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Suma de las partes
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Libro electrónico166 páginas2 horas

Suma de las partes

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Suma de las partes reúne trece ensayos escritos entre 1997 y 2020. El volumen abre con dos piezas monumentales: un estudio sobre John Williams, autor de Stoner, y un retrato de José Emilio Pacheco, y cierra con un "Credo cuentístico", una declaración de fe en el género narrativo breve. Entre ellos se despliega una constelación de textos que dialogan con poetas, narradores y críticos, explorando la historia de la literatura como un territorio vivo y siempre en disputa.
Más que un libro de crítica, se trata de un ejercicio de memoria, amistad y lectura apasionada, escrito con el rigor del ensayista y la imaginación del narrador.
IdiomaEspañol
EditorialAlmadía Ediciones
Fecha de lanzamiento16 dic 2025
ISBN9786072631410
Suma de las partes
Autor

Álvaro Uribe

Álvaro Uribe (México, 1953) fue agregado cultural en Nicaragua y consejero cultural en Francia. Dirige varias colecciones editoriales en la unam. Desde 1999 es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte. Ha publicado Topos (prosas breves, 1980), El cuento de nunca acabar (cuentos, 1981), La linterna de los muertos (cuentos, 1988; reeditado en 2006), La lotería de San Jorge (novela,1995; reeditada en 2004), Recordatorio de Federico Gamboa (biografía literaria, 1999; reeditada en 2009), La otra mitad (ensayos literarios, 1999), Por su nombre (novela, 2001), El taller del tiempo (novela; Premio de Narrativa Antonin Artaud, 2003), La parte ideal (ensayos literarios, 2006), Expediente del atentado (novela, 2007; PremioIberoamericano de Novela Elena Poniatowska de la Ciudad de México, 2008; adaptada al cine por Jorge Fons como El atentado, 2010), Morir más de una vez (novela, 2011), Leo a Borges (ensayos literarios, 2012), Autorretrato de familia con perro (novela; Premio Xavier Villaurrutia, 2014) e Historia de historias (cuentos reunidos, 2018). En Alfaguara publicó Caracteres (fábulas ensayísticas, 2018).

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    Suma de las partes - Álvaro Uribe

    Preámbulo

    * * *

    Álvaro y yo teníamos la costumbre de enviarnos por correo electrónico las versiones definitivas de nuestros libros, con el propósito –un poco setentero, me temo– de integrarlas al ciberespacio y evitar el riesgo de que se extraviaran sin remedio para nuestra pequeñísima porción de humanidad poblada por dos personas; también con el objetivo más obvio de que tanto él como yo conserváramos en nuestras respectivas computadoras respaldos en caso de que sucediera algún desastre tecnológico (siempre le opusimos soluciones prácticas a nuestro pesimismo cotidiano).

    El 15 de octubre de 2021 me llegó el archivo de Suma de las partes con el mensaje que ambos habíamos adoptado para darle un toque lírico a un acto ya mecánico: destinado al cielo virtual. Yo había leído el compuscrito unas semanas antes, cumpliendo con otra de nuestras costumbres: criticarnos, corregirnos, sugerir hasta obtener la aprobación, incluso el triunfo mayúsculo de la aclamación casera: ¡bravo, bravo!. Y así ocurrió: hubo aplausos y se pronunció la consigna burlona que habíamos extraído de una entrevista a algún colega muy orondo: ¡otro libro!.

    El 21 de noviembre se confirmó la pésima noticia de que Álvaro tenía un tumor maligno en el pulmón izquierdo. Comenzaron los días de intensos tratamientos, los horarios y las rutinas de la enfermedad, los nuevos hábitos y las nuevas ceremonias, pues dada nuestra pasión e inclinación natural por los rituales, era inevitable que las estableciéramos y que fueran, además, bonitas, como insistía Álvaro, con ese adjetivo deliberadamente ingenuo, casi infantil, que se erigió en la regla de oro para cualquier hazaña conjunta, cualquier esfuerzo, cualquier circunstancia que nos pusiera en aprietos. Lo bonito era y es (hasta la fecha lo uso como marco de referencia) no solo una actitud de moderado desafío, sino una voluntad escenográfica, la búsqueda e instalación de un ambiente límpido, hermoso, confiable, todo en su sitio –mesas, sillas, tapetes, ropa, plantas, gatos, aire, luz– para no atribularse, tropezarse, perderse en el camino.

    El 23 de febrero de 2022 la continuidad, ya frágil, se rompió cuando fue necesario hospitalizar a Álvaro. La noche del 25, un viernes, después de que el doctor me dio el pronóstico brutal, Álvaro y yo tratamos de organizar el futuro del pasado, por decirlo de manera complicada. Álvaro me habló de sus libros inéditos: Tríptico del Cangrejo –los diarios de sus tres cánceres, publicados en 2023–, La verdad sobre M. A., novela inconclusa cuyo desarrollo me reveló con detalle: sé lo que falta y cómo concluye (dentro de la novela hay cuentos que podrían publicarse de modo independiente), y Suma de las partes. La conversación fue extrañamente profesional. Tomé apuntes y numeré incisos. Discutimos opciones. No entiendo por qué, pero estábamos contentos. Álvaro murió el miércoles, 2 de marzo.

    * * *

    Suma de las partes contiene trece ensayos de cronología variada: Nada será mejor es el más reciente, de 2020; Algo sobre la vida y la obra de Víctor Herrera, el más antiguo, de 1997, y se divide en tres partes que no voy a describir para no arruinar las múltiples sorpresas. Solo diré que el volumen abre con dos ensayos extensos, uno sobre el novelista estadounidense, John Williams, y otro sobre el polifacético escritor mexicano, José Emilio Pacheco, y cierra con un Credo cuentístico, que carece de fecha, lo cual me parece apropiado porque se trata de una declaración de principios, de una especie de fe, cuyo origen por naturaleza debe permanecer indefinido. He puesto algunas notas a pie de página cuando he creído que se requiere una mínima explicación adicional. Por lo demás, tengo la certeza de que los ensayos de este libro son unidades autosuficientes y están escritos con el obsesivo cuidado de la frase con la aspiración irrenunciable a alcanzar en cada párrafo la absoluta redondez.

    En La ficción y la forma Álvaro se permite un reproche melancólico: a menudo se me califica de estilista. Agradezco el calificativo, que suele identificarse con un elogio, pero no deja de causarme cierta perplejidad. Recuerdo esa perplejidad e incluso me atrevo a parafrasearla: como si el estilo –comentaría Álvaro– fuera un procedimiento muy elegante, privilegiado, para darle la vuelta a un contenido de escasos recursos; como si escribir muy bien impidiera contar una historia o elaborar un ensayo con un grado paralelo de excelencia y fuera en el fondo o, más bien en la superficie, una limitación; como si cualquiera pudiera escribir muy bien, pero prefiriera mejor escribir medio mal en beneficio de una imaginación, una trama o un pensamiento complejo, explosivo. En el ensayo sobre Williams, Álvaro argumenta que aproximarse a la novela perfecta es, propongo, el mayor aliciente asequible a los grandes artistas de la palabra incapaces de crear novelas grandiosas. El matiz entre la perfección y lo grandioso resulta tan tenue que sólo se percibe cuando se conceptualiza, cuando se quiere descubrir el lado oscuro de las cualidades. Si el estilo es el hombre, tal como cita Álvaro al conde de Buffon, entonces todos somos fatalmente estilistas. Buenos o malos: es otra cuestión, fácil de zanjar en la obra entera de Álvaro, y en términos además superlativos, sin temor alguno a exageraciones.

    En el ensayo sobre el poeta peruano, Armando Rojas, Álvaro señala que un proceso consumado… desata la inútil propensión del intelecto a interpretar todos los hechos que lo componen como una serie de causas y efectos que inevitablemente habrían de conducir al desenlace conocido. Ni yo, cómplice íntima, logro sustraerme a esa tendencia de rastrear pistas. Pero la combato con mi memoria. La escritura de Suma de las partes se dio a lo largo de muchos años y no incluye la conciencia de un final que se avecina, sino más bien el placer de la creación, de las lecturas, de la amistad, de las celebraciones y las conmemoraciones; el perpetuo buen ánimo, la lucidez constante, la erudición, la ironía con un filo siempre atemperado por la bondad: palabras exactas, ritmos precisos, la belleza de la inteligencia y –valga la dialéctica– la inteligencia de la belleza. No prolongaré la lista. No quiero caer en trampas retóricas. En Álvaro las extraordinarias virtudes literarias se combinaron –se combinan– ejemplarmente con las vitales, un equilibrio envidiable, sorprendente entre su excepcional talento para inventar cuentos, novelas, ensayos, y para disfrazarse él mismo de alegría, hasta el último minuto.

    Tedi

    López

    Mills

    Mayo, 2025

    PRIMERA PARTE

    DOS MODELOS

    John Williams: la frase como forma

    1.

    Una sola novela, no la más exitosa en lo inmediato de las tres obras maestras de la narrativa estadounidense que escribió, le granjea a John Williams (1923-1994) el favor de ese juez insobornable y tan voluble como el tiempo presente que es la posteridad. Publicada en abril de 1965, cuando el autor tenía 42 años, Stoner recibió unas cuantas reseñas y vendió 1,700 ejemplares en sus meses iniciales de circulación. Esos resultados, que serían bastante halagüeños para muchos escritores mexicanos en la tercera década del siglo xxi, eran casi catastróficos en los Estados Unidos de entonces (y lo siguen siendo en los de hoy). En febrero de 1966 el crítico Irving Howe elogió el libro en la influyente revista The New Republic: serio, bello y conmovedor [] El Sr. Williams escribe con disciplina y fuerza; es devoto de la frase como forma y está libre de la fascinación de la imagen. El artículo de Howe, sin embargo, se titulaba premonitoriamente Las virtudes del fracaso y las ventas no mejoraron. Stoner no le valió a Williams ni siquiera la hipócrita felicitación de sus colegas en la Universidad de Denver, en cuyo Departamento de Letras Inglesas trabajaba como profesor de tiempo completo.

    Solo hasta el cambio de siglo y de milenio esta narración paradigmática empezó a encontrar los numerosos lectores que merece. En 2006 el editor neoyorquino Edwin Frank incluyó la novela de Williams entre los Classics de The New York Review of Books. Otra vez se vendió relativamente poco: unos cuantos miles de ejemplares. En 2007 el crítico estadounidense Morris Dickstein, en The New York Times, aclamó Stoner como la novela perfecta. Más adelante el narrador irlandés Colum McCann, en The Guardian, la puso en el primer lugar de sus diez libros favoritos. La escritora francesa Anne Gavalda vio esa lista y se apresuró a leer la novela y se enamoró de ella y se puso a traducirla a su idioma. Tito Expósito, editor jefe de la casa canaria Baile del Sol, leyó una entrevista donde Gavalda expresaba su entusiasmo por Stoner y publicó el libro en España en 2009: su primera edición en la Europa continental. Siguieron Francia (2011), Italia (2012) y Holanda (2012), países donde se convirtió en un rápido best-seller. Mientras se difundía en América Latina merced al ejemplo español, el libro por fin se vendió en serio en Estado Unidos y en Gran Bretaña. El periodista británico Bryan Appelyard resumió así la impresión que causaba el descubrimiento de Stoner: es la novela más grandiosa que usted jamás leyó.

    2.

    John Edward Jewell, llamado así para reproducir los nombres y el apellido paterno de su padre, nace en Clarksville, Texas, el 29 de agosto de 1923. La familia se muda a Wichita Falls, población también texana, para beneficiarse del auge petrolero. J. E. Jewell senior desaparece al poco tiempo, asesinado para robarle (según la versión de su esposa) o quizá fugado para ayuntarse con otra mujer (según plantea Charles I. Shields en su biografía The Man Who Wrote the Perfect Novel El hombre que escribió la novela perfecta– de donde procede mi información). Su madre oficialmente viuda se casa en 1925 con George Clinton Williams, diez años mayor que ella, borracho y apenas capaz de trabajar. Con un nuevo apellido, el niño John Edward Williams se cría en la granja de su abuelo materno, en las afueras de Wichita Falls. Son pobres pero no indigentes.

    Desde muy joven Williams es lector voraz y empieza a escribir. En la revista de su escuela preparatoria (high-school) publica poemas y reseña libros. Es chaparro y menudo y en la adolescencia adquiere la costumbre de compensar su físico escueto con ropa tan elegante como se lo permite su pobreza. Para combatir el tartamudeo provocado por su timidez, o la timidez provocada por su tartamudeo, escribe y actúa en una obra de teatro sobre Lincoln. Alumno brillante, gana un concurso estatal de poesía y termina su high-school en tres años y no los cuatro que son la norma.

    En su primer año universitario, que cursa en Hardin Junior College en Wichita Falls, Williams escribe y dirige y actúa en piezas teatrales radiofónicas. Pronto abandona los estudios para dedicarse al teatro y a leer. En 1941 se va a vivir a Denton, Texas, donde trabaja en una estación de radio. Allí conoce a la mexicano-irlandesa Alyeene Rosida Bryan, poeta y editora, y en abril de 1942 se casa con ella a los diecinueve.

    Seis meses después, acaso para huir de ese matrimonio demasiado prematuro, se enlista voluntariamente en el Army Air Corps (Fuerza Aérea de Estados Unidos). Su entusiasmo bélico no es mucho y pasa el examen para ser técnico de radio. En 1943 lo

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