entendiendo nada patrona, el día de hoy, he demostrado que soy muy malo en mi trabajo, soy tan malo que la abandoné para esconderme. — Remi agachó la cabeza.
— ¡Nada de eso!, el único problema que tuviste, es que confiaste en las personas equivocadas, con respecto a la turbia, yo hubiera hecho lo mismo. — lo animó Cristín.
— Fue un error muy grave, creo que me dejé llevar por mi posición. — replicó Remi.
— Ese error lo vas a tener que enmendar, si te corro, tardaré años en encontrar a otro asistente que pueda aprender de sus errores, tuve suerte de que mi esposo te recomendara, he platicado con otros Burgueses y a ellos no les ha ido nada bien con sus siervos, me han mencionado que les han robado todo, casi dejándolos en la ruina, tú no has hecho nada de eso, por eso confió que aprenderás de esto y no cometerás el mismo error. — le aconsejó Cristín.
— ¿Eso significa que me aumentará el sueldo? — bromeó Remi y Cristín se rio.
— No te precipites, parece ser que algo de los jornaleros se te quedó en ti. — Cristín se burló y los dos llegaron a la carreta que utilizaron para llegar.
— Escucha con atención, a partir de hoy, estarás más tiempo con los jornaleros, si piensas contratar a alguien, tendrás que decírmelo y veremos si es buena persona, mi intención es que te ganes a cada trabajador, así tendrán más confianza contigo, cada vez que pueda, yo visitaré a los jornaleros, últimamente me he dejado llevar por mis problemas familiares, como dije desde un principio, por su trabajo, es que todos podemos salir adelante. — dijo Cristín y Remi asintió.
— ¡Daré mi mayor esfuerzo patrona! — Remi subió a la carreta.
— ¿No regresará a la ciudad? — preguntó desconcertado.
— ¡No!, debo recoger a mis hijos, ya debieron de haber regresado de su campamento, espero que Fernind sepa algo sobre lo que está sucediendo en la ciudad, adelántate y haz lo que acordamos, en caso de que no puedas entregarles todo el dinero a los jornaleros, será mejor que lo guardes en ya sabes dónde. — le indicó Cristín y Remi asintió.
El siervo arrió la carreta y partió a la ciudad, Cristín observó como otra gran fila de soldados, desfilaban en los alrededores, por ello ansiaba ver a su esposo, él le podría decir lo que pasaba realmente, esperaba que no fuera lo que le comentó días atrás. Se apresuró y tomó el camino del sendero, ubicado en los límites de la ciudad para dirigirse al lado oeste y recoger a sus hijos, de repente, sintió un dolor en su mejilla el cual se propagó en todo su cuerpo, Cristín cayó en la cuenta, que la molestia era por el golpe que recibió por parte de Jon al tratar de detener a la multitud, Nina, la jornalera de veintidós años se acercó, notando el golpe y no dudó en ofrecerle ayuda.
— ¿Se encuentra bien patrona?, yo con gusto puedo atenderla. —
— ¡Sí, estoy bien!, solamente son dolores pasajeros, tan pronto llegue a mi hogar y tenga un buen descanso, estaré como si nada. — respondió Cristín cálidamente.
— ¡De acuerdo patrona!, si necesita algo, puede acudir conmigo, yo con mucho gusto le ayudaré. — se ofreció Nina sin dejar de agradecerle, ya que por fin recibirá su sueldo completo.
Cristín le correspondió, reanudó su camino para recoger a sus hijos que regresaban del campamento, conociéndolos, llegarían totalmente sucios y debía bañarlos antes de la comida. Al caminar por el sendero para llegar al lado oeste, se encontró con más soldados y ya no tuvo más dudas, aquellos hombres, se estaban reagrupando para proteger ciudad Lemus de una posible invasión, intranquila, aceleró su paso para llegar lo más pronto posible a la comuna, así se le llama al conjunto de casas que se ubican ya sea en las afueras de una ciudad o dentro de la misma. Al llegar a la entrada de la comuna, se encontró con un pequeño grupo de quince jornaleros, siendo retenidos por treinta soldados que bloqueaban la entrada de la comuna, entre los soldados Galeónicos, sobresalía una voz muy autoritaria, seguidamente se escuchó el rugido de un oso doméstico.
— ¡Por decreto del Virrey Donato Bramante, nadie tiene permitido pasar!, tenemos la autoridad de someter a cualquiera que trate de desobedecer sus órdenes. —
Cristín reconoció aquel soldado Galeónico, se trataba del capitán Fredo Matteo, hijo del alcalde de ciudad Lemus. Era un joven de veinticinco años, de piel morena, rostro ovalado, nariz redonda, de ojos y frente pequeña, vestía una armadura gris con varios detalles elegantes de color verde. En su brazo derecho, se amarró una prenda de seda verde y blanca, que representa los colores de la bandera del Imperio Galia. Portaba un pantalón de cuero verde con unas botas cafés largas que le llegaban hasta los muslos.
La burguesa se limitó a cerrar los ojos, Fedro era un pretendiente y la ha estado cortejando desde hace cinco años, por supuesto, que ella lo rechazaba, aunque aquel hombre, no entendía y le causaba muchas molestias. Un día, acompañada de su esposo, fueron a hablar con el alcalde y simplemente les indicó que Fedro, era así con todas las mujeres que le gustaban y que no se preocuparan, que su enamoramiento ya se le pasaría, sin tener otra opción, la burguesa decidió ignorarlo. Lo malo, es que aquel joven enamorado hacía todo lo posible para estar a su lado; eso significaba que el día de hoy, sería uno muy largo.
— ¡No pueden hacer eso sin un decreto!, todos los que estamos aquí, vivimos en esta comuna, nuestras familias nos están esperando. — replicó uno de los jornaleros, que al mismo tiempo, de la comuna, regresaban otros treinta soldados Galeónicos que parecían que acababan de dar un aviso importante.
— Acaso piensan desobedecer las órdenes de nuestro Virrey, quien los ha protegido de cualquier mal, si es así, no pienso tolerar esta rebeldía. — los amenazó el Capitán Fredo.
Los Soldados Galeónicos al tener bloqueada la entrada, llegaban más personas y se desconcertaban por no saber lo que sucedía y les preguntaban a los locales, puesto que no era normal esta situación, esto ocasionó que Cristín comenzara a preocuparse, al tener el pendiente de no saber nada de sus hijos, esperaba que su esposo pudiera reunirse con ella en las afueras de la comuna, para variar, el Capitán reconoció a Cristín en medio de toda la multitud, para él su belleza relucía más con su capa verde. Se acercó con su oso doméstico, bajándose de manera majestuosa para impresionar a su damisela.
— ¡Qué agradable sorpresa el poder verte Cristín!, tan radiante como siempre. — la saludó Fedro.
— ¡Buen día, Fedro!, veo que te ascendieron a Capitán, felicidades. — contestó Cristín, tratando de no ser grosera.
— Con mucho gusto te contaré como fue que me ascendieron. — Fedro miró la mejilla de Cristín.
— ¡Por el Gran Theos!, ¿quién fue el miserable que te golpeó?, dime quién fue y le daré el peor de los castigos. — Fedro se enfadó al ver el rostro golpeado de su amada.
— Fue un accidente, Fedro, en realidad, no fue nadie, no te preocupes. —
— ¿Segura Cristín?, estoy seguro de que tu marido fue quien te golpeó, sé de antemano que ese hombre es un salvaje. —
— Tampoco fue él, mejor olvídalo, y si eres tan amable, podrías dejarme pasar para recoger a mis hijos, te prometo que regresaré, sin desobedecer la orden de Vuestra Gracia. — pidió Cristín.
— ¡Lo siento mucho mi estimada!, no podemos dejar pasar a nadie, son órdenes directas del Virrey Donato, de verdad me gustaría ayudarte. — le dijo Fedro con tono amable.
El Capitán volvió a ordenarles a sus soldados Galeónicos que se mantuvieran firmes y que, por ninguna circunstancia, dejaran pasar a nadie.
— ¿A dónde tenemos que ir si no podemos regresar a nuestras casas? — preguntó otro de los jornaleros de la misma edad de Cristín, ya desesperado al ser el primero en llegar a la entrada de la comuna.
Fedro, al darse cuenta de que más gente se congregaba, hizo una mueca por no poder platicar con su enamorada, se acercó a su oso doméstico y de una pequeña bolsa, sacó un pergamino sellado por el mismísimo Virrey Donato Bramante, a continuación, procedió a leerlo.
"Habitantes del Imperio Galia, escribo estas palabras, porque algo muy importante está sucediendo en el Mundo Renacentista y para darme a entender de la mejor manera posible, les pido a todos que se reúnan en el centro de ciudad Lemus. Para que se haga cumplir mi voluntad, concedo toda la autoridad a mis fuerzas Galeónicas, quienes se encargarán de avisarles de mi solicitud.
Vuestra Gracia, Donato Bramante".
El Capitán guardó el pergamino y observó que la multitud se quedó atónica y tuvieron más dudas, la mayoría murmuraba del porqué el Virrey, les pidió reunirse en el centro de la ciudad.
— Espero que con esta explicación, ya esté todo aclarado, así que diríjanse al centro de la ciudad, no me hagan repetir mis palabras, por sus familiares no se preocupen, algunos soldados Galeónicos ya les avisaron sobre la situación y se podrán reunir con ellos. — ordenó Fedro y todos asintieron.
La mayoría prefirió esperar a sus familiares y buscaron un lugar cómodo, Cristín le reprochó a Fedro por no haberlo dicho antes, seguro ansiaba presumir de su poder, como a todos los hombres al que le entregaban un título, en ese instante, volvieron a sobrevolar las tres aves de los Arcángeles, dejando sorprendidos a todos y sin poder hacer nada, los soldados Galeónicos al ver a sus señorías, se arrodillaron para saludarlos, los Arcángeles eran las segundas personas más importantes del Mundo Renacentista. Las aves, al alejarse del lugar, los soldados regresaron a sus posiciones, quedándose un poco indignados por la ignorancia de los habitantes.
— ¡Acaso no conocen a sus señorías! — les reclamó Fedro.
El Capitán, a punto de reprender a la gente, se le adelantó Cristín para evitar que el pánico se desatara.
— Eso significa que tendré que esperar a mi familia. — lo interrumpió y el semblante de Fedro cambió.
— Para mí será un honor acompañarte mi estimada, no te preocupes, en caso de una emergencia, yo te protegeré. — propuso Fedro.
— ¡Maldición!, eso era lo que menos quería, en fin. — pensó Cristín y le sonrió de manera forzada.
Si a Cristín le sonreía la suerte, sus hijos vendrían lo más rápido posible en compañía de su padre, empezó a rezar para que la compañía de aquel Capitán no fuera tan molesta. Su esposo, una vez, le comentó que Fedro no era malo y esperaba que lo dicho por su padre, fuera cierto, por fortuna, no frecuentaban mucho y si lo hacían, su esposo la acompañaba y su pretendiente ya no se acercaba, esperaba encontrarse con él para alejar aquel Capitán. Fedro les reiteró a sus soldados que continuaran bloqueando la entrada de la comuna y que no lo molestaran, todos asintieron con picardía, como su oso doméstico rugió complacido, el Capitán de manera galante, se colocó a lado de Cristín y se dirigieron a una sombra y le platicó su mayor logro en la vida. Fedro logró ascender a Capitán por un General que lo vio calmando a una multitud enfurecida, al quedar perplejo por su liderazgo, inmediatamente lo nombró Capitán, esta anécdota, la repitió como cinco veces, ciertamente era la única forma de poder ascender a un puesto en el ejército, al día de hoy, los soldados no conocen lo que es luchar en una batalla a muerte, gracias a la Reina Santa, Mary Winstead, la persona más importante en el Mundo Renacentista, con su poder que le permite otorgar y quitar la vida, ha logrado mantener y proteger la paz durante trescientos años. Cristín miró al cielo y notó que el sol se encontraba en su punto medio, eso significaba que la mitad del día, se ha consumido, por consecuencia, el calor era un poco insoportable, provocando que la espera fuera más larga de lo habitual, las sombras que proyectaban los árboles, desaparecían y el hambre empezaba a nacer.
Para su alivio, Cristín pudo contemplar una gran multitud, cargando sus pertenencias de alto valor, siendo custodiados por algunos soldados Galeónicos, otros habitantes arreaban su ganado, los soldados que cuidaban la entrada, tuvieron que romper su formación por unos instantes para dejar pasar a toda la gente que ya se dirigía al centro de ciudad Lemus, pese al movimiento, Cristín no encontró señales de su familia, trató de no desesperarse y esperó un poco más, su granero se encontraba en las últimas casas de la comuna, por consiguiente, su familia tardaría un poco en atravesar la entrada. Al salir casi todos los habitantes, pudo ver una manada de treinta osos domésticos, guiados por cuatro jinetes, la burguesa dio un suspiro de alivio al ver a sus hijos, cada uno montando sus osos domésticos.
Piero se mostraba tan enérgico, agitando su largo cabello castaño oscuro, era delgado y con grandes ojos marrones, prácticamente, el hijo menor de los Burgueses Margani, se parecía a su padre, en cambio, María se parecía más a su madre, portando el mismo cabello rubio rizado, su estatura era promedio, aunque comenzaba a igualar la talla de su madre y le interesaba conocer toda la historia del Mundo Renacentista, por ese interés, ella se encontraba leyendo un enorme libro. Cristín ya con chapas en las mejillas y al ver a sus hijos con bien, inmediatamente salió de la pequeña sombra para saludar a sus hijos, alejándose del Capitán enamorado, Fedro trató de seguirla y fue interceptado por otro Capitán Galeónico, que recién llegaba con nuevas órdenes directas de su General, maldijo y se dijo que ya tendría otra oportunidad de cortejarla.
La manada de osos domésticos, al cruzar por completo la entrada, se detuvo por indicaciones del jinete de edad avanzada que montaba un caballo de pelaje café brilloso, Cristín por fin, pudo reencontrarse con sus hijos que no dudó en abrazar y en besarlos, casi bajándolos de sus osos, una reacción natural al no verlos en casi cuatro días.
— ¡Por los hijos de Theos!, sí que me tenían preocupada. — dijo Cristín aliviada, sin dejar de consentir a sus hijos.
— ¡Mamá, me haces cosquillas! — dijo Piero riéndose.
— ¡Madre!, no pensábamos que estuvieras aquí, creímos que te encontrabas en el centro de la ciudad, como nos han indicado los soldados Galeónicos. — habló María sorprendida, sosteniendo su libro.
— ¿Cómo quieren que me vaya?, quedamos en que yo pasaría por ustedes dos, por todas las cosas que han pasado, estoy segura de que no han comido nada. — dijo Cristín indignada.
— No se preocupe patrona, antes de partir, les di de almorzar unas empanadas de carne y un poco de leche. — habló Parmenio, el jinete de edad avanzada y el capataz del Burgués Fernind Margani, a pesar de sus cincuenta y cinco años, mostraba una gran energía, como si tuviera veinte años.
Por la experiencia que adquirió en la crianza de osos domésticos, Parmenio se hizo famoso entre los habitantes de la ciudad, siendo considerado un mago, por la gran habilidad que tiene para domar a otros animales como caballos, liebres y uno que otro venado, por otro lado, si querías saber algo de como criar algún otro tipo de animal, podías confiar en Parmenio, inclusive otros Criaderos, han pedido trabajar en el campo de Fernind, para adquirir un poco de experiencia del Capataz.
Cristín se desconcertó un poco, al ver únicamente a Parmenio y no a su marido, por lo regular, los dos viajaban juntos, sus pensamientos fueron interrumpidos por el hambre que sentía y no pudo evitar el colocar la mano en su estómago, algo que Parmenio notó, bajó de su caballo y de unas bolsas de cuero, sacó dos empanadas de carne.
— ¡Tenga patrona!, sé que no ha comido, lo bueno que le guardé estas empanadas de carne. — Parmenio volvió a dirigirse a su caballo para sacar un pequeño barril y una bandeja para servirle.
— También puedo ofrecerle Sidra de manzana de la competencia recién hecha, supongo que usted ya debe estar aburrida de tomar su propia Sidra. — le ofreció Parmenio, soltando una carcajada.
Cristín sonrió por el chiste, aceptó las empanadas y le pidió que le sirviera un poco de sidra, en instantes, devoró las dos empanadas de un bocado, provocando el asombro de Parmenio.
— ¡Cielos!, si quisiera patrona, usted podría comerse una vaca entera, juraría que come más que su marido. —
— Te sorprenderías Parmenio. — respondió Cristín y se bebió toda la Sidra de la bandeja.
— Parece que el día de hoy trabajó más de lo normal patrona, lo puedo saber por el golpe que tiene en su mejilla. — señaló Parmenio.
Esto ocasionó que Piero y María, le pusieran atención a su madre, notando el golpe que se ocultaba entre las chapas rojas que se le marcaban a la burguesa.
— ¡Madre!, ¿qué te pasó?, no me digas que te robaron en el camino. — preguntó María preocupada.
— No, nada de eso, lo que pasó, es que tuve que calmar una revuelta por falta de pago, perdónenme hijos por preocuparlos. — les dijo Cristín.
María y Piero al escuchar a su madre, sonrieron aliviados y en eso, la burguesa se acordó de su marido.
— Ya que me doy cuenta, ¿por qué mi marido no aparece? — preguntó.
— ¡Es verdad!, se me olvidaba, el patrón me dijo que iría a la ciudad para averiguar a detalle lo que está sucediendo, como ha notado, no es normal que a todos nos reúnan al centro de la misma, tomó a uno de los mejores osos domésticos que tenemos, por la hora, ya debe encontrarse en ciudad Lemus, no debe preocuparse por él. — respondió Parmenio con un tono fraternal.
María y Piero se dieron miradas cómplices y decidieron guardar silencio, era cierto que su padre se fue a investigar lo que acontecía en la ciudad, lo hizo tres días atrás y no ha regresado, estando al cuidado del capataz. Parmenio les comentó que su padre se encontraba bien y tuvo que ir a
