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«Ya lo dijo José Hierro en su famoso verso: "Abre tus ojos verdes, Marta, que quiero oír el mar". La mirada, el agua, la sal, los suspiros, la inmensidad, la nostalgia, los azules vivos en la fragilidad, el horizonte, el rayo verde, la puesta de sol, los naufragios y la luz que se respira tras la tormenta; la poesía siempre ha transcrito el lenguaje del mar. Es relativamente sencillo aprender a mirar, pero bastante difícil convertir la intención en algo que decir. En estas páginas se esconde una ventana abierta a la intimidad, a un verde agua que gobierna los sueños de todo aquel que entiende lo que la poesía es capaz de abrazar. Si lo encontraste, has tenido buen ojo».
Andrea Valbuena.
Javier Morera
Nací en Barcelona en 1989. Creo en el olvido, pero desde el recuerdo. Empecé a escribir y no me preguntéis, pero ni pude ni quise escapar de aquí. Este es mi segundo libro. Creo en la lluvia como medio para la supervivencia, pero, sobre todo, como bote salvavidas, pues solo ella es capaz de derribar fronteras y convertirnos en primavera.
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Dicen tus ojos que sabes (a)mar - Javier Morera
Ábrego
1. «m. Viento templado y húmedo del sudoeste, que trae lluvias».
Ya ves, mi amor
De todo lo que soy,
hay una mitad que me sostiene siempre,
pero que no me pertenece.
Será que desde nosotros
ya no deseas dejar de inquietarme.
A veces me pregunto
si algún día
tendré el coraje suficiente
para salir ileso de aquí:
de esta mirada tuya
en la que no dejas de escribirnos.
De esta vida mía
rompiéndose a pedazos
cuando nos empeñamos
en dejar de vernos.
A veces
me pregunto si quedará vida ahí.
Ahí donde el mundo reclama el color de tus ojos.
Ahí donde tus manos no moldean ningún tipo de futuro.
Ahí donde la felicidad es un idioma extinto sin tu voz.
Ahí donde todo nos siente,
pero nadie nos toca.
Ya ves, mi amor,
lo bien que nos hacemos
a la historia,
desde que tu mirada
ilumina el mundo
y me habitas
corazón
adentro.
Confesiones
Dejando la razón al margen, debo confesar que ya no sé mirar al cielo sin abrazarme a tu nombre. Tampoco he conseguido ser capaz de pronunciarlo en voz alta por si acaso alguien decide hacerlo enteramente suyo. Uno nunca está preparado para entregar al mundo lo más bonito que tiene. Y, aun así, seguimos teniendo pánico a un corazón desnudo. El miedo al qué dirán y a todo lo que la sinceridad es capaz de hacer. Mira: a lo largo de mi vida, me he considerado un hombre valiente, amante del vértigo que conllevan los sentimientos, pero nunca me he sentido con el coraje suficiente como para entregarme por completo a quien no supiera mirarme a los ojos sin miedo. Pero también es cierto que soy muy propenso a darle la mano a la torpeza. Nunca he logrado huir sanamente de ella. De ahí mi poco cuidado a la hora de sacar a pasear al deseo, la urgencia de entrar corriendo, y no de puntillas, en quien me regala su tiempo. La necesidad de cuidar y de proteger las flores en las que siempre me encuentro. El deseo y el placer pueden llegar a ser bastante crueles si uno no recuerda dónde olvidó las riendas de la realidad. Sé que tengo demasiado por dar, pero también sé que nunca será suficiente como para conseguir que te acerques, me toques y ojalá te quedes. Volveré a ser sincero: no me arrepiento de no haberte confesado lo mucho que te quiero. Hay ciertas historias que
