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johanna Spyri
Unassuming in plot and style, "Heidi" may none the less lay claim to rank as a world classic. In the first place, both background and characters ring true. The air of the Alps is wafted to us in every page; the house among the pines, the meadows, and the eagle poised above the naked rocks form a picture that no one could willingly forget. And the people, from the kindly towns-folk to the quaint and touching peasant types, are as real as any representation of human nature need be. Every goat even, has its personality. As for the little heroine, she is a blessing not only to everyone in the story, but to everyone who reads it. The narrative merits of the book are too apparent to call for comment.As to the author, Johanna Spyri, she has so entirely lost herself in her creation that we may pass over her career rather rapidly. She was born in Switzerland in 1829, came of a literary family, and devoted all her talent to the writing of books for and about children.Since "Heidi" has been so often translated into English it may well be asked why there is any need for a new version. The answer lies partly in the conventional character of the previous translations. Now, if there is any quality in "Heidi" that gives it a particular charm, that quality is freshness, absolute spontaneity. To be sure, the story is so attractive that it could never be wholly spoiled; but has not the reader the right to enjoy it in English at least very nearly as much as he could in German? The two languages are so different in nature that anything like a literal rendering of one into the other is sure to result in indirectness. Such a book must be not translated, but re-lived and re-created.To perform such a feat the writer must, to begin with, be familiar with the mountains, and able to appreciate with Wordsworth.The silence that is in the starry sky, The sleep that is among the lonely hills.The translator of the present version was born and reared in a region closely similar to that of the story. Her home was originally in the picturesque town of Salzburg, and her father, Franz von Pausinger, was one of the greatest landscape painters of his country and generation. Another equally important requisite is knowledge of children. It happens that this translator has a daughter just the age of the heroine, who moreover loves to dress in Tyrolese costume. To translate "Heidi" was for her therefore a labor of love, which means that the love contended with and overcame the labor.
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Heidi - johanna Spyri
La Colección Clásicos Libres está destinada a la difusión de traducciones inéditas de grandes títulos de la literatura universal, con libros que han marcado la historia del pensamiento, el arte y la narrativa.
Entre sus publicaciones más recientes destacan: Meditaciones, de Marco Aurelio; La ciudad de las damas, de Christine de Pizan; Fouché: el genio tenebroso, de Stefan Zweig; El Gatopardo, de Giuseppe di Lampedusa; El diario de Ana Frank; El arte de amar, de Ovidio; Analectas, de Confucio; El Gran Gatsby, de F. Scott Fitzgerald; El retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde, entre otras...
Johanna Spyri
HEIDI
© Del texto: Johanna Spyri
© De la traducción: Danayce Gómez
© Ed. Perelló, SL, 2025
Carrer de les Amèriques, 27
46420 – Sueca, Valencia, España
Tlf. (+34) 644 79 79 83
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Primera Parte
I
Hacia la choza del tío de las montañas
Desde la tranquila y antigua aldea de Mayenfeld parte un sendero que, tras atravesar una verde pradera salpicada aquí y allá por la sombra de los árboles, se extiende hacia el pie de una cadena de montañas que dominan el vallecito con su altura colosal.
Luego el sendero se torna más abrupto y el caminante prosigue su marcha sobre una alfombra de brezos bajos y ásperos, mientras aspira el aroma penetrante de las hierbas propias de la región, ya que desde entonces comienza el largo y empinado ascenso hacia los Alpes.
Una soleada mañana de junio, una muchacha joven cuyo cuerpo robusto y mirada franca y audaz la delataban como verdadera hija del país montañoso, ascendía por el escarpado caminito llevando a una niña de la mano.
Las mejillas de la niña estaban tan arreboladas que, a pesar de lo moreno de su cutis tostado por el sol, el color ardía en ellas tan rojo como el fuego.
Empero, esto no ha de sorprendernos, ya que a pesar de los ardientes rayos del sol, la pequeña estaba tan arropada como para desafiar las peores heladas del invierno. Podría contar unos cinco años de edad; pero nadie se habría atrevido a aventurar una opinión en cuanto a su aspecto, pues su cuerpecito perdía toda forma bajo ropas tan voluminosas.
Dos vestidos —y hasta se podría sospechar que eran tres— la envolvían, y, como si esto no fuese suficiente, llevaba alrededor del cuello una gruesa pañoleta atada por detrás. Así vestida, y calzada con pesados zapatones, la niña subía trabajosamente por el camino.
Al cabo de una hora, llegaron a una aldea situada a mitad de camino entre el valle y la cima de la cadena montañosa. Se trataba de la aldea natal de la mayor de las viajeras, y aunque esta fue saludada con frases amables desde casi todas las viviendas, no se detuvo hasta llegar a las chozas que se levantaban en las afueras del poblado. Entonces, desde el interior de una de ellas, se oyó una voz que decía:
—Espérame, Dete. Si sigues por este camino, te acompañaré.
La aludida se detuvo y de inmediato la pequeña soltó su mano y tomó asiento en el suelo, con expresión solemne en el rostro.
—¿Estás cansada, Heidi?
—No, no lo estoy —respondió la niña.
—No te preocupes —siguió la mayor, tratando de alentarla—; llegaremos en menos de una hora.
En ese momento se les acercó una mujer robusta, de alegre aspecto, y Heidi se levantó para echar a andar en pos de las dos amigas, quienes entablaron animada conversación, comentando lo sucedido en la aldea y sus alrededores.
—Pero, ¿adónde vas con la niña, Dete? —preguntó la que saliera de la casa—. Es la hija de tu hermana..., la huérfana, ¿verdad?
—Sí —repuso Dete—. La llevo a la choza del tío de las montañas; allí vivirá.
—¿Qué? —exclamó la otra, llena de asombro—. ¿Va a vivir con el tío de las montañas? ¡Estás loca, Dete! ¿Cómo te atreves? El viejo te mandará de vuelta en cuanto llegues, y eso es todo lo que conseguirás después de tanto trabajo.
—¡No, no lo hará! —negó Dete con aire decidido—. Al fin y al cabo es su abuelo, y algo debe hacer por ella. Hasta ahora la he tenido a mi cuidado, pero no he de desechar una buena oportunidad por su culpa. Lo único que pido es que se haga cargo de sus responsabilidades, Barbel.
—Todo estaría muy bien si fuese como la gente común —replicó Barbel con un dejo de amargura en la voz—, pero tú lo conoces tanto como yo. Además, aunque se propusiera cuidar de la niña, ¿cómo sabría hacerlo? ¡Ni siquiera empezar podría...! ¡Oh, bueno! —Barbel dejó de lado tan delicado asunto con un encogimiento de hombros—. ¿Y dónde piensas ir tú después?
—A Francfort. Tengo en perspectiva un buen empleo en la ciudad —explicó Dete—. El verano pasado, cuando trabajé en el hotel del balneario, pararon en él una dama y un caballero muy distinguidos. Me tocó limpiar sus habitaciones, y quedaron tan satisfechos con mi trabajo que querían llevarme con ellos. Pero no pude acceder en ese momento. Ahora, como se encuentran en el mismo lugar y todavía tienen interés por tomarme a su servicio, ya podrás imaginar que no voy a dejar escapar oportunidad tan brillante por segunda vez.
—¡No quisiera estar en el lugar de la niña! —exclamó Barbel—. Nadie sabe nada sobre ese viejo que vive en las cumbres. Jamás ha dicho una palabra a ningún ser viviente. No va nunca a la iglesia y cuando baja a la aldea, una vez al año, todos se apartan, asustados, de su camino. Con esas cejas grises e hirsutas y su barba enmarañada, parece un viejo indio. ¡Afortunado del que no se lo encuentre a solas!
—De todos modos es su abuelo —insistió Dete—, y ahora tiene la obligación de cuidar a la niña. Si no cumple con su deber, la culpa será suya y no mía.
Barbel permaneció silenciosa durante unos minutos. Su indignación iba cediendo paso a la curiosidad propia de los aldeanos. Había muchos detalles concernientes al anciano que siempre la habían intrigado. Por ejemplo: ¿por qué demostraba un odio tan grande hacia todos?¿Por qué la gente lo evitaba y hablaba de él en voz baja, como si le temieran? Tampoco sabía por qué los habitantes de la aldea lo llamaban el tío de las montañas
. Por cierto que no podía ser tío de ninguno de ellos; pero hasta la misma Barbel lo nombraba con ese mote, o usaba el de Ohi
, utilizando el dialecto de la región. La joven había nacido en Prattigau y vivía en la aldea desde que contrajera matrimonio, poco tiempo antes, y por lo tanto, no estaba enterada de todas las habladurías respecto a los pobladores principales de la aldea. Por otra parte, Dete, gran amiga suya, había nacido allí y vivido con su madre hasta la muerte de esta última, acaecida el año anterior. Desde entonces, había trabajado como sirvienta en un hotel de Ragaz, lugar de moda no muy alejado de la aldea.
Barbel pensó que esa oportunidad era inmejorable para satisfacer su curiosidad y, decidida a aprovecharla, comenzó diciendo en tono confidencial:
—Me gustaría saber lo que pesa sobre la conciencia de ese viejo, que le hace brillar los ojos de esa manera y refugiarse en la montaña como un ermitaño, sin ver jamás un ser humano. Hay muchas historias sobre él... Tú debes conocer algunas por boca de tu hermana, ¿verdad?
—Por supuesto..., pero no me gusta recordarlas —contestó Dete—. Si llegase a sus oídos mi comentario, me sentiría muy intranquila.
Barbel no se amilanó con esta respuesta.
—Pero tú debes saber la verdad —insistió—; lo demás no son sino habladurías. Vamos..., dímela. ¿Es cierto que el viejo es tan terrible como cuenta la gente?
—No sé si siempre lo habrá sido —contestó Dete, tratando de evadir la pregunta—. Solo tengo veintiséis años, mientras que él cuenta más de setenta. Por lo tanto, no puedo saber cómo era cuando joven. Pero mamá era nativa de Domleschg, igual que él, y por eso, yo podría decirte una o dos cosas, siempre que me asegurases que no las contarás por la aldea.
—¡Pero, Dete! ¿Qué quieres decir? —exclamó Barbel con acento ofendido—. Puedo asegurarte que sé contener mi lengua cuando es necesario. Vamos..., no tengas miedo..., cuéntame.
—Bien, pero recuerda que debes mantener el secreto —cedió Dete, dándose vuelta para asegurarse de que la pequeña no podría oírla. La niña había desaparecido. Dete se detuvo, con la boca abierta por el asombro. Heidi debía haberse alejado de las dos mujeres hacía tiempo, pero estas no lo advirtieron. Estaban tan entusiasmadas en la conversación que se habían olvidado de ella por completo. No había señales de la pequeña por ningún lado, a pesar de que el camino era tan despejado que podía divisarse la aldea sin ninguna dificultad.
—¡Ah, ahora la veo! —exclamó Barbel—. ¡Allí...! —y con su mano señalaba en dirección a las montañas—. Está con Peter, el cabrero. Ya me parecía que se demoraba en llevar los animales a pastar. Pero no te preocupes, él la cuidará.
Continúa hablando sin pensar más en ella.
—El muchacho no tendrá que molestarse mucho para cuidarla —comentó Dete—. Te aseguro que la niña no es tonta, a pesar de tener tan solo cinco años. Tiene los ojos bien abiertos y no se le escapa nada. Es mejor para ella, pues el abuelo solo posee en el mundo sus dos cabras y la choza.
—Pero hubo una época en que se encontraba en una posición mucho mejor, ¿verdad? —insistió Barbel.
—¡Por supuesto! —exclamó Dete—. Era dueño de la granja más grande y mejor de Domleschg. Era el hijo mayor y tenía un solo hermano. Este último era muy callado, diligente y bueno, mientras que el mayor no hacía nada. Le gustaba vivir a lo gran señor, viajar por el país y reunirse con gente de mala calaña. Bebiendo y jugando, no tardó en dilapidar toda su fortuna. Sus padres murieron de pena, según dicen, y su hermano, a quien había dejado en la miseria, se marchó a un lugar desconocido para ocultar su vergüenza.
"El tío también desapareció y nadie supo adónde se había ido. Primero decían que se había alistado en el ejército de Nápoles, pero después, durante doce o quince años, no se supo nada más de él.
"Luego, una vez más, regresó a Domleschg, llevando consigo un niño. Trató de dejarlo al cuidado de sus parientes, pero todos se negaron a recibirlo. Esto lo enfureció, y juró no volver jamás a esa población. Entonces se encaminó hacia aquí y se instaló en la aldea con Tobías, el niño. Supongo que su esposa habría muerto poco después de su casamiento. Debía tener un poco de dinero, ya que dejó a Tobías al cuidado de un carpintero para que aprendiese el oficio. El niño era un muchacho muy despierto y pronto se hizo estimar. Pero el viejo sospechaba de todos y no quería hacerse de amigos. Muchos decían que había desertado del ejército, porque había matado a un hombre, no en el campo de batalla, sino en una riña.
Sin embargo, mi familia estableció relación con él, ya que la abuela de mi madre y su abuela eran primas hermanas. Por eso siempre lo llamamos tío. Como estamos emparentados con la mayoría de todos los habitantes de la aldea, después de un tiempo todos también lo llamaban tío. Cuando se refugió en su choza, en medio de las cumbres, lo apodaron ‘el tío de las montañas’
.
—¿Y qué se hizo de Tobías ? —preguntó Barbel, profundamente interesada.
—A eso iba a referirme. No puedo contarlo todo al mismo tiempo —replicó Dete—. Como ya te dije, Tobías era aprendiz de un carpintero de Mels, y tan pronto como aprendió el oficio regresó a la aldea y se casó con mi hermana Adelheid. Habían mantenido relaciones durante años, y cuando se casaron fueron muy felices. Pero, por desgracia, esa felicidad no duró mucho tiempo. Solo dos años más tarde, Tobías estaba trabajando en una casa en construcción, cuando una viga cayó sobre él, matándolo instantáneamente. Cuando lo llevaron a casa, todo desfigurado, Adelheid enfermó de pena y horror. Nunca había sido muy fuerte y a menudo sufría ataques, durante los cuales uno no podía afirmar si estaba dormida o despierta. No se pudo reponer a la impresión que le causó la muerte de su esposo y tan solo dos semanas después del entierro de Tobías, acompañábamos a la pobre hasta su última morada.
"Todos empezaron a comentar tan terrible desgracia y no faltó quien opinara que se trataba de un castigo por los pecados del viejo. El mismo sacerdote trató de que se arrepintiera de su vida pasada, pero era muy testarudo y se volvió tan hostil que todos comenzaron a rehuirlo. Por último, se refugió en lo alto de las montañas y ya no bajó más a la aldea..., y allí ha vivido hasta ahora, con su corazón cerrado para Dios y los hombres.
Mamá y yo nos hicimos cargo de la hijita de Adelheid, que solo contaba un año. En el verano murió mamá y como yo quería trabajar en el balneario, puse a la niña al cuidado de una familia de Pfaffersdorf. Siempre conseguía trabajo ventajoso en el balneario, aun en invierno, porque soy bastante hábil con la aguja, y sé zurcir y bordar. Pero al principio de la primavera regresaron de Francfort la dama y el caballero de los que te hablé y volvieron a ofrecerme un empleo. La propuesta es demasiado ventajosa para desaprovecharla, de manera que pasado mañana me marcho con ellos
.
—¡Y dejas a la niña con el tío de las montañas! —exclamó Barbel con tono de reproche—. ¿Cómo puedes tener tan mal corazón, Dete?
—¿Qué quieres decir? —preguntó Dete, ofendida—. Me parece que ya he cumplido demasiado bien con mi deber para con ella. ¿Qué más puedo hacer? Como comprenderás, no puedo llevarme a Francfort a una niña de cinco años —luego, cambiando de tema, preguntó—: ¿Adónde vas, Barbel? Ya estamos cerca de la cima de las montañas.
—Me quedo aquí. Debo hablar con la madre de Peter, que hila mi lana en el invierno. De modo que..., buena suerte, Dete.
Dete estrechó la mano de su amiga pero, en vez de continuar su camino, permaneció inmóvil mientras Barbel se encaminaba hacia una choza cercana, pequeña y deteriorada por la intemperie, construida en una cavidad que la amparaba de los fuertes vientos de las alturas. Por cierto, necesitaba de toda la protección que se le pudiera brindar, pues estaba tan estropeada que durante los embates de las tormentas o cuando el viento batía despiadado los flancos de las montañas, todo a su alrededor se estremecía: ventanas, puertas y aleros carcomidos, como si de un momento a otro su débil estructura fuese a ceder y ser arrastrada por el temporal.
Allí vivía Peter, el pastor, un niño de once años que cada mañana bajaba a la aldea en busca de las cabras que llevaba a pacer hasta la puesta del sol. Cuando las primeras sombras oscurecían el cielo, el niño descendía con el rebaño y, al llegar a la aldea, dejaba escapar un agudo silbido para notificar a sus dueños que podían buscar las cabras en la plaza del pueblo. A veces también acudían los chiquillos para acariciar a los animales más mansos, y era en esas oportunidades cuando Peter podía conversar con otros niños de su edad. Todo el resto de su tiempo lo dedicaba a los rebaños. En la choza vivía con su madre y su abuela, pero las veía muy poco tiempo.
De mañana se levantaba con la salida del sol y no regresaba del pueblo hasta muy tarde, ya que se entretenía conversando con los niños de la aldea. Cuando llegaba a su casa, apenas tenía tiempo para engullir pan y leche antes de quedar profundamente dormido. Un año atrás, su padre había muerto aplastado por un árbol; él también era pastor y la madre de Peter, llamada Brígida, era más conocida en la aldea como la esposa del pastor Peter. En cuanto a la abuela, era llamada en toda la comarca por ese título.
Dete había esperado más de diez minutos para ver si los niños la seguían con las cabras; pero, como no los divisara, se encaramó sobre unas rocas más altas, escudriñando hacia uno y otro lado con impaciencia.
Mientras tanto, los dos niños habían seguido otro sendero. Peter conocía todos los lugares donde crecía la hierba más dulce y se paraba aquí y allá para dar tiempo a que los animales comieran los pastos tiernos. Al principio, la niña se sentía muy molesta, con ropas tan pesadas, y estaba muy cansada; sin embargo, no dejó escapar una sola queja, aunque miraba con envidia los pies descalzos y las ropas livianas de Peter, quien se encaramaba sobre las rocas con tanta agilidad como sus cabras. De pronto, Heidi se sentó sobre la hierba y, de un tirón, se quitó las medias y los zapatos.
Luego desató la pañoleta de lana que la envolvía y se despojó de un vestido. Todavía llevaba otro debajo, ya que su tía le había colocado el traje dominguero sobre el de diario, para evitarse la pérdida de tiempo y la molestia de llevar un bulto bajo el brazo. Pero, un momento más tarde, Heidi también se lo había quitado y se puso de pie, vestida solamente con una pollera y la enagua, estirando con satisfacción sus brazos rosados y regordetes.
Después de poner sus ropas ordenadamente unas sobre otras, corrió detrás de Peter, tan ágil como el pastorcito.
Peter no había prestado atención a lo que la niña hacía cuando se quedó detrás, y por eso sonrió al verla con su nuevo atavío. Miró a sus espaldas y al divisar el montón de ropas sobre la hierba su sonrisa se acentuó, pero no dijo nada.
Sintiéndose mucho más libre con tan pocas prendas, Heidi comenzó a charlar vivazmente con su compañero y lo obligó a contestar la gran cantidad de preguntas que formulaban sus labios infantiles: ¿Cuántas cabras tienes? ¿Adónde las llevas? ¿Qué vas a hacer con ellas más tarde?
Y muchas más, hasta que por fin ellos también llegaron a la choza junto a la cual aguardaba Dete.
Esta última, al divisarlos, dejó escapar un grito horrorizado:
—¡Heidi! ¡Qué has hecho! ¿Dónde has dejado tus vestidos y la pañoleta? ¿Qué has hecho con las medias que te acababa de tejer y los zapatos nuevos que te había comprado? Dime, ¿dónde los has dejado?
La niña señaló tranquilamente a sus espaldas y murmuró:
—Allí.
Dete siguió con la vista la dirección señalada y alcanzó a divisar un objeto indefinido, terminado en un punto rojo, que bien podía ser la pañoleta.
—¡Qué mala eres, Heidi! —le reprochó con enojo—. ¿Por qué lo has hecho?
—No las necesitaba —se limitó a decir Heidi, quien no demostraba arrepentimiento.
—¡Niña tonta y molesta! —le reprochó Dete—. ¡Te has vuelto loca! ¿Quién va a bajar de nuevo por la montaña? ¿Eh? Oye... ¡Peter! ¿Por qué te quedas inmóvil, como si estuvieses clavado en el suelo? ¡Corre rápido y trae esas ropas!
—Estoy muy retrasado —contestó el muchacho, imperturbable, sin moverse del lugar desde donde, con las manos en los bolsillos, había estado escuchando los gritos de Dete.
—¡Qué bribón eres! —estalló Dete—. Supongo que esperarás que te dé algo, ¿verdad? Pues bien, ¡mira! —y mostró una moneda reluciente por lo nueva.
Peter le echó una mirada y luego partió, rápido como una flecha. Descendió por las rocas tan ligero y seguro como un antílope y regresó tan pronto con el atado de ropas que Dete, a pesar de sí misma, debió alabarlo y reconocer que se había hecho merecedor de la moneda ofrecida.
La cara de Peter resplandecía de contento cuando guardó el dinero en su bolsillo, ya que muy raras veces podía considerarse dueño de semejante tesoro.
—Como vas por nuestro camino, puedes llevar las ropas hasta la choza del tío de las montañas —le dijo Dete, mientras se ponía en marcha.
Peter acató la orden de buen grado y la siguió, llevando el atado de ropas en una mano y su varilla en la otra, mientras Heidi y las cabras cerraban la marcha, saltando alegremente sobre el suelo árido.
Después de tres cuartos de hora de dura ascensión, llegaron a la
