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Música de fondo: Ensayos sin género ni geografía
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Música de fondo: Ensayos sin género ni geografía
Libro electrónico267 páginas2 horas

Música de fondo: Ensayos sin género ni geografía

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Información de este libro electrónico

"Escribir sobre música es como bailar sobre arquitectura". Con esta premisa Alfredo Sánchez nos presenta su Música de fondo: ¿y si precisamente en ese aparente sinsentido habita una manera de escuchar la música con otros oídos, de iluminar rincones ensombrecidos?

La compilación de estos ensayos es una invitación a explorar los contextos que habitan detrás de la música que nos conmueve. Desde las biografías trágicas de genios del jazz hasta los entornos que dieron origen al punk, desde las congojas que atravesaron a grandes artistas como Beethoven hasta las circunstancias que forjaron la nueva canción latinoamericana, Música de fondo nos conduce por un viaje donde la música se traduce en historia, sociología, biografía y revelación. Porque uno es lo que escucha, pero también lo que lee acerca de lo que escucha.
IdiomaEspañol
EditorialEditorial Universidad de Guadalajara
Fecha de lanzamiento19 dic 2025
ISBN9786075817521
Música de fondo: Ensayos sin género ni geografía

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    Música de fondo - Alfredo Sánchez Gutiérrez

    Portada: Música de fondo

    Para Teresa, que ama a Bowie y a mí también

    Introducción

    Escribir sobre música es como bailar sobre arquitectura. Una frase ocurrente y retórica que se atribuye a varias personas sin que esté claro quién la dijo por primera vez. En su origen parece estar relacionada con un rechazo a ciertos críticos que, con rebuscamiento o franca pedantería, usan la palabra escrita para desacreditar el trabajo de algún músico. Sí, se ha dicho muchas veces que los críticos de música —como los de cine o los de artes visuales— son artistas frustrados y que con ánimo amargo suelen buscar el prietito en el arroz. Esto puede ser cierto en algunos casos, pero también es verdad que quienes escriben —escribimos— sobre música, no solo en el terreno de la crítica sino también en el de la reseña, la crónica, la biografía y el ensayo, pueden alumbrar sitios que no estaban suficientemente iluminados. Vamos, lo fundamental en la experiencia musical es escuchar, por supuesto, pero si se quiere ampliar el espectro, complementar la experiencia, enriquecer la perspectiva, no hay más remedio que leer aquello que se escribe sobre la música y así mirarla desde distintos ángulos, enfrentarnos a la forma como está —bien o mal— hecha, descubrir cosas que no se nos habían ocurrido, darnos cuenta de los contextos específicos en los que surgió un disco o una canción: escuchar con otros oídos. Para eso sirven los libros que profundizan sobre este fenómeno esencialmente humano.

    Siempre me han gustado los libros sobre música y músicos. A lo largo de los años los he comprado o me los han regalado quienes conocen mi afición por ellos. Biografías o autobiografías, diccionarios con datos útiles o inútiles sobre artistas y sus obras, reflexiones y ensayos en torno a ciertos géneros. Los he leído, los consulto ocasionalmente y todos ellos, me parece, me han ayudado a ampliar mi visión sobre cuestiones que desde muy joven me apasionan: cómo es el proceso de creación musical, cómo han sido las vidas de quienes crean, cómo está emparentada la vida personal con el proceso, cuáles fueron las señales que alumbraron a alguien para decidirse por este arte desde muy variadas trincheras, cómo se puede desvelar la misteriosa magia de la creación.

    Las biografías no lo explican todo, hay cosas enigmáticas y hasta cierto punto irracionales en los caminos elegidos, pero algo dicen. Y las biografías no siempre son felices. Es más, abundan las trágicas: las que terminan mal, las que cuentan cómo se truncó una vocación prometedora, cómo se interrumpió una trayectoria luminosa, o cómo, a pesar del talento innegable y la obra trascendente, las cosas no acabaron bien. Por ejemplo, las vidas de los jazzistas son pródigas en catástrofes: Jaco Pastorius, Charlie Parker, Billie Holiday, Thelonious Monk, Bill Evans, Chet Baker. Y las de algunos rockeros también: Hendrix, Janis, Morrison, Cobain, Winehouse. En la música de concierto también abundan los casos trágicos que hasta lugares comunes se han vuelto: la sordera de Beethoven, la tisis de Chopin, la homosexualidad no asumida de Tchaikovski, la bipolaridad de Schubert. Estos son solo un puñado de casos emblemáticos que demuestran que el camino del arte también puede ser tortuoso.

    Por otro lado, hay otras historias donde se muestra que una infancia adversa puede conducir a una creación fértil, al desarrollo de un talento que crece, indomable, a pesar de las circunstancias. Y las hay también donde las cualidades van apareciendo aún en un entorno plácido y sin obstáculos evidentes. Hay de todo, pues, cada vida es una historia irrepetible y a muchos nos fascina, me temo, meternos en los detalles de las vidas ajenas. Aunque admito: no conocer nada de la vida de un autor no imposibilita disfrutar de su música. La música puede —y acaso debe— hablar por sí sola. Pero es interesante, al menos para mí, conocer el entorno creativo: las complicidades igual que las enemistades; los abusos sufridos lo mismo que los logros obtenidos; las frustraciones tanto como los aciertos, los conflictos y las reconciliaciones; los amores y desamores. El trayecto vital que constituye toda biografía y que es un aderezo para el disfrute artístico.

    También hay libros que a través de la música explican un contexto cultural: ¿cómo y por qué surgió una música combativa como el punk? ¿qué circunstancias dieron origen a la llamada nueva canción latinoamericana? ¿en qué entornos sórdidos apareció un género como el bebop? ¿cuáles fueron las circunstancias sociales que propiciaron la psicodelia? ¿en qué entorno político apareció el cabaret berlinés? ¿cómo se conecta el surgimiento del impresionismo musical con el pictórico y el literario? ¿cuál fue la relación de la radio con el auge del bolero mexicano? ¿qué elementos condujeron a la ruptura estilística de Stravinsky? ¿por qué ocurre el fenómeno de los nacionalismos musicales?

    En ese sentido los libros se convierten en artefactos casi sociológicos, históricos, que dan cuenta de la relación entre los postulados estéticos y el contexto. Leerlos significa ir más allá de la música misma, es encontrar una brújula, una pequeña guía para entender el mundo.

    Un vistazo rápido al librero de mi estudio me delata: biografías de músicos diversos como el ya citado Jaco, Agustín Lara, Charles Mingus, Nadia Boulanger, Frank Zappa, Bola de Nieve, Billie Holiday, Tom Petty, Federico Chopin, Carla Bley, José Alfredo Jiménez, Elis Regina, Eric Clapton, Ron Wood, Brad Mehldau, Alfredo Zitarrosa, Philip Glass, Pete Townshend... libros con letras de canciones o poemas de autores como Alain Stivell, Violeta Parra, Johnny Cash, Charly García, John Lennon, Kate Bush, Leonard Cohen, Bob Dylan, Joni Mitchell, Jaime López... pero también textos que profundizan sobre el son mexicano, el bolero, los protagonistas de los distintos estilos del jazz, el origen de ciertas músicas. No presumo: es una minúscula, modestísima colección si la comparamos con el material disponible en librerías y bibliotecas —y no digamos con lo que puede hallarse hoy en las redes—, pero es de alguna manera una forma de autobiografía: uno es lo que escucha tanto como uno es lo que lee acerca de lo que escucha.

    Esa es, en parte, mi justificación para publicar un libro como éste, en el que reúno una serie de textos a propósito de músicos que me han marcado y donde también reflexiono sobre aspectos relativos a la música y sus contextos. Se trata de textos breves de carácter ensayístico que en versiones ligeramente distintas han aparecido en periódicos y revistas donde he tenido la suerte de colaborar; textos que ahora presento como una suerte de autobiografía musical que aspira a provocar la curiosidad de hipotéticos lectores respecto de música y músicos que me parecen notables.

    He dividido este proyecto en varias secciones: la primera se llama Punto de oído, que en contraste del punto de vista, pretende reflexionar sobre diversos asuntos desde la escucha, y no desde la mirada. A la segunda la he nombrado Invención espontánea, un término robado al jazzista mexicano Jorge Martínez Zapata, quien hablaba así de la improvisación en el jazz, sección en la cual me refiero a artistas importantes de ese género; la tercera se llama Encrucijadas, y en ella comento a personajes de la música de distintas latitudes anglosajonas. En la cuarta sección, Legados, escribo sobre artistas de rock que me han marcado a lo largo de la vida; y finalmente, la última la he titulado Encuentros cercanos, constituida por un puñado de artistas de la música de México. Cada texto va acompañado de un código QR que conduce a una lista de canciones alusivas al tema. Se pueden escuchar mientras se lee, o como lo haría yo que prefiero la lectura en silencio, después de la lectura de cada texto.

    A pesar de que el mundo de hoy es otro, que la lectura y sus hábitos están sufriendo un proceso de transformación, me parece aún importante que existan libros que indaguen sobre música, pintura, danza, fotografía, cine, literatura. Colecciones de divulgación de las artes, textos que abran puertas hacia las vidas y los contextos entretejidos en ella y despierten la curiosidad acerca de los misterios de la creación. Libros que pinten la música, fotografíen la literatura, hagan sonar la danza y, ¿por qué no? bailen la arquitectura.

    Nota: muchos de los textos de este libro son reescrituras de los que fueron publicados originalmente en distintos medios impresos y electrónicos.

    Puntos de oído

    Música de fondo

    ¹

    Envidio a quienes ponen música de fondo. A quienes leen novelas, poemas, ensayos o cuentos al tiempo que suena una sinfonía de Brahms, una canción de Tom Waits, una pieza de piano de Satie o un ruidoso rocanrol de Deep Purple. Yo no puedo, nunca he podido, con esa forma del multitasking que a otros permite partir su cerebro en dos —¡o en más!— para atender simultáneamente asuntos que, para mí, requieren un enfoque absoluto. Soy de mente volátil, lo sé, y por ello requiero concentración para leer sin perder el hilo. Si no hubiera nacido a mediados de los cincuenta, seguro me habrían diagnosticado con TDAH; en mis tiempos pensaban solamente que era distraído. Pero además, la música me jala, me obliga como amante celosa a ponerle toda mi atención, a fijarme en ella y en nada más. Acaso sea una desviación producida por mi formación de músico: me obsesiona saber en qué compás está escrita la pieza que suena, cuáles son las modulaciones armónicas que se utilizan, cómo está construida su melodía, qué dice la letra cuando la hay, qué combinaciones de instrumentos utilizó el compositor, qué sutilezas hay en la ejecución de un pianista o guitarrista. Y para apreciar todo ello necesito algo muy simple: escuchar y hacerlo sin distracciones. ¿Deformación profesional? quizás sí, pero o leo o escucho. Y envidio, ya lo dije, a quienes hacen las dos cosas simultáneamente.

    Sé también que se escribe música para no ser escuchada —si acaso, nomás para ser oída—, una especie de decorado, papel tapiz, sonido que no distrae y que suele ser usado en consultorios, restaurantes o supermercados. Música de elevador, le llamaron en alguna época; o música ambiental. Una música más o menos anodina que sirve para amueblar los espacios sin que se note pero que, paradójicamente, siempre ha sido grabada por instrumentistas muy competentes que tocan las notas sin errores, con mucha corrección, aunque acaso con mínima o ausente pasión.

    En alguna época trabajé en una emisora de radio que transmitía ese tipo de música y su programación era recurrente en oficinas de todo tipo. Uno la escuchaba aunque no quisiera, mientras esperaba una cita o al tiempo que redactaba un memorándum, escribía una lista de pendientes o pensaba en la inmortalidad del cangrejo. Hay que decir que esa programación era diseñada en el cuartel general de alguna empresa de Estados Unidos a la cual le compraban el servicio y que, por lo oído, conocía de asuntos como psicología. La compañía pionera en ese tipo de diseño sonoro había sido Muzak, una empresa norteamericana que tuvo gran éxito desde los años cincuenta del siglo XX y que, con variantes y derivaciones, ha seguido vigente: vende programación por diseño de acuerdo con las necesidades del consumidor. En Guadalajara, donde he vivido, tuvimos y tenemos nuestras versiones locales de ese tipo de empresa y servicio: Programusic o Sistemusic, especializadas en proporcionar música de fondo. Una de ellas se anuncia aún de manera elocuente: "compañía de marketing sensorial que desde hace más de cuarenta años sigue innovando para ayudar a las empresas a exaltar los sentidos de sus clientes para crear un ambiente único, motivando experiencias y mejorando el humor de compra". ¡Ah caray! ¿qué será el marketing sensorial?

    He leído de supuestos estudios psicológicos —aunque sospecho que están más cerca de la seudociencia— a partir de los cuales se puede determinar qué clase de música es adecuada para determinados fines — ¿para ser más dócil con los superiores? ¿para resolver más rápidamente una ecuación de segundo grado? ¿para atacar con mayor eficacia una aldea?—. En un inicio ese tipo de música se utilizaba con fines motivacionales: se diseñaba de acuerdo con una especie de curva ascendente que progresaba paulatinamente en sonoridad y ritmo hasta volver a caer en la calma y placidez luego de quince minutos exactos. Eso hacía más productivos, decían, a los trabajadores de las fábricas y oficinas. También recuerdo lo aterrador de los experimentos de condicionamiento musical que mostró en pantalla Stanley Kubrick en aquella inquietante Naranja mecánica —película basada en una novela de Anthony Burgess— y que le impidió gozar de nuevo de la música de Ludwig Van al violento Alex DeLarge.

    La música ambiental, motivacional o de fondo, ha tenido variantes y evoluciones diversas. En un principio consistía solamente de versiones instrumentales de canciones populares que la gente identificaba. Después se comenzaron a usar también piezas cantadas, aunque siempre con arreglos que evitaban cualquier tipo de estridencia. Recuerdo la anécdota curiosa de una amiga dentista: solía poner en sus consultas la emisora Stereo Rey, pero dejó de hacerlo un día que programaron a Tina Turner, cuyo estilo vocal mi amiga calificaba como demasiado perturbador. El caso era no incomodar, por ello eran mayormente instrumentales, así nadie se sentiría tentado a la comprensión de las palabras.

    Algunas empresas han creado sus propias selecciones contratando a músicos especializados para que compongan y graben, e incluso compañías discográficas dedicadas a distribuir músicas de ese tipo. También hay géneros —por ejemplo, cierta parte del llamado jazz contemporáneo— que se han popularizado como música de fondo y hasta un género electrónico llamado ambient que, aunque busca construir atmósferas sonoras específicas, en realidad no está hecho para ser ignorado y tiene mayores pretensiones artísticas.

    En los años recientes he sido testigo de un fenómeno peculiar: las versiones en estilo bossa-nova de todo tipo de canciones que se utilizan, precisamente, como música ambiental. Su uso es común en restaurantes, tiendas y hasta en cenas privadas. Es curioso —estaba a punto de usar el término aberrante— oír canciones de rock que en su momento fueron contestatarias, rebeldes y radicales —digamos de grupos como los Rolling Stones, Police o hasta Pearl Jam o The Clash— ahora convertidas en edulcoradas versiones para acompañar la nouvelle cuisine y sus platillos exiguos que se sirven a media luz y

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