Una mujer viene del mar: Trilogía de Itacuruçá
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Pero los hechos lo llevarán a pensar y actuar de forma muy diferente. El mar, las playas y los habitantes darán lugar a sucesos inesperados de vivencias y reencuentros. Aunque diferentes, las tres historias se entrelazan a través de sus protagonistas. En ellas aparece el amor, el misterio y la muerte.
Curiosamente estos tres relatos comienzan en forma similar y poseen hilos conductores que los interrelacionan. Aunque se pueden leer por separado queda una cuota de curiosidad si se deja de leer alguno de ellos. Cada uno contiene al otro y entre los tres conforman la denominada Trilogía de Itacuruꞔa que va como subtítulo.
En su despedida, el extranjero lo hará con un bagaje de sentimientos encontrados y tres historias que alguna vez serán relatadas, que alguna vez serán escritas y en lo más recóndito de su espíritu siente que lo hará.
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Una mujer viene del mar - Oscar Sosa Gallardo
JOAO
Una ardiente brisa mañanera golpea en los rostros. El calor y la humedad abrazan los cuerpos. Las nubes que se observan anuncian un cambio. Hay esperanzas de un alivio temporal para este tiempo agobiante. El aire acondicionado del auto, de modelo no muy reciente, no alcanza. Los viajeros dialogan entre si y el conductor anticipa que la lluvia puede sorprenderlos en cualquier momento. Su invitado, el extranjero, piensa que la lluvia no les vendría tan mal. El ignora como son las precipitaciones pluviales en esta zona. Las más de las veces son temporales que duran poco. Hidratan algo, pero no refrescan el ambiente. El sol se toma un descanso mientras llueve. Concluida la escaramuza sale de entre las nubes e ilumina, a veces con dureza, a cuanto ser u objeto encuentra en su trayectoria.
El conductor y su invitado, se hallan en Río de Janeiro o simplemente Río, como muchos llaman con afecto a esta ciudad y se dirigen a Itacuruçá, un pueblo de pescadores situado a unos ochenta kilómetros al sur.
Itacuruçá, le va a agradar, le dijo el conductor al extranjero. Es un lugar privilegiado por su ubicación a poca distancia de Río y ubicado en la Bahía de Sepetiba. De allí parten excursiones en barco hacia las llamadas Islas Tropicales. El pueblo, insistió el anfitrión, es tranquilo, transmite paz y belleza. Conserva sus calles empedradas y estrechas y toda la gente se conoce entre sí. El puerto se moviliza por estas excursiones y por el tránsito de los pescadores con sus embarcaciones. La gente que viene queda cautivada por las imágenes del mar y sus playas de aguas serenas, transparentes y frecuentemente poco profundas en muchos lugares.
El extranjero se interesó entonces si su anfitrión vivía allí y trabajaba en Río. Este hizo un gesto de negación expresando que su situación fue y es muy particular. En realidad, el ganó un puesto de trabajo en una empresa situada muy cerca de Itacuruçá. Según le recomendaron, alquiló un departamento en este pueblo para vivir y trasladarse cotidianamente con más comodidad. Como lo expresa, no alcanzó a olvidarse de Río. Sus jefes vieron en él a un candidato para un puesto superior y mejor rentado en la casa central en plena capital. El caso es que cuatro meses después estaba de vuelta en la populosa y bella ciudad sin mucho derecho a protestar. Pero la diferencia de retribución económica le permitió una decisión importante como fue retener el departamento adonde ahora ambos se dirigían. Cada tanto podía habitarlo y era cuando las obligaciones se lo permitían, a veces, una vez al mes. Con un dejo de nostalgia el anfitrión que había viajado mucho por el mundo, admitió que a esta altura de la década de los ochenta este pueblo seguía siendo un paraíso no descubierto totalmente y que él se alegraba de que así fuera y mucho más la gente del lugar. Reconoció que estando en Río extraña Itacuruçá y lamenta no poder ir más seguido.
Por otra parte, el anfitrión y conductor del auto insistió en no viajar por la autopista. Quería mostrarle al extranjero la selva y sus atractivos. Mientras tanto le prometió que durante el almuerzo le contaría más sobre Itacuruçá, el lugar, que por el tiempo que quisiera, sería su lugar de residencia. Allí podría hacer un trabajo académico que le habían propuesto sus pares, pero también podía navegar, pescar y bucear. En fin, divertirse y desconcentrarse de las tareas que se había autoimpuesto con severidad. El extranjero se encogió de hombros y asintió con su cabeza. Con lo poco que le habían relatado acerca del mar y de las islas más bien esperaba poder concentrarse haciendo caso omiso, en alguna medida, de las por ahora aparentes bellezas que lo rodearían.
El auto enfiló por un camino interno. Esta vía era estrecha y de doble mano y poco a poco se internaron en una espesura en la que los rayos de sol no alcanzaban a atravesar dada la frondosa vegetación que todo lo cubría. La agresiva belleza del lugar atrae al extranjero por lo extraño y hasta fantasmal del panorama en pleno día. En determinado momento el conductor se detuvo con precaución en un lugar del camino. Hizo bajar al extranjero y le mostró la generosidad de la naturaleza en su tierra. Allí se hallaban las palmeras bananeras que daban sus frutos, en grandes penachos, que colgaban casi al alcance de la mano. El extranjero no vaciló en arrimarse para obtener algunos de esos frutos. Pero su compañero de ruta le advirtió sobre los ofidios que habitaban el lugar y también la venenosa araña que anida en los cargados penachos. Este arácnido solía causar problemas a los obreros que cortaban los penachos con sus machetes y luego uno por uno lo transportaban a veces sobre sus hombros. Allí el arácnido suele deslizarse hasta el cuello del hombre y lo muerde inyectando su toxina. Lo indicado es que hay que aplicar el antídoto específico inmediatamente. Sin embargo, la fortuna favoreció al extranjero al aparecer varios obreros y estos le ayudaron en su empresa despojando su accionar del peligro latente de ser agredido. De paso le explicaron las características del arácnido y sus dimensiones. Aunque examinaron varios penachos no encontraron ningún ejemplar. Mientras tanto el anfitrión sugirió que llevaran unos cuantos frutos para comer en el camino. Fue allí realmente que el extranjero empezó a sentir como suya esa tierra. Cortar el fruto y comerlo rodeado por la selva que lo producía lo hacía más sabroso de lo que por sí ya era. Todo ello le daba una extraña sensación de pertenencia a cuanto lo rodeaba.
Prosiguieron el viaje y pronto se encontraría que otra vez la naturaleza le proveía de un alimento singular por lo apetitoso. Así, el mango, o mejor dicho varios de ellos ayudaron a cubrir las expectativas de la travesía. Luego abandonaron el frondoso camino y tomaron una ruta muy transitada que los llevaba a destino.
Ahora el cielo se hallaba cubierto de nubes. A medida que avanzaban comenzaron a caer las primeras gotas. Pocos kilómetros después la lluvia se descargó con una copiosa cortina de agua que impedía la visión de la ruta. Por prudencia, muchos automovilistas debieron detener la marcha a un costado del camino. El conductor del auto en el que iba el extranjero optó por entrar a una estación de venta de combustible para aguardar. De paso allí se podía disfrutar de un buen café. Esta demora no afectaba para nada a los viajeros quienes seguían dialogando acerca de temas afines a sus actividades.
No obstante, el conductor advirtió al extranjero que algunos días de su estancia en el pueblo podían tener nubarrones y lluvias copiosas. Esto que estaba viviendo no era significativo en relación a las fuertes tormentas que venían del mar que se hallaba muy cercano. De manera que lo de hoy podía hacer presuponer que, si en esta zona el tiempo se hallaba así, mañana podía continuar y llegar fuertes vientos del mar que se llevarían todas las nubes. Luego tras esos dos días de borrasca volvería el sol a castigar y el cielo estaría despejado como si nada hubiese ocurrido en este entretiempo. Estos juegos de la naturaleza tenían el particular encanto que, aun cuando todos eran parecidos, ninguno era igual a otro. Casi al filo del mediodía pudieron reanudar el viaje. Quedaban pocos kilómetros y hacia delante se divisaba un nuevo frente de tormenta. Convenía seguir, aunque el aguacero arreciara, ya que ahora se podía transitar con bastante seguridad.
Así y tras media hora de viaje el lugar de destino los aguardaba también envuelto por la lluvia. Un sobrio cartel daba la bienvenida a los viajeros a Itacuruçá y nada decía que se trataba de un pueblo de pescadores, playas de aguas tranquilas y un buen movimiento de turistas que no alcanzaba a quitarle al lugar cierto aire de aislamiento y paz que demandaba el extranjero. Dada la hora, el anfitrión optó por ir a dejar el equipaje de su invitado al departamento y mostrarle la vivienda en la que iba a habitar por un tiempo. De paso, el anfitrión le propuso presentarle a algunas personas que necesitaba conocer y que le conocieran. Inmediatamente cumplido esto, se decidió hacer algo muy importante como almorzar dado que, como ambos lo confesaban, tenían hambre. Por lo tanto, el programa se cumplió así.
Fueron hasta la calle Orlandina en la que se encontraba el edificio en cuyo cuarto piso se hallaba el departamento que cada tanto habitaba el anfitrión. Allí se detuvieron ante una puerta doble en la que a un costado se leía la numeración ‘40/401’. Acomodados los bártulos y conocida la vivienda ambos se dirigieron a Vinicius un bar y restaurante cuyo dueño, de nombre homónimo, era todo un personaje. El bar estaba atiborrado de gente. Siempre ponían mesas en la vereda. Pero ahora y pese a disponer de toldos y cortinas, con la lluvia las habían retirado. No obstante, el dueño hizo un pequeño espacio en el salón para los dos clientes que habían llegado. Presentado el extranjero, Vinicius les envió como obsequio de la casa una vuelta de cerveza hasta que llegara la comida. Ante la sed de los visitantes y tras un breve brindis, la primera vuelta se fue rápidamente. La segunda llegó acompañando un abundante plato de lenguado con una ensalada de vegetales y frutos del lugar.
El momento fue propicio para que el anfitrión se explayara sobre Itacuruçá con afecto, pero a la vez con conocimiento. Así es que en primer lugar le aclaró que el nombre del pueblo quería decir en lengua nativa, si mal no recordaba de los aborígenes Tamoios y su idioma Tupi, Cruz de Piedra.
Esto se asocia con la llegada de los jesuitas y la construcción de una cruz de piedra con el material tomado del lugar. Luego allí y a mediados del siglo diecinueve se erigió la Iglesia de Nuestra Señora de Santana que el extranjero pudo ver cuando enfilaron hacia el departamento. El anfitrión le sugirió caminar el pueblo y si no disponía de tiempo para visitar las islas como Itacuruzá, Jaguanum, Mandolina o Restinga de Marambaia le sugería caminar por la playa cercana a la vivienda y de paso frecuentar los embarcaderos. Todo ello surgía a la petición del visitante de caminar y conocer. Había playas casi desconocidas de una singular belleza a la que arribaban solo las embarcaciones turísticas por un rato y los pescadores las usaban como referencia en su navegación.
El mismo anfitrión admitió no conocer toda la zona aun cuando con una familia amiga salían a pescar en un pequeño bote con motor. Al extranjero le entusiasmó la idea de tener una playa muy cerca. La iría a visitar en cuanto pudiera. Para él, confesó, era un reencuentro íntimo con el mar y con la arena. Casi un ritual, agregó, en homenaje al mar y todo lo que ello significa. El anfitrión admitió que se encontraba en el lugar ideal. El departamento se hallaba a unos metros de la playa. Cuando se cansara de trabajar, apuntó, nada mejor que llegarse hasta allí, caminar por la arena y dejarse abrazar por la brisa marina y los sonidos del viento en el lugar que se halla acompañado por una rica vegetación costera.
Concluido el almuerzo el dueño el anfitrión expresó su deseo de volver a Río antes que la
