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Las punzantes conversaciones de un matrimonio en crisis. Nick Hornby escruta los conflictos de pareja con grandes dosis de ingenio.
Cada semana, Tom y Louise tienen una cita en un pub londinense antes de su sesión de terapia de pareja. Su relación parecía ir bien hasta que un desliz generó grietas y afloraron las tensiones. Ahora están intentando reconducir la situación, en un intento de salvar un matrimonio de quince años que les ha dado dos hijos.
La novela, organizada en diez capítulos, reproduce los diez minutos previos a diez sesiones de terapia. Durante ese tiempo Tom y Louise conversan y observan lo que sucede a su alrededor: la gente que entra en el pub, las parejas que salen de su sesión con la terapeuta antes de que pasen ellos…
El motor de la narración son esas mismas conversaciones, cargadas de agudeza, ironía y sinceridad. Una suerte de terapia previa a la terapia, en la que la pareja protagonista repasa su vida en común y habla de todo: el pasado, sus diferencias y complicidades, el sexo y el amor, las expectativas y los desengaños, incluso el Brexit.
Este libro ingenioso, incisivo y profundo bajo su apariencia de liviandad es la formulación literaria de la serie de televisión del mismo título, dirigida por Stephen Frears y protagonizada por Rosamund Pike y Chris O’Dowd, de la que Nick Hornby es guionista.
Nick Hornby
Nick Hornby (Maidenhead, 1957), licenciado por la Universidad de Cambridge, ha ejercido de profesor, periodista y guionista. En Anagrama se recuperaron sus tres extraordinarios primeros libros, Fiebre en las gradas, Alta fidelidad y Un gran chico, y se ha ido publicando su obra posterior: Cómo ser buenos, 31 canciones, En picado, Todo por una chica, Juliet, desnuda, Funny Girl, Alguien como tú, El estado de la unión y Dickens y Prince.
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El estado de la unión - Jaime Zulaika
Índice
Portada
Primera semana. Maratón
Segunda semana. Globos terráqueos antiguos
Tercera semana. Siria
Cuarta semana. Escayola
Quinta semana. Una pendiente normal
Sexta semana. Nigel y Naomi
Séptima semana. Llama a la comadrona
Octava semana. Delfines
Novena semana. Sexo carcelario
Décima semana. Una copa más
Notas
Créditos
Primera semana
Maratón
Cuando llega Louise, Tom ya se ha bebido media pinta y está haciendo el crucigrama críptico del Guardian.
–Hola –dice Louise.
–Ah –dice Tom–. Hola. Te he pedido una copa.
–Gracias.
Louise la coge y da un sorbo.
–Gracias por venir –añade ella.
–Oh, de nada.
–¿Llevas aquí mucho tiempo?
–No, no –dice él–. Esta es la cuarta.
Louise parece alarmada.
–En realidad no es la cuarta.
–Uf, menos mal.
Ella suelta una risita desganada.
–Pero es la segunda.
–Puedes tomarte dos. Pero ¿luego no querrás ir a hacer pis?
–Eso espero. Y tardaré todo lo que pueda.
–Pero entonces parecerá que has ido a hacer caca.
–Oh, joder. Entonces avisaré desde el principio de que nunca puedo cagar fuera de casa.
Louise muestra buena voluntad con otro ruido que pretende mostrar que se divierte.
–Creo que dijera lo que dijese hoy, te reirías –dice Tom–. Dentro de lo razonable.
–Bueno. No pongamos a prueba esa teoría.
–Solo que…, ¿qué es lo razonable? Ahí hay un tema de conversación.
–Seguramente tenemos suficientes sin rebuscar en la historia de la filosofía occidental –dice Louise.
–Es verdad. ¿Quién era el filósofo de la razón? Yo diría que Kant. Quiero decirlo y lo diré: Kant. Ya está. Ya lo he dicho. ¿Lo compruebo?
Saca el móvil.
–No, por favor. Solo tenemos unos minutos.
–¿Seguro? No tardaré ni un segundo.
–Seguro. Pero gracias. ¿Los niños se han portado bien? ¿Se acordaba Christina de que hoy se quedaba hasta tarde?
–Todo bien –dice Tom–. A Dylan le han castigado otra vez.
–Oh, mierda. ¿Y ahora por qué?
–Estaba imitando a alguien del que nunca he oído hablar en Geografía.
–Qué idiota. ¿Hablamos de…?
–En serio, literalmente nunca había oído hablar de él –dice Tom–. Un youtuber, un zarrapastroso… ¿Quién sabe? Y Otis se sentía «un poco mejor» cuando me he ido. Sorpresa, sorpresa.
–¿Estás intentando matar el tiempo?
–Un poco sí, supongo. Estoy nervioso.
–Lo siento –dice Louise–. De no ser por mí no estaríamos aquí.
–No.
Louise lo mira.
–¿No, sin más?
–Sí. No, sin más. De no ser por ti no estaríamos aquí. Una triste verdad.
–¿No asumes ni una pizca de responsabilidad?
–No –dice Tom–. ¿Por qué?
–Porque…, porque el camino que nos ha conducido hasta aquí ha sido largo y difícil. ¿No crees?
–Bueno. Depende de cómo lo mires. Está el camino largo y difícil, y está… la línea recta.
–Llévame por tu línea recta –dice Louise.
–Te acostaste con otro y aquí estamos.
Louise da otro sorbo de su copa y luego respira hondo.
–Pero la cosa da un poquito más de sí, ¿no? –dice.
–Entonces ¿qué camino sigues tú?
–¿Recto o no recto?
–Recto.
–Bueno. Dejaste de acostarte conmigo y empecé a acostarme con otro.
–Esa… Esa es una versión muy corta. Y muy burda, si me permites decirlo.
–Bueno, en realidad mi versión es más larga que la tuya –dice Louise.
–La mía explica por qué estamos aquí. La tuya es una historia parcial del largo desastre que vino antes.
Louise suspira y trata de ordenar sus ideas.
–Sí –dice–. Cometí un error. Pero…
–¿Puedo aclarar algo? ¿Cuántos errores hubo en total?
–Bueno. Uno.
–Uno.
–Sí. Depende de cómo lo definas.
–Defínelo del modo que nos dé el número más alto. Para que yo sepa de qué estamos hablando.
–El número más alto serían cientos.
–Dios santo –dice Tom.
–Por todas las minúsculas decisiones que condujeron al gran error.
–Oh. No. No me interesan las decisiones minúsculas. Tenemos que irnos dentro de cinco minutos.
–Entonces uno.
–Pero cuando has dicho «Depende de cómo lo definas»…
–Podrías definirlo como una sola aventura –dice Louise–. O podrías definirlo como cuatro errores.
–¿Es decir?
–El error original repetido tres veces.
–Me he perdido. ¿Cuántas veces te acostaste con ese tío?
–Cuatro.
–No tres, entonces.
–No. Un error y tres repeticiones del error original. Digamos que el primero fue el pecado original y los otros tres son duplicados.
–Cuatro veces. Cuatro veces no se pueden considerar accidentales. En realidad ya sería difícil considerar accidental una sola.
Se ríe de su propia broma, y dice:
–A ver, ¿cómo va la cosa?
–Te lo he dicho. Tuve una aventura. ¿No te consuela que solo fueran cuatro veces, no cuarenta?
–Pues no, la verdad. En cuanto lo has hecho cuatro veces podrías hacerlo cuarenta.
–Creo que, si hubieran sido cuarenta, esta conversación sería distinta.
–Sí. Habría un montón de cuarentas en lugar de cuatros.
–Ya sabes lo que quiero decir –dice Louise–. Cuarenta significaría que habría durado…
Su voz se va apagando.
–¿Podrías acabar la frase? ¿Cuánto tiempo habrías necesitado para llegar a cuarenta?
–Esta conversación es absurda.
–Solo querría un tiempo aproximado. Para calcular la frecuencia y también el número.
–¿Por qué?
–Por comparar.
–No se puede comparar. Es como comparar un sprint con un maratón.
–¿Y el maratón somos nosotros?
–Por supuesto –dice Louise–. Estamos casados y tenemos hijos.
–Solo que no sabíamos lo que iba a pasar cuando empezamos a acostarnos. No controlamos el ritmo. No dijimos: «Más vale ir despacio para que nos quede algo dentro de quince años».
–Escucha. Esas cuatro veces ocurrieron en unas pocas semanas. Nuestras primeras cuatro veces ocurrieron en unos pocos días.
Tom parece complacido.
–Pero ¿adónde nos lleva esto? –dice ella–. ¿Cuánto tiempo tardaremos en llegar a cuatro veces desde aquí?
–¿Qué significa «aquí»?
–Aquí. Ahora. Cuando ya no
