El silencio y otros poemas
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Edgar Allan Poe
Escritor, poeta, crítico y periodista, Edgar Allan Poe (1809-1849) es universalmente reconocido como maestro del relato corto. Sobre todo se hizo famoso por sus cuentos fantásticos y de terror. Y también los tintes oscuros parecen teñir su biografía. Sus padres murieron cuando él era niño y fue criado por un matrimonio adinerado, Frances y John Allan, con quienes sin embargo rompió toda relación en su juventud. Tras un breve paso por el ejército, trabajó para algunos periódicos y fue uno de los primeros autores que intentó ganarse la vida con la escritura. Sus títulos más conocidos aparecieron muy pronto, a veces publicados por entregas: La caída de la casa Usher (1839), Los crímenes de Morgue (1841), El gato negro (1843), El corazón delator (1843), La carta robada (1844), El cuervo (1845)… A pesar del éxito y el reconocimiento actual, el autor apenas consiguió salir adelante y murió cuando contaba tan solo con cuarenta años de edad, sin que se haya aclarado nunca la causa exacta de su muerte.
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El silencio y otros poemas - Edgar Allan Poe
Edgar Allan Poe
EL SILENCIO
y otros poemas
Edición bilingüe
Ilustraciones de Kike de la Rubia y Nerea Pérez
Traducción de Antonio Rivero Taravillo
019ESPÍRITUS DE LOS MUERTOS
I
Tu alma se encontrará sola
entre los pensamientos sombríos de la lápida;
nadie, de entre la gente, espiará
en tu hora secreta.
II
Calla en esa soledad
que no es aislamiento, pues entonces
los espíritus de los muertos que vivieron
antes que tú de nuevo están
alrededor de ti en la muerte, y su poder
te eclipsará: estate quieto.
III
La noche, aunque clara, fruncirá
el ceño y las estrellas no mirarán abajo,
desde sus altos tronos en el cielo,
con luz como esperanza para los mortales,
pero sus orbes rojos, sin brillar,
parecerán a tu fatiga
un arder y una fiebre
que quisieran asirte para siempre.
IV
Ahora hay ideas que no desterrarás,
visiones que no se disiparán;
de tu espíritu nunca más se irán
cual gotas de rocío de la hierba.
V
La brisa, aliento de Dios, está en calma
y la niebla en la colina
sombría, sombría, no se va;
es una señal, un símbolo.
¡Cómo pende sobre los árboles,
misterio de misterios!
LUCERO DE LA TARDE
Fue a mediados de verano
y mitad de la noche:
los astros, en sus órbitas,
pálidos brillaban, a través
de la luz más fulgente de la luna,
en medio de planetas, sus esclavos,
alta en el cielo,
su luz sobre las olas.
Contemplé un rato
su fría sonrisa;
harto fría, harto fría para mí,
como un sudario pasó
una nube aborregada,
y me volví hacia ti,
orgulloso lucero de la tarde,
en tu gloria lejana,
y más precioso tu brillar será;
pues dicha para mi corazón
es el orgulloso papel
que representas en el cielo nocturno
y más admiro
tu fuego remoto
que esa luz más fría, inferior.
UN SUEÑO DENTRO DE OTRO SUEÑO
Ten un beso en la frente,
y, al alejarme de ti ahora,
déjame confesar solo esto:
no estás equivocada si piensas
que mis días han sido un sueño;
mas si la esperanza ha volado
en una noche, o en un día,
en una visión, o en ninguna,
¿acaso se ha ido menos?
Cuanto parecemos y vemos
solo es un sueño dentro de otro sueño.
Estoy de pie, en medio del rugido
de una orilla herida por las olas,
y mi mano contiene
granos de la dorada arena.
¡Qué pocos! ¡Cómo se deslizan
entre mis dedos a lo hondo,
mientras yo lloro, mientras lloro!
¡Oh, Dios! ¿No puedo salvar
uno tan solo de la inclemente ola?
¿Es cuanto parecemos y vemos
tan solo un sueño dentro de otro sueño?
EL LAGO
En mi tierna juventud fue mi sino
frecuentar un lugar
de todo el ancho mundo
que no pude por menos que querer,
tan encantadora era la soledad
de un lago agreste rodeado de rocas
negras, y de pinos dominándolo.
Mas cuando la noche tendía su velo
sobre ese lugar, igual que en todos,
y pasaba el místico viento
murmurando melodías,
entonces, oh, entonces despertaba
al terror del lago solitario.
Pero el terror no era miedo,
sino un trémulo goce, un sentimiento
que una mina de piedras preciosas
no me enseñaría o sobornaría
para definir. Ni el amor, aunque fuese el tuyo.
La muerte estaba en esas ponzoñosas
ondas, y en su seno una tumba en consonancia
para aquel que podía hallar solaz
allí para su sola fantasía,
cuya alma solitaria pudo hacer
un edén de aquel lago apagado.
A LA CIENCIA (SONETO)
¡Del Tiempo Viejo, Ciencia, eres la hija,
que todo lo transformas con tus ojos!
¿Por qué, buitre, le acosas al poeta
con alas de anodinas realidades?
¿Cómo te ha de amar, cómo llamarte
sabia si no dejas que vagando
en el cielo enjoyado halle tesoros,
por más que se elevó con ala impávida?
¿No has apeado a Diana de su carro,
y alejado a la dríade del bosque
a un refugio en más fausto lucero?
¿No apartaste a la náyade del río,
al elfo de la hierba verde, y de mí
el sueño estivo al pie de un tamarindo?
