Vendo todo lo que tengo
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A pesar de la tregua que trae el verano, que parece pacificar los ánimos apocalípticos, y que todo continúa inalterable en los balnearios de Zapallar y Cachagua, la amenaza del nuevo estallido en marzo y las noticias de la pandemia consiguen el ambiente perfecto para que Pito Balmaceda decida romper su mundo y poner a la venta todo lo que tiene.
La venta y el desapego de sus pertenencias provocará el acercamiento de muchos personajes, muy familiares a los lectores, desatando una trama inquietante y conmovedora, plena de humor y profundidad para bucear el fondo de nuestra convivencia. Una vez más Elizabeth Subercaseaux reafirma su reconocimiento como una novelista clave para entender la sociedad chilena.
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Vendo todo lo que tengo - Elizabeth Subercaseaux
El listado
Arriba, el cielo. Abajo y a lo lejos, la torre del Costanera Center, los edificios azules de Sanhattan, el río seco semejando una culebra café y, al frente de sus ojos, el cubo de vidrio con un ala del mismo material. Una extraña transparencia enclavada en la punta del cerro.
Pito observó su casa desde el portón de entrada.
—Si alguna vez creí que podría ser feliz viviendo en esta construcción es porque tengo que haber estado muy mal, huevón. Demasiado mal. Esos vidrios, esos faroles venecianos, los marcos de aluminio pintados con no sé qué huevada para que se vieran transparentes, los escalones de piedra que no era piedra sino otro material extraño, la terraza con esa forma tan rara… Dónde se ha visto algo así.
Al final del jardín de 5 mil metros cuadrados estaba la redondela que Tolimán Uzbetia llamaba helipuerto
y, al centro de ella, ese aparato que en un momento de locura le compró a Felipón Alberti, por hacerle caso a su mujer.
—¡Cata, todavía no sabemos si vamos a construir en Ranco o en Cachagua, para qué necesitamos un helicóptero!
—Monito, está tirado a la calle, cuesta menos que un auto, cómprelo por si acaso.
¿Y él fue y lo compró? Ni siquiera sabía manejar esa huevada y no tenía la menor intención de aprender. ¿Qué iba a hacer con un helicóptero en medio del estallido social? ¿Dónde cresta iba a encontrar interesados en comprar ese aparato?
La casa había sido construida por Tolimán Uzbetia, ese genio
de la arquitectura que construyó cinco casas en Chile. La suya era una de ellas. La vista no podía ser más espectacular. Nadie iba a negarlo. Estaba en la cumbre de uno de los cerros de La Dehesa. Era una estructura de vidrio con escaleras por dentro. Salvo un muro, el resto era transparente. Había un ascensor para bajar y subir la comida, pues el comedor estaba en el segundo piso y la cocina bajo tierra. A él nunca lo convencieron esos planos.
—Puta la huevá rara —le dijo—, parece una tetera. Las nanas se van a ahogar cocinando en un subterráneo, huevón. ¿Y esos hoyitos son ventanas?
El arquitecto se ofendió y amenazó con irse de ahí, olvidarse de esa construcción.
—Si usted prefiere algo más conservador y poco refinado constrúyase una Ley Pereira.
La Cata insistió.
—Monito, ¿cómo se le ocurre contradecir a Tolimán Uzbetia? ¿No sabe que ganó el primer premio en la Expo de Sevilla por su stand de Dinamarca? Dése con una piedra en el pecho que haya querido construirnos esta casa. ¿No se da cuenta de que somos unas pobres ratas al lado de sus clientes en Boston, Nueva York y Roma? ¡Y usted alegando por las ventanas!
El dormitorio principal ocupaba todo el tercer piso. Había un cuarto piso volado, una especie de ala, también de vidrio, que salía de un costado donde estaban las tres piezas para niños, lo cual era otro capricho de la Cata, pues ninguno de los dos tenía hijos y, después de la pérdida, el médico le dijo que se olvidara de ser mamá.
Pito abrió con su llave. La Chela y Richard estaban de vacaciones y habían avisado que no volverían hasta el miércoles, pues el martes había paro general. Él necesitaba estar solo y se alegró.
Se sacó la chaqueta y se sirvió un gin tonic. También lo necesitaba.
Entró a su escritorio y se puso a hacer el listado para Alberto.
Miró el muro de los libros con aprensión.
En los planes originales no había prácticamente muros, pero antes de empezar la construcción Tolimán Uzbetia los cambió. Dijo que una casa sin libros era de gente vulgar y puso un mural inmenso, el único de toda la casa, donde hizo instalar una estantería de madera blanca, dura, finísima, que costó un cuarto del precio total.
—¿Y qué libros voy a poner aquí, huevón?
Pito no era gran lector. En su casa con la Jackie había muchos libros pero eran de ella. La Cata leía tan poco que Pito ni siquiera estaba seguro de si no habría olvidado lo que aprendió en el colegio. En un cajón de su escritorio guardaba las dos obras sobre la dictadura militar que le había prestado la Jackie. Las había escrito el senador socialista, pero nunca tuvo valor de leerlas. Y en cuanto a libros, no había más.
Cuando Tolimán Uzbetia le entregó la casa, compró una serie de cajas huecas —Plutarco, Platón, Balzac, Shakespeare— y las instaló lo mejor que pudo, alternándolas con cacharros de greda y un par de esculturas, pero cuando murió su primo Pancho —gay, intelectual de izquierda, oveja negra de la familia— la tía Augusta no supo qué hacer con tanto libro.
—Pásemelos a mí, tía, yo los pongo en el librero que hizo el arquitecto en mi casa.
Eran cerca de mil volúmenes y los quería vender. Nunca iba a leerlos y tampoco sabía dónde viviría una vez que se deshiciera de la casa.
El sofá de líneas escandinavas y la mesa de centro le recordaba a la del consultorio de su dentista, un mueble con gusto a nada que costó medio millón. La Cata decía que así se usaban ahora, todo sueco, simple, con maderas claras.
Además, estaban las dos sillas de estilo indescriptible por las cuales había pagado otro tanto.
—Es que tienen cordeles, monito, y todo lo con cordel es carísimo, no me pregunte por qué.
Puta la Cata, huevón. ¡Cómo no iban a ser caras si había que pagar el flete desde Italia!
.
—¿Y en Chile no hay carpinteros? —le preguntó luego.
—¡Ay, monito! Usted no entiende nada. Cómo se le ocurre que vamos a tener sillas de comedor hechas por un carpintero.
Recorrió la sala con un sentimiento de congoja, no porque fuera a vender el cuadro de Matta, las piedras duras heredadas de su madre, la lámina japonesa de su bisabuela Elisa, el busto de Napoleón que compró con la Jackie en un anticuario en París, las dos alfombras persas y el kílim que estaba en la subida de la escalera, sino porque sentía que en su antigua casa con la Jackie, esas cosas le decían algo, él les tenía cariño. Aquí se desdibujaban. ¿O era que no lograba sacarse a la Jackie del alma?
Se empinó el resto del gin tonic y fue a dejar el vaso a la cocina.
El refrigerador, a la venta, desde luego.
El freezer que compró la Cata, de todas maneras. Nunca entendió para qué necesitaban tanta comida si vivían solos y ella pasaba a dieta. Las docenas de habas congeladas, arvejitas, cajas de helado, patas de pollo, choclo molido, colas de camarones, patas de centolla, locos cortados, los salmones, todo se lo daría al Hogar de Cristo.
La Thermomix que cocinaba sola, a la venta, y hasta la regalaría con tal de deshacerse de ese mamotreto. La Cata la usó una sola vez para hacer un coq au vin que quedó malísimo, los champiñones parecían pedacitos de trapo, el pollo estaba latigudo. Fue el día que invitaron a Luksic con Alberto Larraín y al amigo norteamericano de este, socio de Soros. La comida resultó un desastre: el socio era vegetariano y Luksic no comía pollos desde que era dueño de un gallinero industrial. Veía uno y se ponía blanco. Se me pone la piel de gallina
, decía.
Abrió el cajón de los cubiertos. Ahí estaban la cuchillería de su mamá, los cubiertos de plata para servir, la antigua espátula labrada de su abuela, la cuchara de mango chueco que según la tía Augusta había pertenecido a un servicio de la reina Victoria y, más abajo, la loza de diario que la Cata compró en Falabella. En las repisas había una gran cantidad de fuentes de plata y de porcelana. Fuentes hondas, extendidas, con asa, planas, blancas con ribetes dorados, y otras con florecitas rosadas y hojita verde, regalo de la tía
