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En estos versos, Darío despliega su inconfundible maestría para unir musicalidad, simbolismo, sensorialidad y profundidad emocional, creando una poesía que cambió para siempre la tradición literaria hispánica.
Sus poemas exploran la belleza, el amor, la nostalgia, la búsqueda espiritual y los sueños que habitan la imaginación humana. Con imágenes refinadas, ritmo impecable y un lenguaje que combina elegancia y misterio, Darío construye un universo lírico que sigue conmoviendo y deslumbrando a lectores de todas las generaciones.
Esta edición, cuidada y accesible, es ideal tanto para quienes se inician en su obra como para lectores que desean revisitar la voz poética más influyente del Modernismo. Cada página invita a disfrutar de la riqueza estética, la sensibilidad y la visión artística que han convertido a Darío en un referente universal.
Añade Poemas de Rubén Darío a tu biblioteca y sumérgete en una de las expresiones más hermosas, innovadoras y trascendentes de la poesía en español.
Rubén Darío
Félix Rubén García Sarmiento, más conocido con el nombre de Rubén Darío, nació en Metapa, hoy Ciudad Darío, Nicaragua, en 1867. Poeta, periodista y diplomático nicaragüense, se le considera el máximo representante del modernismo literario en lengua castellana, hasta el punto de llamársele padre del movimiento. Con la publicación de Azul (1988) empezó a recibir el reconocimiento literario que su talento merecía. Su obra supone una gran innovación dentro de las letras hispanas: el erótico, lo oculto, lo exótico; la intimidad que sufre por poder ser expresada, la lucha constante de la misma sujetividad. Todo ello ha influido sobremanera sobre generaciones posteriores de poetas, a lo largo de todo el siglo XX. Murió en León, Nicaragua, el 6 de febrero de 1916.
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Poemas - Rubén Darío
PRÓLOGO
En una mañana fría y húmeda llegué por primera vez al inmenso país de los Estados Unidos. Iba el steamer despacio, y la sirena aullaba roncamente por temor de un choque. Quedaba
atrás Fire Island con su erecto faro; estábamos frente a Sandy Hook, de donde nos salió al pa- so el barco de sanidad. El ladrante slang yanqui sonaba por todas partes, bajo el pabellón de bandas y estrellas. El viento frío, los pitos arromadizados, el humo de las chimeneas, el movimiento de las máquinas, las mismas ondas ventrudas de aquel mar estañado, el vapor que
caminaba rumbo a la gran bahía, todo decía: all right. Entre las brumas se divisaban islas y barcos. Long Island desarrollaba la inmensa cinta
de sus costas, y Staten Island, como en el marco de una viñeta, se presentaba en su hermosura,
tentando al lápiz, ya que no, por falta de sol, a la máquina fotográfica. Sobre cubierta se agru-pan los pasajeros: el comerciante de gruesa
panza, congestionado como un pavo, con en-corvadas narices israelitas; el clergyman hueso-
so, enfundado en su largo levitón negro, cubier- to con su ancho sombrero de fieltro, y en la mano una pequeña Biblia; la muchacha que usa gorra de jockey, y que durante toda la travesía ha cantado con voz fonográfica, al són de un banjo; el joven robusto, lampiño como un bebé, y que, aficionado al box, tiene los puños de tal modo, que bien pudiera desquijarrar un rinoce- ronte de un solo impulso... En los Narrows se
alcanza a ver la tierra pintoresca y florida, las fortalezas. Luego, levantando sobre su cabeza
la antorcha simbólica, queda a un lado la gigan- tesca Madona de la Libertad, que tiene por peana un islote. De mi alma brota entonces la salutación:
«A ti, prolífica, enorme, dominadora. A ti, Nuestra Señora de la Libertad. A ti, cuyas ma- mas de bronce alimentan un sinnúmero de al- mas y corazones. A ti, que te alzas solitaria y
magnífica sobre tu isla, levantando la divina antorcha. Yo te saludo al paso de mi steamer, prosternándome delante de tu majestad. ¡Ave:
Good morning! Yo sé, divino icono, ¡oh, magna estatua!, que tu solo nombre, el de la excelsa beldad que encarnas, ha hecho brotar estrellas sobre el mundo, a la manera del fiat del Señor.
Allí están entre todas, brillantes sobre las listas de la bandera, las que iluminan el vuelo del
águila de América, de esta tu América formi- dable, de ojos azules. Ave, Libertad, llena de fuerza; el Señor es contigo: bendita tú eres. Pe- ro, ¿sabes?, se te ha herido mucho por el mun- do, divinidad, manchando tu esplendor. Anda en la tierra otra que ha usurpado tu nombre, y
que, en vez de la antorcha, lleva la tea. Aquélla no es la Diana sagrada de las incomparables
flechas: es Hécate.»
Hecha mi salutación, mi vista contempla la ma- sa enorme que está al frente, aquella tierra co- ronada de torres, aquella región de donde casi
sentís que viene un soplo subyugador y terrible: Manhattan, la isla de hierro, Nueva York, la sanguínea, la ciclópea, la monstruosa, la tor-mentosa, la irresistible capital del cheque. Ro-
deada de islas menores, tiene cerca a Jersey; y agarrada a Brooklyn con la uña enorme del puente, Brooklyn, que tiene sobre el palpitante pecho de acero un ramillete de campanarios.
Se cree oír la voz de Nueva York, el eco de un vasto soliloquio de cifras. ¡Cuán distinta de la voz de París, cuando uno cree escucharla, al acercarse, halagadora como una canción de amor, de poesía y de juventud! Sobre el suelo de Manhattan parece que va a verse surgir
