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Las aventuras de don Tomás
Las aventuras de don Tomás
Las aventuras de don Tomás
Libro electrónico50 páginas29 minutos

Las aventuras de don Tomás

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En “Las aventuras de Don Tomás”, Ricardo del Barco construye con ironía y elegancia el retrato de un intelectual que observa, con mirada lúcida y nostálgica, los cambios de la sociedad contemporánea. El profesor Tomás del Carril, protagonista de estas crónicas, recorre aulas, cafés y tertulias, donde el saber parece desvanecerse entre pantallas, burocracias y olvidos.
Con estilo preciso y humor sutil, del Barco convierte cada episodio en una reflexión sobre la cultura, la educación y la vejez. Don Tomás, entre la crítica y la ternura, nos recuerda que la verdadera modernidad no consiste en olvidar el pasado, sino en aprender de él.
Una obra breve y profunda, que combina la observación costumbrista con la sensibilidad filosófica, y deja en el lector una sonrisa pensativa: la del que aún confía en la inteligencia y la memoria como formas de resistencia.
IdiomaEspañol
EditorialTinta Violeta
Fecha de lanzamiento6 nov 2025
ISBN9789874114853
Las aventuras de don Tomás

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    Las aventuras de don Tomás - Ricardo del Barco

    Don Tomás inicia sus investigaciones

    Don Tomás es un abogado que sigue ejerciendo su profesión y, además, es profesor universitario jubilado, con una intensa actividad docente y de investigación. Su edad es indefinida: guarda un respetuoso secreto de sumario cuando le preguntan. Si alguien le consulta cuántos años tiene, responde sonriente: Casi un siglo, pero bien llevado. Su curiosidad no tiene límites; en los momentos en los que está desocupado, aborda nuevos temas de investigación.

    Ahora Don Tomás está muy interesado en la cuestión del edadismo. Por definición, se trata de la discriminación por edad o, dicho más vulgarmente, del descarte por viejo. Se le ocurrió que lo mejor sería realizar lo que en sociología se llama observación participante: sumergirse en situaciones y/o lugares para constatar qué pasa con los viejos. De inmediato se acondicionó como tal: con unos zapatos al borde de la jubilación, anteojos sin aumento —que acentuarían su fisonomía de minusválido—, gorra muy usada, un traje que denotaba estar al borde de su deceso, bastón que no necesitaba pero que aumentaba su fisonomía de vejez; todo ello coronado por un portafolio muy ajado.

    Su itinerario marcó como primera parada el ANSES.

    Don Tomás ingresa al ANSES

    Ingresó a la oficina de ANSES, sobreactuando su condición de viejo jubilado. Se sentó en una de las sillas de plástico que adornaban el amplio y poblado vestíbulo del organismo. La primera sorpresa que tuvo fue la ausencia de ancianos: el universo estaba compuesto por jóvenes robustas —muchas de ellas embarazadas— y jóvenes varones de aspecto vigoroso que, exhibiendo su condición de reproductores, daban la mano a sus pequeños vástagos, quienes hacían oír sus berrinches a pulmón batiente.

    Don Tomás inició conversación con uno de ellos con una pregunta malintencionada:

    —¿Usted es jubilado o pensionado?

    —Vengo a cobrar la Asignación Universal. Tengo a mi pareja embarazada, y estos dos que tengo aquí son míos. ¡Qué fatigado este trámite todos los meses, es muy cansador, abuelo!

    Tomás reaccionó al instante:

    —Abuelo suyo no soy, y le ruego que no invoque un parentesco que no tenemos.

    —¡Uf, qué viejo molesto! —le comentó el aludido a su pareja procreante, lo cual enfureció a Tomás.

    —Viejo no es mi nombre; solo le agradezco que no le haya agregado el apellido de mierda, que suele acompañarlo.

    En ese momento, una empleada que estaba concentrada en su teléfono, al oír el bochinche, levantó la mirada y, sacudiendo su melena de azul cielo, llamó:

    —¡Número 453! ¡Abuelo Tomás, a barandilla!

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