La tuerta: RELATOS DE UNAS ISLAS DESAMPARADAS (PARTE II)
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Burdeles y prostíbulos conforman un entramado, despreciado socialmente, pero aceptado como necesario, en el que muchas de ellas rinden tributo al principio de la supervivencia. En Santa Cruz de Tenerife la prostitución se ejerce, principalmente, en la calle de Miraflores, que es conocida como la calle de las Niñas.
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La tuerta - María del Mar Rodríguez
LA TUERTA
RELATOS DE UNAS ISLAS DESAMPARADAS (PARTE II)
María del Mar Rodríguez
A mi madre, Yoíla. Te sentaron en la última fila de la clase por ser hija de un comunista y siempre creíste que no tenías derecho a un lugar ni en la escuela ni en el mundo. Lo tenías, mamá, pero no te lo dieron.
A las mujeres de mi vida: amigas y compañeras de camino.
A ti por ser inspiración cuando pintas el cielo de amarillo.
In memoriam
Te fuiste, querido amigo, llenando de susto y desconsuelo mi corazón y los agujeros que dejó tu partida se han ido cosiendo al tiempo que corregía estas páginas. Te fuiste, querido Lalo, pero siempre estarás presente en nuestra memoria.
LA TUERTA
RELATOS DE UNAS ISLAS DESAMPARADAS
(II)
PARTE I: RESISTENCIA
Por los hijos... Esto se hace por los hijos.
El vuelo de las octavillas.
PARTE II: RENUNCIA.
Lagartijas de sangre caliente.
Un cabo suelto.
PARTE III: RENDICIÓN
Espero que al recibo de esta carta estén bien.
EPÍLOGO
NOTA DE LA AUTORA
Estimada lectora y estimado lector:
Vuelvo a encontrarme con muchos de ustedes, con otras personas estableceré relación por primera vez, para presentarles los Relatos de unas islas desamparadas que, a través de La prestamista (Parte I) y La tuerta (Parte II), nos acercan a episodios y hechos acontecidos en estas islas.
En la escuela a la que asistí de niña y de adolescente, en una época en la que vivíamos bajo las órdenes del dictador Francisco Franco, escuchaba a mis maestros y maestras decir que en Canarias no hubo guerra civil y yo grabé ese dato en mi mente, como una excepción que libró a nuestro pueblo del frente, de las trincheras, de la muerte y del dolor.
Es cierto que en Canarias no hubo campo de batalla, pero sí ocurre que cada una de las islas se transforma en una trampa mortal por su propia naturaleza limitada, al impedir la huida de todos los que van a ser apresados, a veces asesinados, en medio de un sistemático proceso de depuración.
Los golpistas convierten el archipiélago, como primera zona controlada, en un laboratorio en el que experimentar y determinar cuáles son los mecanismos de represión más adecuados para cambiarlo absolutamente todo, para desarticular un modelo de sociedad y garantizar el fin de la movilización popular, y todo esto se ensaya en un territorio que constituye la retaguardia franquista y cuyo dominio es necesario asegurar.
Lo que sucede en Canarias es perfectamente exportable a otros lugares y aquí se pueden comprobar y testar los mecanismos de control, no solo físicos, sino también económicos, sociales, culturales, laborales y morales que, posteriormente, se extienden por el resto del país.
La represión en el archipiélago comienza el 18 de julio de 1936, desde el mismo momento en el que las fuerzas golpistas desembarcan en las islas y consiguen acabar con los focos de resistencia que encuentran a su paso, como la Semana Roja en la Palma o el Fogueo en Vallehermoso (La Gomera), sobre los que cae la acción contundente de un ejército bien pertrechado, capaz de controlar estos conatos en apenas días.
Durante los meses posteriores al golpe, se generaliza una represión sangrienta, metódica e implacable, orquestada por el General Dolla y los clérigos que lo acompañan, personajes terribles estos que lideran los Tribunales de Sangre en los que se elaboran las listas con los candidatos a desaparecer.
Estas acciones planificadas y necesarias para instaurar el terror entre los vencidos están conformadas por episodios que o desconocemos o no queremos afrontar por el desequilibrio emocional que nos producen, ya que el recuerdo de la brutal criba y depuración de personas que se realizó, especialmente de enero a abril del 1937, fue tan siniestra y sangrienta que todavía hoy estremece. Los mecanismos utilizados son obscenos y en algunos casos contemplan su exposición pública y visibilidad a conveniencia de los intereses del régimen. Muchos de ellos, además, son consecuencia de la venganza y del ensañamiento personal.
Se llenan las cárceles de personas leales al gobierno democráticamente elegido; se hacina a los que no caben en ellas en los almacenes de la compañía Fyffes; se «sacan» por la noche de manera sistemática, aplicando la ley del saco, a los que ya han sido condenados sin juicio previo y a otros se les recluye en los barcos de la terrorífica cárcel flotante situada en el muelle de Santa Cruz de Tenerife, hasta que llega el momento de meterlos en una lancha, llevarlos a alta mar, pegarles un tiro en la cabeza y lanzarlos a la fosa marina de San Andrés, dentro de un saco y atados a una piedra de basalto.
El relato de doce presos gubernativos que permanecen tres noches en uno de los barcos de la siniestra cárcel y que, en medio de la desesperación, golpean el metal de las bodegas usando el código morse, para decir su nombre en los momentos previos a la desaparición, episodio este que yo desconocía, me ha impactado de tal manera que ahora miro el mar de otra forma, porque entiendo que el fondo del océano es nuestra gran fosa común.
El final de la guerra trae aparejado otro tipo de represión, denominada la represión de la Victoria, que extiende el uso de la violencia desde el aparato del Estado con multitud de detenciones, desapariciones, torturas, despidos laborales, expropiaciones..., y se mantiene, en medio de un pulso desigual, hasta abril de 1947, año en el que se desmantela de manera definitiva la débil estructura del Partido Comunista de España (PCE), el único que en esa fecha continúa oponiéndose, con acciones clandestinas y tímidas, al régimen.
Es el fin de la esperanza para muchos hombres y mujeres que aún perseveran en el intento de instaurar un gobierno constitucional: idealistas que esconden a los camaradas perseguidos, firman octavillas en nombre del partido, muestran y exponen banderas republicanas, incitan a la huelga, construyen imprentas caseras o convocan manifestaciones para el primero de mayo...
Florisel Mendoza Santos, Isabel González González, conocida como «Azucena Roja», y un número de militantes que en la isla de Tenerife ronda la cifra de doscientos, mantienen intacta la esperanza de deshacer lo andado por los golpistas, hasta que los acontecimientos de 1947 acaban con cualquier atisbo de fin de la dictadura.
En el mes de abril de dicho año, la Dirección General de Seguridad asesta un golpe mortal a la organización del PCE, ni sus propios miembros son capaces de comprender cómo y quién produce las filtraciones, y la única estructura de oposición desaparece de las islas para volver a resurgir, tímidamente, en la década de los sesenta.
Durante los años 1946 y 1947, periodo en el que se desarrolla la historia de La tuerta en la isla de Tenerife, la población soporta una profunda crisis económica y la supervivencia, en un contexto de escasez crónica de alimentos, es la prioridad para sus habitantes. Las cartillas de racionamiento son claramente insuficientes, además de utilizarse como mecanismo de gratificación para los afectos al gobierno y de castigo para los vencidos, y el estraperlo se convierte en la vía más clara de distribución de alimentos, pero generaliza la corrupción del propio sistema y un reparto injusto.
En estas circunstancias, en las que se grita por hambre y se calla por miedo, las perdedoras entre los perdedores son, como siempre, las mujeres con sus hijos e hijas.
Su número es superior al de hombres, consecuencia lógica de una contienda bélica y, en una sociedad en la que se penaliza estar soltera o vivir sola, así como todo tipo de relación con rojos, masones, alzados o republicanos, ellas se convierten en las pobladoras del último escalón; pero con el agravante, en muchas ocasiones, de tener que cuidar de su prole sin ayuda. Algunas se ven empujadas al mundo de la prostitución y una frase repetida en la época se convierte en toda una declaración de intenciones: «Por los hijos... Esto se hace por los hijos...».
Mujeres que se han quedado solas o que están vinculadas al bando perdedor por diferentes motivos logran sobrevivir dedicándose a una actividad, la prostitución, que es reglamentada por el régimen franquista en 1941, cuando las autoridades derogan el decreto abolicionista de 1935. La prostitución se permite y se acepta porque contribuye a solucionar, parcialmente, las consecuencias de la miseria crónica que asola el país, además de ofrecer una alternativa a las mujeres que tropiezan con infinitas dificultades para incorporarse al mundo laboral por la legislación de la época. Pero cuando el fenómeno se extiende de manera descontrolada, afectando a la imagen de una nación que presume de su rectitud y pone en riesgo la salud sexual de los ciudadanos, en ese momento, las responsables del problema son las prostitutas y su desviación moral, no la prostitución o la calamitosa situación social y económica del país.
Las mujeres que vivieron en la España de 1946 y 1947, y que tenían edad suficiente como para recordar cuáles fueron sus derechos durante la Segunda República, debieron sentirse en medio de una realidad distópica, al más puro estilo de «El cuento de la criada».
En tres años son testigo de la pérdida de avances que ya sentían como propios: escuelas mixtas; igualdad jurídica entre hombres y mujeres recogida en la constitución de 1931; derecho al voto femenino (1931); plena incorporación al mundo laboral por parte de las mujeres (1931); abolición de la prostitución (1935); aprobación de la ley del divorcio (1932); igualdad de derechos para los hijos tenidos fuera y dentro del matrimonio (1932); igualdad de derechos laborales, así como de acceso a empleos y cargos públicos (1931-1933); prohibición de despido por maternidad o matrimonio; acceso al seguro obligatorio de maternidad (1931-1935); aprobación de la ley del aborto (1937)...
Las mujeres más implicadas en estos avances, las sindicalistas, políticas, maestras, funcionarias reciben un castigo mayor por parte del régimen y, probablemente, entienden de forma extremadamente clara el significado de la palabra libertad y las consecuencias de su pérdida.
Desde el momento mismo en el que los golpistas ganan la guerra y sacan adelante el empeño de frenar a todo un país, las mujeres solo pueden abandonar la casa familiar con veintitrés años, salvo para casarse; se les deniega la capacidad de tomar decisiones y se establece su inferioridad intelectual; no pueden escoger profesión ni ejecutar operaciones de compraventa; tampoco firmar un contrato de trabajo ni abrir una cuenta bancaria. Y la moral de la época declara que la humildad es la virtud principal de todas ellas y la posición más adecuada: de rodillas, rezando.
Burdeles y prostíbulos conforman un entramado, despreciado socialmente, pero aceptado como necesario, en el que algunas mujeres rinden tributo al principio de la supervivencia. En ellos a veces cuentan con la protección de las dueñas, en los momentos en los que no las extorsionan y explotan, o tienen acceso al dispensario médico más cercano, pero más allá de estos lugares está la calle desnuda y la violencia descarada que asfixia a las que no tienen nada. En Tenerife la prostitución se ejerce, principalmente, en la calle de Miraflores, ubicada en su capital Santa Cruz de Tenerife, y la población que mira de soslayo la nombra como la calle de las Niñas.
La prostitución se consiente, en ocasiones, y se castiga en otras, con un criterio arbitrario y ajustado a las necesidades de un país que abandera la defensa de la moral católica. Si la imagen de la nación se ve afectada por un incremento desmedido de esta actividad, dado que la supervivencia de una parte de la población femenina depende de ello, se procede a reeducar y redimir a las prostitutas, que son ingresadas en prisiones especiales para la Regeneración y Reforma de Mujeres Extraviadas.
Querida lectora, querido lector: acontecimientos históricos vividos en Canarias conforman el telón de fondo de esta obra, pero todo lo demás es ficción, aunque hubiese podido pasar. Espero que este viaje por una época triste y por una tierra pobre, te emocione, mientras escuchas la voz de unas mujeres que apostaron por la supervivencia.
PARTE I: RESISTENCIA
Por los hijos... Esto se hace por los hijos
I
Tenerife
Enero-agosto de 1946
—¿Me dejas las medias negras? —le pregunta Estrella a Candela.
—Cógelas. Están dentro de la cesta.
—Gracias, Candela. Has tenido tiempo de zurcirlas. ¡Qué bueno!
—Yo no. Fue mi tía y se acostó, la pobre, a las tantas.
—Tengo que pasar un día por tu casa para conocerla y darle a ella, entonces, las gracias.
Son las siete de la tarde y la puerta de la calle se abrirá en breve porque en ese asunto doña Amelia no admite retraso ni discusión. A las siete y media en punto se pone en marcha el prostíbulo conocido como Casa la Negra, en alusión a la piel tostada y el pelo oscuro de la dueña, situado en la parte alta de la calle de Miraflores, en el mismo centro de la ciudad de Santa Cruz de Tenerife. Y no cierra hasta que se oye el sonido de los gallos cantando en las laderas del Barranco de Santos, alrededor de las cuatro de la madrugada. A esa hora ya todos se han desahogado, han bebido y han gastado el dinero que llevaban encima y es ese el momento en el que doña Amelia, sin contemplaciones, empuja a los hombres que aún quedan en el local hacia la puerta y los echa a la calle, exhortándolos para que se vayan rápido a sus casas. Tranquilitos, con los huevos vacíos y la cartera también. Como tiene que ser.
Candela está sentada en el extremo de una banqueta desvencijada que apenas se sostiene sobre cuatro patas, mientras ocupa la otra mitad Estrella: Margarita Hernández Curbelo si se respetan las anotaciones recogidas en su partida de nacimiento. Pero en aquel lugar y a esas horas, el nombre con el que fue bautizada en la iglesia de su pueblo, con apenas tres meses, no existe, y se llaman unas a otras por los apodos que para ellas ha elegido doña Amelia y que, como dejó bien claro desde un principio, deben ser cortos y de fácil recuerdo para cualquier cliente, incluso para los que tienen la mente espumosa e inundada por el alcohol. Apelativos que evocan fuego y calor, porque eso es lo que busca allí esa manada de desgraciados que pagan por montar cada noche.
El nombre real de Candela solo lo conoce doña Amelia, además de Margarita, su amiga en el burdel, y el camarero que sirve copas y vigila a los borrachos desde detrás de la barra. Así que, tanto la identidad como el pasado de ella están a buen recaudo en el interior de su cabeza, dentro de un corazón roto y en los papeles que deben de andar guardados en algún cuartel de la Guardia Civil y que hablan de la vida revolucionaria de Maruja, conocida como la roja por una melena brillante que caía hasta media cintura y por ese puño que alzaba ligero y veloz cuando entraba en la empaquetadora de plátanos de Tazacorte y gritaba, alto y fuerte: «¡Salud, compañeras; salud, compañeros!». Y lo decía de esa manera, nombrando a las mujeres que allí se tiznaban las manos, mientras clasificaban manillas de plátanos, y poniéndolas en primer lugar, porque así es como se hacía por aquellos tiempos.
Maruja, Candela, casi se quedó sin pelo en los seis años que estuvo en la cárcel y, desde luego, el color lo perdió por el camino. A saber en qué celda dejó olvidado el brillo que recordaba a las bayas del aceviño cuando la tiña comenzó a hacer estragos en ella y los mechones largos se caían con el empuje de un simple suspiro. Los masajes con el aceite que compra la tía Concha, de estraperlo y con mucho sacrificio, parece que la están curando y, poco a poco, los lamparones que marcan en su cabeza una ruta de sufrimientos y de humillaciones se hacen más pequeños, mientras permanecen escondidos en el corazón de una melena débil y tímida que desaparece totalmente cuando cada mañana se amarra un pañuelo a la cabeza, baja la mirada y va al mercado a comprar al salir del prostíbulo. Después regresa a la casa pequeña que comparte con la tía Concha y con Isabelita en una zona a medio camino entre Santa Cruz de Tenerife y La Laguna, en La Cuesta, un lugar que hace honor a su nombre y al que se llega a través de una carretera inclinada por la que hasta el mismo tranvía parece ahogarse de puro esfuerzo.
Se dibuja la raya en el ojo recorriendo con la punta blanda del lápiz negro la parte exterior del párpado. Después, se pinta los labios con un carmín rojo intenso, mientras hace un amago de sonrisa triste cuando se mira de arriba abajo. Respira profundo o suspira, depende de cómo se entienda, y se pone en pie dispuesta a bajar por las escaleras de aquel prostíbulo de mala muerte para recibir entre sus piernas a todos los hombres ganadores de la guerra, que la tienen a ella como botín barato para usar cuando convenga y que se puede, también, tomar, abandonar, violar, escupir, golpear y romper cuantas veces apetezca, ya que, al fin y al cabo, ella solo es una mujer, una puta y una perdedora.
Estrella rebusca en la cesta de Candela y saca las medias negras que la tía Concha ha zurcido con esmero. Han quedado tan bien que solo una vista de lince y la luz del día podrían dar cuenta de la sutura que las recorre de arriba abajo. Pero en aquel burdel, las miradas suelen estar puestas en otras partes del cuerpo y la débil luz de las bombillas hace difícil que las cosas se puedan percibir tal y como son.
—¿Estoy bien así? —pregunta Candela, mientras se acerca a Estrella para que ordene su cabello frágil de manera que quede oculto el rastro de piel enferma y seca como un erial.
—No dejes que ninguno te tire del pelo.
—Te crees que es fácil. Parece que se vuelven locos con lo de cogerte por detrás como si fueras una burra y tirar de lo que encuentran por el camino —confiesa Candela, mientras señala su cabeza.
—Y ¿qué te esperas? ¿A qué crees que vienen a aquí? A montarnos, mi hija, como si fuéramos animales. Pero nosotras, tranquilas. Les sacamos la leche, el alma y el dinero para que esté contenta doña Amelia y no nos eche. Eso es lo que importa. ¿Lo entiendes, Candela? —La mira de frente: es lo que hacen cuando una de ellas se viene un poco abajo y se agarran por los ojos para darse un baño de realidad.
—Sí, no te preocupes —dice la roja que perdió el color, mientras ahueca unos mechones dóciles.
—Estás bien —añade su compañera—, estás preciosa. No me imagino cómo serías antes de la tiña, coño: una reina.
—Para lo que me sirve...
—Vamos, vamos, Candela, esto es lo que nos toca en suerte y no nos queda más remedio que vivir. Vende lo más caro que puedas esos ojazos verdes y que no te vean la tristeza, mi hija. Esa no. Esa es para ti sola.
—Quédate tranquila, estoy bien —responde mientras se pone los tacones, alisa su traje y se prepara para bajar los peldaños de la débil escalera, al tiempo que oye las risas y los gritos de los hombres que ya llenan el local. Y sobresaliendo por encima de ese sonido de tono grave y alta intensidad, se escucha la voz ronca de doña Amelia, parecida al graznido de un cuervo, que los dirige a todos como la astuta directora de orquesta que es.
—Vamos, caballeros, pasen a Casa la Negra, que esta noche estoy generosa y los invito a un traguito de aguardiente. Para calentarlos. Aunque, visto lo visto, no creo que haga falta, porque calientes vienen ya ¿o no? —y lanza al aire una gran carcajada mientras va empujando a los recién llegados hacia el interior del local—. Bajen, niñas, bajen que hay que consolar a estos caballeros. Tienen un dolor entre las piernas y aquí se lo vamos a quitar. Si sabremos nosotras como tratarlos...
En ese momento en el que la dueña las reclama y les da permiso para mostrarse, cinco mujeres con una sonrisa fija y estática pintada en la cara y que no se moverá de allí en el resto de la noche, aparecen en lo alto de la escalera que une los dos pisos del burdel y comienzan a descender, apoyadas en la baranda y pisando despacio, no vaya a saltar por los aires el tacón de uno de los zapatos que al amparo de la noche parecen nuevos, pero no lo son, y ya han pasado muchas veces por el zapatero: «para que los refuerce y le ponga tapas, otra vez».
—Doña Amelia, a ver cuándo cambiamos la mercancía, que a todas estas las he probado ya —dice un hombre entrado en años y que es cliente habitual del burdel. Cada jueves se planta en la puerta, desde la siete en punto, a esperar que abran. A su mujer le toca cuidar de la suegra ese día de la semana y, claro, aprovecha la oportunidad.
—Y ¿ya se ha cansado, el señor? ¿Se le acabó a usted la calentura, don Florencio? —le pregunta con la malicia pintada en la cara la dueña del negocio. Si sabrá ella cómo se le van los ojos a ese desgraciado por Lucero, la más entrada en carnes de todas y que lo vuelve loco con unas tetas inmaculadamente blancas—. Venga acá, Lucero, mi hija, que hoy tenemos al señor enfadado porque tiene ganitas de novedad. Venga usted acá y mire a ver cómo me lo puede consolar esta noche. Pero una copita primero: esa es la norma de la casa y ya la conoce bien, que para algo es cliente fijo. Primero se bebe y después se monta. Así la leche sale mejor, por las ganas, y se goza más. Consuélelo, mi hija, que usted sabe cómo.
Lucero se acerca al hombre que suplica novedades y le pasa los senos por la cara, al tiempo que le soba la bragueta.
—¡Pobrecito! ¡Qué malito se me ha puesto usted, así tan de repente!—. Y lo arrastra hasta la barra en la que el camarero, Arturo San Blas, ya está llenando un vaso con ron. A Lucero le sirve de otra botella que tiene escondida debajo del mostrador para que el caballero no la vea y llena el suyo con agua de salvia, porque, como dice doña Amelia, ninguna de ellas puede perder la cabeza, tan solo fingir que la pierde.
Candela y Estrella se sientan cerca de la barra con una sonrisa soldada a la cara, mientras se dejan tocar por las manos febriles de aquellos hombres que son capaces de sobarlas al tiempo que empinan el codo. También están junto a ellas Rubí y Esmeralda que dejan salir por sus bocas palabras de falso consuelo para calentarlos con las promesas del placer inmediato.
Candela sonríe y les da cuerda, pero nunca toma la iniciativa. Tan solo se deja llevar. No podría hacer más. Pero, como dice Estrella, a ella la salva la belleza. Aquel cuerpazo de diosa y sus ojos verdes vuelven loco a cualquier hombre, aunque no abra la boca. Y así es como la mantiene: cerrada. Solo en algún momento moverá los labios lo justo para decir: «claro; sí; no; de acuerdo; vamos; subimos», y para la tanda de quejidos automáticos y ensayados que debe lanzar cuando se echa sobre la cama, si quiere que el desgraciado que la está montando se desahogue rápido y la deje en paz. Entonces ella aprovecha ese pequeño intervalo para descansar un rato, porque, entre uno y otro, doña Amelia les permite lavarse bien con agua y desinfectante, y dormir un poco en una cama pequeña que hay en la buhardilla.
—Vamos, Candela, despiértate —le susurra Estrella—. Dice doña Amelia que vuelvas a bajar. Que todavía tienes tiempo para unos cuantos más.
—¿Qué se cree la cabrona? —los ojos se le hunden y parecen querer mirar para adentro, para la oscuridad de su cabeza.
—Ya sabes cómo es, mujer. Si la conocemos bien... Vamos, que hay que ganarse la comida de mañana. Nos está esperando.
Los dos meses largos que lleva de puta le pesan en la espalda como si fueran años, pero vuelve a colocar una sonrisa en su cara y se agarra a la barandilla para, despacito, bajar a la primera planta donde muchas manos la esperan queriendo adueñarse de ella. Para algo han pagado.
II
A las cinco de la mañana la ciudad comienza a despertar y es en ese momento cuando termina la jornada de trabajo de Candela y Estrella; la de Lucero, Rubí y Esmeralda, también. El burdel cierra una hora antes para la clientela, pero las mujeres tardan un poco más en marcharse y en ese intervalo limpian las habitaciones, cuelgan sus trajes de putas en una percha a la espera de que el sol se ponga otra vez y se visten de calle, ajustándose los pañuelos a la cabeza.
Maruja y Margarita, libres ya del apodo que les puso doña Amelia y de sus disfraces, salen juntas apenas despunta el sol, se dirigen hacía el Puente General Serrador y lo cruzan de una acera hasta la otra caminando despacio y casi arrastrando los pies en los que llevan puestas unas alpargatas con suela de goma.
—Paso por detrás de la Recova, Margarita —se permiten llamarse por sus verdaderos nombres cuando sienten que la dueña del negocio no las puede oír—. Hay un estraperlista que vende barato los huesos de gallina y a la niña le gusta el caldo que hace la tía Concha. Verla comer es lo único que me consuela después de una noche de trabajo.
—Yo me voy derechita para casa, que todavía me queda camino por andar —le responde Margarita, mientras se dirige hacia la parada del tranvía que la llevará a La Laguna y desde allí, después de un rápido transbordo en la plaza de La Concepción, hasta El Portezuelo donde vive con sus padres y hermanos; aunque a veces esta última parte del camino la hace andando, especialmente esos días en los que no tiene ganas de ver a su familia a pesar del agotamiento y de que se le cierren los ojos por el cansancio.
Maruja llega a la casa pequeña en la que vive en el barrio de La Cuesta sobre las nueve y media de la mañana. Ya Isabelita está en la escuela y encuentra a la tía Concha afanada entre calderos y cacharros en la cocina.
—¿Cómo estás, mi hija? —le pregunta cuando la ve entrar, al tiempo que le quita el pañuelo de la cabeza porque no es bueno que el pelo sude. Necesita fresco para curarse y para volver a salir fuerte y robusto en las zonas quemadas, que son como ruinas después de un vendaval—. Dame la cesta y siéntate, que tú ya has hecho lo tuyo por hoy.
Maruja no se hace rogar y le entrega todo lo que acaba de conseguir en algunos puestos de la Recova y con las ofertas subrepticias del estraperlo: los huesos de gallina, unas papas, un ramo de hortelana y dos cebollas blancas. Suficiente para escapar, que ya mañana será otro día. Después se sienta, diligente, en una de las tres sillas que tienen en la casa y cierra los ojos, mientras espera que la tía Concha le ponga un chorrito de aceite en la cabeza y se la empiece a masajear.
—Es del bueno —le dice en un susurro.
—¿Usted cree? —pregunta la muchacha desconfiada—. Aceite de verdad solo hay en las casas ricas. En la nuestra me huelo que no, por mucho que diga el estraperlista.
—Como si lo fuera. Tú cierra los ojos y piensa que te va a curar. Ya está saliendo el pelito, otra vez. En unos meses... ya verás cómo crece en unos meses.
—Ay, tía... no me hable del futuro, que me da angustia.
—Angustia, ninguna. Estamos vivas y tenemos a tu hija en la escuela, que es donde tiene que estar. Vivas y juntas, además. ¿Qué más podemos pedir?
—Le hago yo un cuento y le digo qué más podemos pedir: libertad, respeto, trabajo digno...
—Chissss. Cuidado con lo que se habla, que las paredes oyen y mira a dónde te llevaron todas esas palabras y esos sueños: a la cárcel. Y no te mataron, sabe Dios por qué.
—Mataron a otros...
—Pero a ti no... Estás viva y ves a tu hija comer todos los días.
—Ya, tía, ya. No me haga caso, que toda la noche en la empaquetadora me ablanda la cabeza y no puedo ni pensar con fundamento —baja los ojos para que Concha no pueda descubrir cómo le miente cada día con tal de que ni ella ni Isabelita sepan que es puta. Así que se disfraza de una asalariada dedicada a empaquetar pescado salado en las lonjas del mercado para mandar, después, a la Península. Eso es lo que les dijo hace unos meses, cuando empezó a trabajar en el burdel; y se lo creyeron, así, sin más.
—Tienes que pedir un día de estos, sin prisa, que te cambien el turno, mi hija. Siempre de noche es muy duro. Si por lo menos trabajaras alguna semana por el día..., eso estaría muy bien —sigue mojándole el pelo con un líquido viscoso que las dos quieren entender que es aceite. A Maruja se le cierran los ojos de puro agotamiento y los diez minutos siguientes solo existe para ella el suave deslizar de los dedos de la tía Concha por su cabeza—. Venga, para la cama y a dormir. Te despierto esta tarde, cuando Isabelita llegue de la escuela, para que estén un rato juntas, que una madre y una hija tienen muchas cosas de las que hablar. Vamos a descansar que ya hoy te has ganado el día.
Maruja se desplaza diligente hacia las dos camas que tienen en la habitación en la que duermen: la tía Concha en una, ella y su hija en la otra. Y cae como desmayada sin tener tiempo siquiera de echar las sábanas para detrás.
Entonces, el infierno que se anuncia cada vez que la vence el sueño llega sin aviso, pero con implacable puntualidad: la cárcel, la suciedad, las pollas hinchadas, las bofetadas, el agujero en el estómago, la tiña, Isabelita creciendo con su tía y lejos de ella, las compañeras represaliadas, los insultos y un puño alzado que recibe un golpe y se parte en dos... la envuelven y la atormentan. Mientras, la figura delgada de Eralio, el amor ausente, sentado en la cama y a su lado, vela todo lo que puede esos sueños inquietos, llenos de gritos y de suspiros. De cuando en cuando, la tía Concha, que no sabe de la presencia del padre de Isabelita en la habitación, porque ese muchacho muerto en el frente del Ebro no es su fantasma, entra y mueve un poco el cuerpo de Maruja para sacarla de cualesquiera que sea el enredo en el que tiene metida la cabeza.
—Tranquila, mi hija. Que ya no estás allí. Tranquila.
Cuando la tía sale del cuarto, Eralio vuelve a sentarse en la esquina de la cama para cuidar de su amada y con una mano etérea y blanca acaricia la de ella, que duerme y se revuelve entre las sábanas.
—¿Te acuerdas de cuando venías a verme al pajero de Las Manchas, sin que nadie se enterara? —El fantasma la sigue acariciando con sus dedos largos de viento, pero sin tocarla—. Le decía a los camaradas que iba a mear y a coger aire, pero corría por las laderas para encontrarme contigo, con la roja más roja de la isla que estaba enamorada de un pobre desgraciado como yo. Me volvía loco por tus caderas y era como un botón agarrado a una de ellas. Me quitaba el sentido esa melena que olía a almendras y se enredaba en mi cara: qué guapa eras, Maruja, debajo de los pinos y encima de mí. Pero ¡qué guapa, mi amor!
Las palabras que le susurra al oído el padre de su hija sin que ella se dé cuenta de lo que está pasando, porque el consuelo que nos dan los muertos pasa desapercibido en la mayoría de las ocasiones para los vivos, hacen que, llegado el mediodía, pueda descansar un poco mejor.
—¡Cuánto te quise, mi vida, y cuánto te quiero aún! —le dice el hermoso fantasma mientras se despide hasta mañana, hasta el momento en el que llegue nuevamente otra pesadilla. Entonces se sentará, tranquilo, en una esquina de la cama
