El estúpido yo
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El estúpido yo - Osmar Fernando Hernández Bello
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© Osmar Fernando Hernández Bello
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz
Diseño de cubierta: Rubén García
Supervisión de corrección: Celia Jiménez
ISBN: 978-84-1068-416-4
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.
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No quiero dejar pasar la oportunidad de dedicar unas palabras a mi esposa, la cual a lo largo de estos últimos años se ha convertido en un pilar importante en mi vida a través de sus cuestionamientos, el amor que me brinda y, por supuesto, su personalidad, la cual me fascina. Tu idoneidad ha llenado mi vida; eres mi compañera incondicional. Siempre has estado dispuesta a seguirme en mis locuras, un gesto que valoro profundamente. Gracias por tanto, Mery. Te amo.
Por la eternidad...
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Agradezco profundamente a mis padres por haberme formado y ser una parte fundamental de mi desarrollo como persona. Además, les agradezco por tenerme siempre en sus oraciones; sus buenos deseos han sido de gran bendición para mí. Los amo.
INTRODUCCIÓN
En la vida nos enfrentamos a innumerables retos a los que podemos asignar una definición, ya sea de manera abstracta o concreta, según los aprendizajes teóricos o empíricos que adquirimos a lo largo de nuestra existencia. Un ejemplo práctico es cuando escuchamos la palabra «vaca»; sin ver al animal, nuestra mente comienza a visualizar abstractamente las patas, la boca, las manchas o incluso asociarla con marcas de leche reconocidas. Esto ocurre debido a la rápida conexión que nuestra mente establece con conceptos abstractos.
En contraste, la situación sería completamente diferente si tuviéramos frente a nosotros un libro con características específicas, como hojas y colores, y cuyo título es El Estúpido Yo. Si nos preguntaran, «¿cómo se compone un libro?», nos sumergiríamos de inmediato en un proceso que abarcaría desde la teoría piagetiana, pasando por el estadio sensoriomotor, hasta llegar a las operaciones concretas. Esto se debe al contexto de la pregunta y a lo que podemos observar tangiblemente. Estas definiciones preestablecidas, ya sean abstractas o concretas, se fundamentan en los aprendizajes acumulados a lo largo de la vida.
Así es como formamos conceptos de las cosas a través de las experiencias que acumulamos en esta vida. Sin embargo, uno de los conceptos que carece de una definición clara, más bien es relativo: la vida. Esta existencia, que nos hace experimentar el aquí y el ahora, es como la neblina que, en un momento, aparece y luego se evapora. De hecho, no hay una definición fija o exacta para la vida, ya que cada persona, con su experiencia y conocimiento, le asigna una interpretación en un día, pero al siguiente puede cambiar de parecer debido a las circunstancias en las que se llegue a encontrar.
La vida es un ciclo de nacer, crecer, reproducirnos y morir. En esta travesía, experimentamos un sin fin de situaciones a las cuales les asignamos juicios de valor. Ya sea ser padres, casarnos, tener hijos, graduarnos de la universidad, obtener algún nombramiento, adquirir un carro, comprar una camisa de marca o estar con la familia, entre muchas otras cosas más. No obstante, también está la contraparte al experimentar la muerte de un ser querido, una ruptura amorosa, perder el trabajo, etcétera. Estas experiencias nos marcan de por vida y dejan cicatrices en nuestro interior.
Resulta curioso cómo los seres humanos se enorgullecen de sus grandes descubrimientos e invenciones. Hasta el punto de crear manuales para todo, desde el uso de electrodomésticos hasta la construcción de aviones e incluso ofrecen instrucciones detalladas sobre productos médicos. Sin embargo, lo intrigante es que, a pesar de toda esta información organizada, no existe un «manual de vida». En su lugar, nos encontramos con opiniones provenientes de amigos, padres, vecinos o la sociedad en general, quienes presuponen que debemos vivir nuestras vidas según sus experiencias personales o las de conocidos, imponiendo expectativas basadas en sus propias vivencias.
Vivir esta vida no implica seguir un camino estático o paralelo, donde debas recorrerlo de la misma manera en que lo hicieron otras personas. Esto no es aplicable porque, aunque las experiencias puedan ser similares, cada persona es única. Piensa de manera diferente, imagina diferente, siente diferente y vive de manera única. Por lo tanto, no existe un camino correcto; simplemente existen estándares sociales donde las personas imponen cómo se debería vivir la vida. Esto suele manifestarse en estructuras sociales como la familia. Para un padre de familia, que su hijo sea una buena persona en la vida implica respetar al prójimo, mientras que para otros puede significar enseñarles a sus hijos a no dejarse pisotear.
Por ejemplo, si le preguntamos a alguien si matar es bueno, dirá que no. Sin embargo, si su esposo se convierte en alguien de las fuerzas armadas y mata a alguien, la perspectiva puede cambiar. Incluso en situaciones extremas, como en Palestina, donde los niños pueden verse obligados a tomar decisiones difíciles para sobrevivir, se evidencia la relativa naturaleza de la vida, ya que, a pesar de lo bonito que puedan pintarse algunos caminos, cada individuo va tomando sus propias decisiones.
Y es que a lo largo de nuestra vida, estamos llenos de planteamientos, ya sea con o sin respuestas adecuadas. Desde que nacemos, nos cuestionamos: ¿Quién soy? ¿De dónde vengo? ¿Quién me creó? Y a medida que crecemos, surgen más preguntas: ¿A dónde voy? ¿Qué debo hacer? ¿Cuál es mi propósito? ¿O qué hay después de esta vida? Estas son interrogantes que constantemente bombardean la mente humana. Sin embargo, la realidad es que en muchas ocasiones tendremos muchas preguntas y muy pocas respuestas concretas, ya que nuestra mente es finita y no siempre comprenderá cosas que están más allá de nuestra capacidad. Por esta razón, nos vemos en la necesidad de crear narrativas alternas que sirvan como placebos de autoengaño, dado que no encontramos una verdad a nuestras interrogantes.
Todas esas mezcolanzas de circunstancias emocionales, físicas, económicas, existenciales a las que nos enfrentamos en la vida pueden hacer que nuestro YO parezca estúpido. Aunque este término pueda sonar como un exabrupto o como un peyorativo para muchos, comprender su origen nos permite interpretarlo de manera diferente. «Estúpido» tiene su raíz en el latín, específicamente en la palabra stupidus, que a su vez proviene del verbo stupere, con el significado de «quedar paralizado» o «terminar aturdido».
Por otro lado, desde una perspectiva psicoanalítica, hablar del YO implica entenderlo como la parte consciente
