El Artista Barquero: Edición enriquecida. o los cuatro cinco de junio
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En esta edición enriquecida, hemos creado cuidadosamente un valor añadido para tu experiencia de lectura:
- Una Introducción sucinta sitúa el atractivo atemporal de la obra y sus temas.
- La Sinopsis describe la trama principal, destacando los hechos clave sin revelar giros críticos.
- Un Contexto Histórico detallado te sumerge en los acontecimientos e influencias de la época que dieron forma a la escritura.
- Un Análisis exhaustivo examina símbolos, motivos y la evolución de los personajes para descubrir significados profundos.
- Preguntas de reflexión te invitan a involucrarte personalmente con los mensajes de la obra, conectándolos con la vida moderna.
- Citas memorables seleccionadas resaltan momentos de brillantez literaria.
- Notas de pie de página interactivas aclaran referencias inusuales, alusiones históricas y expresiones arcaicas para una lectura más fluida e enriquecedora.
Gertrudis Gómez de Avellaneda
Poeta, escritora e historiadora cubana, famosa por sus escritos en el siglo XIX
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El Artista Barquero - Gertrudis Gómez de Avellaneda
Gertrudis Gómez de Avellaneda
El Artista Barquero
Edición enriquecida. o los cuatro cinco de junio
Introducción, estudios y comentarios de Iker Olmos
Editado y publicado por Good Press, 2023
goodpress@okpublishing.info
EAN 08596547818977
Índice
Introducción
Sinopsis
Contexto Histórico
El Artista Barquero
Análisis
Reflexión
Citas memorables
Notas
Introducción
Índice
Entre la urgencia de ganarse la vida y la llamada inaplazable de la belleza, se libra aquí una batalla silenciosa. Gertrudis Gómez de Avellaneda, figura mayor del Romanticismo hispánico del siglo XIX, ofrece en El Artista Barquero una narración breve en la que las pasiones, los oficios y las aspiraciones se tensan bajo la mirada de una prosa lírica. Compuesta en el clima estético que privilegió la sensibilidad individual y la naturaleza como espejo del alma, la obra condensa la potencia emocional de su autora sin sacrificar claridad ni ritmo. Esta introducción acompaña la lectura situando su contexto, su premisa sin desvelar sucesos y los temas que la vuelven perdurable.
El Artista Barquero es, ante todo, un relato romántico de corte decimonónico, donde la observación de lo cotidiano se sublima en símbolo. Su ambientación se percibe atravesada por el motivo del tránsito, del cruce y del borde, acorde con la sensibilidad de una época que hizo de la naturaleza un interlocutor moral. Su inscripción temporal pertenece al siglo XIX y al horizonte del Romanticismo en lengua española. Avellaneda, autora nacida en Cuba y establecida en España durante buena parte de su trayectoria, solía difundir narraciones en revistas y volúmenes misceláneos; este texto participa de esa tradición de intensidad breve y resonancia duradera.
Desde su propio título, la obra propone la tensión entre un oficio anclado a la orilla y una imaginación que empuja hacia la travesía interior. Sin adelantar la trama, puede decirse que el planteamiento inicial presenta a una figura ligada al río y a la sensibilidad creadora; a partir de ahí, se articulan escenas de encuentro, contemplación y elección. La voz narrativa acompaña de cerca al personaje, pero conserva una distancia reflexiva que invita a pensar. La experiencia de lectura combina fluidez y densidad: períodos amplios, imágenes sugerentes y un diálogo sobrio que abre espacio a la insinuación más que a la explicación.
En este marco, emergen temas afines al Romanticismo que el libro convierte en preguntas vivas: la tensión entre libertad y necesidad, el valor del arte frente a la utilidad inmediata, la dignidad del trabajo y la posibilidad de transformar la experiencia mediante la imaginación. También late una reflexión sobre el cruce como figura del cambio: pasar de una orilla a otra, dejar atrás una identidad y asumir el riesgo de otra. La naturaleza no es simple decorado, sino contrapeso moral y resonancia emocional, de modo que los paisajes participan del conflicto sin absorberlo ni dictar un destino prefijado.
La prosa de Avellaneda se distingue por su musicalidad y por una imaginería que alterna luces y sombras, torrentes y remansos, con un cuidado ritmo interno. Aquí, esa voz despliega descripciones que sugieren sin recargar, y apoya el movimiento del argumento en contrastes bien medidos antes que en giros truculentos. Se percibe una estrategia de focalización que acerca y aleja al narrador según conviene a la emoción del momento, y una inclinación a la sentencia que no cancela la ambigüedad. El resultado es una lectura envolvente, de cadencia clásica, que deja resonancias más allá del último párrafo.
Sin depender de fechas ni de anécdotas biográficas para comprenderse, el libro conserva una actualidad nítida. En sociedades donde tantos equilibran trabajos exigentes con vocaciones creativas, su pregunta por el sentido del arte y del esfuerzo cotidiano interpela sin estridencias. La atención al entorno y al movimiento —propia del Romanticismo— dialoga además con inquietudes contemporáneas sobre desplazamiento, fronteras y pertenencia. La dignidad de los oficios, la empatía ante vidas invisibilizadas y el valor de imaginar otros destinos ofrecen claves de lectura vigentes. Por ello, más que documento de época, la obra actúa como espejo ético y emocional.
Leer El Artista Barquero hoy supone afinar la escucha a sus símbolos de pasaje, atender a cómo los espacios modelan las decisiones y reconocer el diálogo con otras piezas de la autora. En su novelística y en su teatro, Avellaneda defendió la intensidad de los afectos y una conciencia crítica de las jerarquías; esa impronta permite apreciar aquí la tensión que convierte la anécdota en meditación. Conviene entrar sin prisa, dejando que la prosa marque el compás, y permitir que las resonancias se desplieguen. Al final, la travesía propuesta es menos geográfica que íntima, y por ello perdura.
Sinopsis
Índice
Relato del siglo XIX de Gertrudis Gómez de Avellaneda, El Artista Barquero sitúa su mirada en un ámbito ribereño donde un barquero, dotado de una sensibilidad inusual para la belleza, alterna la faena cotidiana con impulsos creativos. Desde las primeras escenas, la narración equilibra paisaje y carácter, marcando un tono romántico que confronta necesidad material y aspiración estética. En torno a la barca, espacio de tránsito y contemplación, se abre la pregunta central: ¿es posible que el arte, nacido en la humildad, alcance o transforme las esferas que lo desprecian, sin quebrar los vínculos que sostienen la vida del protagonista?
La tensión toma forma con el cruce entre dos mundos: el popular, hecho de trabajo a la orilla, y el culto, traído por viajeros y residentes que valoran la obra según códigos ajenos a la comunidad. El barquero, cuyo talento se manifiesta en gestos y oficios sensibles que traslucen armonía y medida, despierta curiosidad y recelo. Una presencia foránea, asociada a ese mundo exterior, opera como espejo y catalizador, sin reducir la intriga a un premio sentimental. El relato registra miradas, insinuaciones y malentendidos que avanzan la acción mientras perfilan el conflicto de clase, reconocimiento y pertenencia.
Las circunstancias precipitan una coyuntura decisiva que obliga al protagonista a medir su deseo de crear frente a sus obligaciones y a la lógica del honor local. Amigos y rivales hacen oír sus voces, y las autoridades de su entorno imponen ritmos que no siempre se ajustan a los tiempos del arte. La presencia foránea —y quienes la rodean— introduce promesas y riesgos. Avellaneda ensambla escenas de espera, ensayo y prueba, donde el barquero aprende a leer los límites visibles y los invisibles, y donde cada gesto, por mínimo que sea, compromete su reputación y su porvenir.
La autora despliega aquí preocupaciones centrales de su obra: la libertad individual frente a estructuras sociales rígidas, el lugar de las mujeres en esos sistemas y la idea de mérito en contextos estratificados. El río y la barca funcionan como símbolos de tránsito, frontera y oportunidad, mientras el arte aparece como espacio de riesgo y verdad. Sin sermonear, el relato señala contrastes entre autenticidad y fachada, así como la distancia entre espectáculo y creación. La tensión se sostiene en atmósferas y elecciones éticas, más que en grandes discursos, y permite leer en clave contemporánea problemas de acceso y legitimidad cultural.
Un acontecimiento imprevisto reordena las relaciones y somete a prueba la frágil red de apoyos que sostiene al barquero. La intriga se acelera sin perder sutileza: lo íntimo se vuelve público, y lo público exige respuestas prontas. Para el protagonista, el dilema no solo involucra el posible reconocimiento, sino también la fidelidad a su origen y a las personas que lo han sostenido. Esa presencia externa, lejos de ser mero estímulo, articula otras lealtades y evidencia límites de libertad para todos los actores. El arte, entonces, deja de ser aspiración abstracta para convertirse en decisión concreta, con costos y consecuencias.
El tramo final reúne las líneas afectivas, sociales y estéticas en una resolución de intensidad romántica que evita soluciones simplistas. No conviene adelantar el modo en que se trenzan destino y voluntad, pero la obra subraya que toda conquista —material o simbólica— deja zonas de pérdida y aprendizaje. El barquero entiende, a su manera, qué significa crear en medio de fuerzas que lo exceden, y qué precio tiene sostener una voz propia. Avellaneda culmina con un cierre que ilumina, sin clausurarlas, las preguntas abiertas sobre movilidad, amor y la función del arte en vidas precarias.
Más allá de su anécdota, El Artista Barquero dialoga con la tradición romántica hispánica y con la poética de Avellaneda: sensibilidad social, protagonistas liminales y una prosa que convierte el paisaje en personaje. Su vigencia se siente en debates actuales sobre desigualdad, acceso a la formación artística y validación del talento por parte de élites culturales. La narración propone imaginar itinerarios de reconocimiento que no cancelen la dignidad de los orígenes, y sugiere que la belleza puede interceder entre orillas en conflicto. Leída hoy, ofrece una reflexión compacta y emotiva sobre cómo y para quién se hace el arte.
Contexto Histórico
Índice
Gertrudis Gómez de Avellaneda (Camagüey, 1814 – Madrid, 1873) escribe en el marco del Romanticismo hispánico del siglo XIX. Tras dejar Cuba en 1836, se integra en el campo literario español mientras el país atraviesa la regencia de María Cristina, la Primera Guerra Carlista (1833–1840) y la inestabilidad que sigue a la muerte de Fernando VII. Entre 1840 y 1850, los cambios de gobierno —del regente Espartero a la Década Moderada— reconfiguran la vida cultural mediante leyes de prensa, patronazgo teatral y censura variable. Ese entorno de tensiones entre liberalismo y orden conservador define los límites y posibilidades de su escritura.
El auge de la imprenta periódica y de los espacios de sociabilidad literaria en Madrid y otras ciudades fue decisivo. El Ateneo Científico y Literario (fundado en 1835) articuló debates estéticos e históricos; los teatros del Príncipe y de la Cruz estrenaban dramas románticos; y revistas ilustradas como El Artista (1835–1836) y el Semanario Pintoresco Español (desde 1836) difundían poesía, leyendas y cuadros de costumbres. Avellaneda colaboró con la prensa y publicó piezas breves junto a poemas y dramas, aprovechando un mercado lector en expansión. La circulación periódica favoreció relatos con fuerte imaginería, tono lírico y moraleja, rasgos afines a sus leyendas.
El Romanticismo introdujo en España el culto al genio creador, la exaltación del sentimiento y el gusto por escenarios pintorescos o históricos. La naturaleza y la ruina funcionaban como marcos simbólicos de conflicto moral y libertad. Autores como Espronceda, Zorrilla y Larra consolidaron un estilo que Avellaneda adaptó con voz propia, incorporando introspección, fe en la dignidad del arte y atención a sujetos marginados. Su condición de mujer escritora —en un medio mayoritariamente masculino— confirió a su obra una energía polémica: en 1853 fue propuesta sin éxito para la Real Academia Española, episodio que evidenció barreras institucionales persistentes.
Las décadas centrales del siglo XIX presenciaron transformaciones económicas y urbanas que afectaron a oficios, artes y jerarquías sociales. Las reformas liberales, incluida la desamortización de Mendizábal (1836–1837), alteraron la fisonomía de ciudades y corporaciones tradicionales, mientras el comercio y la incipiente industrialización ampliaban el público lector. El prestigio del artista
se redefinió: ya no sólo vinculado a academias cortesanas, sino también a talentos individuales que emergían de contextos populares. La crítica romántica ensalzó esa creatividad autónoma y la presentó en contraste con la rigidez de normas y etiquetas, un contraste que atraviesa relatos centrados en la virtud del trabajo y la inspiración.
El trasfondo atlántico de Avellaneda aporta otra clave. Cuba y Puerto Rico permanecían como colonias tras la independencia de la mayor parte de Hispanoamérica; la economía azucarera basada en la esclavitud marcó la sociedad cubana durante su juventud. Su novela Sab (1841) denunció esa institución, señal de una sensibilidad humanista que atraviesa su producción. Al instalarse en la península, Avellaneda integró perspectivas transatlánticas en un campo literario español cada vez más cosmopolita, atento a debates sobre derechos, modernidad y tradición que circulaban entre La Habana, Madrid y París.
En el horizonte europeo, la cultura romántica privilegió leyendas y relatos breves situados en paisajes cargados de resonancias artísticas. Italia, con su herencia renacentista y ciudades acuáticas, simbolizó belleza y decadencia para lectores hispanos, mientras la figura del artesano-artista encarnaba el ideal de maestría individual. Sin exigir documentación histórica exhaustiva, la leyenda romántica combinó color local, intensidad lírica y lección moral. Avellaneda cultivó ese género en la prensa y en colecciones posteriores, desplegando una prosa rítmica y escénica que hacía del arte —música, pintura, tallas, labores— un lugar de ascenso espiritual y de examen ético de la sociedad.
Las condiciones de publicación condicionaron enfoques y tonos. La normativa de imprenta cambió varias veces entre 1834 y 1845, con etapas de mayor libertad y otras de exigencias de depósito y censura previa bajo gobiernos moderados. Para las autoras, los salones, lecturas públicas y prólogos de aliados varones fueron vías clave de legitimación. Avellaneda reunió leyendas y poemas en volúmenes que circularon en España y ultramar. Esa difusión consolidó un público sensible al sentimentalismo moral y a la exaltación del arte como valor cívico, contexto inmediato para la recepción de El artista barquero.
En este marco, El artista barquero resuena como pieza romántica que exalta la dignidad del creador y la nobleza del trabajo, y que observa los límites sociales de su tiempo. Al situar el arte en contacto con ambientes populares y con paisajes simbólicos —el agua, la ciudad, el tránsito—, la obra dialoga con debates contemporáneos sobre mérito, reconocimiento y jerarquía. Sin adelantar su desenlace, puede leerse como una meditación sobre la libertad interior frente a convenciones estamentales y sobre la capacidad del sentimiento estético para cuestionar prejuicios. Así, refleja y a la vez interroga las sensibilidades dominantes del siglo XIX.
El Artista Barquero
Tabla de Contenidos Principal
Prefacio
Primera parte
I. El paseo por la bahía de Marsella
II. La primera entrevista
III. Historia de una familia cubana
IV. Tentaciones
V. Serena mañana y tarde borrascosa
VI. El plazo cumplido y las dos cartas
VII. Quiera era el huésped del hotel de Oriente, y lo que contenía una de las dos cartas
VIII. Lo que decía la otra carta, y resultado de las diligencias practicadas para saber el nombre de su autor
IX. La partida
Segunda parte
I. Huberto en París
II. El destino del primer boceto
III. La marquesa de Pompadour
IV. Segundo cinco de junio
V. Dos esperanzas frustradas
VI. Versalles
VII. El diseño de los baños de Apolo
VIII. La cita, la carta y la posdata
Tercera parte
I. Un paso atrás
II. Preliminares del casamiento de Josefina
III. El regalo de boda de Huberto a Josefina
IV. Imprudencias del amor y revelaciones del delirio
V. Convalecencia y despedida
VI. Tercer cinco de junio
VII. La gran prueba
VIII. Entrevista de Mr. Caillar y Huberto
IX. Los últimos adioses
Conclusión. Cuarto cinco de junio
Prefacio
Índice
Esta novela está fundada sobre cierta anécdota, bastante conocida, de la vida de un hombre célebre.
La autora.
Primera parte
Índice
I. El paseo por la bahía de Marsella
Índice
Empezaba a declinar la más apacible tarde de junio de 1752, y aunque era domingo—día de reposo y de oración, en que se disminuye un tanto el bullicioso hervidero de la vida comercial—el puerto de Marsella, poblado de mástiles y banderas de todas las naciones del mundo, presentaba, como siempre, el aspecto animado que le es característico. Uníase más bien al movimiento ordinario de la activa multitud que de continuo bulle por los muelles—formando pintoresco contraste con sus variados trajes, y alegre algazara con sus diversos idiomas—el considerable número de oficinistas domingueros, touristes transeúntes y distinguidos ociosos, que iban llenando lanchas y botes, para visitar los fuertes o las islillas que se levantan en grupo, a media legua apenas de la costa, como para contemplar de frente a la hermosa reina del Mediterráneo.
Entre las pocas barcas que aun aguardaban pasajeros, se distinguía por su blancura una que casi tocaba con su popa los pies del pesado edificio consistorial, y que con su graciosa vela latina—plegada todavía—se asemejaba a un cisne dormitando al suave balance de las tranquilas olas.
La única persona que la ocupaba era un rubio y gallardo mancebo, como de diez y ocho a veinte años, vestido con pulcra sencillez que no carecía de elegancia, y cuya mano derecha—apoyada negligentemente en el timón—mostraba tan aristocrática hermosura, que no era posible presumir estuviese avezada a manejarlo.
Prestando poco interés al bullicioso espectáculo que le rodeaba, dejaba el joven perderse sus miradas por la inmensidad del espacio, cuando de pronto le sacó de su contemplación melancólica el movimiento que imprimió a la barquilla el peso de otro individuo, que saltó a ella con agilidad poco común a sus años—que bien podían pasar de sesenta,—y que se arrellanó sin decir palabra en el asiento más cómodo.
Presentaba la fisonomía de aquel recién llegado cierto contraste difícil de pintar; pues temperaba la severidad de algunas líneas del rostro, y la expresión profunda y un tanto desdeñosa de sus ojos penetrantes, cierto no sé qué de benévolo y dulce que se traslucía, digámoslo así, en su gesto habitual y hasta en la misma gravedad de su espaciosa frente; aviniéndose bien con la extremada modestia de su traje y el sans-façon[1] de sus francos modales.
Detuvo la vista nuestro hombre por breve momento en su joven compañero de embarcación, y la volvió en seguida hacia el muelle, paseándola por todos los que con trazas de barqueros circulaban en él; pero sin satisfacerse, al parecer, con el resultado de aquella muda investigación, gritó al cabo con alguna impaciencia:
—¡Eh! ¿no tiene patrón esta barca? ¿dónde diablo se esconde?
—Perdonad, caballero,—dijo entonces el mancebo,—yo soy el que buscáis.
—¡Vos!..... exclamó sorprendido el anciano.
—Ciertamente, señor, y si queréis salir del puerto, estoy a vuestras órdenes.
—Mi deseo se limita a dar un corto paseo,—respondió el desconocido mirando con creciente curiosidad a su galán conductor:—quisiera gozar mejor de la suavidad de esta halagüeña brisa, admirando a la vez en horizonte más vasto los últimos crepúsculos de tan deliciosa tarde.
—Tenéis razón,—repuso el barquero levantando al occidente una mirada de artista;—porque no hay espectáculo que iguale en magnificencia a una puesta de sol en el hermoso cielo de la Provenza.
Pronunciando estas palabras soltó la blanca vela del esquife, que empezó a hender al instante las serenas aguas de la bahía.
Hubo entonces largo intervalo de silencio, que rompió bruscamente el desconocido, diciendo:
—Ni vuestro aspecto ni vuestro lenguaje son propios del oficio que venís ejerciendo, y que indudablemente no es el vuestro.
—En efecto, señor, contestó el joven suspirando; sólo soy barquero los días festivos, porque en ellos está cerrado el obrador del lapidario con quien trabajo el resto de la semana.
—¿Tenéis grande afición a ese otro oficio?
—¡Ah! no, por desgracia: la pintura de paisajes y de arquitectura ha sido desde la infancia mi vocación decidida.
—¿Quién os impide, pues, cultivar tan noble arte?
—El anhelo de ganar pronto dinero, lo cual no es posible en el largo y costoso aprendizaje que aquél requiere.
—Sois demasiado joven para tanta codicia.
—No adolezco, gracias a Dios, de semejante defecto.
—Pues confieso que no os comprendo, amigo mío,—dijo el anciano deponiendo la involuntaria aspereza con que acompañara su observación última.
—Me explicaré más claro, ya que tenéis la bondad de mostrar ese interés,—pues no es dable sospechar en vos ociosa curiosidad. Yo, señor, he nacido en París, donde mi padre desempeñaba un cargo ventajoso que proporcionaba a la familia medianas comodidades, y me dediqué a la pintura teniendo por maestro un distinguido artista, que aseguraba hallar en mí excelentes disposiciones. Desgraciadamente perdió mi padre su colocación, y tuvo que resolver entonces establecerse en Marsella, por la circunstancia de tener aquí su mujer algunos bienes raíces, y varios amigos que le prometían facilitar a su marido pronto y decente acomodo. Hízose así, quedando interrumpidos mis estudios, que posteriores infortunios me obligaron, antes de mucho, a renunciar completamente, para dedicarme a otro oficio de más breves resultados. Siendo, sin embargo, harto escaso todavía el provecho que éste me proporciona, utilizo—como veis—los días que me deja libre el maestro, ganando algo con esta barca prestada; y aun, así y todo, mi pobre madre y mis dos hermanitas carecerían de lo más indispensable para la vida, si no se ayudasen ellas mismas, ocupándose día y noche en labores de su sexo.
—¿Según eso, vuestro afán por dinero nace de que veis pobre a vuestra familia, y anheláis, como es natural, poder aliviar su suerte?
—¡Oh señor! ¡sí! no me es dado olvidar un momento que mientras yo no consiga reunir considerable suma, vivirán tres ángeles en el dolor y la miseria, y arrastrará mi desdichado padre sus ominosas cadenas.
—¡Cómo! ¿está acaso en presidio vuestro padre?
—La honradez de su vida no podía conducirle a la infamia—respondió el mancebo con dignidad;—pero la aciago de su estrella le ha llevado a la esclavitud.
—Os ruego, amigo mío,—dijo el desconocido con nuevo y vivo interés,—que me deis explicación más amplia, si no os lo impiden poderosos motivos de reserva.
—Todo os lo diré en pocas palabras, caballero. Cierto comerciante trastornó la cabeza de mi padre con grandes proyectos de especulaciones, por cuyo medio le aseguraba serían los dos, en cortísimo tiempo, millonarios. Vendidos, con tal objeto, los pocos bienes que poseíamos, mi padre fletó un buque cargado de mercancías, que constituían ya toda su fortuna, y renunciando a su lucrativa ocupación de corredor de comercio, quiso capitanearlo él mismo, como en efecto lo hizo, dándose a la vela para Esmirna, hoy hace precisamente dos años.
La voz del narrador quedó durante algunos minutos ahogada por violentos sollozos que no pudo reprimir, y el desconocido—respetando su dolor—guardó también silencio, aunque visiblemente agitado por cierta ansiedad penosa, que se convirtió en profundo enternecimiento cuando el joven pudo articular por fin, en medio de sus lágrimas:—Fué apresado por un corsario.... se halla cautivo en Tetuán desde entonces.... quizá para siempre.... no es cosa fácil reunir los seis mil francos que exigen por su rescate.
—Calmaos, pobre joven, dijo el anciano con casi paternal acento, y no desesperéis de alcanzar de la Providencia los medios de libertar al autor de vuestra vida.
—Cuando ocurrió la desgracia, añadió su interlocutor, quise y aun intenté
