La ciudad que respira
Por C. C. Izam
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comienza a percibir fisuras en la realidad. Encuentros aparentemente fortuitos con una
misteriosa mujer llamada Aynara lo arrastran a un viaje iniciático donde los sueños, la
memoria y la historia se entrelazan. A través de símbolos antiguos y un enigmático
manuscrito del siglo XVII, Darién descubre la existencia de Naider, un cartógrafo español
que siglos atrás se internó en la cordillera en busca de la mítica Ciudad de los Césares.
Ambos relatos —el del Santiago contemporáneo y el de la expedición colonial— se
entrecruzan revelando que Darién y Naider comparten más que un destino: son dos
memorias de un mismo ser. Guiado por Aynara, figura a la vez tangible y atemporal, Darién debe atravesar pruebas espirituales y visiones en las que la ciudad muestra sus capas superpuestas: un Santiago donde conviven las calles coloniales, las revueltas sociales y los fantasmas de un pasado negado.
El viaje se convierte en una búsqueda interior y colectiva: la Ciudad que Respira no es solo un mito geográfico, sino la encarnación de la memoria viva de los pueblos y de la identidad oculta bajo los pliegues del tiempo. Entre lo fantástico y lo histórico, la novela explora la relación entre modernidad y tradición, fe y desencanto, olvido y memoria, preguntándose qué significa realmente pertenecer a una ciudad y a una historia.
Con un estilo que oscila entre el realismo urbano, la épica histórica y lo mítico, La Ciudad
que Respira ofrece una reflexión profunda sobre la identidad chilena y latinoamericana, en una narración que combina el misterio, el simbolismo y el pulso de la aventura.
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La ciudad que respira - C. C. Izam
Capítulo I
Encuentros
Hay que tener un caos dentro de sí para dar a luz una estrella danzante.
—Friedrich Nietzsche
La mañana estaba fría. Como siempre, Darién había salido de su departamento en la comuna de San Miguel y entrado en la estación El Llano de la línea 2 del metro de Santiago, al suroeste de la ciudad. Se dirigía rumbo a su trabajo en el centro de la capital. Eran las 7:50 cuando hizo la combinación en Los Héroes para tomar la línea 1 con dirección a Los Dominicos. Se bajó del metro en la estación La Moneda; cuando se abrieron las puertas del tren, el mar de gente que se apretujaba en el vagón se precipitó hacia el andén. Darién esperó a que se despejara la puerta y salió. Apenas a unos pasos de las puertas automáticas sintió un golpe en el brazo derecho: alguien lo había rozado. Miró hacia atrás, pero no pudo distinguir, entre la multitud que ahora se atropellaba para subir, quién había sido. Sintió un pequeño mareo que atribuyó a no haber desayunado aún. Se sacudió el malestar y se encaminó a la salida de la estación.
Subió las escaleras tranquilo, confiando en que aún tenía tiempo. Su hora de entrada era a las 8:30 «Tengo tiempo aún», pensó. Miró su reloj: eran las 7:55. En ese preciso instante sonó su teléfono.
—Aló —dijo, confundido. Al otro lado de la línea una voz de mujer le inquirió por su paradero; en su rostro se dibujó el cambio de expresión—. Estoy en cinco minutos en la oficina — contestó de golpe y se apresuró en el tramo final de la salida de la estación.
Había olvidado que tenía una reunión importante a las 8:00 y su oficina estaba a veinte minutos caminando; apresuró el paso lo más que pudo, subiendo raudo por la escalera que da a la Torre Entel y dejando con la mano estirada a la señora que vendía sándwiches en el quiosco a la salida del metro. Él siempre le compraba a esa misma señora algo para desayunar, ya que se levantaba justo a la hora y no alcanzaba a comer en su casa.
Darién prefería caminar todos los días en vez de bajarse en una estación que lo dejara más cerca de su trabajo en la Subdirección de Patrimonio y Ciudad de la Municipalidad de Santiago. Eso le permitía admirar los edificios que hay por calle Amunátegui en dirección norte.
Le llamaban la atención, sobre todo, los inmuebles que habían sido importantes residencias en el pasado, como el Palacio Matte, en la esquina de la calle Compañía de Jesús con Amunátegui. Al mismo tiempo que admiraba la arquitectura y los detalles estéticos del edificio, le dolía ver el deterioro de un lugar que era un patrimonio en sí mismo.
Llegó jadeando y con la ropa desordenada; el reloj marcaba las 08:17 cuando entró al edificio que su Departamento comparte con los Juzgados de Policía Local de Santiago y otras dependencias municipales.
Como todos los días, el primer piso estaba agitado: unos corrían, otros esperaban con carpetas, algunos bebían café mientras orientaban a la gente que llegaba. Él pasó directo al ascensor, que estaba a la izquierda de la entrada, y subió al quinto piso. Aprovechó el espejo para ordenarse un poco. Las puertas se abrieron y entró al Departamento de Patrimonio dando pasos largos y sin mirar a quienes lo saludaban. Pasó a la sala de juntas sin quitarse el abrigo y con la mochila aún colgada al hombro; allí lo esperaban para escuchar su reporte. Entró disculpándose por la hora, intentando poner su mejor cara.
Estuvo en esa reunión a puerta cerrada por más de una hora. Cuando salió de la sala de juntas, sus compañeros estaban ocupados en sus cosas y él se encaminó a su puesto de trabajo. La mañana había comenzado movida y recién eran las 9:33. Todavía no había alcanzado a sentarse cuando la secretaria le pasó varias carpetas con nuevos informes.
—Hola, Darién —dijo ella, sonriendo y acercándole la carpeta—. El jefe quiere estos informes antes del mediodía. Los necesita para llevarlos a la junta de la tarde con el alcalde.
—Ok... déjalos ahí, por favor —dijo Darién con poco ánimo—. Los reviso de inmediato.
Encendió el computador y revisó el correo: treinta mensajes; algunos eran ofertas de viajes, otros del banco; la mayoría, anuncios varios. Los menos venían de los distintos departamentos municipales. Se prometió que en algún momento ordenaría las carpetas del correo. Uno de los mensajes le llamó la atención: era una cadena que le habían enviado. Lo miró por encima; decía algo sobre los peligros del celular. Con un gesto de hastío lo mandó a la papelera. —Tengo que dejar de abrir cadenas— se dijo para sí.
Ya eran las 11:30 cuando un impulso repentino se apoderó de Darién: sintió la necesidad urgente de salir de allí. Se levantó como poseído por un hechizo, o quizá solo fuera el hambre, ya que no había comido nada desde la noche anterior y, por el apuro, no había podido comprar su desayuno por la mañana; se había contentado únicamente con unas galletas y el café de la reunión. Cogió su abrigo y salió de la oficina sin decir nada, sin llevar siquiera el teléfono. La secretaria intentó preguntarle adonde iba o si había terminado los informes, pero Darién no la escuchó; pasó junto a ella sin mirarla. Llegó a la puerta, caminó hasta el ascensor, bajó sin mirar atrás y salió del edificio sin rumbo. Solo quería aire, o eso creía.
No era común en él abandonar el trabajo de esa manera, pero llevaba semanas ocupado en el proyecto para el que había tenido la reunión por la mañana y la mente no le daba más; estaba desconcentrado. Quizá el mareo que había sentido antes de salir del metro tuviera algo que ver o fuera síntoma de algún problema. Pensó en ir al doctor, pero al salir al aire frío y seco se calmó un poco; solo necesitaba respirar y caminar por las calles de Santiago, eso siempre le daba algo de paz.
Su oficina se ubicaba en la parte norte del centro de la capital, al final de la calle Amunátegui, cerca del río Mapocho. Allí solo había edificios corporativos, varias torres de viviendas que no respetaban en absoluto el entorno y algunas pocas casas venidas a menos; aunque no había nada muy emocionante, el lugar tenía la ventaja de estar muy cerca del Parque de los Reyes, lo que le proporcionaba una vista inmejorable desde su escritorio.
Se movió sin rumbo hacia el sur por el casco histórico, pensando en lo poco que cuidábamos la memoria de la ciudad. Para él, cada edificio, cada esquina tenía una historia que contar y Darién quería encontrarlas y preservarlas. Se internó por las calles del centro siguiendo el rastro de antiguos inmuebles y galerías, buscando esas historias que se resisten a la modernidad. Iba registrando con la mirada cornisas, letreros y placas, hasta que una bocina lo alertó de repente y lo obligó a tomar conciencia del camino; miró los rótulos de las calles para saber dónde estaba y tuvo que detenerse un momento para entender cómo había llegado hasta allí.
Había caminado casi media hora hasta la calle San Diego, famosa entre los santiaguinos por sus librerías cerca de la Alameda, por las tiendas de bicicletas que se encuentran entre 10 de julio y Avenida Matta, y por sus teatros: el Roma, el Cariola y, sobre todo, el Teatro Caupolicán, escenario de grandes eventos y momentos únicos de la historia política de Chile. Caminó entre los puestos de libros y entró en una antigua galería de dos pisos situada en San Diego, cruzando la calle Padre Alonso de Ovalle. Pensó que, ya que había llegado hasta allí, aprovecharía la ocasión para ver si encontraba algún libro que le llamara la atención antes de volver a la oficina y dar explicaciones.
La galería albergaba locales repletos de libros viejos, revistas antiguas, carteles, discos de vinilo, pinturas, trofeos, maquetas y juguetes. El Mall Chino
original imponía su presencia en la vereda opuesta como símbolo del contraste odioso entre lo que debe ser preservado y lo efímero del consumo sin sentido. El sitio donde se emplazaba la galería era amplio; el pasillo central era ancho y se elevaba sin interrupción hasta un techo abovedado con celosías que dejaban pasar una luz suave y pareja. Al fondo del hall había una escalera por la que se accedía a los pasillos del segundo piso.
A Darién le gustaban esos pasillos; siempre le habían parecido balcones: a un lado las tiendas, al otro el vacío del hall de la galería. Poca gente se daba cuenta de las dos escaleras más pequeñas, ocultas casi a la entrada del recinto, lo que permitía recorrerlos sin tener que devolverse. Entró en uno de los locales para ver un libro que le había llamado la atención: un volumen antiguo con relatos del Chile del siglo XIX. Lo ojeaba, comprobando que no faltaran páginas, cuando la vio pasar con el rabillo del ojo.
Tenía el pelo negro; no era muy alta, era delgada y le pareció más joven que él, o eso creyó Darién cuando alzó la mirada para mirarla mejor. Llevaba una boina color marfil que escondía una trenza recogida por detrás con un hilo de plata; completaban el conjunto un abrigo largo, un par de botas altas negras y guantes, detalle que llamó la atención de Darién: con tanto frío, pocas mujeres usaban guantes.
Ella se detuvo a mirar un libro de poesía de manera distraída, pero deliberadamente a la vista de él; antes de cogerlo le regaló una mirada y una leve sonrisa. Darién no podía quitarle la vista; notó que casi no llevaba maquillaje. A la distancia en que estaban apenas pudo fijarse en que tenía los ojos verdes, o quizás grises; el instante en que los vio fue tan efímero que no podía estar seguro, pero sí estaba seguro de que esa mirada y esa sonrisa lo habían cautivado.
—¿Aún estás buscando? —dijo ella sin dejar de ojear el libro en su mano y con toda la naturalidad del mundo.
—Perdón... —respondió Darién con tono culpable—. No quise molestarte... ¿Nos conocemos? —intentaba mostrarse cortés.
—Quizás... en otra ciudad, tal vez —dijo ella restándole importancia—. Mm, me refería al libro —señaló el ejemplar que Darién sostenía—.
—¡Ah! —exclamó él, nervioso—. No, ni siquiera sé qué estoy buscando.
—Eso es lo mejor —dijo ella—; antes de encontrar, primero hay que perderse.
Los interrumpió el aullar de una sirena que venía desde la calle, haciéndose más clara con cada segundo. Darién se giró hacia el origen del sonido para ver qué ocurría: solo era una ambulancia que pasaba.
—¿Qué era lo que me decía...? —se quedó la pregunta en los labios de Darién; al girarse notó que la mujer había desaparecido.
Salió de la tienda a ver si podía verla; miró a ambos lados de la vereda, pero la gente que paseaba a esa hora por San Diego se lo impidió. Miró la hora en su reloj y cayó en la cuenta de que sería mejor que volviera a la oficina. Mientras devolvía el libro al dueño del local y salía de la galería, un impulso lo hizo mirar hacia arriba y observó que, en la parte superior de la pared de la galería que da a la calle, casi pegado al techo, en uno de los espacios que debían ser todos iguales, parecía ocultarse un símbolo.
Por la distancia a la que se encontraba, Darién no podía observarlo bien, pero le parecía ver tres círculos concéntricos con una pequeña abertura en cada uno, de forma que daban paso al siguiente, como si fuera un laberinto, y en cada abertura había un círculo más pequeño. Nunca había visto algo así, pero en ese momento no podía detenerse a observarlo; necesitaba volver o su trabajo no estaría terminado ese día. Además debía concentrarse en la excusa que daría. Eso no le preocupaba tanto: entre sus compañeros tenía fama de excéntrico y un poco huraño, así que suponía que atribuirían su ausencia a su carácter.
Pasó el resto de la jornada ocupado en sus informes y en varias reuniones más. Cuando eran las 18:45 se sentía realmente fatigado; su hora de salida era a las 18:30. Había usado la excusa de haber salido a colación para justificar su repentina salida de la oficina, pero se había excedido quince minutos y por ello tuvo que quedarse a cumplir su horario. Mientras volvía de la galería, su mente estaba absorta en aquella mujer que le había hablado y en esa frase que lo dejó pensando toda la tarde:
—... En otra ciudad, tal vez.
La frase no había salido de sus pensamientos en todo el camino de regreso y por eso se había olvidado de comprar algo para comer; a esa hora, el hambre que sentía lo tenía fatigado. Apagó el computador, ordenó las carpetas de su escritorio, cogió su abrigo y su mochila, y salió.
Caminar por Santiago de noche, en invierno, tenía un aire especial: melancólico y gris. Las calles y paseos se atiborraban de gente que se movía de un lado a otro; unos salían del metro, otros entraban; cada cual caminaba con su propia prisa, como llevados por un hado invisible que los movía casi por instinto. Darién conocía muy bien esa sensación; la había sentido también en los últimos diez años, desde que había salido de la universidad y se había adentrado en el mundo laboral, en ese ir de aquí para allá que seguía el ritual impuesto por la maquinaria del mundo moderno. Rostros que iban y venían, vidas que apenas se rozaban por el poco tiempo que dejaba la rutina. Había visto irse a tantos compañeros de trabajo que ya ni se preocupaba por recordar los nombres, y menos aún las caras; aunque, en verdad, no era algo que lo atormentara.
Cansado y hambriento, se internó por las calles del centro y alcanzó a llegar a un Dominó antes de que cerraran. Pidió un Dominó suave la mayo
, con tomate encima y un jugo de frambuesa. Lo disfrutó como nunca y, mientras se acercaba a la caja a pagar, miró hacia afuera y vio pasar a la misma mujer de la librería. Pagó como pudo y salió en tropel; miró a todos lados, pero no la encontró. Corrió por Ahumada hasta la Alameda, pero no; solo el mar de gente incógnita que se movía mirándose los pies.
Consternado y frustrado, se encaminó al metro. —Mañana será otro
