La velada del helecho
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Gertrudis Gómez de Avellaneda reelabora una tradición folclórica de Suiza, país que ella nunca visitó. Dada la imposibilidad de tener acceso a la tradición oral viva, tan apreciada por los románticos, la autora lamenta en el párrafo inicial de La velada del helecho, no poder «conservarle toda la magia de su simplicidad», ni contarla «junto al fuego de la chimenea, en una fría y prolongada noche de diciembre», ni mucho menos de hacerlo apropiándose de «el tono, el gesto y las inflexiones de voz con que deben ser realzados en boca de los rústicos habitantes de aquellas montañas».
La velada del helecho es una novela corta dividida en siete partes. Esta leyenda se relata en una historia de amor contrariado e identidad ocultada, y se usa a modo de engaño para conseguir que se cumplan las condiciones necesarias para que se puedan casar los novios.
Los protagonistas de esta historia son Ida, hija del rico ganadero Juan Bautista Keller, y el huérfano Arnoldo Kessman, paje del conde de Montsalvens, que a causa de su pobreza no es aceptado como marido de Ida por el padre de la muchacha.
La fuente directa consultada por la autora podría ser el Dictionnaire géographique, statistique et historique du canton de Fribourg (1832) de Franz Kuenlin, donde encontramos una referencia a la costumbre de proteger el helecho. El núcleo de la leyenda es de un indudable origen folclórico ya que contiene elementos de amplia difusión en Europa, y la idea de que el helecho tiene poderes especiales en la noche de San Juan y protege contra Satanás.
Seguramente el hermano de doña Gertrudis escuchó o leyó en sus viajes la leyenda en torno a la cual se construyó La velada del helecho.
Sin embargo, la precisión, aunque no exenta de errores, de los datos geográficos e históricos seguramente se debe a las lecturas de la autora.
Gertrudis Gómez de Avellaneda
Poeta, escritora e historiadora cubana, famosa por sus escritos en el siglo XIX
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La velada del helecho - Gertrudis Gómez de Avellaneda
Créditos
Título original: La velada del helecho.
© 2024, Red ediciones ediciones S.L.
e-mail: info@linkgua.com
Diseño de cubierta: Michel Mallard.
ISBN rústica: 978-84-96428-00-3.
ISBN ebook: 978-84-9897-086-9.
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar, escanear o hacer copias digitales de algún fragmento de esta obra.
Sumario
Créditos 4
Brevísima presentación 7
La vida 7
La presencia del Diablo 7
I 9
II 17
III 26
IV 34
V 46
Libros a la carta 63
Brevísima presentación
La vida
Gertrudis Gómez de Avellaneda (Camagüey, 1814-Madrid, 1873). Cuba.
Era hija de un oficial de la marina española y de una cubana. Escribió novelas y dramas y fue actriz. Estudió francés y leyó mucho, sobre todo autores españoles y franceses. Tras una corta estancia en Burdeos, vivió un año en La Coruña y después en Sevilla, donde conoció a Ignacio Cepeda, con quien tuvo un romance. Por esta época ejerció el periodismo y estrenó su primer drama. Su creciente prestigio literario le permitió establecer amistad con Espronceda y Zorrilla. Poco después se casó con Pedro Sabater, quien murió unos meses después.
Tras un retiro conventual, la Avellaneda volvió a Madrid y, entre 1846 y 1858, estrenó al menos trece obras dramáticas. Hacia 1853 quiso entrar en la Academia Española, pero se le negó por ser mujer. En 1855 se casó con el coronel Domingo Verdugo, conocida figura política que en 1858 fue víctima de un atentado. Más tarde éste fue nombrado para un cargo oficial en Cuba. Entonces la Avellaneda dirigió en La Habana la revista Álbum cubano de lo bueno y de lo bello (1860).
Su marido murió en 1863 y ella se fue a los Estados Unidos. Estuvo en Londres y París y regresó a Madrid en 1864.
Durante los cuatro años siguientes vivió en Sevilla. Utilizó el seudónimo de La peregrina.
La presencia del Diablo
La Velada del helecho es un relato inspirado en una leyenda suiza:
—No sé —dijo entonces Keller sentándose enfrente de su ilustre huésped—, ni creo que pueda nadie saber, desde qué tiempo data precisamente la popular creencia, cuyas particularidades desea conocer su señoría; así como tampoco podríamos decir su origen: lo cierto es que de padres a hijos se ha transmitido durante muchas generaciones, y que, según ella, es cosa notoria que la víspera de mi glorioso patrón, cuando se cubren de helecho —planta hija de las sombras y de la humedad— los bordes del precipicio que llaman los de la tierra camino de Eví, precisamente a la mitad de la noche aparece en aquel lugar el mismo Satanás en persona, y mediante ciertas condiciones enriquece cada año a aquel o a aquellos que se encuentran velando el helecho en un paraje cubierto todo por dicha planta.
—¿Y no se sabe cuáles son las condiciones que impone el diablo a los que alcanzan sus donativos? —preguntó el barón que parecía tratar con serenidad e interés aquel asunto, ridículo probablemente a juicio de nuestros lectores.
—Solo se dice —repuso Juan Bautista—, que la persona agraciada debe hallarse completamente sola y en profunda oscuridad, y no falta antes quien asegurase que el demonio exigía además se le entregase un papel, y que en aquel papel escribía, para hacerlo constar a su debido tiempo, la compra que hacía de aquella pobre alma.
I
Al tomar la pluma para escribir esta sencilla leyenda de los pasados tiempos no se me oculta la imposibilidad en que me hallo de conservarle toda la magia de su simplicidad, y de prestarle aquel vivo interés con que sería indudablemente acogida por los benévolos lectores (a quienes la dedico), si en vez de presentársela hoy con las comunes formas de la novela, pudiera hacerles su revelación verbal junto al fuego de la chimenea en una fría y prolongada noche de diciembre; pero más que todo, si me fuera dado transportarlos de un golpe al país en que se verificaron los hechos que voy a referirles, y apropiarme por mi parte el tono, el gesto y las inflexiones de voz con que deben ser realzados en boca de los rústicos habitantes de aquellas montañas. No me arredraré, sin embargo, en vista de las desventajas de mi posición, y la historia cuyo nombre sirve de encabezamiento a estas líneas saldrá de mi pluma tal cual llegó a mis oídos en los acentos de un joven viajero, que tocándome muy de cerca por los vínculos de la sangre, me perdonará sin duda el que me haya decidido a confiársela a la negra prensa, desnuda del encanto con que su expresión la revestía.
Era la víspera del día en que solemniza la Iglesia la fausta natividad del precursor del Mesías. El Sol iba a ocultarse detrás de las majestuosas cimas del Moléson y del Jomman (en español Diente de Jaman), magníficas ramificaciones de los Alpes en la parte occidental de la Suiza, y la pequeña y pintoresca villa de Neirivue, situada a alguna distancia de las orillas del río Sarine en el cantón de Friburgo, presentaba en aquella tarde el espectáculo de un movimiento inusitado entre sus pacíficos moradores. La causa, sin embargo, no era otra que el estar convidados una parte de ellos, que en la época de nuestra historia no llegaban a doscientos, a pasar la velada en la casa del rico ganadero Juan Bautista Keller, poseedor del más grande y hermoso Chalet (o casería) de cuantos se conocían en Neirivue, el cual celebraba en él todos los años, en compañía de sus amigos, la noche que antecede a la festividad de su glorioso patrón.
Los viejos del país, que podían atestiguar la antigüedad que tenía en él la costumbre de solemnizar la mencionada noche con una alegre velada, acudían gozosos a tomar parte en la fiesta del espléndido Keller, que en tales circunstancias ponía a disposición de sus convidados los más exquisitos productos de su quesera, y los mejores vinos de Berna y de Friburgo. Los mozos, por su parte, no desperdiciaban la ocasión de ir
