Cañas y Barro: Edición enriquecida. Luchas sociales y tradiciones en la huerta valenciana del siglo XX
()
Información de este libro electrónico
En esta edición enriquecida, hemos creado cuidadosamente un valor añadido para tu experiencia de lectura:
- Una Introducción sucinta sitúa el atractivo atemporal de la obra y sus temas.
- La Sinopsis describe la trama principal, destacando los hechos clave sin revelar giros críticos.
- Un Contexto Histórico detallado te sumerge en los acontecimientos e influencias de la época que dieron forma a la escritura.
- Un Análisis exhaustivo examina símbolos, motivos y la evolución de los personajes para descubrir significados profundos.
- Preguntas de reflexión te invitan a involucrarte personalmente con los mensajes de la obra, conectándolos con la vida moderna.
- Citas memorables seleccionadas resaltan momentos de brillantez literaria.
- Notas de pie de página interactivas aclaran referencias inusuales, alusiones históricas y expresiones arcaicas para una lectura más fluida e enriquecedora.
Vicente Blasco Ibáñez
Vicente Blasco Ibáñez (Valencia, 1867-Menton, 1928) fue un escritor, periodista y político español propulsor del naturalismo y del realismo.
Lee más de Vicente Blasco Ibáñez
50 Clásicos que Debes Leer Antes de Morir: Un viaje literario por los tesoros de la literatura universal Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificaciones50 Clásicos que Debes Leer Antes de Morir: Tu Pasaporte a los Tesoros de la Literatura Universal Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesEl paraiso de las mujeres Novela Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificaciones50 Obras Maestras Que Debes Leer Antes De Morir: Vol. 3 (Golden Deer Classics) Calificación: 2 de 5 estrellas2/5Los cuatro jinetes del Apocalipsis: Biblioteca de Grandes Escritores Calificación: 4 de 5 estrellas4/550 Obras Maestras Que Debes Leer Antes De Morir: Vol. 3 Calificación: 5 de 5 estrellas5/5Los cuatro jinetes del Apocalipsis Calificación: 4 de 5 estrellas4/5En el país del arte. Tres meses en Italia Calificación: 5 de 5 estrellas5/5Colección de Vicente Blasco Ibáñez: Clásicos de la literatura Calificación: 5 de 5 estrellas5/5La barraca Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesSangre y arena Calificación: 4 de 5 estrellas4/5Mare Nostrum Calificación: 4 de 5 estrellas4/5Obras - Colección de Vicente Blasco Ibáñez: Biblioteca de Grandes Escritores Calificación: 4 de 5 estrellas4/5La vuelta al mundo, de un novelista Tomo II Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesLa horda Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesArroz y tartana Calificación: 4 de 5 estrellas4/550 Clásicos que debes leer antes de morir: La Biblioteca Definitiva de la Literatura Universal Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificaciones50 Obras Maestras Que Debes Leer Antes De Morir: Vol. 2 Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesEl paraíso de las mujeres Calificación: 5 de 5 estrellas5/5Arroz y tartana Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesLa tierra de todos Calificación: 4 de 5 estrellas4/5Sangre y Arena: Edición enriquecida. Pasiones, tragedias y corridas: la intensa sociedad española del siglo XIX en Sangre y Arena Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesArroz y Tartana: Edición enriquecida. Retrato realista de la vida rural en la España de principios del siglo XX Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesLa Tierra de Todos Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificaciones
Relacionado con Cañas y Barro
Libros electrónicos relacionados
El Secreto de Balos: Cinco historias de aventuras de Gran Canaria Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesViajes y paisajes: Antología de crónicas de viaje Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesArgentina y sus grandezas Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesMundo caña: Trabajo y vida cañera en Chiapas Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesLa memoria del alcatraz: La realidad colombiana vista por uno de sus más grandes cronistas Calificación: 5 de 5 estrellas5/5El abuelo del rey Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesVirtudes (y misterios) Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesCon caña y café: Las reformas liberales sobre tierras y aguas y el cambio del paisaje en el distrito de Teotitlán del Camino, Oaxaca 1856-1915 Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesPor tierras de Antequera Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesLos montes antiguos Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesEl monte Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesSimón Bolívar: Esbozo biográfico Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesRelatos del camino indígena de la sal, la miel y las ollas Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesEl viento derruido: La España rural que se desvanece Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesMiradas Oblicuas Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesTocan las campanas a concejo Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesSol Y Moscas Calificación: 5 de 5 estrellas5/5Dornajo de las Matas Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesMiradas de mujer Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesPeculiaridades del Oeste cordobés Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesDoña Bárbara Calificación: 5 de 5 estrellas5/5La encantada Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesLa Australia argentina Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesDon Armando Montaña Ríos: Una historia oral de la acción colectiva del Guaviare, 1970-2010 Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesLos tenaces Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesLa barraca Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesSobre esta tierra Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesEntre el agua y la tierra: Las poblaciones de pescadores artesanales del sur del Magdalena: Plato y Santa Bárbara de Pinto Calificación: 5 de 5 estrellas5/5Doggerland Calificación: 2 de 5 estrellas2/5Oro verde: La conquista de la selva lacandona por los madereros tabasqueños, 1822-1949 Calificación: 4 de 5 estrellas4/5
Pueblos y zonas rurales para usted
Anxious People \ Gente ansiosa Calificación: 5 de 5 estrellas5/5The Librarian of Saint-Malo \ La bibliotecaria de Saint-Malo Calificación: 5 de 5 estrellas5/5Trópico Calificación: 4 de 5 estrellas4/5secreto del Bambú: Una fábula Calificación: 5 de 5 estrellas5/5Como bestias Calificación: 4 de 5 estrellas4/5El mismo sitio, las mismas cosas Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesPor Una Noche De Pasión Con El Millonario Calificación: 1 de 5 estrellas1/5En el lado salvaje Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesBeartown Calificación: 4 de 5 estrellas4/5Man Called Ove, A \ Un hombre llamado Ove: A Novel Calificación: 5 de 5 estrellas5/5Obsesión fatal. Un misterio apasionante perfecto para todos los lectores de novela negra Calificación: 5 de 5 estrellas5/5Tascá Skromeda: El peor más pobre Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesTefra Calificación: 5 de 5 estrellas5/5Niño santo Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesMy Dark Vanessa \ Mi sombría Vanessa Calificación: 5 de 5 estrellas5/5Recuerdos de un jardinero inglés Calificación: 4 de 5 estrellas4/5Sombra terrible: 10 cuentos del gótico rural argentino Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesDormir en sofás Calificación: 2 de 5 estrellas2/5Eartheater \ Cometierra Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesEl Secreto del Montañés Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificaciones"1969" Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesTormentas Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesHombre en la orilla Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesBritt-Marie Was Here \ Britt-Marie estuvo aquí Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificaciones
Categorías relacionadas
Comentarios para Cañas y Barro
0 clasificaciones0 comentarios
Vista previa del libro
Cañas y Barro - Vicente Blasco Ibáñez
Vicente Blasco Ibáñez
Cañas y Barro
Edición enriquecida. Luchas sociales y tradiciones en la huerta valenciana del siglo XX
Introducción, estudios y comentarios de Elisa Cordero
Editado y publicado por Good Press, 2023
goodpress@okpublishing.info
EAN 08596547816874
Índice
Introducción
Sinopsis
Contexto Histórico
Cañas y Barro
Análisis
Reflexión
Citas memorables
Notas
Introducción
Índice
En la frontera movediza donde el agua alimenta y devora, Cañas y barro explora la pugna obstinada entre la naturaleza que imprime su ley y los hombres y mujeres que, urgidos por el hambre, el orgullo y el deseo, se atreven a desafiarla, mientras la modernización insinúa promesas seductoras y riesgos ineludibles, los lazos familiares se tensan hasta el límite, y la comunidad, ceñida por cañaverales y fango, aprende que cada avance cobra su tributo, cada ambición deja un surco y cada elección, por íntima que parezca, reverbera sobre el espejo oscuro de la laguna y la frágil economía cotidiana.
Publicada en 1902, la novela de Vicente Blasco Ibáñez se inscribe en el realismo de corte naturalista y se ambienta en la Albufera, el humedal cercano a Valencia que, entre cañizos, canales y barracas, impone ritmos y límites a la vida. Su escenario es un mundo rural y lacustre donde la pesca tradicional convive con la expansión del cultivo del arroz, en los umbrales del siglo XX. Desde esta geografía concreta, el autor traza un fresco social que observa conductas, oficios y conflictos con pulso narrativo directo, atento al detalle material y a la atmósfera física del paisaje.
Sin revelar su desenlace, la premisa nos sitúa ante varias generaciones de una comunidad que disputa el control del agua y de la tierra, encadena deudas y alianzas, y persigue ascensos modestos en un entorno adverso. Las tensiones crecen a medida que nuevas prácticas económicas desordenan jerarquías heredadas, el trabajo se intensifica y las pasiones privadas se mezclan con intereses colectivos. El lector encuentra una narración de aliento coral, de escenas nítidas y transiciones contundentes, donde la acción cotidiana —pescar, sembrar, negociar— se convierte en hilo dramático que sostiene una expectativa constante sin necesidad de grandilocuencia.
La voz de Blasco Ibáñez, incisiva y sensorial, conjuga observación costumbrista y energía épica de lo humilde. El narrador, de enfoque omnisciente, se detiene en texturas, olores, sonidos y gestos, y hace del paisaje un agente narrativo que condiciona las decisiones humanas. El estilo alterna descripciones densas con diálogos ágiles que reproducen hablas locales sin convertirlas en jeroglífico, y el tono oscila entre la compasión por la dureza del trabajo y una ironía sobria ante la vanidad o la mezquindad. La prosa, vigorosa y rítmica, otorga a lo cotidiano una intensidad que sostiene la lectura con firmeza.
Entre sus ejes temáticos destaca el determinismo del medio, la tensión entre tradición y cambio, y la lucha por el sustento como motor moral y conflicto permanente. Aparecen, asimismo, el peso del honor comunitario, el deseo que busca atajos frente a la escasez, y la violencia —a veces sorda, a veces abierta— que brota de la competencia por recursos limitados. El avance técnico no llega como redención, sino como fuerza ambigua: abre oportunidades y multiplica riesgos. La novela interroga, sin tesis cerradas, la forma en que poder, género, parentesco y propiedad se anudan y redefinen ante cada crisis.
Leer hoy Cañas y barro ofrece resonancias nítidas: la presión sobre ecosistemas frágiles, los debates sobre sostenibilidad y productividad, la precariedad del trabajo estacional, y las promesas de progreso que redistribuyen costes y beneficios de manera desigual. La obra ilustra cómo decisiones económicas y políticas se materializan en cuerpos, casas y riberas, y cómo los cambios de escala —del canal al mercado— reordenan vidas enteras. También recuerda la persistencia de desigualdades territoriales y la fuerza de las identidades locales. Su mirada concreta permite pensar problemas contemporáneos sin abstracciones, desde el impacto ambiental hasta las formas actuales de exclusión.
Como puerta de entrada, conviene acercarse con la paciencia del que aprende un terreno: seguir los cauces, aceptar su léxico, dejar que el paisaje ordene la mirada y que la trama crezca desde los gestos más simples. Cañas y barro recompensa con un retrato vigoroso de comunidad y de carácter, y con una meditación sobria sobre los precios del progreso. Para lectores interesados en realismo social, historias de trabajo y naturaleza, y cartografías morales, ofrece una experiencia intensa y envolvente. Al cerrar el libro, la Albufera persiste como un espejo turbado que devuelve preguntas urgentes.
Sinopsis
Índice
Publicada en 1902, Cañas y Barro de Vicente Blasco Ibáñez es una novela realista-naturalista ambientada en la Albufera de Valencia. Cierra la conocida trilogía de la tierra valenciana, tras Arroz y tartana y La barraca, y explora la vida de una comunidad lacustre sometida al ritmo del agua, las estaciones y los oficios tradicionales. A través de un relato coral que converge en una familia de pescadores, la obra traza un fresco social donde pesan la herencia, el medio y los códigos del pueblo. El paisaje, tangible y simbólico, estructura la narración tanto como las pasiones y los conflictos humanos.
El relato arranca con la rutina del lago: barcas de vela latina, canales entre cañaverales, barracas levantadas con materiales humildes. La familia que sostiene el eje narrativo se aferra a la pesca como legado y destino; un patriarca curtido, su descendencia inmediata y el muchacho que encarna la nueva generación muestran, en sus diferencias, el peso de la continuidad y la tentación de romperla. La subsistencia exige destreza, paciencia y respeto por las normas no escritas del lugar. En ese microcosmos, la amistad y la rivalidad se confunden, y toda decisión cotidiana reverbera en el prestigio y la honra.
Cuando el cultivo del arroz avanza sobre las aguas, la Albufera cambia de fisonomía y de reglas. Los antiguos límites entre pesca y agricultura se difuminan, y con ello emergen pleitos, pactos precarios y nuevas dependencias económicas. La administración interviene, los terratenientes marcan ritmos y la salud pública se invoca ante el estancamiento de las aguas, mientras las familias calculan riesgos y oportunidades. El conflicto no es solo material: supone redefinir oficios, desplazarse a otros márgenes y aceptar jerarquías ajenas. La novela observa ese tránsito con detalle, mostrando cómo la promesa de prosperidad trae consigo grietas en la comunidad.
En el núcleo familiar resuena el choque generacional: el mayor encarna el oficio austero y la autosuficiencia, el padre transige entre práctica heredada y oportunidad, y el joven, impetuoso, busca atajos hacia el prestigio y el placer. En torno a él gravita una figura femenina de fuerte voluntad, cuyo deseo de ascenso social abre otra vía de conflicto. Atracción, celos y orgullo se combinan con la necesidad de obtener medios de vida en un entorno cada vez más competitivo. Las lealtades íntimas se tensan al entrelazarse con alianzas de conveniencia, y el honor se mide tanto en afectos como en posesiones.
El pueblo se muestra como una red cerrada de barqueros, taberneros, patronos y jornaleros, atravesada por la autoridad civil, la parroquia y la cofradía del oficio. Romerías, subastas del pescado y faenas compartidas afianzan identidades, pero también fijan rangos y deudas morales. Un accidente en el agua o un mal paso en la taberna pueden cambiar reputaciones de un día para otro, porque el rumor funciona como tribunal. En ese clima, la transgresión no siempre es delito: a veces es simple supervivencia. La novela captura esa ambigüedad, donde la ley escrita compite con normas consuetudinarias no menos férreas.
A medida que los dilemas privados se enredan con la transformación del paisaje, la Albufera actúa como personaje: favorece y castiga, ofrece sendas y las anega. El naturalismo de Blasco Ibáñez destaca la fuerza del medio y de los impulsos heredados, sin absolver a nadie de sus elecciones. Pequeños triunfos abren expectativas que exigen nuevas renuncias, y los reveses se suceden cuando confluyen temeridad, necesidad y azar. Sin revelar desenlaces, el relato conduce a un punto de alta tensión donde los vínculos de sangre, deseo y supervivencia se ponen a prueba, y ninguna solución resulta inocua.
Cañas y Barro destaca por una prosa vigorosa, sensorial y rítmica, capaz de convertir la geografía en destino y la costumbre en drama universal. Su valor trasciende el cuadro costumbrista: examina cómo la modernización reconfigura jerarquías y erosiona comunidades, cómo el bienestar prometido comporta costos ecológicos y humanos, y cómo el honor y la necesidad negocian en la penumbra. Por ello mantiene vigencia ante debates actuales sobre gestión del agua, transformación del medio rural y desigualdad. La novela permanece como testimonio literario y social de una transición, abierto a lecturas que eviten el fatalismo sin negar su dureza.
Contexto Histórico
Índice
Cañas y barro se publicó en 1902 y se sitúa en la Albufera de Valencia durante las últimas décadas del siglo XIX. Ese periodo corresponde a la Restauración borbónica (1874–1931), con una monarquía constitucional, sufragio masculino inicialmente censitario y, desde 1890, universal. El llamado turno pacífico entre liberales y conservadores estructuró la vida política, con fuerte control local de notables. En este marco, la novela se fija en comunidades rurales ligadas al humedal, donde la economía del arroz y la pesca marcaban ritmos de trabajo, jerarquías y conflictos. El entorno físico y la organización social condicionan los personajes sin explicar detalles del argumento.
La Albufera era —y es— un gran lago litoral separado del mar por una restinga y rodeado de marjales. Desde el siglo XVIII y, sobre todo, en el XIX, se ampliaron los arrozales mediante desecaciones parciales, diques y acequias, integrando a miles de pequeños cultivadores y jornaleros. La pesca interior, regulada por costumbres y por cofradías locales, complementaba la subsistencia. La proximidad de Valencia y su puerto conectaba la producción con mercados peninsulares y mediterráneos, encadenando los precios del arroz a ciclos comerciales y fiscales. En este paisaje hidráulico, barcas planas y compuertas determinaban la movilidad, la propiedad del agua y las oportunidades laborales.
Las instituciones locales y estatales influyeron directamente en la vida de la marjal. La Guardia Civil, creada en 1844, ejercía el control del orden rural y del contrabando. Los ayuntamientos, sujetos al caciquismo, mediaban en licencias y arbitrios. En la región operaban comunidades de regantes y, como símbolo de la cultura del agua valenciana, el Tribunal de las Aguas resolvía disputas en la huerta cercana. Las cofradías de pescadores ordenaban accesos y artes. La Iglesia católica mantenía un peso notable en la educación, la moral y los rituales, aunque crecían corrientes laicistas. Este entramado institucional condicionaba derechos, obligaciones y conflictos cotidianos.
La estructura agraria valenciana combinaba pequeños propietarios con arrendatarios y aparceros dependientes de grandes poseedores o de arrendadores intermedios. Las desamortizaciones del siglo XIX, especialmente la ley de Madoz de 1855, alteraron la titularidad de bienes comunales y eclesiásticos, favoreciendo la concentración de fincas y nuevos regímenes de tenencia. En los arrozales, contratos estacionales, deudas con comerciantes y usureros, y la inestabilidad de precios generaban vulnerabilidad. Los jornales variaban según campañas de siembra y siega. En ese marco, la pertenencia a cuadrillas, redes familiares y patronazgos locales determinaba el acceso a tierras, créditos, herramientas y protección frente a arbitrariedades.
Las marismas arroceras estaban asociadas a problemas sanitarios, especialmente el paludismo, lo que motivó regulaciones y debates higienistas en el siglo XIX. Valencia sufrió además epidemias de cólera, como la de 1885, que impulsaron mejoras en abastecimiento de agua y saneamiento urbanos, con efectos indirectos sobre los espacios periurbanos. El clima mediterráneo traía sequías, temporales y crecidas que afectaban cosechas y navegación interior. Obras de drenaje, apertura de nuevas acequias y pequeñas infraestructuras intentaron estabilizar los ciclos del agua. En ese entorno frágil, la dependencia del medio natural condicionaba la seguridad alimentaria, los ingresos y la movilidad social.
La Valencia finisecular fue un foco de sociabilidad republicana y anticlerical, con periódicos, casinos y sociedades de socorro mutuo. Vicente Blasco Ibáñez, periodista y político, dirigió El Pueblo desde 1894 y fue diputado en varias legislaturas, defendiendo reformas laicas y democráticas. Su obra literaria se inscribe en el realismo y el naturalismo, corrientes que aspiraban a observar la realidad social con detalle y a subrayar la influencia del ambiente. Ese posicionamiento crítico frente al caciquismo, la desigualdad y la inercia de costumbres informa el trasfondo de Cañas y barro sin necesidad de anticipar su trama, personajes o desenlaces.
El trasfondo nacional incluía la modernización desigual de España: expansión ferroviaria, crecimiento urbano y nuevas industrias en algunas regiones, junto a amplias áreas rurales con bajos salarios. La crisis de 1898, tras la guerra con Estados Unidos y la pérdida de Cuba, Puerto Rico y Filipinas, agravó un clima de autocrítica y demanda de regeneración. El servicio militar obligatorio, con redención en metálico para quien podía pagar, generó tensiones en familias humildes. Las oscilaciones de precios agrícolas y las redes de crédito local incidieron en la precariedad. Estos factores se filtran en la atmósfera moral y material de la obra.
En conjunto, el marco histórico de Cañas y barro es el de una periferia rural integrada a mercados, gobernada por poderes locales y atravesada por riesgos ambientales. La novela recoge esa realidad con un enfoque atento a oficios, hablas y rituales, y critica prácticas de dominación, supersticiones y resistencias al cambio sin perder de vista la dureza del trabajo. El paisaje de la Albufera actúa como espejo de tensiones entre tradición y modernidad, fe y secularización, dependencia y autonomía. Desde ese prisma, la obra dialoga con debates de su tiempo sobre justicia social, ciudadanía y progreso material.
Cañas y Barro
Tabla de Contenidos Principal
I
II
III
IV
V
VI
VII
VIII
IX
X
I
Índice
Como todas las tardes, la barca-correo[1] anunció su llegada al Palmar con varios toques de bocina.
El barquero, un hombrecillo enjuto, con una oreja amputada, iba de puerta en puerta recibiendo encargos para Valencia, y al llegar á los espacios abiertos en la única calle del pueblo, soplaba de nuevo en la bocina para avisar su presencia á las barracas desparramadas en el borde del canal. Una nube de chicuelos casi desnudos seguía al barquero con cierta admiración. Les infundía respeto el hombre que cruzaba la Albufera cuatro veces al día, llevándose á Valencia la mejor pesca del lago y trayendo de allá los mil objetos de una ciudad misteriosa y fantástica para aquellos chiquitines criados en una isla de cañas y barro.
De la taberna de Cañamèl, que era el primer establecimiento del Palmar, salía un grupo de segadores con el saco al hombro en busca de la barca para regresar á sus tierras. Afluían las mujeres al canal, semejante á una calle de Venecia, con las márgenes cubiertas de barracas y viveros donde los pescadores guardaban las anguilas.
En el agua muerta, de una brillantez de estaño, permanecía inmóvil la barca-correo: un gran ataúd cargado de personas y paquetes, con la borda casi á flor de agua. La vela triangular, con remiendos obscuros, estaba rematada por un guiñapo incoloro que en otros tiempos había sido una bandera española y delataba el carácter oficial de la vieja embarcación.
Un hedor insoportable se esparcía en torno de la barca. Sus tablas se habían impregnado del tufo de los cestos de anguilas y de la suciedad de centenares de pasajeros: una mezcla nauseabunda de pieles gelatinosas, escamas de pez criado en el barro, pies sucios y ropas mugrientas, que con su roce habían acabado por pulir y abrillantar los asientos de la barca.
Los pasajeros, segadores en su mayoría, que venían del Perelló, último confín de la Albufera, lindante con el mar, cantaban á gritos pidiendo al barquero que partiese cuanto antes. ¡Ya estaba llena la barca! ¡No cabía más gente!...
Así era; pero el hombrecillo, volviendo hacia ellos el informe muñón de su oreja cortada como para no oirles, esparcía lentamente por la barca las cestas y los sacos que las mujeres le entregaban desde la orilla. Cada uno de los objetos provocaba nuevas protestas: los pasajeros se estrechaban ó cambiaban de sitio y los del Palmar que entraban en la barca recibían con reflexiones evangélicas la rociada de injurias de los que ya estaban acomodados. ¡Un poco de paciencia! ¡Tanto sitio que encontrasen en el cielo!...
La embarcación se hundía al recibir tanta carga, sin que el barquero mostrase la menor inquietud, acostumbrado á travesías audaces. No quedaba en ella un asiento libre. Dos hombres se mantenían de pie en la borda, agarrados al mástil; otro se colocaba en la proa, como un mascarón de navío. Todavía el impasible barquero hizo sonar otra vez su bocina en medio de la general protesta... ¡Cristo! ¿Aún no tenía bastante el muy ladrón? ¿Iban á pasar allí toda la tarde bajo el sol de Septiembre, que les hería de lado, achicharrándoles la espalda?...
De pronto se hizo el silencio, y la gente del correo vió aproximarse por la orilla del canal un hombre sostenido por dos mujeres, un espectro, blanco, tembloroso, con los ojos brillantes, envuelto en una manta de cama. Las aguas parecían hervir con el calor de aquella tarde de verano; sudaban todos en la barca, haciendo esfuerzos por librarse del pegajoso contacto del vecino, y aquel hombre temblaba, chocando los dientes con un escalofrío lúgubre, como si el mundo hubiese caído para él en eterna noche. Las mujeres que le sostenían protestaban con palabras gruesas al ver que los de la barca permanecían inmóviles. Debían dejarle un puesto: era un enfermo, un trabajador. Segando el arroz había atrapado las fiebres, las malditas tercianas[2] de la Albufera, y marchaba á Ruzafa[3] á curarse en casa de unos parientes... ¿No eran acaso cristianos? ¡Por caridad! ¡un puesto!
Y el tembloroso fantasma de la fiebre repetía como un eco, con los sollozos del escalofrío:
—¡Per caritat! ¡per caritat!...
Entró á empujones, sin que la masa egoísta le abriera paso, y no encontrando sitio se deslizó entre las piernas de los pasajeros, tendiéndose en el fondo, con el rostro pegado á las alpargatas sucias y los zapatos llenos de barro, en un ambiente nauseabundo. La gente parecía acostumbrada á estas escenas. Aquella embarcación servía para todo; era el vehículo de la comida, del hospital y del cementerio[1q]. Todos los días embarcaba enfermos, trasladándoles al arrabal de Ruzafa, donde los vecinos del Palmar, faltos de medicamentos, tenían realquilados algunos cuartuchos para curarse las tercianas. Cuando moría un pobre sin barca propia, el ataúd se metía bajo un asiento del correo y la embarcación emprendía la marcha con el mismo pasaje indiferente, que reía y conversaba, golpeando con los pies la fúnebre caja.
Al ocultarse el enfermo volvió á surgir la protesta. ¿Qué esperaba el desorejado? ¿Faltaba aún alguien?... Y casi todos los pasajeros acogieron con risotadas á una pareja que salió por la puerta de la taberna de Cañamèl, inmediata al canal.
—¡El tío Paco!—gritaron muchos—. ¡El tío Paco Cañamèl!
El dueño de la taberna, un hombre enorme, hinchado, de vientre hidrópico, andaba á pequeños saltos, quejándose á cada paso con suspiros de niño, apoyándose en su mujer, Neleta, pequeña, con el rojo cabello alborotado y ojos verdes y vivos que parecían acariciar con la suavidad del terciopelo. ¡Famoso Cañamèl! Siempre enfermo y lamentándose, mientras su mujer, cada vez más guapa y amable, reinaba desde su mostrador sobre todo el Palmar y la Albufera. Lo que él tenía era la enfermedad del rico: sobra de dinero y exceso de buena vida. No había más que verle la panza, la faz rubicunda, los carrillos que casi ocultaban su naricilla redonda y sus ojos ahogados por el oleaje de la grasa. ¡Todos que se quejasen de su mal! ¡Si tuviera que ganarse la vida con agua á la cintura, segando arroz, no se acordaría de estar enfermo!
Y Cañamèl avanzaba una pierna dentro de la barca, penosamente, con débiles quejidos, sin soltar á Neleta, mientras refunfuñaba contra las gentes que se burlaban de su salud. ¡Él sabía cómo estaba! ¡Ay Señor! Y se acomodó en un puesto que le dejaron libre con esa obsequiosa solicitud que las gentes del campo tienen para el rico, mientras su mujer hacía frente sin arredrarse á las bromas de los que la cumplimentaban, viéndola tan guapa y animosa.
Ayudó á su marido á abrir un gran quitasol, puso á su lado una espuerta con provisiones para un viaje que no duraría tres horas, y acabó por recomendar al barquero el mayor cuidado con su Paco. Iba á pasar una temporada en su casita de Ruzafa. Allí le visitarían buenos médicos: el pobre estaba mal. Lo decía sonriendo, con expresión cándida, acariciando al blanducho hombretón, que temblaba con las primeras oscilaciones de la barca como si fuese de gelatina. No prestaba atención á los guiños maliciosos de la gente, á las miradas irónicas y burlonas que después de resbalar sobre ella se fijaban en el tabernero, doblado en su asiento bajo el quitasol y respirando con un gruñido doloroso.
El barquero apoyó su larga percha en el ribazo, y la embarcación comenzó á deslizarse en el canal seguida por las voces de Neleta, que siempre con sonrisa enigmática recomendaba á todos los amigos que cuidasen de su esposo.
Las gallinas corrían por entre las brozas del ribazo siguiendo la barca. Las bandas de ánades agitaban sus alas en torno de la proa que enturbiaba el espejo del canal, donde se reflejaban invertidas las barracas del pueblo, las negras barcas amarradas á los viveros con techos de paja á ras del agua, adornados en los extremos con cruces de madera, como si quisieran colocar las anguilas de su seno bajo la divina protección.
Al salir del canal, la barca correo comenzó á deslizarse por entre los arrozales, inmensos campos de barro líquido cubiertos de espigas de un color bronceado. Los segadores, hundidos en el agua, avanzaban hoz en mano, y las barquitas, negras y estrechas como góndolas, recibían en su seno los haces que habían de conducir á las eras. En medio de esta vegetación acuática, que era como una prolongación de los canales, levantábanse á trechos, sobre isletas de barro, blancas casitas rematadas por chimeneas. Eran las máquinas que inundaban y desecaban los campos, según las exigencias del cultivo.
Los altos ribazos ocultaban la red de canales, las anchas carreras por donde navegaban los barcos de vela cargados de arroz. Sus cascos permanecían invisibles y las grandes velas triangulares se deslizaban sobre el verde de los campos, en el silencio de la tarde, como fantasmas que caminasen en tierra firme.
Los pasajeros contemplaban los campos como expertos conocedores, dando su opinión sobre las cosechas y lamentando la suerte de aquellos á quienes había entrado el salitre en las tierras, matándoles el arroz.
Deslizábase la barca por canales tranquilos, de un agua amarillenta, con los dorados reflejos del té. En el fondo, las hierbas acuáticas inclinaban sus cabelleras con el roce de la quilla. El silencio y la tersura del agua aumentaban los sonidos. En los momentos en que cesaban las conversaciones, se oía claramente la quejumbrosa respiración del enfermo tendido bajo un banco y el gruñido tenaz de Cañamèl al respirar, con la barba hundida en el pecho. De las barcas lejanas y casi invisibles llegaban, agrandados por la calma, el choque de una percha al caer sobre la cubierta, el chirrido de un mástil, las voces de los barqueros avisándose para no tropezar en las revueltas de los canales.
El conductor desorejado abandonó la percha, y saltando sobre las rodillas de los pasajeros fué de un extremo á otro de la embarcación arreglando la vela para aprovechar la débil brisa de la tarde.
Habían entrado en el lago, en la parte de la Albufera obstruída de carrizales é islas, donde había que navegar con cierto cuidado. El horizonte se ensanchaba. Á un lado la línea obscura y ondulada de los pinos de la Dehesa, que separa la Albufera del mar; la selva casi virgen, que se extiende leguas y leguas, donde pastan los toros feroces y viven en la sombra los grandes reptiles, que muy pocos ven, pero de los que se habla con terror durante las veladas. Al lado opuesto la inmensa llanura de los arrozales, perdiéndose en el horizonte por la parte de Sollana y Sueca, confundiéndose con las lejanas montañas. Al frente los carrizales é isletas que ocultaban el lago libre, y por entre los cuales deslizábase la barca, hundiendo con la proa las plantas
