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Cuarto con tina
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Libro electrónico332 páginas4 horas

Cuarto con tina

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En este libro, Hélène Rioux escribe fina y quirúrgicamente la historia más personal e intimista de su álter ego, Éléonore, una traductora literaria a la que esta vez abre en canal, exponiéndola de una forma explosiva, despedazada y expulsada, como violentada en sí misma, disparándonos pasajes como esquirlas aparentemente inofensivas, filosas puntas
IdiomaEspañol
EditorialUniversidad Autónoma de Nuevo León, Editorial Universitaria
Fecha de lanzamiento14 ago 2022
Cuarto con tina
Autor

Hélène Rioux

raducción del inglés-Hélène Rioux es una escritora y traductora francocanadiense. Nació en Montreal, Quebec y se educó en el Cégep du Vieux-Montréal, y luego estudió ruso en la Université de Montréal. Sus historias han sido publicadas en varios periódicos como XYZ, Moebius, Arcade y Possibles.

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    Cuarto con tina - Hélène Rioux

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    Primera edición 2022 (UANL)


    Cuarto con tina / Hélène Rioux : traducción de Roberto Rueda Monreal.

    Monterrey, Nuevo León, México : Universidad Autónoma de Nuevo León, 2022.

    308 páginas ; 14x21 cm (Colección: Narrativa).

    ISBN: 978-607-27-1676-6

    1. Novela canadiense – Siglo XX – Traducciones al español

    LCC: PS8585.I46 C4318 2022 Dewey: 843.54


    Santos Guzmán López

    Rector

    Juan Paura García

    Secretario General

    Celso José Garza Acuña

    Secretario de Extensión y Cultura

    Antonio Ramos Revillas

    Director de Editorial Universitaria

    © Universidad Autónoma de Nuevo León

    © Hélène Rioux

    © Roberto Rueda Monreal, por la traducción

    Padre Mier 909 pte. esquina con Vallarta, Monterrey, Nuevo León, México,

    C.P. 64000. Teléfono: (81) 8329 4111 / e–mail: editorial.uanl@uanl.mx www.editorialuniversitaria.uanl.mx


    Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra —incluido el diseño tipográfico y de portada— sin el permiso escrito por el editor.


    Impreso en Monterrey, Nuevo León, México

    Conversión gestionada por:

    Sextil Online, S.A. de C.V./ Ink it ® 2022.

    +52 (55) 52 54 38 52

    contacto@ink-it.ink

    www.ink-it.ink

    Yo sólo sé que el sufrimiento

    existe, que no hay culpables,

    que todo viene y va,

    que todo pasa y se equilibra.

    Dostoievski

    I

    A veces, la válvula salta, así suele suceder, a veces el vaso se derrama. Uno no sabe qué presión fue ejercida, qué gota fue vertida, la presión quizás era muy poca, la gota minúscula, y sin embargo basta un instante para que todo salte, todo se desborde. Fue así como sucedió para mí. Es decir, que el bonito departamento en tan buen estado, el barrio residencial tan tranquilo, el sillón de cuero y todos los accesorios tan elegantes que con él combinan, de pronto ya no fui capaz de soportarlos. Eso sucedió una linda mañana. Aquella mañana, para ser exactos. Pero es necesario creer que ya se venía incubando desde hacía mucho tiempo. Un viejo virus. Rabia, repugnancia, hartazgo, turnándose. Hartazgo, rabia, repugnancia. Pequeñas crisis entre las calmas. Calmas entre las crisis. La rutina, ¡caray! Volver a encontrarme todas las noches frente a frente en este departamento conmigo misma. O con Philippe (lo que vendría a ser más o menos lo mismo, sólo que con Philippe los frente a frente a veces terminaban en boca a pito… pero pongámosle una pausa a las trivialidades). Lo que quiero decir es que, aquella mañana, me asqueé del hermoso Philippe en el bonito departamento. Del hermoso Philippe, porque de verdad que es hermoso, es decir, entre los de su tipo, si a una le gusta el tipo clásico, el tipo algo ñoño, el tipo cara de arcángel, de nariz bien recta, el mentón bien cuadrado, de verdad que él es de este tipo, y la mirada miope demasiado vaga cuando se quita los lentes, esa mirada a la que a veces yo no me podía resistir… del hermoso de Philippe, pues, que jugaba ajedrez con (y particularmente contra) su computadora e invariablemente perdía, mientras, echada en el sillón, yo me la pasaba hojeando revistas espantosamente insignificantes echándole un veleidoso ojo de deseo a la obra de Proust muy sabiamente colocada en una repisa arriba del estéreo y de la videocasetera. Nosotros habíamos caído en las insidiosas trampas de la vida cotidiana. Habíamos caído bajo, caído en picada, por así decir. De verdad, yo ya no podía seguir preparándome absurdos cocteles que me tomaba en copas de cristal de Bohemia mientras él, él se la pasaba escuchando su ópera desde el lector de discos láser superperfecto. ¡Ay, teutonas valquirias de tetas en caparazón de metal, cortesanas de finos pulmones, patrióticas y magnánimas!, ¡ay, Madame Butterfly (Philippe tenía una debilidad por las sopranos, ¿o se dice soprani?, poderosas), sus lamentos y vociferaciones me revientan los tímpanos! El amor es definitivamente un pájaro rebelde que yo creía poseer, pero que más temprano que tarde tenía que echarse a volar… O viceversa. Yo era el pájaro amarrado que jalaba del cordón. Hasta altas horas de la noche, se apagaban todos los aparatos, el hermoso Philippe a veces me alcanzaba en el sillón (al que se tenía que tener cuidado de no manchar) y me rascaba la nuca. Sí, nosotros hacíamos una linda parejita, una pareja muy bonita, trotábamos y cocinábamos sin hacer ruido, todos nuestros vecinos habrían podido dar fe y testimonio de ello.

    La linda parejita hacía que se me revolviera el estómago. Que me doliera el estómago, que me doliera todo

    Así las cosas, aquella mañana, luego de una de esas lúgubres noches, Philippe se fue al trabajo –porque hasta en Viernes Santo, él trabaja, él trabaja todo el tiempo– y yo eché lo básico, es decir, Por el camino de Swann, el cuestionario de Proust que siempre prometía responder, la novela que estoy traduciendo y mi libreta de espiral en donde yacen las primeras páginas de mi traducción, mi diccionario de bolsillo, mi Ipod, con mis playlist favoritas, mi aceite de baño de jazmín y mi toalla negra de satín, en mi maleta grande de viaje, me metí al metro y partí sin rumbo fijo, en busca de otra casa vacacional.

    Tengo esta manía de meterme al metro y de bajarme en cualquier estación, explorar las calles colindantes. Algo de vértigo cuando salgo del vagón a la hora pico y me sumerjo en la marabunta humana, cuando me dejo llevar por los largos pasillos y cuando al final la marea me expulsa al aire libre. ¿Libre? Pero si era justo en la marabunta en donde yo me sentía libre. Ya no tengo identidad, soy como un pez en medio del mar, un átomo en medio del universo.

    Es así como he recorrido todos los barrios de la ciudad. Si hay un parque y el día está bonito, ahí me siento, cerca del estanque, y contemplo esas escenas de la vida cotidiana, niños que brincotean al lado de su spaniel, viejos que sueñan despiertos, adolescentes que juegan luchitas en el pasto; si hay una fuente y está muriendo el día, la luz toma entonces una calidad particular, de una suavidad extrema, y las escenas adquieren el aspecto de cuadros expresionistas. Yo permanezco absorta en medio de esa contemplación por unos instantes, tomo notas en mi cabeza, a veces sobre la felicidad, sobre una expresión de repente maravillosa, por ejemplo, o sobre una mirada de complicidad que intercambian una vieja china gorda y su hijo enclenque, sobre un gesto, una mano sobre un hombro, que yo bosquejo sobre el fuerte resplandor y que me alimenta. A veces sobre la angustia, sobre otro tipo de miradas, otros tipos de gestos que bosquejo y que me alimentan también. Dolor. Cuando diviso una terraza de café, voy y me siento, o igual hasta llego a entrar a la fonda más destartalada, al restaurante de comida rápida más ruidoso, y pido un café en un vaso de cartón, voy y me siento en una silla de plástico cerca de la ventana y abro mi libreta.

    Yo siempre traduzco a mano, en una libreta de espiral, muy por lo regular en un lugar en donde nadie se atreva a dirigirme la palabra.

    Aquella mañana, no fue difícil encontrar la nueva casa vacacional.

    Un cuarto bastante espacioso en plena calle NotreDame, con un horroroso tapiz lleno de rosas marchitas. Una ventana opaca que da al patio, con su basura y sus gatos. No podría describir los muebles: todos son incómodos, están destartalados y descarapelados como uno no podría imaginarse. Hasta tiene una tele vieja, de las de blanco y negro. El encargado me explicó que el antiguo huésped la había dejado ahí al poner pies en polvorosa. Y es que su último cheque ya no tenía fondos, por lo que sólo pondrán cable hasta finales de mes. Podré ver mis programas. ¿Pero cuáles programas? ¿La guerra de las estrellas, la guerra en vivo y en directo, la guerra contra el sida, contra la pandemia?

    Sin embargo, lo que me convenció fue la antigua tina con patas que yace en una esquina. No lo sé, pero, para mí, evoca a la Italia antes de la guerra. Me parece haber escuchado que, allá, se pueden rentar cuartos así, con tina. Camera con bagno. Yo nunca he estado en Italia. Ya ni siquiera me acuerdo quién me contó eso. Pude haberlo visto quizás en alguna película, leído en algún libro. O haberlo traducido incluso. Y es que, al traducir tres novelas al año, tal como lo hago para la colección Sentimientos, historias de amor para niñas ingenuas, una visita tantos países, una se queda en tantas islas, tantos palacios, una describe tantas habitaciones de hotel. En Florencia, ¿no es cierto?, Firenze, cerca del Ponte Vecchio, ¿lo recuerda usted?, aquel cuarto abuhardillado que albergó nuestras primeras sensaciones, en el quinto piso, subiendo las escaleras de peldaños carcomidos, llegábamos sin aliento, con el piso de mármol vienés, ¿no es cierto?, tan frío bajo nuestros pies descalzos, con tenues rayas rosas y verdes, y la tina con sus patas, la grifería dorada, ¡qué idílicos días aquellos!, lindo amor mío, de noches resplandecientes, luego de nuestras escapadas al Palazzo Pitti, mi dulce prince…

    ¿En la tina, las noches resplandecientes? ¿De verdad yo traduje ese disparate? Ya me parece estarlos viendo, a esos dos enamorados, con los dedos de los pies todos enchuecados en el grifo, con el chorro de agua congelado que les salió repentinamente…

    Pero regresemos a la realidad. El tanque de agua, con su reserva, arriba y su cadena oxidada colgando, ocupa todo el espacio de un rincón a un lado. Descubrí que la decoración es exótica, al estilo de la vieja Europa.

    Por muy rudimentarios que sean, esos accesorios, sin embargo, son indispensables. Procedo a ir a hacer mis abluciones al baño común, en el lavabo amarillento, con la cuenca quebrada, con la cañería tapada por una maraña de pelos, de cabellos y de secreciones diversas, a mezclar mis emanaciones con las de otros en una espantosa promiscuidad de rastros íntimos, lo cual es demasiado para mí. Nunca había caído tan bajo.

    Hice un arreglo para rentarlo un primer mes, puse el bolso sobre el único sillón que, al contacto, soltó un largo suspiro polvoso que casi me asfixió, y luego salí. El barrio es más bien extraño. La casa en donde renté el cuarto está justo entre la fábrica de sábanas Bon Sommeil y la tienda de serpientes Reptiles Illimités. En el aparador de la última, yace una iguana somnolienta sobre viejos periódicos amarillosos. ¿O amarillentos? Recorrí ambos lados de la calle, cosa de familiarizarme con el entorno. Entre el mercado de carnes, la funeraria, la caja popular, la taberna vieja que me arrojaba al pasar un tufo a cerveza de barril y a roncas voces, descubrí flores de plástico, figurillas de animales exóticos de todos los tamaños, tarjas para la cocina y hamburguesas. Un local de una sociedad de vinos en donde compré una botella de Veuve Cliquot, Viuda Cliquot, dispuesto a pagar las consecuencias desde esa noche hasta mi próxima viudez. Luego una tienda deteriorada en donde venden todo tipo de cosas usadas.

    Fue ahí donde sentí el flechazo por una vieja máquina de escribir Underwood milenaria y cubierta de polvo. Una pieza de museo, verdaderamente. Tengo que decir que las computadoras están más allá de mis fuerzas. Para ciertas cosas, soy completamente refractaria al progreso. En Ediciones Sentimientos han insistido mucho en convencerme. Pierden su tiempo. Cuando termino de traducir una novela, la vuelvo a pasar en limpio en una máquina de escribir con lo último de lo último en el manejo de textos. Yo no iba a ponerme a escribir la versión de la gran obra de mi vida en una máquina que lo mismo sabe jugar ajedrez, scrabble, sumar, multiplicar, sacar la raíz cuadrada, dar la fecha y la hora, calcular un presupuesto y tutti quantti. No tengo ninguna duda de que eso habría hecho que me entrara un complejo de inferioridad.

    Así que compré, por una canción (no de amor), la antigua Underwood que pesa al menos dos toneladas y volví a mi nido. Primero la puse sobre la mesa, pero quedó muy cerca de la orilla y se cayó provocando un estruendo indescriptible. Entonces, la coloqué directamente en el suelo dejándome paralizada, y enseguida, exhausta, así que, sudando la gota gorda luego de ese duro esfuerzo, fui directo a darme un baño en la tina.

    Apenas puse un pie en ella y, primera sorpresa, estaba helada. ¿Qué significaba eso? Yo le había, no obstante, como de costumbre, abierto al agua caliente a todo lo que daba y luego dejé que fuera cayendo sólo un chorro de agua fría para que fuera soportable al meterme. Luego de algunos intentos, me di cuenta de que las llaves estaban cambiadas, el agua caliente estaba a la derecha. Una broma del plomero. ¡Si tan sólo lo tuviera enfrente! Así que, vayan y recuérdenle, si me hacen el favor, que desde hace siglos, en todos los países del mundo, el agua caliente va a la derecha, no, a la izquierda, ¿ven?, ahora ya estoy toda confundida, a la izquierda, pues, cuando una se para frente a las llaves, es decir, la mayor parte del tiempo, es una convención; la humanidad, en desacuerdo en todo lo demás, por lo menos llegó a un acuerdo al respecto y ahora usted, con sus fantasías y sus jugarretas, está a punto de desencadenar un conflicto mundial. Imagínese usted que un Jefe de Estado, de visita en el país, se queme la boca sólo al lavarse los dientes. Imposible que pueda pronunciar su discurso; si de comer se tratara, no podría hacerlo más que con un bocado de faisán en jugo de arce en pleno banquete brindado en su honor. O que atrapara una neumonía al darse un baño. Catástrofe diplomática, todos pensarían que es un complot, la oposición estaría loca de contenta, el encargado en jefe del protocolo se hallaría al borde del suicidio; el Primer Ministro se vería obligado a presentar una disculpa pública.

    Le quité el tapón, pero no pasó nada, o casi, es decir que la tina se iba vaciando al milímetro cúbico. A ese ritmo, tendría que quedarme ahí por el resto del día y parte de la noche. Mínimo. Descubrí un viejo garrafón de agua rosado debajo del lavabo (tenía que estar ahí específicamente para este uso) y pasé lo que quedaba del agua de la tina al recipiente. Volví a comenzar todo de nuevo. Abrí la llave de la derecha a todo lo que daba, y luego un poco la de la izquierda.

    Yacía recostada, atontada, en el agua en su punto y con aroma a jazmín, con los ojos cerrados, recostada, pues, como en medio de un jardín en plena canícula soñando por turnos con mi próxima gloria y con los amantes que me harían vibrar hasta el éxtasis sobre aquella afortunada cama (¿podrá resistir nuestros lances, nuestros desenfrenos y nuestros excesos?), cuando una extraña impresión hizo que abriera los ojos. El tapón, producto de una presión insólita, se había botado. Y cual géiser miniatura, salía del agujero un chorro de un rojo dudoso que pérfidamente se iba expandiendo por toda mi agua. Roja, ¿sería sangre acaso? Entonces, ¿qué o quién estaba brotando desde mis cañerías?

    Emergí en plena catástrofe.

    Tiritando sobre la cubierta moteada, miré, con los ojos desorbitados, las burbujas de mi baño de leche espumoso irse tiñendo levemente cuando al olor a flores se le fueron introduciendo hedores de cebolla, jitomate, aceite vegetal y picadillo. Aquello era una salsa para espagueti, sin duda. Demasiada boloñesa. Y pude detectar que la carne que salía no era de la recién descongelada. Pero yo no quería detectar, yo quería darme un baño de tina, eso era todo. En agua limpia.

    Me volví a vestir y salí a buscar al desaparecido conserje. Que no lo iba a encontrar, estaba más que previsto. Es así desde hace días. No obstante, a falta de conserje, me topé en el rellano con una criatura híbrida, con solo la mitad de su cabellera, la otra parte de la cabeza estaba rapada por completo, su mitad de cabellera era fucsia con rayitos anaranjados, vestida con una túnica abigarrada y unos jeans desgarrados y deshilachados, dejando expuestas sus pálidas pantorrillas y sus rodillas huesudas, sus ojos pintados de rojo fuego y con el cachete izquierdo tatuado con un dragón escupiendo flores, quien amablemente me explicó los diferentes problemas de plomería que tenía el edificio. Al parecer, hay falta de respiraderos, por lo que aquello es como cuando abres una lata de salsa de jitomate, si sólo le haces un hoyito, pues nomás no va a salir, ¿ves?, por eso la salsa del vecino de arriba escurre por tu cañería cuando se pone a enjuagar trastes, y encima también está eso del principio de los vasos comunicantes… Yo no entendí ni jota de toda la explicación, y es que en la escuela era una nulidad en física, pero de todo esto rescato claramente que más vale darse un baño en la mañana cuando nadie cocina.

    ¿Cuándo nadie cocina? ¿Algunos cuartos cuentan con cocina? Sería lógico. Cuarto con tina y cuarto con estufa. Camera con stufa.

    Me regresé a mi guarida. El agua yacía estancada en mi miserable tina, pero, ¡ah!, claro, como nomás no va a salir, pues toda la habitación estaba impregnada de un fuerte olor a especias, a moho y a caño. ¡El comienzo ideal para mi nueva vida!

    Decidí acostarme. Una reflexiona mejor en posición horizontal, lo he comprobado a menudo. La mayor parte del tiempo, yo reflexiono en mi tina, pero, tal como está la situación, que la cama tome su lugar. Ya veremos qué pasa mañana por la mañana.

    Puse las sábanas de satín negro sobre la cama, me acosté en el colchón que rechinaba, me puse los audífonos, la Séptima de Beethoven, Por el camino de Swann sobre las almohadas y la botella de champaña entre las rodillas, algo para celebrar mi liberación.

    Han pasado dos horas y heme aquí.

    Ya leí, ya bebí, tengo tapadas las narices, me entraron ganas de llorar y me puse la almohada encima de la cabeza. ¿Que qué tal la champaña? Me pareció triste. Y Proust nomás no pasaba. ¿Seré yo la que esté herméticamente cerrada? Nada me conmueve, nada me provoca. Sigo siendo de hielo, un trago de champaña triste, una bocanada de aire contaminado que aspiro por la boca. La Underwood me hace ojitos, los olores me asaltan. Me siento atrCameraagantada. Proust sigue sin pasar, tengo atorado algo en la garganta.

    Proust comienza diciendo que él tenía la costumbre de acostarse a buena hora. Yo podría adoptar ese excelente hábito para la salud. Acostada aquí, en este cuarto, en esta cama que rechina, abarcaré páginas y páginas de palabras. Sí, ¿pero qué palabras? Páginas y páginas de palabras inútiles, de palabras difíciles, de sabios términos, desconocidos para los profanos, y hasta para los profesores. Y entonces, la élite intelectual del país gritaría sorprendida. El éxtasis, el orgasmo colectivo. ¡Pero cuántas palabras! ¡Pero qué vocabulario! Exprimir el diccionario y llegar a escribir en el mismo párrafo paregórico, parhelio y parapodio. Siempre el término exacto, ¿no es cierto? ¡Pero cuánta cultura! Todos se quedarían pasmados, atónitos. Todo sería reverencias y zalamerías, entregas de premios adornadas de alocuciones pontificadoras de gente muy honorable, señor presidente, señora ministra, su excelencia.

    Con los premios, me iría de viaje a Italia.

    Seguro se estarán preguntando –y yo misma me hago la pregunta: ¿pero qué me impedía a mí escribir en el sillón de cuero mientras Philippe se hacía añicos los dedos frente a la computadora? ¿Sí, qué se lo impedía? ¿Por qué las revistas insignificantes, las bebidas en copas de cristal, todo ese teatro? ¿Por qué, si ella tiene, o cree tener, talento, una mujer se vería reducida a la nada por el simple hecho de cohabitar con un hombre? Esta historia no deja títere con cabeza. Aunque es verdad que siempre, sin importar cuál, real o inventada, ninguna historia deja títere con cabeza.

    Pero, ¿estoy siendo de verdad honesta al describir así nuestra existencia?

    No.

    ¿No es más bien una caricatura? Tal vez. No realmente. Tal vez.

    Hablando de la situación, ¿no estaré volviéndolo a él, haciéndolo responsable?

    No lo sé.

    ¿Haciéndolo responsable de mi propia impotencia? No lo sé.

    ¿Y qué sé yo realmente?

    ¿Qué?

    ¿Podré dejar de mentir?

    Sí. No.

    ¡La verdad!

    ¿La verdad?... En resumidas cuentas. Sólo teníamos la vida cotidiana, era ella solita la que me carcomía. La que nos carcomía. Por ejemplo, hablemos de las escenas que hacíamos frente a la tele: si yo quería ver el programa literario, él comentaba: ¡Ay! ¡Cómo me choca ese conductor!, todo el tiempo quitándose y poniéndose los lentes, es compulsivo, y todo para que, luego de tantas ideas, al final no se haga ni una. Y cuando él le ponía a las noticias, yo me burlaba: ¿Te has dado cuenta? Todos esos periodistas hablan con el mismo tonito plano, y recurren a un uso repetitivo de los puntos suspensivos para darle importancia a palabras que no la tienen. Soy Caroline Duplantie, en vivo… desde Vancouver. ¡Pero qué exasperante! Todos egocéntricos, poniéndole énfasis a sus nombres. ¿Te has dado cuenta? Y luego esa sonrisita insignificante con la que sueltan sus horrores. ¿O puedes explicarme por qué ese tipo sonríe al dar el número de víctimas del accidente de avión? Ejemplo concluyente de vida cotidiana. Una noche cualquiera como tantas otras, una pareja cualquiera como tantas otras, que discute amablemente frente al televisor. A veces pasaba que uno de los dos la apagaba, fuera de quicio, o que el otro se fuera a refugiar a la recámara o a la cocina. Las noches sin las noticias, es decir las noches en las que no las veía, yo tenía novelas por traducir. Baie des désirs o La captive de Bagdad, pasaban las películas ya en la noche, las películas policíacas, las películas en blanco y negro, las películas a color, en la pantalla de la tele, obras maestras, churros y trivialidad y media, una avalancha de cosas para consumir, y era yo, echada, la que se la tragaba. Después, llegaban las

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