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Anatomía de la comunicación
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Libro electrónico178 páginas2 horas

Anatomía de la comunicación

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¿Por qué hay personas con las que te relacionas fácilmente y otras con las que no logras congeniar? ¿Tu pareja no te entiende? ¿Tu jefe no te escucha? ¿Sabes cuál es tu estilo comunicativo? La comunicación es esencial en nuestra relación con los demás. Pero las personas somos diferentes y, en consecuencia, nuestra forma de relacionarnos con los demás también lo es. La diferencia entre el éxito y el fracaso a todos los niveles puede estar propiciada por la adopción de un estilo comunicativo apropiado para nuestra forma de ser. Por eso, para que sea eficaz, es importante conocer el estilo comunicativo que mejor se adapta a nosotros y el de los demás. Este libro te ayudará a entender las claves de tu propia forma de comunicarte con los demás y a modular sus componentes para mejorar tus relaciones con otras personas en todos los ámbitos.
IdiomaEspañol
EditorialPlataforma
Fecha de lanzamiento22 sept 2021
ISBN9788418582691
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    Anatomía de la comunicación - Natalia Gironella

    1.

    De los humores y lo listo que era Hipócrates

    Estamos en el año 410 a. C., en la isla de Cos, Grecia

    Hipócrates está sentado en su klismós, esa silla curva de la Antigua Grecia, en una postura poco habitual en él. Su tronco se vuelca literalmente sobre el rollo de papiro que parece absorberle de tal manera que, podría decirse, está intentando meterse dentro de él. Con cincuenta años, tiene el pelo casi blanco y una barba larga y poblada, como era costumbre entre los hombres de la época, que no se afeitaban jamás. A pesar de que a esa edad es casi considerado un anciano, su cuerpo es robusto, sus movimientos son rápidos y vigorosos, su mirada profunda y sagaz y su rostro noble y solemne. Nunca se precipita y tiende a dejar grandes silencios antes de responder a las preguntas que constantemente le formulan los hombres que suelen reunirse con él en el simposio que celebra todas las semanas en el andrón de su casa, ese comedor típico de las casas griegas que sirve como lugar de reunión para los hombres. Todas las semanas menos esta. Necesita todo el tiempo del que dispone para profundizar en un tema que empezó como una curiosidad y ahora se ha transformado en una obsesión: el equilibrio necesario de las cuatro sustancias o fluidos que cualquier ser humano tiene en su interior. Él los llama «los humores».

    Hipócrates tiene pruebas recopiladas de que cada una de estas sustancias está asociada a una parte de la anatomía humana que, a su vez, él asocia a un patrón de comportamiento característico en los hombres. Así, habla de:

    la sangre (haíma), asociada al corazón;

    la pituita o flema (phlégma), asociada al cerebro y al pulmón;

    las bilis amarillas (xanthè kholé), asociadas al hígado;

    las bilis negras (mélaina kholé), asociadas al bazo.

    En esa época ya ha escrito y clasificado más de treinta historias clínicas con un rigor exhaustivo y una descripción precisa de cada tratamiento y de los pacientes que, hasta entonces, eran tratados desde una perspectiva casi mágica o sobrenatural.

    Ha aprendido que observar la condición del paciente y realizar un interrogatorio para averiguar el pasado y el presente del enfermo es vital para ayudarle, y pone especial interés en la observación general y cuidadosa de cada detalle, sobre todo en las características de sus secreciones.

    Utiliza sondas y espéculos para observar los orificios, pone el oído sobre el pecho y sobre la espalda para valorar la respiración especialmente y palpa el cuerpo para obtener información sobre las características de sus partes y la temperatura. El pulso, el gusto y el olfato son datos fundamentales para hacer una valoración clara del paciente.

    Desde hace casi cinco años, administra un vomitivo muy enérgico que obliga al enfermo a devolver sucesivamente pituita, bilis amarilla, bilis negra o sangre y realiza un examen atento del proceso de la coagulación de la sangre, lo que le ha llevado a determinar la clasificación de las cuatro sustancias que le obsesionan.

    Desde la madrugada está inmerso en estos asuntos y en algo que no deja de observar en los enfermos que visita: el «calor natural» de cada individuo, que él relaciona con la nutrición, y las transformaciones que sufre el aire inspirado por cada uno de los seres humanos a los que ayuda. Estos cuatro humores están en concordancia con los cuatro elementos de la naturaleza: agua, aire, fuego y tierra; y cuatro condiciones climáticas: humedad, sequedad, calor y frío, y su armonía es esencial para la salud. La enfermedad tiene como etiología causas internas y también externas, como las producidas por los cambios climáticos, la higiene personal, la dieta y el ejercicio físico. Se desarrolla en tres estados sucesivos: degeneración de los humores, proceso de cocción y crisis y eliminación de los malos humores. Entre humores anda el asunto…

    Hablando para sí mismo, mientras dibuja, repite: «La sangre es, en potencia, un humor caliente y húmedo; del mismo modo, la bilis amarilla es caliente y seca… Pero aquello llamado flema…, ese es un humor frío y húmedo…».

    Por último, al definir las bilis negras dice: «… es ese humor que los médicos sensatos y los filósofos han dicho que se da en exceso, de entre las estaciones del año en otoño… Es frío y seco».

    Después de tanto estudio sobre los humores, y gracias a esa observación detallada que hace de sus pacientes, se ha dado cuenta de que esas sustancias o fluidos internos se relacionan directamente con el comportamiento que tienen los seres humanos. Así, ha podido observar que el exceso de bilis amarilla provoca mucha energía en las personas que trata. También ha podido percatarse de que, a veces, es mejor estar lejos de esos pacientes cuando tienen ese mal humor, porque se tornan agresivos, exigentes y conflictivos.

    Le gusta tratar con aquellos pacientes a los que les sube la sangre al rostro cuando ríen o cuando cuentan anécdotas jocosas; son alegres, animados, ingeniosos y cálidos… Si no fuera porque, en ocasiones, se ponen histéricos y actúan de forma impulsiva y frívola, podría disfrutar de su compañía durante horas.

    Los individuos que tienen exceso de flema en el organismo son los pacientes más tranquilos, obedientes, y son tan buenos que a Hipócrates no le supone esfuerzo alguno aceptar que sean algo sosos, pasivos y que, eventualmente, sean aburridos. ¿Sería bueno quitarles algo de flema y añadirles más flujo sanguíneo?

    Está muy concentrado en las características que tienen unos cuantos pacientes que ha visitado últimamente, a los que considera peculiares. Todos se han comportado con frialdad ante él, han dado muestras de bastante pesimismo y, por otro lado, han mostrado una sagacidad y un nivel de análisis extraordinarios; ellos mismos han sido capaces de hacer un resumen metódico de sus síntomas. Hipócrates está intentando entender si existe alguna relación entre el comportamiento de estas personas y el hecho de que tengan un exceso de bilis negra. ¿Es la bilis negra la que les hace actuar de esta manera?, o ¿al actuar de esa manera propician que se genere ese humor negro en su cuerpo?

    Le lloran los ojos; aunque todavía ve relativamente bien, tiene que forzarlos ayudado por una lámpara de aceite y un trozo de vidrio con una parte convexa que le permite agrandar el tamaño de los dibujos que

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