Temporada de pathos
Por Ignacio Alcuri
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Alcuri siempre hacen reír al lector. Son una prueba de cómo la neurosis
puede llegar a convertirse en una de las Bellas Artes.
"En el humor de Ignacio Alcuri la dosis de ácido es por momentos letal.
En Temporada de pathos el lector sentirá efectivamente que le disparan a
quemarropa desde los sitios más insospechados pero se verá
irremediablemente tentado a agradecer al verdugo. Sin importar la causa
o la excusa, desde los asuntos triviales hasta los más sofisticados #o,
por lo menos, eso parecen# son dignos de ser tergirvesados, saboteados o
transmutados por la prosa de Alcuri. A ritmo de cómic, estos textos son
altamente adictivos."
Ignacio Alcuri
Ignacio Alcuri (Montevideo, 1980) es autor de los libros Sobredosis Pop (2003), Combo 2 (2004), Problema Mío (2006), Huraño Enriquecido (2008), Temporada de Pathos (2010), Basurita (2012) y Esto no es una Papa (2014). Fue guionista radial de Justicia Infinita y Vulgaria, y formó parte del stand-up De Pie con textos de su autoría. Como parte del colectivo Los Informantes guionó el programa televisivo homónimo y condujo Reporte Descomunal y Córner y Gol es Gol, además de Los I nformantes (radio) en dicho medio. Justo a Gustavo Sala creó el cómic Parto de Nalgas (2016) y el espectáculo Sonido Bragueta, que convertirían en podcast. Integra el equipo de prensa de Montevideo Portal, participa de la sección de humor de la diaria y publica cuentos en las revistas Lento y Túnel, además de escribir acerca de cómics y otros vicios en www.multiverseros.com.
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Temporada de pathos - Ignacio Alcuri
Apariciones
(Ring)
—¿Hola?
—Sí, ¿Luis se encuentra?
—Habla él.
—Qué tal, mirá, te llamo porque represento a una organización de familiares de las víctimas del último régimen totalitario.
—No sé qué quieren conmigo, en aquella época yo era un niño.
—Justamente de tu infancia quería hablarte. Tenemos razones para creer que sos hijo de dos de esas víctimas y que fuiste secuestrado al nacer.
—¿Yo? Me estás jodiendo. ¿Y qué pasa con mis hermanos?
—El tuyo es uno de los pocos casos de secuestros múltiples de los que tenemos registros.
—No, no puede ser.
—¿Qué sabés de tus verdaderos padres?
—Bueno, mi tío dice que murieron cuando yo era muy chico.
—Eso es cierto. Pero todo lo demás es mentira. Hay testimonios que salieron a la luz hace unos años, que confirman la falsificación de partidas de nacimiento y…
—¿Hace unos años? ¿Y me entero recién ahora?
—Teníamos obstáculos legales que nos impedían contactarte, a vos o a tus hermanos. Un pariente cercano de tu tío adoptivo utilizó su fortuna para sobornar jueces y trancar nuestro trabajo.
—Vas a tener que disculparme, pero me estoy sintiendo mal. Necesito tomar un poco de aire.
—No te preocupes, Luis. Te vamos a estar llamando en estos días para coordinar una extracción de sangre y así hacer el examen de ADN.
—Está bien, todo sea por la verdad.
—¿Les avisás a tus hermanos?
—No te preocupes, yo me encargo. Todo sea por la verdad.
—Hasta luego.
(Clic)
—¡Hugo! ¡Paco! ¡No saben lo que acaba de pasar!
Generación 97
No podía creer lo rápido que había pasado el tiempo. Ahí estaba yo, en un local de pagos, depositando 250 pesos para financiar un encuentro entre ex alumnos, donde celebraríamos los diez años desde que terminamos el liceo.
¡Diez años! Durante esa década solamente había mantenido el contacto con un puñado de ellos, con quienes me juntaba de manera esporádica a comer asado. Pero, del resto, ni idea.
Todo había cambiado con la llegada de Facebook. Parecía que los nacidos entre 1979 y 1980 éramos el público objetivo, porque de a poquito aparecimos casi todos, encontrándonos en uno de sus grupos para recordar aquellos tiempos. Allí surgió la idea de vernos; poco después ya teníamos fecha, lugar y costo.
Aquella noche llegué un poco tarde así que los tres primeros minutos los dediqué a besar personas. Qué bien se conservaban la mayoría de estos tipos. Estaban igualitos, salvo por algún kilo de más o algún pelo de menos. A mí también me dijeron que estaba idéntico. «Salvo por los lentes», aclaré. «Pero vos usabas lentes en el liceo», me respondieron. Ahí comprobé que yo había pasado desapercibido, porque no me puse lentes hasta los 21 años.
Conversando con el puñado de los asados —lo mío nunca fue la integración—, me di cuenta de que todos seguíamos teniendo los mismos roles dentro del grupo humano. Las chicas alegres que inauguraron la pista de baile eran las mismas que se levantaban primeras de la mesa en las fiestas de 15. Los buitres no habían cambiado sus plumas, los piratas ya no timaban novias sino esposas, y los antisociales seguíamos rondando las papas chips y el maní.
Mientras elaboraba mentalmente un ranking de qué ex compañeras seguían estando buenas, una vela que oficiaba de centro de mesa pareció explotar, generando una llama que duró cinco segundos. Los que estábamos cerca la miramos en silencio, hasta que uno dijo lo que estaba en la mente de todos.
—Carlitos…
Nos habíamos olvidado de él. El único que no había faltado por la distancia geográfica o las pocas ganas de ver al resto. Carlitos, quien había dejado este mundo unos años atrás, en circunstancias muy dolorosas como para ser mencionadas.
Charlando sobre lo ocurrido, llegamos a la conclusión de que esa era la forma que había elegido para hacer acto de presencia. Carlitos había estado con nosotros. Levantamos nuestras copas y brindamos a su memoria.
A las cinco de la mañana dejamos el salón de fiestas con la promesa de mantener el contacto. La que jamás cumplimos excepto por una vez, siete días más tarde. Una veintena de nosotros llegamos hasta la casa de Carlitos. Nos atendió su madre, con un rostro quedaba a entender que nunca había superado aquella pérdida. Se puso contenta de vernos, y no contuvo las lágrimas al escuchar la anécdota de aquella vela que había dicho tanto con tan poco.
No le gustó mucho cuando le dijimos que tenía que pagarnos los 250 pesos en nombre de su hijo, y eso que le explicamos que todavía le debíamos plata al disc jockey. Una hora tardó en darnos la plata, vieja amarreta.
Tanto, tanto ruido
Por un segundo dejá de tararear esa canción de moda que las radios insisten en pasar doscientas veces al día para no perder el apoyo de las disqueras. Olvidate de las fechas de vencimiento del pago de los servicios esenciales y de cómo vas a hacer para cumplir con cada una de ellas. No repases una y otra vez en tu mente esa frase envenenada que te disparó tu pareja antes de irse a dormir sin saludar. Dejá de concentrarte en la puntada que sacude tu cabeza cada pocos segundos como si fuera un gong chino. No saques cuentas de la distancia entre tu cuadro y el que va primero en el campeonato, ni en los puntos que quedan en disputa. No te sientas culpable por esas acciones que no joden a nadie pero que la Iglesia y el Estado se empeñan en condenar. Que no te importe qué vas a cenar, ni si va a llover sobre la ropa que se está secando. Ni las elecciones nacionales, el calentamiento global y los acomodadores de autos que te tratan mal y hacen más plata que vos.
Ese silencio es la famosa paz interior.
Ahora volvé, que las cuentas, tu vida sentimental, la jaqueca, la casa y el mundo no se van a arreglar solos. Ponete las pilas, hippie mugriento.
Capítulo XXVIII
El siguiente planeta estaba habitado por un veterinario.
—¡Buenos días! —dijo el profesional cuando divisó al Principito.
—¡Buenos días! Vengo por mi zorro.
—Por supuesto, por supuesto.
El veterinario sacó una jaula y la colocó sobre el escritorio. Adentro, el zorro llevaba puesto un bozal y apenas podía abrir los ojos.
—Tuvimos que sedarlo. Quiso morder a mi asistente en la pista de obstáculos.
El Principito lo miró desconfiado. En el asteroide no había asistente, ni pista, ni lugar para ellos.
—¿Por qué lleva un bozal? Está dentro de la jaula, no puede morder.
—Será mejor que te lo lleves, chico. Tengo muchas cosas que hacer.
—¿Por qué lleva un bozal? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? —había aprendido que jodiendo bastante se podía obtener casi cualquier respuesta.
—Hablaba demasiado. Y ahora sé de quién lo aprendió.
—Eso ya no importa. Lo importante es que está domesticado. Ahora es único en el mundo, como la rosa.
—Conozco más de un Larrosa… ¿Qué fue eso que dijiste de domesticar?
—Domesticar es crear vínculos. Lo ideal era que cada día nos sentáramos más cerca el uno del otro. Pero conseguí trabajo haciendo los trámites para el Hombre de Negocios y no me queda tiempo para eso.
—¿Domesticar, dijiste? —el veterinario se llevó una mano al mentón.
—Para que no muerda a la rosa. Ni a mi corderito, ¿ve?
Desplegó el dibujo de una caja, y el veterinario quedó convencido de que el niño había escapado de algún asteroide psiquiátrico.
—Niño, nosotros no domesticamos a tu zorro.
—¿No está domesticado?
—No. En realidad lo castramos.
—¿Qué significa?
—Que en lugar de crear vínculos le cortamos las pelotas. Pero seguramente quede bastante más tranquilo.
—Está bien. Muchas gracias.
El Principito se tomó la primera bandada de pájaros silvestres que pasó por ahí y se peló del asteroide, llevando consigo al zorro.
«Las personas mayores son jodidas», pensó, y se le cayó una lágrima. Extrañaba a su rosa. El zorro también lloró. Estaba pasando el efecto de la anestesia.
El alma en dos (direcciones)
El tipo era tan bueno que cuando se murió su alma subió como taponazo para el cielo, con tan mala
