En el desierto y la selva
Por Henryk Sienkiewicz y Autri Books
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En el desierto y la selva es una apasionante novela de aventuras que narra el extraordinario viaje de dos niños europeos, Stas y Nell, secuestrados en Egipto durante la revuelta mahdista y llevados a través de los parajes más inhóspitos de África. Sienkiewicz combina el rigor histórico con un inigualable sentido
Henryk Sienkiewicz
Henryk Sienkiewicz (1846-1916) fue un novelista y periodista polaco, reconocido como una de las figuras más influyentes de la literatura europea del siglo XIX y principios del XX. Su obra, caracterizada por un profundo humanismo, una extraordinaria capacidad narrativa y un estilo de gran fuerza épica, lo convirtió en un referente universal. En 1905 recibió el Premio Nobel de Literatura "por sus sobresalientes méritos como autor épico", consolidando así su prestigio en el canon mundial. Defensor apasionado de la identidad cultural polaca y cronista de la condición humana, Sienkiewicz dejó un legado literario que continúa inspirando a generaciones de lectores.
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En el desierto y la selva - Henryk Sienkiewicz
EN EL DESIERTO
Y LA SELVA
POR
HENRYK SIENKIEWICZ
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autribooks.com | support@autribooks.com
ISBN: 979-8-2954-1161-8
P22#yIS1PARTE I
I
—¿Sabes, Nell —dijo Stas Tarkowski a su amiga, una niña inglesa—, que ayer vino la policía y arrestó a la esposa de Smain, el capataz, y a sus tres hijos, a esa Fatma que varias veces fue a la oficina para ver a tu padre y al mío?
Y la pequeña Nell, que parecía una imagen primorosa, alzó hacia Stas sus ojos verdosos y preguntó con una mezcla de sorpresa y temor:
—¿Se la llevaron a prisión?
—No, pero no la dejarán marchar al Sudán, y ha llegado un funcionario que se encargará de que no dé un solo paso fuera de Port Said.
—¿Por qué?
Stas, que tenía catorce años y quería muchísimo a su compañera de ocho, aunque la miraba como a una simple niña, respondió con aire presuntuoso:
—Cuando tengas mi edad, sabrás todo lo que sucede, no solo a lo largo del Canal, desde Port Said hasta Suez, sino en todo Egipto. ¿Has oído hablar del Mahdi?
—He oído que es feo y malo.
El muchacho sonrió con compasión.
—No sé si es feo. Los sudaneses dicen que es apuesto. Pero la palabra malo
, aplicada a un hombre que ha asesinado a tanta gente, solo podría usarla una niña de ocho años, con vestidos que… oh… le llegan a las rodillas.
—Papá me lo dijo, y papá sabe más que nadie.
—Te lo dijo porque, de otro modo, no lo comprenderías. A mí no me hablaría así. El Mahdi es peor que un cardumen entero de cocodrilos. ¿Lo entiendes? Esa sí es una expresión adecuada para mí. Malo
… Así hablan a los bebés.
Pero al ver el semblante ensombrecido de la niña, guardó silencio; luego añadió:
—Nell, sabes que no quise disgustarte. Ya llegará el día en que cumplas catorce años. Eso sí te lo prometo.
—¡Ajá! —respondió ella con gesto inquieto—. Pero ¿y si antes de que llegue ese día el Mahdi irrumpiera en Port Said y me comiera?
—El Mahdi no es un caníbal, así que no se come a la gente. Solo los mata. No irrumpirá en Port Said, y aunque lo hiciera, y quisiera asesinarte, antes tendría que vérselas conmigo.
Esta declaración, acompañada del resoplido con que Stas aspiró el aire por la nariz, no presagiaba nada bueno para el Mahdi y tranquilizó bastante a Nell respecto de su propia persona.
—Lo sé —dijo ella—, no dejarías que me hiciera daño. Pero ¿por qué no permiten que Fatma salga de Port Said?
—Porque Fatma es prima del Mahdi. Su marido, Smain, ofreció al Gobierno egipcio, en El Cairo, ir al Sudán, donde se encuentra el Mahdi, y obtener la libertad de todos los europeos que han caído en sus manos.
—Entonces Smain es un hombre bueno?
—¡Espera! Tu papá y el mío, que conocían a Smain a fondo, no confiaban en él y advirtieron a Nubar Bajá que no debía fiarse. Pero el Gobierno decidió enviarlo, y Smain permaneció más de medio año con el Mahdi. Los prisioneros no solo no regresaron, sino que han llegado noticias desde Jartum de que los mahdistas los tratan cada vez con mayor crueldad, y de que Smain, después de recibir dinero del Gobierno, se volvió un traidor. Se unió al ejército del Mahdi y fue nombrado emir. La gente dice que, en aquella batalla terrible en la que cayó el general Hicks, Smain mandaba la artillería del Mahdi, y que probablemente enseñó a los mahdistas a manejar los cañones, cosa que antes, por su condición de pueblo salvaje, no sabían hacer. Pero ahora Smain quiere sacar de Egipto a su esposa y a sus hijos. Por eso, cuando Fatma —que evidentemente sabía de antemano lo que Smain iba a hacer— intentó salir secretamente de Port Said, el Gobierno la arrestó junto con los niños.
—¿Pero de qué le sirven al Gobierno Fatma y sus hijos?
—El Gobierno le dirá al Mahdi: Entréganos a los prisioneros y te devolveremos a Fatma
.
En ese momento la conversación se interrumpió porque la atención de Stas fue atraída por unas aves que volaban desde la dirección de Echtum om Farag hacia el lago Menzaleh. Volaban bastante bajo y, en la atmósfera diáfana, podían verse con claridad algunos pelícanos de nuca curvada, moviendo lentamente sus enormes alas. Stas empezó de inmediato a imitar su vuelo. Con la cabeza alzada corrió varios pasos por la orilla, agitando los brazos extendidos.
—¡Mira! —exclamó de pronto Nell—. También vuelan flamencos.
Stas se detuvo en el acto, pues, efectivamente, detrás de los pelícanos, aunque algo más altos, podían verse suspendidas en el cielo dos grandes flores rojas y púrpuras, por decirlo así.
—¡Flamencos, flamencos! Antes de anochecer regresan a sus refugios en las islitas —dijo el muchacho—. ¡Oh, si al menos tuviera un rifle!
—¿Para qué querrías dispararles?
—Las niñas no entienden esas cosas. Pero vamos más lejos; quizá veamos más.
Diciendo esto, tomó la mano de la niña y juntos se encaminaron hacia el primer muelle más allá de Port Said. Tras ellos iba de cerca Dinah, una negra que en otro tiempo había sido la niñera de la pequeña Nell. Caminaban por el dique que separaba las aguas del lago Menzaleh del Canal, por el cual en aquel momento avanzaba un gran vapor inglés bajo la guía de un práctico. Se acercaba la noche. El sol aún se alzaba bastante alto, pero rodaba ya en dirección al lago. Las aguas salobres de este comenzaban a relucir como oro y a palpitar con reflejos de plumas de pavo real. En la orilla arábiga, hasta donde alcanzaba la vista, se extendía un desierto arenoso, leonado, monótono, augural, sin vida. Mientras en el Canal bullía la actividad, las barcas iban y venían, resonaban los silbidos de los vapores, y sobre Menzaleh centelleaban al sol bandadas de gaviotas y patos salvajes, allá, en la orilla arábiga, parecía reinar la muerte. Solo cuando el sol, descendiendo, se tornó cada vez más rojo, las arenas empezaron a adquirir ese matiz de brezo que tienen los bosques polacos en otoño.
Los niños, que caminaban hacia el muelle, vieron algunos flamencos más, lo cual alegró sus ojos. Después de esto, Dinah anunció que Nell debía volver a casa. En Egipto, tras días que aun en invierno suelen ser abrasadores, siguen noches muy frías, y como la salud de Nell exigía grandes cuidados, su padre, el señor Rawlinson, no permitía que permaneciera cerca del agua después de la puesta del sol. Regresaron, pues, a la ciudad, en cuyos arrabales, junto al Canal, se alzaba la villa del señor Rawlinson, y para cuando el sol se hundió en el mar ya estaban en la casa. Poco después llegó el ingeniero Tarkowski, padre de Stas, invitado a cenar, y toda la compañía —junto con una dama francesa, la maestra de Nell, Madame Olivier— se sentó a la mesa.
El señor Rawlinson, uno de los directores de la Compañía del Canal de Suez, y Ladislao Tarkowski, ingeniero jefe de la misma, vivían desde hacía muchos años en lazos de la más estrecha intimidad. Ambos eran viudos, pero Pani Tarkowski, francesa de nacimiento, había muerto cuando Stas vino al mundo, mientras que la madre de Nell falleció de tisis en Helwan cuando la niña tenía tres años. Los dos viudos vivían en casas vecinas de Port Said y, debido a sus obligaciones, se encontraban a diario. Una desgracia común los unió aún más y fortaleció los lazos de amistad previamente formados. El señor Rawlinson quería a Stas como a un hijo propio, mientras que Pan Tarkowski se habría arrojado al fuego o al agua por la pequeña Nell. Tras concluir su trabajo diario, la recreación más grata para ambos consistía en hablar sobre los niños, su educación y su porvenir. En esas conversaciones ocurría con frecuencia que el señor Rawlinson elogiaba la inteligencia, la energía y la valentía de Stas, y Pan Tarkowski se entusiasmaba con la dulzura y el rostro angelical de Nell. Y ambos decían la verdad. Stas era algo presumido y algo jactancioso, pero aplicado en sus estudios, y los maestros de la escuela inglesa de Port Said que él frecuentaba le atribuían aptitudes extraordinarias. En cuanto al valor y la iniciativa, las había heredado de su padre, pues Pan Tarkowski poseía esas cualidades en grado eminente y debía a ellas, en buena parte, su posición actual.
En el año 1863 combatió durante once meses sin interrupción. Después, herido, hecho prisionero y condenado a Siberia, escapó del interior de Rusia y llegó a tierras extranjeras. Antes de entrar en la insurrección era ya un ingeniero diplomado; sin embargo, dedicó un año al estudio de la hidráulica. Más tarde obtuvo un puesto en el Canal y, en el curso de pocos años, cuando su pericia, energía y laboriosidad se hicieron conocidas, asumió el importante cargo de ingeniero jefe.
Stas nació, creció y cumplió su decimocuarto año en Port Said, a orillas del Canal; por ello los ingenieros lo llamaban el hijo del desierto. En una época posterior, cuando ya asistía a la escuela, acompañaba a veces, durante las vacaciones y días festivos, a su padre o al señor Rawlinson en los viajes que sus deberes les obligaban a realizar desde Port Said hasta Suez para inspeccionar los trabajos del dique o el dragado del canal. Conocía a todo el mundo: a los ingenieros y a los funcionarios de aduanas, así como a los obreros, árabes y negros. Se ocupaba en todo, se insinuaba por doquier, aparecía donde menos se le esperaba; hacía largas excursiones por el dique, remaba en bote por Menzaleh y, en ocasiones, se aventuraba lejos y muy lejos. Cruzaba hasta la orilla arábiga y, montando el primer caballo que encontraba, o, a falta de caballo, un camello o incluso un burro, imitaba a Farys en el desierto; en una palabra, como decía Pan Tarkowski, «siempre estaba surgiendo en algún lugar», y cada momento libre de sus estudios lo pasaba en el agua.
Su padre no se oponía a esto, pues sabía que el remo, la equitación y la vida constante al aire libre fortalecían su salud y desarrollaban en él la iniciativa. En efecto, Stas era más alto y más fuerte que la mayoría de los muchachos de su edad. Bastaba mirar sus ojos para suponer que, en caso de cualquier aventura, pecaría más por exceso de audacia que por temor. A los catorce años era uno de los mejores nadadores de Port Said, lo cual significaba mucho, pues los árabes y los negros nadan como peces. Disparando con carabinas de pequeño calibre y solo con cartuchos, a patos silvestres y a ocas egipcias, adquirió una puntería infalible y una mano firme. Su sueño era cazar algún día las grandes fieras del África central. Por eso escuchaba con avidez las narraciones de los sudaneses que trabajaban en el Canal y que, en su tierra natal, habían encontrado animales enormes, de piel gruesa y feroces.
Esto también tenía su ventaja, pues al mismo tiempo aprendía sus lenguas. No bastaba con excavar el Canal de Suez; era necesario además mantenerlo, pues de lo contrario las arenas del desierto, que se extendían a ambos lados, lo habrían colmado en un año. La gran obra de De Lesseps exige labor y vigilancia continuas. Así también hoy en día potentes máquinas, bajo la supervisión de ingenieros expertos, y miles de obreros trabajan dragando el canal. En la excavación del Canal trabajaron veinticinco mil hombres. Hoy día, gracias a la conclusión de las obras y a las nuevas y mejoradas máquinas, se requieren muchos menos. Sin embargo, el número sigue siendo considerable. Entre ellos predominan los nativos del lugar. No faltan, con todo, nubios, sudaneses, somalíes y diversos negros provenientes de los Nilos Blanco y Azul, es decir, de la región que, antes de la insurrección del Mahdi, estaba ocupada por el Gobierno egipcio. Stas vivía en íntimo trato con todos ellos y, teniendo, como suele ocurrir entre los polacos, una aptitud extraordinaria para las lenguas, llegó, sin saber él mismo cómo ni cuándo, a familiarizarse con muchos de sus dialectos. Nacido en Egipto, hablaba árabe como un árabe. De los nativos de Zanzíbar, muchos de los cuales trabajaban como fogoneros en las dragas de vapor, aprendió el kiswahili, lengua muy difundida por toda el África central. Podía incluso conversar con los negros de las tribus dinka y shilluk, que habitaban el Nilo debajo de Fashoda. Además de esto, hablaba con fluidez inglés, francés y también polaco, pues su padre, ardiente patriota, se preocupaba mucho de que su hijo conociera la lengua de sus antepasados. Stas, en realidad, consideraba esta lengua la más hermosa del mundo y la enseñaba, no sin algún éxito, a la pequeña Nell. Solo una cosa no lograba: que ella pronunciara su nombre Stas y no Stes
. A veces, por esta causa, surgía un malentendido entre ellos que duraba hasta que pequeñas lágrimas comenzaban a brillar en los ojos de la niña. Entonces Stes
le pedía perdón y se enfadaba consigo mismo.
Tenía, sin embargo, la molesta costumbre de hablar despectivamente de sus ocho años y de citar en contraste su propia edad y experiencia. Sostenía que un muchacho que está por cumplir los catorce, si no está plenamente maduro, al menos no es ya un simple niño, sino, por el contrario, capaz de realizar toda clase de hazañas, especialmente si lleva sangre polaca y francesa. Anhelaba ardientemente que alguna vez se presentara una ocasión para tales proezas, sobre todo en defensa de Nell. Ambos imaginaban diversos peligros y Stas se veía obligado a responder a sus preguntas acerca de lo que él haría si, por ejemplo, un cocodrilo de diez varas, o un escorpión del tamaño de un perro, se arrastrara por la ventana de su casa. A ninguno de los dos se le ocurrió por un momento que la realidad inminente superaría con creces todas sus fantásticas suposiciones.
II
En la casa, entretanto, durante la cena les aguardaban buenas noticias. Los señores Rawlinson y Tarkowski, como ingenieros expertos, habían sido invitados algunas semanas antes a examinar y tasar los trabajos realizados en toda la red de canales de la provincia de El-Fayûm, en las cercanías de la ciudad de Medinet, junto al lago Karûn, así como a lo largo del Yûsuf y del Nilo. Debían permanecer allí alrededor de un mes y habían obtenido licencia de su compañía. Como se acercaban las vacaciones de Navidad, ambos caballeros, no queriendo separarse de los niños, decidieron que Stas y Nell fueran también a Medinet. Al oír esta noticia, los niños casi saltaron de alegría. Ya habían visitado las ciudades situadas a lo largo del Canal, en particular Ismailia y Suez, y, fuera del Canal, Alejandría y El Cairo, cerca de las cuales habían contemplado las grandes pirámides y la Esfinge. Pero aquellos eran viajes breves, mientras que la expedición a Medinet el-Fayûm exigía una jornada entera de viaje por ferrocarril, hacia el sur siguiendo el Nilo y luego hacia el oeste desde El-Wasta en dirección al desierto libio. Stas conocía Medinet por los relatos de ingenieros jóvenes y turistas que iban allí a cazar diversas especies de aves acuáticas, así como lobos del desierto e hienas. Sabía que se trataba de un gran oasis aislado, situado en la orilla occidental del Nilo pero no dependiente de sus inundaciones, y cuyo sistema de aguas estaba formado por el lago Karûn a través del Bahr Yûsuf y de una cadena de pequeños canales. Quienes habían visto aquel oasis decían que, aunque pertenecía a Egipto, al hallarse separado de él por un desierto formaba un todo aparte. Solo el río Yûsuf lo unía, por decirlo así con un delgado hilo azul, al valle del Nilo. La gran abundancia de agua, la fertilidad del suelo y la vegetación exuberante lo convertían en un paraíso terrenal, mientras que las extensas ruinas de la ciudad de Crocodilópolis atraían allí a centenares de curiosos. Pero a Stas le atraían sobre todo las orillas del lago Karûn, con sus enjambres de aves, y las cacerías de lobos en las colinas desérticas de Gebel el-Sedment.
Pero sus vacaciones comenzaban algunos días después y, como la inspección de los trabajos en los canales era una cuestión urgente y los caballeros no podían perder tiempo, se dispuso que partieran sin demora, mientras que los niños, con Madame Olivier, saldrían una semana más tarde. Nell y Stas deseaban marcharse de inmediato, pero Stas no se atrevió a pedirlo. En cambio, empezaron a formular preguntas sobre diversos pormenores del viaje y recibieron con nuevos arrebatos de júbilo la noticia de que no vivirían en incómodos hoteles regentados por griegos, sino en tiendas suministradas por la Agencia de Viajes Cook. Esta es la disposición habitual de los turistas que salen de El Cairo para largas estancias en Medinet. Cook proporciona tiendas, sirvientes, cocineros, provisiones, caballos, burros, camellos y guías; de modo que el viajero no tiene que preocuparse por nada. En verdad, este es un modo de viajar bastante costoso; pero los señores Tarkowski y Rawlinson no tenían que tomarlo en cuenta, pues todos los gastos corrían a cargo del Gobierno egipcio, que los invitaba como expertos para inspeccionar y tasar los trabajos en los canales. Nell, que por encima de todo en el mundo adoraba montar en camello, obtuvo de su padre la promesa de que tendría un «caballo de silla jorobado» exclusivo, sobre el cual podría, junto con Madame Olivier o Dinah, y a veces con Stas, participar en las excursiones a los parajes cercanos del desierto y a Karûn. Pan Tarkowski prometió a Stas que le permitiría salir algunas noches en busca de lobos, y que si llevaba un buen informe de la escuela recibiría un auténtico rifle corto inglés y el equipo necesario de cazador. Como Stas estaba convencido de que tendría éxito, enseguida empezó a considerarse dueño de un rifle corto y se prometió realizar con él diversas hazañas asombrosas e imperecederas.
Entre tales proyectos y conversaciones transcurrió la cena para los niños, rebosantes de felicidad. Pero Madame Olivier mostró algo menos de entusiasmo por el viaje proyectado, pues le desagradaba dejar la confortable villa de Port Said y la horrorizaba la idea de vivir varias semanas en una tienda, y particularmente el plan de excursiones en camello. Ocurrió que ya había probado ese modo de montar varias veces y esos intentos habían terminado mal. Una vez, el camello se levantó demasiado pronto, antes de que ella estuviera bien sentada, y como resultado rodó desde su lomo hasta el suelo. Otra vez, el dromedario —que no pertenecía precisamente a la variedad más ligera— la sacudió de tal modo que pasaron dos días antes de que se repusiera; en una palabra, aunque Nell, después de dos o tres paseos de placer que su padre le permitió hacer, declaraba que no había nada más delicioso en el mundo, para Madame Olivier solo quedaban recuerdos dolorosos. Decía que aquello estaba bien para los árabes o para una chiquilla como Nell, a la que no podía sacudir ni siquiera una mosca posada en la joroba de un camello, pero no para personas dignas, no demasiado ligeras y con una marcada tendencia al mareo más insoportable.
Pero en lo referente a Medinet el-Fayûm tenía otros temores. En Port Said, así como en Alejandría, El Cairo y en todo Egipto, nada era objeto de discusión más frecuente que la insurrección del Mahdi y las crueldades de los derviches. Madame Olivier, que no sabía exactamente dónde se encontraba Medinet, se alarmó pensando si no estaría demasiado cerca de los mahdistas y finalmente comenzó a interrogar al señor Rawlinson al respecto.
Pero él solo sonrió y dijo:
—En este momento el Mahdi está sitiando Jartum, donde el general Gordon se defiende. ¿Sabe Madame a qué distancia está Medinet de Jartum?
—No tengo idea.
—Más o menos como de aquí a Sicilia —explicó Pan Tarkowski.
—Exactamente —corroboró Stas—. Jartum está donde el Nilo Blanco y el Azul se unen y forman un solo río. Nos separan de él la inmensa extensión de Egipto y toda Nubia.
Después quiso añadir que, aun si Medinet estuviera más cerca de las regiones invadidas por los insurgentes, él, por supuesto, estaría allí con su rifle corto; pero, al recordar que por fanfarronadas semejantes a veces recibía una severa reprimenda de su padre, guardó silencio.
Los mayores, sin embargo, comenzaron a hablar del Mahdi y de la insurrección, pues era el asunto más importante que afectaba a Egipto. Las noticias de Jartum eran malas. Las hordas salvajes llevaban ya mes y medio sitiando la ciudad y los gobiernos egipcio e inglés obraban con lentitud. La expedición de socorro apenas había partido y se temía en general que, a pesar de la fama, la valentía y la capacidad de Gordon, aquella ciudad cayera en manos de los bárbaros. Esta era también la opinión de Pan Tarkowski, quien sospechaba que Inglaterra, en el fondo, deseaba que el Mahdi se la arrebatara a Egipto para arrebatársela luego a él y hacer de aquella vasta región una posesión inglesa. No compartía, sin embargo, tal sospecha con el señor Rawlinson para no herir sus sentimientos patrióticos.
Hacia el final de la cena, Stas comenzó a preguntar por qué el Gobierno egipcio había anexado todo el país situado al sur de Nubia, particularmente Kordofán, Darfur y el Sudán hasta el lago Alberto Nyanza, privando allí de su libertad a los nativos. El señor Rawlinson explicó que todo lo que hacía el Gobierno egipcio lo hacía a petición de Inglaterra, que extendía un protectorado sobre Egipto y en realidad la gobernaba, según Egipto mismo deseaba.
—El Gobierno egipcio no privó a nadie de su libertad —dijo—, sino que la devolvió a cientos de miles y quizá a millones de personas. En Kordofán, en Darfur y en el Sudán no existían en los últimos años Estados independientes. Solo aquí y allá algún caudillo se arrogaba derechos sobre ciertas tierras y se apoderaba de ellas por la fuerza, contra la voluntad de sus habitantes. Estaban habitadas principalmente por tribus árabe-negras independientes, es decir, por gentes con sangre de ambas razas. Estas tribus vivían en un estado de guerra incesante. Se atacaban unas a otras y se apoderaban de caballos, camellos, ganado y, sobre todo, de esclavos; y cometían además innumerables atrocidades. Pero los peores eran los cazadores de esclavos y marfil. Constituían una clase aparte, a la que pertenecían casi todos los jefes de tribus y los comerciantes más ricos. Hacían expediciones armadas al interior de África, se apropiaban en todas partes de los colmillos de marfil y se llevaban a miles de personas: hombres, mujeres y niños. Además destruían aldeas y poblados, devastaban los campos, vertían torrentes de sangre y degollaban sin piedad a cuantos se resistían. En la parte meridional del Sudán, Darfur y Kordofán, así como en la región más allá del Alto Nilo hasta el lago, despoblaron por completo algunos lugares. Pero las bandas árabes se internaban cada vez más, de modo que el África central se convirtió en una tierra de lágrimas y sangre. Ahora bien, Inglaterra —que, como sabéis, persigue a los tratantes de esclavos por todo el mundo— consintió en que el Gobierno egipcio anexara Kordofán, Darfur y el Sudán. Este era el único medio de obligar a aquellos saqueadores a abandonar su abominable negocio y la única manera de mantenerlos a raya. Los desgraciados negros respiraron con mayor libertad; cesaron las depredaciones y la gente comenzó a vivir bajo leyes tolerables. Pero tal estado de cosas no complació a los comerciantes, de modo que, cuando Mohammed Ahmed, conocido hoy como el Mahdi
, apareció entre ellos y proclamó la guerra santa con el pretexto de que la verdadera fe de Mahoma perecía, todos se alzaron como un solo hombre en armas; y así se encendió esa terrible guerra en la que, hasta ahora, los egipcios tan mal han salido librados. El Mahdi ha derrotado a las fuerzas del Gobierno en todas las batallas. Ha ocupado Kordofán, Darfur y el Sudán; sus hordas en este momento están sitiando Jartum y avanzando hacia el norte hasta las fronteras de Nubia.
—¿Pueden avanzar hasta Egipto? —preguntó Stas.
—No —respondió el señor Rawlinson—. El Mahdi anuncia, ciertamente, que conquistará el mundo entero, pero es un hombre salvaje que no tiene noción de nada. Jamás tomará Egipto, pues Inglaterra no lo permitiría.
—¿Y si las tropas egipcias fueran completamente derrotadas?
—Entonces aparecerían los ejércitos ingleses, a los que nadie ha vencido jamás.
—¿Y por qué permitió Inglaterra que el Mahdi ocupara tanto territorio?
—¿Cómo sabes que se lo ha permitido? —replicó el señor Rawlinson—.
Inglaterra nunca tiene prisa porque es eterna.
La conversación se interrumpió por la llegada de un criado negro, que anunció que Fatma Smain había venido y suplicaba ser recibida.
Las mujeres en Oriente se ocupan exclusivamente de las tareas domésticas y rara vez salen del harén. Solo las más pobres van al mercado o trabajan en los campos, como las esposas de los fellahs, los campesinos egipcios; pero estas, cuando lo hacen, velan su rostro. Aunque en el Sudán —de donde procedía Fatma— tal costumbre no se observaba, y aunque ella había acudido antes a la oficina del señor Rawlinson, su llegada, especialmente a tan tardía hora y a una casa particular, causó sorpresa.
—Sabremos algo nuevo sobre Smain —dijo Pan Tarkowski.
—Sí —respondió el señor Rawlinson, haciendo al mismo tiempo una seña al criado para que introdujera a Fatma.
Al poco rato entró una mujer sudanesa alta y joven, con el rostro enteramente descubierto, de tez muy oscura y ojos hermosos, aunque salvajes y un poco ominosos. Al entrar se postró de inmediato, y cuando el señor Rawlinson le ordenó que se levantara, se incorporó, pero quedó de rodillas.
—Sidi —dijo—, ¡que Alá te bendiga a ti, a tu posteridad, a tu casa y a tus rebaños!
—¿Qué deseas? —preguntó el ingeniero.
—¡Piedad, ayuda y socorro en la desdicha, oh, señor! Estoy presa en Port Said y la destrucción pesa sobre mí y sobre mis hijos.
—Dices que estás presa, y sin embargo puedes venir aquí, y de noche además.
—He sido escoltada por la policía, que vigila mi casa día y noche, y sé que tienen orden de cortarnos la cabeza muy pronto.
—Habla como una mujer razonable —respondió el señor Rawlinson, encogiéndose de hombros—. No estás en el Sudán, sino en Egipto, donde nadie es ejecutado sin juicio. Así que puedes estar segura de que no caerá ni un cabello de tu cabeza ni de la de tus hijos.
Pero ella comenzó a rogarle que intercediera por ella una vez más ante el Gobierno, para obtener permiso de ir con Smain.
—Los ingleses tan grandes como vos, señor —dijo—, pueden hacerlo todo. El Gobierno de El Cairo cree que Smain es un traidor, pero eso es falso. Ayer me visitaron mercaderes árabes que llegaron de Suákin, y antes habían comprado goma e marfil en el Sudán, y me informaron que Smain yace enfermo en El-Fasher y nos llama a mí y a los niños para bendecirnos…
—Todo eso es invento tuyo, Fatma —interrumpió el señor Rawlinson.
Pero ella empezó a jurar por Alá que decía la verdad y añadió que, si Smain sanaba, sin duda rescataría a todos los cautivos cristianos; y si muriera, ella, como pariente del jefe de los derviches, podía acceder a él fácilmente y lograr lo que deseara. Que solo la dejaran partir, pues el corazón se le salía del pecho de añoranza por su esposo. ¿En qué había ofendido ella, mujer desdichada, al Gobierno o al Jedive? ¿Era culpa suya, o podía responsabilizársela, por ser pariente del derviche Mohammed Ahmed?
Fatma no se atrevía, ante los ingleses
, a llamar a su pariente el Mahdi
, pues eso significaba el Redentor del mundo. Sabía que el Gobierno egipcio lo consideraba un rebelde y un impostor. Pero, golpeándose sin cesar la frente e invocando al cielo como testigo de su inocencia y de su infortunio, comenzó a llorar y a la vez a lamentarse como las mujeres de Oriente cuando pierden al esposo o al hijo. Luego volvió a postrarse, con el rostro contra el suelo, o más bien contra la alfombra que cubría el piso incrustado, y esperó en silencio.
Nell, que hacia el final de la cena se sentía algo soñolienta, se espabiló por completo y, teniendo un corazoncito recto, agarró la mano de su padre y, besándola una y otra vez, comenzó a rogar por Fatma.
—¡Que papá la ayude! ¡Por favor, papá!
Fatma, que evidentemente entendía el inglés, exclamó entre sollozos, sin levantar el rostro de la alfombra:
—¡Que Alá te bendiga, ave del paraíso, con los goces de Omayya, oh estrella sin mancha!
Aunque Stas, en su alma, fuese implacable con los mahdistas, las súplicas y la aflicción de Fatma lo conmovieron. Además, Nell intercedía por ella, y él acababa siempre queriendo lo que Nell deseaba. Así que, después de un instante, habló como para sí, pero de modo que todos lo oyeran:
—Si yo fuera el Gobierno, permitiría que Fatma se marchara.
—Pero como no eres el Gobierno —le dijo Pan Tarkowski—, será mejor que no te entrometas en lo que no te concierne.
El señor Rawlinson también tenía un alma compasiva y comprendía la situación de Fatma; pero ciertas afirmaciones que ella había hecho le parecieron francas falsedades. Como tenía relaciones casi diarias con la aduana de Ismailia, sabía bien que últimamente no se transportaban por el Canal nuevos cargamentos de goma ni de marfil. El tráfico de esas mercancías había cesado casi por completo. Además, los comerciantes árabes no podían regresar de la ciudad de El-Fasher, situada en el Sudán, pues los mahdistas, por regla general, impedían a los comerciantes entrar en sus territorios, y a los que capturaban los despojaban y los retenían cautivos. Y era casi seguro que la afirmación sobre la enfermedad de Smain era falsa.
Pero como los ojitos de Nell seguían mirándolo suplicantes, él, sin querer entristecer a la niña, al cabo de un rato dijo a Fatma:
—Fatma, ya he escrito a petición tuya al Gobierno, pero sin resultado. Y ahora escucha. Mañana, con este mehendis (ingeniero) que ves aquí, parto hacia Medinet el-Fayûm; de camino nos detendremos un día en El Cairo, porque el Jedive desea conferenciar con nosotros acerca de los canales que derivan del Bahr Yûsuf y encargarnos ciertos trabajos. Durante esa conferencia me ocuparé de presentar tu caso e intentar conseguir para ti su favor. Pero no puedo hacer más, ni prometo más.
Fatma se levantó y, extendiendo ambas manos en señal de gratitud, exclamó:
—Y así estoy a salvo.
—No, Fatma —respondió el señor Rawlinson—, no hables de salvación, pues ya te dije que ni tú ni tus hijos estáis amenazados de muerte. Pero que el Jedive consienta en tu partida, eso no lo garantizo, porque Smain no está enfermo, sino que es un traidor que, después de recibir dinero del Gobierno, no piensa en absoluto en rescatar a los cautivos de manos de Mohammed Ahmed.
—Smain es inocente, señor, y yace en El-Fasher —repitió Fatma—, pero aun si hubiese faltado a su palabra con el Gobierno, juro ante vos, mi bienhechor, que si se me permite partir suplicaré a Mohammed Ahmed hasta obtener la liberación de vuestros cautivos.
—Muy bien. Te prometo una vez más que intercederé por ti ante el Jedive.
Fatma volvió a postrarse.
—¡Gracias, Sidi! No solo eres poderoso, sino justo. Y ahora te suplico que me permitas servirte como esclava.
—En Egipto nadie puede ser esclavo —respondió el señor Rawlinson con una sonrisa—. Tengo suficientes sirvientes y no puedo hacer uso de tus servicios; porque, como te dije, todos partimos hacia Medinet y quizá permanezcamos allí hasta el Ramadán.
—Lo sé, señor, pues el capataz Chadigi me habló de ello. Cuando lo oí, vine no solo para implorar tu ayuda, sino también para decirte que dos hombres de mi tribu dongolesa, Idris y Gebhr, son camelleros en Medinet y se postrarán ante ti cuando llegues, sometiéndose a tus órdenes con ellos mismos y sus camellos.
—Bien, bien —respondió el director—, pero ese es asunto de la Agencia Cook, no mío.
Fatma, después de besar las manos de los dos ingenieros y de los niños, se retiró bendiciendo especialmente a Nell. Ambos caballeros permanecieron un momento en silencio, tras lo cual el señor Rawlinson dijo:
—¡Pobre mujer! Pero miente como solo en Oriente saben mentir, y aun en su declaración de gratitud se oye un tono falso.
—Sin duda —respondió Pan Tarkowski—; pero, a decir verdad, haya traicionado Smain o no, el Gobierno no tiene derecho a detenerla en Egipto, pues no puede responsabilizársela por los actos de su marido.
—El Gobierno no permite ahora a ningún sudanés partir hacia Suákin o Nubia sin un permiso especial; así que la prohibición no afecta solo a Fatma. Hay muchos en Egipto, porque vienen aquí para ganarse la vida. Entre ellos se hallan algunos que pertenecen a la tribu dongolesa; esa misma de donde procede el Mahdi. Están, por ejemplo, además de Fatma, Chadigi y esos dos camelleros en Medinet. Los mahdistas llaman turcos
a los egipcios y están en guerra con ellos, pero entre los árabes locales se encuentra un buen número de partidarios del Mahdi, que se unirían a él de buen grado. Debemos contar entre ellos a todos los fanáticos, a los partidarios de Arabi Pachá y a muchos de las clases más pobres. Le reprochan al Gobierno haberse entregado por completo a la influencia inglesa y afirman que la religión sufre por ello. Dios sabe cuántos han huido ya a través del desierto, evitando la ruta marítima habitual hacia Suákin. Así que el Gobierno, al enterarse de que Fatma también quería escapar, ordenó ponerla bajo vigilancia. Pues solo por ella y sus hijos, como parientes del propio Mahdi, puede efectuarse un intercambio de los cautivos.
—¿Realmente las clases bajas de Egipto favorecen al Mahdi?
—El Mahdi tiene seguidores incluso en el ejército, que quizá por ello combate tan mal.
—Pero ¿cómo pueden los sudaneses huir a través del desierto? Si hay mil millas.
—No obstante, por esa ruta se traían esclavos a Egipto.
—Imagino que los hijos de Fatma no resistirían tal viaje.
—Por eso quiere acortarlo y viajar por mar hasta Suákin.
—En cualquier caso, es una pobre mujer.
Con esto concluyó la conversación.
Doce horas después, la pobre mujer
, tras haberse encerrado cuidadosamente en su casa con el hijo del capataz Chadigi, le susurró con el ceño fruncido y una dura mirada de sus bellos ojos:
—Chamis, hijo de Chadigi, aquí
