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Chile y la Guerra Fría global
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Libro electrónico589 páginas7 horas

Chile y la Guerra Fría global

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¿Cuán conectadas están la historia política de Chile y la Guerra Fría global? ¿Qué grado de influencia tienen los procesos mundiales en los hechos que han marcado la historia nacional? ¿Podemos entender lo que ha pasado en Chile como un hecho aislado o simplemente una consecuencia propia de una interconectividad mundial?

El libro nos presenta once investigaciones que reflejan los actuales enfoques historiográficos acerca de la dimensión internacional de la historia contemporánea de Chile y proyectan la vitalidad de los estudios sobre los intrincados nexos entre la trayectoria reciente del país y la Guerra Fría.

También, será posible conocer en la publicación los fenómenos y acontecimientos más relevantes y significativos que han sucedido en Chile, lo que permitirá abrir nuevas perspectivas para futuras investigaciones. Es así como el lector podrá acercarse a ensayos destinados a analizar el comunismo chileno tras el golpe militar, la influencia del movimiento solidario sueco en nuestro país, la revolución cubana y la nueva izquierda revolucionaria, la campaña el terror en las elecciones presidenciales del 1964, entre otros temas.
IdiomaEspañol
EditorialRIL Editores
Fecha de lanzamiento1 oct 2024
ISBN9789560101068
Chile y la Guerra Fría global
Autor

Tanya Harmer

Tanya Harmer, associate professor of international history at the London School of Economics and Political Science, is the author of Allende’s Chile and the Inter-American Cold War.

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    Vista previa del libro

    Chile y la Guerra Fría global - Tanya Harmer

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    Sobre los compiladores

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    Tanya Harmer: Licenciada en Historia y Política Internacional por la Universidad de Leeds, es doctora en Historia Internacional por el London School of Economics (LSE). Desde 2009 es profesora de Historia Internacional en el LSE, y ha sido profesora visitante en la Universidad de Columbia de Nueva York y en la Pontificia Universidad Católica de Chile. Es autora del libro Allende’s Chile and the Inter-American Cold War (2011) por el cual recibió en 2013 el Latin American Studies Association Luciano Tomassini International Relations Book Award y que fue publicado en español como El Gobierno de Allende y la Guerra Fría interamericana (2013).

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    Alfredo Riquelme Segovia:

    Doctor en Historia por la Universitat de València. Es profesor del Instituto de Historia de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Ha sido profesor visitante en la Universidad Paris-I Panthéon-Sorbonne, la Universidad de Génova y la Universidad de los Andes en Bogotá. Entre sus publicaciones recientes, se destacan los libros Rojo atardecer. El comunismo chileno entre dictadura y democracia (2009) y Ampliando miradas. Chile y su historia en un tiempo global (2009, coeditor). Es también coeditor de Chile en los archivos soviéticos 1922-1991, obra de la que se han publicado ya los dos primeros tomos (2005 y 2009) y se publicará un tercer tomo en 2014.

    Tanya Harmer

    Alfredo Riquelme Segovia

    (Editores)

    Chile

    y la Guerra Fría global

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    Chile y la Guerra Fría Global

    Primera edición: julio de 2014

    © Tanya Harmer y Alfredo Riquelme, 2014

    Registro de Propiedad Intelectual

    Nº 242.406

    © RIL® editores, 2014

    Los Leones 2258

    cp 7511055 Providencia

    Santiago de Chile

    Tel. Fax. (56-2) 22238100

    ril@rileditores.com • www.rileditores.com

    Composición e impresión: RIL® editores

    Dirección de arte: Marcelo Uribe Lamour

    ePub hecho en Chile • ePub made in Chile

    ISBN 978-956-01-0106-8

    Derechos reservados.

    Presentación

    Tanya Harmer y Alfredo Riquelme Segovia

    La publicación de este libro es la culminación de un proceso iniciado en el seminario internacional «Chile y la Guerra Fría. Más allá de Washington y Moscú», que se llevó a cabo el 23 de abril de 2009 en Santiago de Chile. Coorganizado por LSE-IDEAS, el centro para el estudio de los asuntos internacionales, diplomáticos y estratégicos de The London School of Economics and Political Science (LSE), junto al Instituto de Historia de la Pontificia Universidad Católica de Chile (PUC), su realización fue posible gracias a un LSE Abbey/ Grupo Santander Research Grant.

    El propósito del seminario internacional, coordinado por Tanya Harmer (LSE) y Alfredo Riquelme Segovia (PUC), fue compartir los avances en la investigación acerca de diversos aspectos de la relación de Chile con la Guerra Fría global y reunir a historiadores de diferentes generaciones y procedencias que los estaban estudiando, para discutir sus hallazgos e interpretaciones. Los participantes fueron animados a reflexionar sobre los debates involucrados en el estudio de la Guerra Fría, a identificar sus principales características y protagonistas, así como a examinar la forma en que este conflicto global ha sido conceptualizado en Chile y en el exterior. Particularmente, quisimos discutir cómo los acontecimientos en este país interactuaron con el desarrollo mundial y regional de la Guerra Fría. Las respuestas que recibimos en las ponencias presentadas al seminario y en las enriquecedoras discusiones que ahí comenzaron y que continuaron durante los años posteriores entre los autores y los editores de este libro, pueden ser leídas en los capítulos siguientes.

    Los once trabajos reunidos en este volumen, de historiadores de siete nacionalidades y cinco lenguas maternas diferentes, reflejan los actuales enfoques historiográficos acerca de la dimensión internacional de la historia contemporánea de Chile y muestran la vitalidad de los estudios sobre los intrincados nexos entre la trayectoria reciente de este país y la Guerra Fría. Asimismo, aclaran fenómenos y acontecimientos relevantes o significativos, a la vez que abren nuevas perspectivas para futuras investigaciones.

    Esperamos que los lectores aprecien los estudios incluidos en este volumen y que su publicación contribuya a provocar más intercambio de ideas y cooperación internacional, con el fin de avanzar en el propósito que compartimos de comprender mejor el mundo actual y cómo la historia lo ha ido configurando.

    Como editores del volumen, expresamos nuestro agradecimiento por la dedicación y paciencia de los demás autores de los capítulos de este libro, que ahora publicamos gracias al interés del Instituto de Historia de la PUC y de RIL Editores, a quienes también damos las gracias. La gratitud se extiende a nuestra colega Bárbara Silva Avaria, quien leyó la última versión de cada uno de los capítulos y sugirió enmiendas imprescindibles. Asimismo, agradecemos a Marisol Vidal por el siempre eficaz apoyo de secretaría que brindó a nuestro largo trabajo de edición.

    La Guerra Fría en Chile: los intrincados

    nexos entre lo nacional y lo global

    Alfredo Riquelme Segovia¹

    La importación de la Guerra Fría

    En 1952, el parlamentario conservador tradicionalista Héctor Rodríguez de la Sotta, publicó en la Editorial Jurídica de Chile, un libro titulado O capitalismo o comunismo. O vivir como en Estados Unidos o vivir como en Rusia². En este, afirmaba que «el mundo de nuestros días atraviesa una de las más grandes encrucijadas de su historia», un «dilema ineludible» frente al cual «no hay ni puede haber término medio»³. El texto se orientaba principalmente en contra del socialcristianismo, así como de todos a quienes denominaba «soldados del tercer frente» y de sus «sutilezas comunizantes», declarando que «ya no es tiempo de seguir discutiendo teorías o posibles nuevos regímenes que nos salven del dilema», y concluyendo: «La lucha ya está empeñada, los dados fueron tirados. Sólo dos fuerzas están frente a frente: la presidida por Estados Unidos y la presidida por Rusia»⁴.

    Cinco años antes, en 1947, un Presidente de la República radical, laico y progresista, como Gabriel González Videla, había roto la coalición de centroizquierda que en 1946 lo había conducido a la jefatura del Estado y a los comunistas al gabinete ministerial, argumentando la necesidad de defender la democracia y la nación de la ofensiva del comunismo. Con los mismos argumentos —que presentaban a los comunistas chilenos como agentes de la Unión Soviética (URSS) y a Chile inmerso en un nuevo tipo de guerra mundial—, haría aprobar en 1948 la Ley de Defensa Permanente de la Democracia —más conocida como Ley Maldita—, en virtud de la cual no solo el Partido Comunista (PC) fue ilegalizado, sino que más de 26.000 ciudadanos sindicados como sus seguidores fueron borrados de los registros electorales⁵.

    Para González Videla, había que convencerse «de que el mundo es escenario de una nueva guerra, una guerra invisible, guerra fría; pero guerra al fin»⁶, y de que —en ese contexto global— el comunismo chileno se había convertido en «un ejército enemigo invisible, que atentaba contra la vida económica del país y del propio pueblo chileno»⁷.

    La coincidencia entre políticos chilenos de extrema derecha y de centroizquierda en la convicción de que el mundo enfrentaba un conflicto de carácter total —derivado de lo que se percibía como la expansión maligna del comunismo en el mundo—, muestra la extensión de aquella creencia a través de un amplio espectro de actores y culturas políticas de la época, convencidos asimismo de que esa confrontación global determinaba o configuraba las propias dinámicas políticas nacionales⁸.

    Esa invocación a la Guerra Fría fue rechazada, en Chile como en el mundo, por los comunistas. Aunque estos compartían a su modo la existencia de un conflicto global que enfrentaba a dos campos antagónicos, negaban el carácter bélico que el campo imperialista —encabezado por Estados Unidos (EE.UU.)— le intentaba imprimir a la confrontación con el campo progresista liderado por la Unión Soviética.

    Los comunistas negaban, igualmente, la imputación de ser un partido del extranjero y destacaban su arraigo nacional, atribuyéndole a sus adversarios la calidad de agentes del exterior y, más precisamente, del «imperialismo norteamericano». A juicio del Partido Comunista, «la traición de González Videla» había subordinado por completo a Chile a la hegemonía económica y política norteamericana, entregando la economía chilena a «la voracidad del capital imperialista» e incorporando a Chile —al suscribir el Tratado de Río de Janeiro (1947), el Pacto de Bogotá (1948) y el Pacto Militar con Estados Unidos (1952)— al bloque regional que, bajo el lema de la «solidaridad hemisférica», ataba a los países del continente a los planes belicistas del imperialismo contra la URSS, y los países del «campo democrático»⁹.

    De ese modo, desde la segunda mitad de la década de 1940 anticomunistas y comunistas compartían —en su antagonismo— una representación dicotómica de la escena mundial, que coincidía con las visiones antagónicas del mundo que orientaban a las élites gobernantes estadounidense y soviética de posguerra¹⁰. La pronta internalización de tales visiones por importantes actores políticos chilenos no solo determinó su alineamiento en el ámbito internacional, sino que influyó decisivamente en la política nacional, acabando con el predominio de las coaliciones entre el centro y la izquierda, que habían tenido como pilares a radicales y comunistas desde la llegada al gobierno del Frente Popular en 1938¹¹.

    Entre no alineamiento, anticomunismo y antiimperialismo

    Con todo, durante la década de 1950, quienes Rodríguez de la Sotta calificaba de «soldados del tercer frente» —los actores nacionales que intentaban hacer política escapando de las opciones dicotómicas y del simplificador antagonismo global—, tuvieron importantes logros y alcanzaron un amplio apoyo popular, en un contexto regional marcado por la retórica tercerista de liderazgos populistas —como los de Vargas y Perón—, así como en un escenario internacional en el que el surgimiento del no alineamiento —promovido por Nehru, Sukarno y Tito— desafiaba abiertamente las representaciones antitéticas del mundo difundidas por las élites de las dos grandes potencias y sus seguidores.

    El triunfo del exdictador Carlos Ibáñez del Campo en las elecciones del 4 de septiembre de 1952 —esgrimiendo una retórica populista y apoyado por la facción mayoritaria del socialismo agrupada en el Partido Socialista Popular—, había marcado un cambio respecto al férreo alineamiento discursivo con Estados Unidos del gobierno de González Videla. Asimismo, el socialcristianismo —agrupado en la Falange y en un segmento del Partido Conservador— se consolidó durante esa década como alternativa política, unificándose en 1957 en el Partido Demócrata Cristiano, cuyo fundamento ideológico sería a la vez anticomunista y anticapitalista. De igual manera, el Partido Socialista (PS) se reunificaría tras su pronta salida del gobierno de Ibáñez, reafirmando su identidad marxista revolucionaria al mismo tiempo que su divergencia con el modelo soviético de socialismo, la que se expresaría en su simpatía con el modelo socialista yugoslavo y con el protagonismo de su líder —el mariscal Tito— en el emergente movimiento de países no alineados, que buscaba precisamente escapar a la dicotomía antagónica de la Guerra Fría al afirmar la existencia de un Tercer Mundo.

    De ese modo, cuando en 1958, socialistas, democratacristianos, ibañistas e incluso radicales convergieron con los comunistas en el llamado Bloque de Saneamiento Democrático para levantar la proscripción que a estos afectaba, con la sola oposición férrea de la derecha liberal y conservadora, parecía que en Chile el no alineamiento estaba imponiéndose a la lógica de la adhesión irrestricta a los bloques encabezados por Estados Unidos y la Unión Soviética. Esta misma tendencia parecía manifestarse de otro modo, en la diversidad de opciones que ese mismo año competirían con posibilidades de triunfo en las elecciones presidenciales, en las que se impuso estrechamente el derechista Jorge Alessandri con algo menos de un tercio de los votos.

    Por otra parte, en el marco ideológico de la llamada desestalinización —iniciada en la URSS en 1956—, los comunistas en Occidente y en el Tercer Mundo estaban abandonando la visión de sí mismos como destacamentos exteriores de una fortaleza sitiada, para concebirse como la fuerza más avanzada y organizada de un vasto y multifacético movimiento —el proceso revolucionario mundial— que ponía sitio a las fuerzas reaccionarias y belicistas del imperialismo, sin tener que recurrir necesariamente a la violencia.

    En ese marco, el comunismo chileno no solo hizo suya la consigna soviética de coexistencia pacífica entre los estados socialistas y capitalistas, sino que asumió con gran convicción en el ámbito nacional la construcción de una vía pacífica, democrática y pluralista al socialismo semejante a las vías nacionales que en esos mismos años imaginaban los comunistas en países de Europa occidental como Italia.

    Sin embargo, pronto se haría evidente que la coexistencia pacífica entre Estados Unidos y la Unión Soviética, así como el surgimiento de otras vías nacionales al socialismo en el Tercer Mundo, no significarían la superación de la confrontación política e ideológica global para la que en Occidente ya se había popularizado la noción de Guerra Fría.

    Entre 1959 y 1960, la Revolución Cubana —encabezada por Fidel Castro— y la decisión de los comunistas vietnamitas de iniciar una rebelión armada en el sur del dividido país, demostrarían que el mundo estaba atravesado por un conflicto mucho más complejo que el puro enfrentamiento entre dos entidades globales dirigidas respectivamente desde Washington y Moscú. Era también un conflicto más difícil de superar o incluso de gestionar que lo imaginado. Un conflicto que involucraba a una multiplicidad de actores, tensionados entre la búsqueda del no alineamiento, la creencia en el antagonismo ineludible entre potencias imperiales y países dependientes, y la competencia por alinearlos entre Estados Unidos y la Unión Soviética. Y un conflicto al que hacia 1960 se comenzaban a sumar otros comunismos más o menos poderosos como agentes autónomos, desde una potencia demográfica y militar como China hasta un pequeño país como Cuba, igualmente convencidos de ser la más auténtica encarnación de un modelo universal de modernidad alternativa al capitalismo¹².

    Estas diversas formas de comunismo o de socialismo revolucionario correspondían a distintas versiones de la creencia originada por la Revolución Bolchevique de 1917, de estar viviendo la época de transición del capitalismo al socialismo a escala global. Una creencia cada vez más extendida entre 1945 y 1960 por la consolidación de la Unión Soviética como economía socialista y potencia militar, cuyo progreso científico y tecnológico concitaba amplia admiración, así como en la entonces muy valorada construcción del socialismo en China y otras democracias populares de Europa del Este y de Asia¹³. Asimismo, el proceso de descolonización que estaba llegando a su clímax en Asia y África al iniciarse la década de 1960 parecía converger —desde esa perspectiva ideológica— con el sistema socialista mundial¹⁴. La propia escisión de este sistema con la ruptura chino-soviética que acabó con la unidad del movimiento comunista internacional, se expresó en un debate en torno a los métodos y protagonistas del proceso revolucionario mundial, cuya hegemonía estaban disputando los comunismos soviético y chino¹⁵. Un debate que en América Latina exacerbaría desde 1959 la Revolución Cubana y las sucesivas tomas de posición de sus dirigentes al respecto¹⁶, las que en Chile encontrarían entusiasta acogida en el Partido Socialista y en otros movimientos emergentes que aspiraban a situarse a la izquierda de los comunistas.

    Chile y la Guerra Fría interamericana¹⁷

    Para escapar al dilema de ajustar su programa reformador a los estrechos límites tolerados por Estados Unidos o ser desalojados del poder, los revolucionarios encabezados por Fidel Castro se embarcaron en una operación política internacional que puso a Cuba bajo la protección militar soviética, al tiempo que declaraban el carácter socialista de la revolución y unificaban su conducción en un nuevo Partido Comunista.

    Con ello, la Guerra Fría se instaló de modo tan inesperado como abrupto entre Estados Unidos y una de las repúblicas de América Latina que hasta entonces había sido la más próxima y dependiente de la potencia hegemónica en la región.

    La disposición soviética a proteger militarmente a la Cuba revolucionaria de Estados Unidos, llegaría hasta la instalación de misiles nucleares en la isla y conduciría a ambas superpotencias al borde de una guerra apocalíptica en octubre de 1962. La crisis fue superada mediante un acuerdo entre estadounidenses y soviéticos que, entre otras cosas, garantizó que Estados Unidos se abstuviera de atacar militarmente a Cuba. Por su parte, la Unión Soviética no volvería a intervenir en el hemisferio con la contundencia que lo había hecho en Cuba.

    En otras palabras, el desenlace de la crisis de octubre de 1962 conduciría al reconocimiento tácito por parte del liderazgo soviético de la hegemonía estadounidense en América Latina, en el sentido de abstenerse de cualquier nueva intervención político-militar directa más allá de Cuba. Sin embargo, el mismo desenlace y la continuidad del respaldo militar y económico soviético, provocaría la consolidación en la isla de un régimen socialista animado de una vocación de difundir por América Latina su versión revolucionaria del antiimperialismo y del socialismo.

    De esa manera, pese al repliegue soviético en el continente tras octubre de 1962, se instalaría en Estados Unidos y en América Latina la percepción de que la supervivencia de la versión del socialismo revolucionario —representada por los cubanos y su voluntad de promover su modelo por los otros países del continente— animaría y sostendría su difusión. Esta percepción alentaba a sus admiradores en las vertientes marxista y populista de la izquierda latinoamericana, preocupaba a los reformadores de orientación socialdemócrata o socialcristiana, y horrorizaba a las derechas liberales o conservadoras, así como a nacionalistas anticomunistas civiles y militares.

    El impacto que todo eso produjo en Estados Unidos determinó que el objetivo de evitar una «segunda revolución cubana» se convirtiera en el alfa y omega de la política hemisférica norteamericana. La percepción de una «amenaza revolucionaria» en toda América Latina obligaba a reformular esta política, pues sus mecanismos tradicionales parecían ya insuficientes para contenerla.

    Esa fue, precisamente, la tarea que se había planteado —una vez llegado a la presidencia en 1961— el demócrata John F. Kennedy. Este lanzó una política de impulso a las reformas estructurales y al desarrollo económico latinoamericano, por una parte, y de reconversión de las fuerzas armadas latinoamericanas en una fuerza militar de aniquilación de la «amenaza revolucionaria interna», por la otra, que se expresarían en la Alianza para el Progreso y la Contrainsurgencia, respectivamente¹⁸. Ambas dimensiones de la política hemisférica estadounidense seguirían vigentes tras el asesinato de Kennedy en noviembre de 1963, bajo el gobierno de Lyndon Johnson. De esta forma se iría configurando el contexto internacional regional en que se desenvolverían las elecciones presidenciales chilenas de septiembre de 1964, realizadas seis meses después de que un golpe militar apoyado por Estados Unidos instalara en Brasil la primera dictadura militar basada en la Doctrina de Seguridad Nacional.

    En Chile, el democratacristiano Eduardo Frei Montalva obtuvo el 56% en la elección presidencial de 1964, imponiéndose sobre el candidato del FRAP, el socialista Salvador Allende, quien alcanzó el 39%. Los votos de la derecha se sumaron a Frei Montalva, cuyo programa reformador afín a los postulados de la Alianza para el Progreso rechazaban, con el propósito de impedir el triunfo de la izquierda.

    Durante la campaña, la visión de Guerra Fría impregnaría el discurso del candidato democratacristiano, reproduciendo —aunque con contenidos reformadores— un antagonismo análogo al esgrimido por el conservador Rodríguez de la Sotta más de un decenio antes. Para Frei Montalva, el país asistía al «enfrentamiento de las fuerzas que quieren el cambio» entre sí:

    Son dos concepciones que en Europa se enfrentaron después de la última guerra y que hoy se presentan en Chile.

    Esta elección es decisiva también para América Latina.

    El Frente de Acción Popular, cualesquiera sean sus tácticas electorales, propone al pueblo el camino del marxismo-leninismo; de la violencia moral y política; de la omnipotencia del Estado en todas las manifestaciones de la vida nacional; de la colectivización y de la desviación del porvenir de Chile hacia la órbita del mundo comunista¹⁹.

    La contienda electoral estuvo caracterizada por una masiva campaña del terror en contra de Allende, que contó con financiamiento estadounidense, orientada a persuadir a los electores que la izquierda chilena en el gobierno conduciría al país a una dictadura comunista como las de la Unión Soviética y de Cuba. Esa campaña abriría un abismo entre la Democracia Cristiana y la izquierda, que se expresaría sobre todo en un fuerte antagonismo entre el Partido Socialista y el PDC²⁰.

    Ese antagonismo continuó agudizándose entre 1964 y 1970, a pesar de los inéditos logros de las políticas de Frei Montalva, como la reforma agraria que emancipara al campesinado de la dominación de los grandes propietarios, y la reforma constitucional que la hizo posible al subordinar el derecho de propiedad a la función social de esta. Aunque estas reformas contaron con el respaldo de los parlamentarios de la izquierda, no lograron modificar su menosprecio ideológico hacia ellas, en un entorno regional y global caracterizado por el despliegue de la imaginación revolucionaria²¹.

    Una imaginación revolucionaria que en esos años comenzaba a identificarse en sectores del Partido Socialista y del nuevo Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), con una retórica guerrera hasta entonces ausente en la cultura política chilena de izquierda, la cual era difundida en el continente por publicaciones de gran tiraje que desde La Habana o con su apoyo, sostenían la lucha armada como el único camino revolucionario para América Latina²².

    Una imaginación revolucionaria que, en cualesquiera de sus versiones, dividía mentalmente el mundo entre los polos antagónicos del imperialismo y del antiimperialismo, a la vez que establecía un vínculo orgánico entre este y el socialismo, visualizado no solo como meta sino también como aliado imprescindible de los pueblos del Tercer Mundo. En este sentido, la mayor o menor adhesión hacia las distintas experiencias de socialismo real dependía del modo en que se apreciaba su compromiso con las luchas antiimperialistas en el ámbito para el cual los cubanos acuñarían el término de Tricontinental, alusivo a Asia, África y América Latina. Así, la política de coexistencia pacífica impulsada por la URSS en tiempos de Jruschov —que en el período brezhneviano se orientaría a la búsqueda de la distensión internacional— era denostada por algunos como una conciliación con el imperialismo, mientras era defendida por otros como un entorno más favorable para el exitoso despliegue de las luchas antiimperialistas.

    Esa retórica y el imaginario que expresaba en el que la solidaridad con la Revolución Cubana y las guerras revolucionarias se convertía en admiración y mímesis, se difundiría ampliamente en la izquierda chilena durante los años sesenta, contraponiendo la épica continental y global de la lucha revolucionaria armada a las prácticas políticas y sociales predominantes en el país que —en ese juego de espejos— se convertían en objeto de desprecio.

    La revista Punto Final sería una de las más influyentes expresiones de la instalación de ese ethos y ese punto de vista en Chile. Fundada en 1965, desde el año siguiente se convertiría en una publicación quincenal, estableciendo un vínculo orgánico con La Habana²³ y congregando a algunos de los mejores periodistas de izquierda, unos vinculados al MIR y otros estrechos colaboradores de Salvador Allende.

    En sus páginas, las informaciones nacionales y el análisis crítico de la realidad chilena se mezclaban con el seguimiento de los acontecimientos regionales y mundiales en una gran narrativa revolucionaria. El reformismo de la Democracia Cristiana y el que le atribuía al comunismo en Chile y otros países eran objeto de una permanente denuncia, al tiempo que la «Revolución Cultural» china en 1966, la Conferencia Tricontinental de La Habana y el sacrificio de Guevara en 1967, la ofensiva vietnamita del Tet en 1968, y el imaginado ascenso de las guerrillas rurales y urbanas en América Latina, se presentaban como hitos de la lucha planetaria tan antagónica como bipolar entre revolución y contrarrevolución.

    Ante esa épica narrativa global instalada en la imaginación de la izquierda chilena, palidecían sus propias prácticas en las luchas sociales —que incluían formas de desobediencia civil, pero no de violencia política organizada— y las reformas —impulsadas por el conjunto de los actores políticos de centro e izquierda e implementadas en el marco de la institucionalidad— que estaban configurando el escenario de posibilidad y de legitimidad para un proyecto socialista²⁴.

    La vía chilena al socialismo: entre el antiimperialismo y la distensión

    En esas estructuras conceptuales que predominaban entre los militantes e intelectuales de la izquierda chilena, latinoamericana y mundial en la década de 1960, se haría dificultosamente un espacio ideal la llamada vía chilena al socialismo²⁵. Esta había sido concebida por Salvador Allende como un proceso de transición del capitalismo dependiente al socialismo, que implicaba nada menos que el relevo en el poder de la oligarquía por el pueblo, el desplazamiento de la hegemonía de la burguesía por la de la clase trabajadora, la construcción de una nueva economía predominantemente socializada y planificada, todo lo cual se haría de modo pacífico y en el marco del Estado de Derecho, garantizando el respeto a las prácticas democráticas, el pluralismo político y las libertades ciudadanas.

    Era esa combinación de la voluntad de hacer la revolución, en el sentido de llevar a cabo un cambio radical del orden económico y social existente, y a la vez de respetar y hacer respetar la institucionalidad jurídico-política vigente, lo que hizo de la vía chilena de Allende —tras su triunfo electoral y su ratificación como presidente electo por el Parlamento en 1970— una experiencia inédita en la sucesión de revoluciones socialistas u orientadas al socialismo que jalonaron la historia mundial del siglo XX, con las que compartió las metas de superar el capitalismo y crear una sociedad nueva e incluso un hombre nuevo. También fue una experiencia inédita en la historia de las políticas de reformas impulsadas por las izquierdas durante el siglo pasado, en la medida que —en este caso— estas reformas se orientaban a transitar efectivamente del capitalismo al socialismo. Ello convirtió a lo que comenzaba a conocerse como la experiencia chilena en motivo de interés y de disputa para diversos actores principales de la escena política mundial, marcada entonces por la distensión entre las grandes potencias en los ámbitos diplomático y militar así como en Europa, pero también por la continuidad de la Guerra Fría en el Tercer Mundo.

    El movimiento comunista internacional, articulado en torno a la hegemonía soviética, quiso ver en el también llamado proceso chileno la comprobación de las tesis que sostenían desde 1956 acerca de la posibilidad de la vía pacífica al socialismo en países democráticos, las cuales estarían siendo exitosamente practicadas por Allende y —sobre todo— por los comunistas chilenos. Asimismo, algunos grandes partidos socialistas y comunistas de Europa Occidental que soñaban con articular democracia y socialismo, rompiendo a la vez con la antinomia entre reforma y revolución, junto a sectores antidogmáticos de organizaciones y de la intelectualidad de izquierda del planeta, encontraron en la vía chilena una fuente de inspiración²⁶.

    Por su parte, los dirigentes cubanos, aunque continuarían persuadidos de la identidad entre revolución y violencia, se pusieron a disposición de la peculiar revolución chilena y de sus protagonistas, a quienes unía una gran cercanía, convencidos de que Allende «por otros medios, trata de hacer lo mismo»²⁷ y de que se sumaría al frente Tricontinental de fuerzas antiimperialistas de orientación socialista y revolucionaria, sin dejar de advertir acerca de las limitaciones y los riesgos involucrados en su opción pacífica y democrática. Esta misma inquietud animaría a movimientos e intelectuales de izquierda radical de América Latina y del mundo, así como a los comunistas chinos antes de su acercamiento a Washington, los que combinaban su desconfianza en la vía democrática con el apoyo resuelto a la orientación socialista de la experiencia chilena.

    En ese contexto político e ideológico internacional, el propio Allende procuró hacer compatible su compromiso con el segundo modelo de transición al socialismo, que era la vía chilena —pacífica, democrática y pluralista—, con su adhesión a todos quienes en otras latitudes habían emprendido el primer modelo —armado, dictatorial y uniformador—. Así se configuró un discurso internacional y una política exterior en los cuales un explícito tercermundismo oscilaba entre el no alineamiento y la universalidad del derecho internacional, por una parte, y un antiimperialismo militante orgánicamente asociado a los países del socialismo real, por la otra. Ambas dimensiones afloraron desde el comienzo del gobierno, al invocarlas a la vez al establecer relaciones diplomáticas con Cuba, la República Democrática de Vietnam, la República Popular China y la República Democrática Alemana. Argumentos jurídicos y razones militantes se articularon también para defender las decisiones soberanas de Chile en torno a la nacionalización del cobre y otras riquezas básicas. Aunque en el ámbito regional predominaron el discurso y las políticas basadas en el derecho internacional y el no alineamiento —sin encontrar necesariamente reciprocidad como lo ha mostrado Tanya Harmer en el caso de Brasil—, los vínculos con Cuba estuvieron en cambio determinados por la solidaridad ideológica²⁸.

    La administración de Allende tuvo que enfrentar, incluso antes de su instalación, la hostilidad del gobierno estadounidense que se involucró en una conspiración político-militar dirigida a provocar un golpe de Estado, convencido de que la llegada de la izquierda al poder en Chile implicaba una amenaza a sus intereses estratégicos globales, percibidos a través del prisma de la Guerra Fría. Esa hostilidad era compartida por grandes empresas transnacionales y organizaciones financieras globales, las derechas —liberales, conservadoras o fascistizadas— de todas las latitudes, y los grandes partidos democratacristianos de Europa, que compartían ese prisma, pese a la diversidad de sus convicciones e intereses.

    El propio presidente estadounidense, el republicano Richard Nixon, y su entonces asesor de seguridad nacional, Henry Kissinger, definieron inmediatamente después del triunfo electoral de Allende, el objetivo de impedir su acceso al poder y, al frustrarse esa tentativa, utilizaron toda su capacidad de incidir en el curso de los acontecimientos en Chile para acosar y derribar a su gobierno. La intervención estadounidense se tradujo en operaciones de inteligencia que incluyeron el apoyo a grupos armados de extrema derecha, así como en el respaldo financiero encubierto a medios de comunicación, partidos y gremios opositores. No obstante, lo más eficaz para hacer realidad los propósitos desestabilizadores de Washington fueron sus presiones sobre una economía fuertemente dependiente de los créditos, los capitales y la tecnología norteamericanos, así como de los organismos financieros multilaterales en que Estados Unidos tenía la hegemonía.

    Junto al peligro que percibían de una segunda Cuba en el Cono Sur de América Latina, la hostilidad de Nixon y particularmente de Kissinger hacia la experiencia socialista chilena, provino también del carácter ejemplar que podría adquirir incluso en Europa, en países como Francia e Italia, el éxito de un intento de superar los límites del capitalismo dependiente e iniciar la construcción del socialismo, encabezado por una alianza entre comunistas y socialistas en un marco de respeto a las prácticas democráticas, el pluralismo político y los derechos y libertades ciudadanas. En ese sentido, es posible afirmar que la vía chilena al socialismo, tal como la definiera Salvador Allende, representaba una amenaza política que transgredía los límites de lo tolerable para la potencia hegemónica en el hemisferio occidental, análoga a la amenaza que había percibido la Unión Soviética en el socialismo con rostro humano checoeslovaco de 1968.

    Sin embargo, en un estado nacional de las características de Chile, ni Estados Unidos ni otros actores internacionales podían imponer su voluntad mediante la intervención armada ni a través de una penetración incontrarrestable en las élites burocráticas y militares del país. Los actores políticos y sociales nacionales actuaron como agentes autónomos con sus propios intereses e identidades, experiencias e ideologías. Estos serían decisivos en el desarrollo de los acontecimientos que entre septiembre de 1970 y septiembre de 1973, culminarían con el golpe que derribaría al gobierno de Allende, abortaría la experiencia socialista y destruiría la democracia. Fueron las dinámicas internas de alianzas, cooperación y confrontación entre esos actores—políticos, sociales e institucionales— las que frustrarían los intentos por impedir el acceso de la izquierda al gobierno en 1970, y solo tres años después conducirían al tristemente célebre desenlace del 11 de septiembre de 1973.

    Explicar el proceso que conduce del triunfo al derrocamiento de Allende siguiendo las dinámicas nacionales, no implica menospreciar en nada la importancia de las estructuras, influencias e intervenciones internacionales en el curso del proceso chileno. Ya hemos reseñado el papel de Estados Unidos; sin embargo, no sería el único actor internacional que tendría una incidencia gravitante en la historia política chilena entre 1970 y 1973.

    Desde Cuba, el partido gobernante y diversas agencias del Estado bajo la conducción del propio Fidel Castro intentaron también incidir de diversas formas en el curso del proceso político chileno entre 1970 y 1973. No obstante, los resultados de esta intervención distaron mucho de la efectividad alcanzada por sus adversarios en la Guerra Fría interamericana. Por una parte, los cubanos no tenían la capacidad de los estadounidenses de presionar sobre elementos claves del funcionamiento de la economía. Por otra, la experiencia y la visión ideológica de los isleños no les servían para orientarse en las complejidades de una revolución a través de las instituciones, teniendo muchas veces sus actuaciones un efecto inverso al deseado. Baste señalar que la presencia de Fidel Castro en Chile durante casi un mes a fines de 1971, fue todo un hito en la polarización de la sociedad chilena entre partidarios y adversarios del gobierno, así como en la división de la izquierda entre quienes perseveraban en la vía institucional y quienes consideraban inevitable o imprescindible una ruptura revolucionaria que resolviera la cuestión del poder. Aunque los cubanos dieron apoyo encubierto a la organización y pertrechamiento de pequeños grupos de autodefensa y seguridad de la izquierda, incluyendo al que protegía la vida del Presidente Allende, su capacidad de incidir mediante esas actividades en el curso de los acontecimientos fue mínima. No obstante, siguieron ejerciendo influencia política sobre el MIR y el Partido Socialista, así como en el propio entorno del Presidente Allende.

    Los debates sobre el carácter y las vías de la revolución no dejaron de dividir a la izquierda chilena entre 1970 y 1973. Esas discusiones hacían permanente referencia a diferentes experiencias revolucionarias del siglo XX en el mundo. Esta constante alusión a modelos externos entraba en tensión con el propósito de crear una vía chilena al socialismo. Allende estaba convencido de que esta constituía una experiencia inédita en la historia mundial, por lo que consideraba que ninguna de las revoluciones socialistas que la habían precedido a lo largo del siglo en varios continentes —como la rusa, la china, la yugoslava o la cubana— y que habían adoptado diversas formas de dictadura revolucionaria, podía servirle como guía. Así lo diría en su primer mensaje presidencial al Congreso Nacional, el 21 de mayo de 1971:

    Chile es hoy la primera nación llamada a crear un segundo modelo de transición a la sociedad socialista […] Al no existir experiencias anteriores que podamos usar como modelo, tenemos que desarrollar la teoría y la práctica de nuevas formas de organización social, política y económica²⁹.

    Sin embargo, para los partidos de la izquierda chilena, sus dirigentes e intelectuales, esas experiencias sí revestían ese carácter modélico que Allende les negaba.

    Su propio Partido Socialista, pese a haber sido fundado en 1933 haciendo del carácter nacional de su proyecto una señal de identidad ideológica y rechazando el modelo soviético, acogió en los cincuenta el modelo yugoslavo, el que fue desplazado en la década siguiente por la influencia del modelo cubano. Ello, sumado a un histórico componente trotskista, haría de la referencia a esos modelos un tema central del debate ideológico en este partido en torno a la vía chilena.

    A la izquierda de la Unidad Popular, el Movimiento de Izquierda Revolucionaria proclamaba la inevitabilidad de una resolución violenta del problema del poder en el marco de una lectura más radical de la realidad chilena, que combinaba la influencia del modelo cubano y la afirmación del leninismo, del cual acusaban a los comunistas de haberse apartado.

    Por su parte, el Partido Comunista viviría una permanente tensión durante los tres años de gobierno, entre su protagonismo en la experiencia de transitar del capitalismo al socialismo en un marco pacífico, democrático, pluralista y de respeto a los derechos humanos —de la cual este partido había sido el principal impulsor en la izquierda chilena—, por una parte; y por la otra, lo que el comunismo soviético —a cuya visión del mundo también adhería— denominaba leyes generales de la transición del capitalismo al socialismo, lo que no era sino la proyección al mundo de los elementos esenciales de su propio modelo de dictadura revolucionaria.

    La investigación realizada hasta la actualidad en archivos soviéticos no revela indicios de acciones encubiertas análogas a las estadounidenses o a las cubanas. Lo que sí es posible percibir junto a un seguimiento atento del proceso chileno, es el respaldo a la reproducción permanente en el comunismo criollo de una ideología institucionalizada y fuertemente estructurada de matriz soviética. Junto a un respaldo económico limitado, aunque relativamente importante, existió por parte del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS) una cooperación permanente a la formación ideológica de los dirigentes en escuelas de cuadros y un flujo continuo de textos soviéticos que constituían la bibliografía básica para la formación doctrinaria de los militantes.

    Aunque hemos afirmado y documentado la voluntaria subordinación ideológica del PC en relación al PCUS, no resulta posible reducir a ella toda la influencia ideológica internacional en los comunistas chilenos. Estos habían sido receptivos antes de 1973, y lo siguieron siendo con posterioridad, a otras experiencias del llamado movimiento revolucionario mundial. Entre estas influencias cabe destacar la de algunos partidos comunistas de Europa Occidental, como el italiano, cuyo entusiasmo por la experiencia de la Unidad Popular se enraizaba en la indiscutible similitud con su propia vía nacional al socialismo, y cuyo análisis de la trágica derrota de la izquierda chilena conduciría al llamado eurocomunismo. Con todo, estas influencias solo se incorporarían al discurso público institucional del PC chileno de modo marginal, y solo en cuanto no contradijeran las leyes generales de la transición al socialismo definidas por el PCUS, las que expresaban una visión bipolar del mundo simétricamente antagónica a la esbozada por el conservador Rodríguez de la Sotta dos decenios atrás.

    Así, por ejemplo, en un libro publicado por el joven intelectual

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