Observaciones sobre la educación física, intelectual y moral de Herbert Spencer (Anotado)
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Herbert Spencer fue un sociólogo, filósofo
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Observaciones sobre la educación física, intelectual y moral de Herbert Spencer (Anotado) - Concepción Arenal Ponte
Observaciones sobre la educación física, intelectual y moral de Herbert Spencer
Concepción Arenal
La gran reputación del autor de este libro, que, traducido al español, ha circulado bastante, y lo mucho bueno que contiene, nos mueve a llamar la atención sobre lo que juzgamos malo, más peligroso, porque, cuando a la verdad se mezcla el error, es fácil confundirlos, máxime si una eminencia científica da su prestigio para facilitar la confusión. Otro motivo hay para que la crítica bien intencionada venza naturales repugnancias y respetos, que, por otra parte, no pueden halagar sino a las medianías, y es que lo erróneo en la obra de Spencer nos parece efecto de una reacción, porque, como él dice: Cuando se abandona un error, ocurre de ordinario que se cae durante cierto tiempo en el error opuesto. Esta propensión del autor lo es también de muchos lectores, de la mayoría probablemente, y que no estando contenida, como en él, por una gran inteligencia y una vasta instrucción, exagerará el movimiento reaccionario; que sabido es cómo todos los discípulos acentúan y aumentan los extravíos del maestro.
No debe desconocerse el progreso, pero tampoco aplicar a la educación un evolucionismo exagerado. Debe estudiarse y respetarse la Naturaleza, pero sin convertir su culto en superstición, sin ir a parar a un naturalismo que ofrece graves inconvenientes. Han de estudiarse las armonías de lo bueno y de lo útil, pero sin hacer de la utilidad la base de la moral; porque si la utilidad es excelente como coronación del edificio, es pésima como cimiento. Ha de proscribirse la cruel y estúpida máxima de que la letra con sangre entra, pero sin tener por seguro que el maestro no sabe enseñar cuando el niño (cualquier niño) no tiene gusto en aprender.
Como el libro de Spencer nos parece exageradamente evolucionista, naturalista y egoísta (o utilitario); como hallará muchos lectores con las mismas tendencias, acaso tengan alguna utilidad las observaciones que nos ha sugerido y exponemos a la consideración de los que del asunto se ocupan.
No vamos a rebatir todo lo que nos parece inexacto, por carecer en algunos casos, al negar, de la seguridad que al afirmar parece tener el autor. La psicología del niño existe como necesidad, para algunos como aspiración, no como ciencia, porque no la tenían hasta aquí los únicos que hubieran podido constituirla. Los pensadores no se ocupaban de la niñez, dejándola encomendada a las madres y a los maestros de primeras letras, que, en su ignorancia, no ya un cuerpo de doctrina, pero ni aun materiales para formarle podían suministrar. Por eso no nos parece siempre prudente la seguridad con que se habla del espíritu del niño; por eso tenemos acerca de él, en muchos casos, dudas que otros no tienen, y la persuasión de que, cuando se sepa más, se demostrará la inexactitud de muchas cosas que hoy admitimos como ciertas.
No vamos a hacer un resumen del libro de Spencer, porque nos dirigimos a los que le han leído o han de leerle; que obras de esta clase no aprovechan conocidas por extractos. Únicamente, para la necesaria claridad, seguiremos en nuestras observaciones el mismo orden establecido en el libro, que consta de cuatro partes:
Primera. ¿Qué conocimientos son mas útiles?
Segunda. De la educación intelectual.
Tercera. De la educación moral.
Cuarta. De la educación física.
- I -
¿Qué conocimientos son mas útiles?
Spencer enaltece las excelencias de la ciencia, y no seremos nosotros los que dejemos de aplaudirle por el entusiasmo y la verdad con que la ensalza. Sí, tiene razón cuando dice que la ciencia es moral, religiosa, artística y poética, y no conocemos pensador elevado y profundo, hombre verdaderamente científico, que no tenga algo de artista, de poeta y de sacerdote, que no nos impulse hacia lo bello y lo infinito. Si se nos opone una larga lista de eminencias científicas que han escandalizado a las almas timoratas, responderemos que el escándalo proviene más de la forma que de la esencia; está, por lo menos, tanto en los que le reciben como en los que le dan, blasfemos para los que cifran su fe toda y su fervor en el sacramento y en el culto, pero no impíos para el que tiene más alta y amplia idea de la religión. Y aunque uno u otro hombre científico pudiera ser tachado de impiedad, cosa tal vez no tan fácil como creen los que le acusan, no dejaría por eso la ciencia de ser religiosa; no se puede buscar y hallar la verdad sin aproximarse a Dios.
Pero la ciencia que ensalzamos, la que nos parece moral, religiosa, artística y poética, tanto quiere decir como conocimiento; abraza toda la esfera espiritual del hombre, y es la que puede dirigir y consolidar su educación. No es ésta o aquélla, o varias o muchas formas de actividad disciplinada, metodizada, ilustrada y dirigida: son todas las actividades, porque todas constituyen el hombre y han de ser objeto de la educación.
Spencer clasifica, según su importancia, las principales direcciones de la actividad, y lo hace de la manera siguiente:
1.º Actividad que concurre directamente a la conservación del individuo;
2.º Actividad que, proveyendo a las necesidades
