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La aventura de escribir novelas: Conversaciones con Bruno Arpaia, Sergio del Molino y Félix de Azúa
La aventura de escribir novelas: Conversaciones con Bruno Arpaia, Sergio del Molino y Félix de Azúa
La aventura de escribir novelas: Conversaciones con Bruno Arpaia, Sergio del Molino y Félix de Azúa
Libro electrónico121 páginas1 horaMaestrale

La aventura de escribir novelas: Conversaciones con Bruno Arpaia, Sergio del Molino y Félix de Azúa

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La aventura nos suele llevar, como muchas veces la pasión, a explorar territorios de los que no estamos seguros de conocer los mecanismos y los misterios que los gobiernan. Y más aún cuando el aventurero se adentra –a menudo incautamente– en el fascinante pero resbaladizo terreno de la creación literaria. ¿Qué significa, pues, escribir novelas? ¿Qué hay que saber antes de emprender el tortuoso periplo que supone la redacción de un texto narrativo? En este libro se desvelan algunas de las reglas y mañas que están detrás del oficio de escribir. Las conversaciones que lo componen se podrían resumir en que la novela tiene una «capacidad casi infinita de asimilar todo lo que pueda asimilar, de fagocitar, según convenga, la poesía, la filosofía, el periodismo, el ensayo, la historia…» y que en el entregarse a la aventura de escribirlas hay una «razón moral», porque al embarcarse en la aventura de escribir «tenemos la obligación de ser equidistantes», sin olvidar, por otro lado, que «en la vida tarde o temprano tienes que dejar de serlo».
IdiomaEspañol
EditorialAltamarea Ediciones
Fecha de lanzamiento13 ene 2026
ISBN9791387938420
La aventura de escribir novelas: Conversaciones con Bruno Arpaia, Sergio del Molino y Félix de Azúa
Autor

Javier Cercas

Javier Cercas nació en Ibahernando, Cáceres, en 1962. Su obra incluye las novelas El móvil, El inquilino, El vientre de la ballena, Soldados de Salamina, La velocidad de la luz, Anatomía de un instante, Las leyes de la frontera, El impostor, El monarca de las sombras y el tríptico de la Terra Alta, compuesto por Terra Alta, Independencia y El castillo de Barbazul. Sus libros se han traducido a más de treinta idiomas y han obtenido en todo el mundo importantes galardones, entre otros el Premio Nacional en España, el Independent Foreign Fiction Prize en Reino Unido, el Grinzane Cavour en Italia, el Prix Mediterranée en Francia, el Premio de la Crítica en Chile, el Correntes d'Escritas en Portugal, el Athens European Prize for Literature en Grecia o el Taofen en China. Ha recibido, además, premios muy prestigiosos de ensayo y periodismo, y diversos reconocimientos internacionales al conjunto de su carrera. Es miembro de la Real Academia. Con El loco de Dios en el fin del mundo, su libro más reciente, ha obtenido por segunda vez el Premio al Libro Europeo.

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    La aventura de escribir novelas - Javier Cercas

    PortadaFoto

    MAESTRALE 03

    Portadilla

    BRUNO ARPAIA

    Presentación

    A estas alturas, la memoria me hace aguas por todas partes, pero creo recordar que la primera vez que vi a Javier Cercas fue en la presentación de Soldados de Salamina en Italia, y que acababa de empezar el milenio. El editor italiano que compartíamos (y compartimos) me pidió que lo presentase en Italia, y acepté entusiasmado. El libro de Cercas me había dejado fulminado, me había fascinado, raptado, y me temo que semejante entusiasmo se notó incluso demasiado cuando conversamos en la presentación. Lo que más me impresionó, nada más vernos, es que vi en Javier no solo a un fantástico escritor y a un intelectual interesantísimo, sino también (y sobre todo) que me vi enfrente de una persona estupenda, y que encontré un amigo. Demostró serlo cuando, un año después, fue él quien presentó un libro mío, La última frontera, en Barcelona, acompañado por Enrique Vila-Matas e Ignacio Martínez de Pisón. Javier aceptó presentarlo y, además, dijo en aquella ocasión que era como si alguien nos hubiera encargado la misma tarea y nosotros, cada cual a su manera, la hubiésemos llevado a cabo con idéntica fuerza e intensidad: él hablando de un oscuro miliciano de la Guerra Civil y yo de Walter Benjamin que se suicida en la frontera por la que huyeron, como su Miralles, medio millón de españoles que habían perdido la guerra.

    Desde entonces, creo que puedo vanagloriarme de disfrutar de su aprecio y de su amistad, consolidada en infinidad de conversaciones y de discusiones sobre los temas más variados, en comidas y cenas en las más variopintas ocasiones; sin olvidar que hace algunos años que soy su traductor al italiano, que hemos leído las novelas que el otro ha escrito, que hemos vivido muchos eventos uno al lado del otro, y el menor no es el que dio origen a este libro. Hacía años que se celebraba en Pordenone, en el Véneto, un festival literario que tenía características particulares. El festival se llamaba (y se llama) Dedica, y (claro) se «dedicaba» a un solo autor. Alrededor de su obra y de su personalidad, la organización preparaba reuniones, presentaciones, mesas redondas, exposiciones fotográficas, representaciones de textos teatrales y proyecciones de películas basadas en sus obras; montaba también conciertos con músicos que pudieran tener relación con el autor. Además, Dedica publicaba un libro con una extensa entrevista al escritor homenajeado, que incluía inéditos y colaboraciones de amigos y críticos. En 2013, los organizadores eligieron a Javier Cercas y me encargaron a mí que dialogara con él. Así pues, nos vimos varias veces, en Italia y en España. Javier nos abrió a mí y al gran fotógrafo Daniel Mordzinski (que hizo una exposición sobre Javier) las puertas de casa, nos presentó a su familia y fuimos con él, emocionadísimos, a los lugares en los que se desarrolla Soldados de Salamina.

    Es siempre maravilloso conversar con Cercas, descubrir los muchos puntos en común que tenemos y los pocos desacuerdos que nos unen, pero en aquella ocasión lo fue aún más, pues ambos sabíamos que cuanto íbamos a decirnos iba a ser publicado y que tendríamos que asumir la responsabilidad de lo dicho: sus ideas brillaban como nunca gracias a una luz clarificadora. Del intercambio salimos más ricos, pero también con más dudas, incluso en las ocasiones en que no estábamos de acuerdo. Así, la editorial que compartíamos, Guanda, decidió publicarlo con todas las bendiciones y el mucho aparato que suelen emplear las grandes editoriales. Estoy contentísimo de que ahora, gracias a Altamarea, esté al alcance del público español.

    Han pasado más de diez años de aquella conversación y el papel público y la notoriedad de Javier Cercas han crecido de manera enorme, sus ideas acerca de la literatura y de la política no han dejado de perfeccionarse y de ganar en profundidad, está considerado uno de los más importantes escritores e intelectuales europeos, sus novelas no han dejado de entretenernos, de dejarnos sin aliento, de hacernos reflexionar, pero yo creo que todo germinaba ya en la apasionante conversación de años atrás. Estoy razonablemente convencido de que, precisamente por eso, el libro lo apreciarán muchísimo los lectores y las lectoras españolas.

    La aventura de

    escribir novelas

    CONVERSACIÓN ENTRE 

    JAVIER CERCAS

    Y BRUNO ARPAIA

    Bruno Arpaia: Ibahernando es un pueblo pequeño, medio millar de personas, de Extremadura, a unos cien kilómetros de la frontera con Portugal. De allí, mediados los años sesenta, el doctor Cercas, veterinario y pequeño terrateniente, parte con la familia para trasladarse a Cataluña, a Gerona. El pequeño pueblo se vacía lentamente, muchos han emigrado ya y es posible que el doctor Cercas (que no es que viva mal en Ibahernando) no vea allí futuro para sus hijos. Por el contrario, Gerona es una ciudad rica, con grandes explotaciones bovinas y, se presume, muchas oportunidades de trabajo. Así, el 28 de diciembre de 1966, el día de los Santos Inocentes, con cuatro años de edad, el futuro escritor Javier Cercas desembarca con la familia en la estación de Gerona. Es un emigrante, un charnego, uno de pueblo, uno de los muchos que aquellos años viajan hacia las zonas menos pobres de la península.

    Javier Cercas: La primera imagen que recuerdo es una en la que marco Gerona en un mapa y digo: papá está aquí. La segunda es la llegada a la estación de Gerona el 28 de diciembre. Recuerdo una sensación de desconcierto, de desarraigo, de orfandad. Era todo diferente, empezando por el idioma. Con todo, he pensado siempre que no habría sido escritor si no hubiese salido del pueblo. En Ibahernando, en comparación con los vecinos, podíamos considerarnos adinerados, aunque en realidad no lo éramos, ni mucho menos. Allí, yo habría sido un señorito de pueblo, o habría estudiado veterinaria. En Gerona, en cambio, el hecho de no ser nadie, de no tener ninguna protección, de sentirme siempre fuera de lugar, contribuyó a que me convirtiera en escritor. Todavía hoy tengo la sensación de ser un emigrante, un charnego; en suma, de estar siempre fuera de lugar.

    B. A.: ¿Cuándo nació tu amor a la literatura?

    J. C.: No vengo de una familia especialmente culta o con grandes lectores. Pero en casa había una pequeña biblioteca, y yo leía libros de aventuras, de historia; leía libros para jóvenes… Teníamos una colección de libros ilustrados: yo miraba primero las ilustraciones y el resumen y luego, si me gustaban, leía el resto. Recuerdo la fascinante lectura de La isla del tesoro en una edición con bellísimas ilustraciones. Luego, prestados por la biblioteca del colegio de los padres maristas, leí a Salgari y a Verne, que era mi preferido. Aunque no he vuelto a leerla, Miguel Strogoff es una novela imposible de olvidar… Me gustaría escribir ahora un libro siguiendo el viaje de Strogoff. Pero el gran cambio se produjo cuando cumplí catorce años y me convertí en un lector-vampiro. ¿Qué es un lector-vampiro? Lo explica muy bien Saul Bellow: no es el lector que lee para pasar el tiempo o para divertirse, ni tampoco para ser un sabio; todo eso es estupendo, pero el lector-vampiro no lee por ninguna de estas razones: lee para sobrevivir, no quiere leer los libros, quiere ser los libros, quiere que los libros entren a formar parte (como dice Bellow) «de su sustancia». A los catorce años era, dentro de lo que cabe, una persona normal; era también un lector alegre y confiado. Por desgracia, aquel año fui a Ibahernando, como todos los veranos, y me enamoré locamente de una chica. De vuelta a casa después de las vacaciones, lo único que me apetecía hacer era ahorcarme en la cúpula de la catedral de Gerona. Fue un momento importante que intenté superar pidiendo ayuda al libro más serio

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