La leyenda de los invencibles
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Iván y su papá Víctor tienen que ordenar un cuartito del patio. Lo que no imaginan es que entre juguetes olvidados, pelotas pinchadas y artefactos descompuestos se esconde un verdadero tesoro: ¡la foto de Los Invencibles! Y aquí es donde comienza la historia... Un grupo de amigos que lo darán todo, un campeonato de fútbol que quedará para el recuerdo, los intentos por descubrir al monstruo de la laguna y hasta una pomada mágica...
Horacio Convertini
Horacio Convertini nació en Buenos Aires en 1961. Es periodista, guionista y escritor. Recibió distinciones a nivel nacional e internacional, entre ellas el Premio Municipal de Literatura de la Ciudad de Buenos Aires, bienio 2008/2009, por su libro de cuentos Los que están afuera y el Premio Celsius a la mejor novela de ciencia ficción de habla hispana, que otorga la Semana Negra de Gijón (España), por Los que duermen en el polvo (2018), publicada en esta editorial. Como autor de literatura infantil y juvenil, obtuvo el Premio Sigmar por su novela Terror en Diablo Perdido (2013) y fue mención de honor en los Destacados de ALIJA por El misterio de los mutilados (2014).
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La leyenda de los invencibles - Horacio Convertini
A Mariel.
A Franco.
A Daniel.
A Beatriz Actis.
A la memoria de Héctor José Atela, Starsky.
Un secreto en el baúlEl Marciano Rompehuesos arquea los músculos de su espalda, grandes y duros como meteoritos. Sus manos son garfios de acero. Sus ojos lanzan llamaradas de rayos magnéticos. Gruñe. Pega saltitos sobre el ring. La lona tiembla como si hubiera un terremoto. Cualquiera saldría de allí muerto de miedo, pero no el Capitán Coraje, el vencedor de los villanos más temibles del universo…
—¡Víctor, Iván!
El Marciano Rompehuesos ataca con una patada voladora, pero el Capitán Coraje, rápido como una pantera, la esquiva…
—¡¡Víctor, Iván!!
El Capitán Coraje le hace una zancadilla al Marciano Rompehuesos, lo tira y le aplica su arma infalible: ¡cosquillas en la panza!
—¡¡¡Víctor, Iván!!! ¿Son sordos?
Fin del encantamiento. El ring vuelve a ser la cama de mi habitación. El aterrador Marciano Rompehuesos, Iván, de siete años. Y el audaz Capitán Coraje, yo, su papá.
—Me prometieron que iban a ordenar el cuartito del patio y acá están, revolcándose en la cama recién tendida…
—Bueno, ma, es una luchita nada más —se defiende Iván—. ¿No querés jugar vos también?
—¡Buena idea! Inventémosle un personaje, a ver… La Chica… ¡del Rayo-que-Acomoda-todas-las-Cosas-en-un Segundo! ¿Qué tal?
—¡Sí! —grita Iván.
—Ja, ja, muuuuy gracioso. Pero acá no hay rayo que valga. Se me van los dos al cuartito del patio ahora mismo o voy yo y les tiro a la basura todos los cachivaches que guardan. Elijan.
No hay opción. Hacia allá vamos con un montón de bolsas vacías que deberemos llenar con los trastos que jamás nos hemos decidido a tirar. El panorama es descorazonador. El cuartito del patio está lleno del piso al techo: juguetes olvidados, pelotas pinchadas, piedras y caracoles recolectados durante las vacaciones, artefactos descompuestos que alguna vez prometí arreglar, revistas viejas, la bicicleta fija que compré para bajar los kilitos de más y nunca usé, tarros de pintura… No será tarea fácil.
—¿Y ahora, pa?
—Saquemos todo y vayamos seleccionando qué es para la basura, qué para guardar, qué podemos regalar…
Parece una buena idea… pero no. Después de una hora, casi todo lo que estaba apilado adentro ahora está desperdigado afuera y no logramos ponernos de acuerdo.
—¡Esto me lo quedo!
—Hijo, ¡para qué querés un camión sin ruedas!
—Para vos es un camión sin ruedas. Para mí, una nave espacial, mirá —e Iván lo hace planear sobre mi cabeza—. ¿Y esas revistas antiguas, pa? ¿Para qué sirven?
—¿Cómo? ¡La colección completa de la revista Goles! ¿Sabés el valor que tiene?
—Entonces vendela y comprá revistas nuevas.
—¡Valor afectivo, digo, insensible!
Lo último que sacamos es un baúl de madera muy antiguo, que duerme en el rincón más oscuro y olvidado del cuartito.
—¡Parece un cofre de piratas! —se entusiasma Iván—. ¿Qué habrá adentro?
—Hummm, no sé. Vamos a abrirlo.
Levantamos la tapa con cuidado. Las bisagras del baúl chillan. Algo parece brillar en su interior…
—¡Un tesoro! —grita Iván.
Entre cuadernos y libros viejos, asoma un trofeo de bronce que reluce como si recién hubiera sido lustrado.
Lo envuelve a medias una camiseta con franjas azules y rojas. Cerca descansa un retrato en blanco y negro de seis chicos posando como futbolistas profesionales.
—Uyyyy… Los Invencibles —es lo único que atino a decir al ver la foto mientras pienso: ¡Sí, un tesoro!
.
—¿Los qué?
—Los Invencibles, el equipo de mi infancia.
—¿Y vos estás en la foto? ¿Cuál sos?
Le señalo a un chico con mirada algo triste.
—Ahhh, qué risa, con esa cara de susto… ¿Este no es tu amigo… Ñoño?
—Ñoño, no; Poño. El que te mandó desde México la camiseta del Monterrey para tu cumpleaños…
—Ah, sí… ¿Adónde están, en Villa Luppi? ¿Y el trofeo? ¿Salieron campeones de algo?
—Bueno, sí, no…
—¿Sí o no?
—Es una historia larga, Iván.
—Contámela.
—Mirá el trabajo que tenemos por delante.
—Dale, pa, no seas malo…
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