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El Camino Alto de Santiago
El Camino Alto de Santiago
El Camino Alto de Santiago
Libro electrónico330 páginas4 horas

El Camino Alto de Santiago

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Una insólita peregrinación por el Camino de Santiago, su paisaje y su historia.

Ramón Forteza, un físico mallorquín, recorre el Camino de Santiago agregado a una misteriosa confraternidad de peregrinos, dirigida exclusivamente por mujeres, que pugnan por sumergirse en las vivencias de la cultura medieval plasmadas en el Camino para al cabo integrarlas en la mentalidad contemporánea. La misteriosa doncella Blanca se entrecruza como un símbolo en su peregrinaje y desaparece sin dejar más rastro que un anillo de amatista. Las veintisiete etapas del Camino entre Puente la Reina y Santiago son descritas como si de una guía se tratara, con énfasis en su valor cultural y humano.

El autor recorrió a pie, a finales del siglo XX, el Camino desde Le Puy-en-Velay hasta Compostela pasando por Roncesvalles, siempre como peregrino, nunca como turista o excursionista, a la zaga de los millones de caminantes que dejaron sobre esta calzada elrastro de un pasmoso acervo de lenguas, culturas, emociones y espiritualidades. Ahí aguardan todavía estas riquezas al peregrino del inquietante siglo XXI. Si el homo coronaviricus no sabe donde está, el Camino le enseñará por lo menos donde estuvo.

IdiomaEspañol
EditorialCaligrama
Fecha de lanzamiento5 ago 2021
ISBN9788418722974
El Camino Alto de Santiago
Autor

José Montserrat

José Montserrat es el nombre literario de Josep Montserrat i Torrents dels Prats (Barcelona, 1932). Pedagogo, filósofo, organista y coptista. La dictadura franquista lo apartó de la enseñanza primaria por «desafecto al régimen», por lo que tuvo que refugiarse en la universidad. Ha ejercido en las universidades de Barcelona, Autónoma de Barcelona, Santiago de Chile, París-Sorbona y Venecia. Ha publicado dos obras literarias: El barquer dels déus (2005) y El silencio de Tácito (2014). La lista de sus publicaciones académicas figura en su perfil de la Wikipedia. Actualmente es catedrático emérito de la Universidad Autónoma de Barcelona y reside en la villa pirenaica de Gósol, sobre el camino de los cátaros.

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    El Camino Alto de Santiago - José Montserrat

    Eunate

    Torres del Río y Eunate tienen iglesia octogonal.

    A la orilla del río Robo, entre los trigales y los viñedos de Valdizarbe, se alza solitaria la iglesia de Santa María de Eunate. Es de planta octogonal, con regularidad apenas quebrada por una pequeña linterna a mediodía, hoy cegada, y un ábside pentagonal en el este. El tejado es a ocho aguas. Un grácil recinto de arcos rodea toda la fábrica, plegándose sumisamente a la figura octogonal. Los tres lados del norte conservan los arcos de las columnas originales, con hermosos capiteles. La portada que mira a poniente tiene una rica ornamentación. El campanario es de espadaña. Un murete exterior, de construcción reciente, protege todo el recinto. La fábrica, arquería exceptuada, parece datar de la segunda mitad del siglo xii, época de florecimiento templario en el reino de Navarra bajo la protección de Sancho el Sabio. No hay constancia, sin embargo, de adscripción templaria de la capilla. Fue más bien iglesia funeraria ligada al Camino, inesperado fin de viaje para más de un peregrino. Dos jornadas más adelante, en Torres del Río, otra iglesia, no por casualidad octogonal, jalona la ruta jacobea por tierras del reino de Navarra.

    La antigua casa del ermitaño, al lado de poniente, ha sido remozada y está al servicio de los visitantes. El paraje carece de luz eléctrica; horro de postes y cables, ofrece un aspecto arcaico y apacible. El ejido es de secano bien cultivado: trigo y cebada, hazas de girasoles, incipientes majuelos destinados a llevar ambiciosos tintos y claretes.

    Recostado en uno de los arcos de poniente del recinto de Eunate, Ramón Forteza consumía con indolencia las largas horas de espera que le había deparado un exceso de puntualidad. «Al caer de la tarde», habían convenido con el caminante mayor. Ramón Forteza llegó a Eunate cuando todavía el sol inundaba el oratorio de rayos equinocciales que propiciaban gratas sombras en la claustra. Despachó con apetito la escueta merienda que había mercado en la estación de Campanas, alumbró la pipa y aguardó apaciblemente las primeras oleadas del tedio creador.

    Solo algunos velocísimos vencejos reales se atrevían a desafiar la pujanza de la luz meridiana en el aire aquietado, dibujando fugitivos trazos negros contra el azul acristalado de un cielo sin nubes. Ramón Forteza, ya en pleno goce de la potencia analítica del tedio, intentó seguir con la mirada los esguinces de uno de los pájaros. El vencejo ascendía, planeaba, se desplomaba, se zarandeaba en un revoloteo vital y desgobernado. El empeño del observador, con todo, acabó rindiendo sus frutos: el pájaro se desplazaba en curvas cerradas o espirales y en rectas tangentes a estas curvas. Al cabo, como si intuyera lo que se esperaba de él, el vencejo trazó en el aire varios círculos de radio en apariencia idéntico. «He aquí —pensó el observador— una órbita tan regular como la de un planeta en torno al sol». La única diferencia estriba en la medida del tiempo, y aquí, bajo la luz equinoccial de Eunate, el tiempo se tronza, se licúa y se diluye, quedando tan solo la acogedora geometría de los círculos en el cielo y de los octógonos en la tierra.

    Moderaba el sol su pujanza, y sus rayos temperados solicitaban ya la cara occidental del polígono de Eunate. Ramón Forteza contorneó pausadamente el edificio, gozando de la brisa vespertina y de la sobria elegancia del recinto de arquería, rindiendo homenaje a la exquisita sensibilidad del desconocido alarife que a finales de la Edad Media concibió y construyó una obra tan inútil y tan hermosa. Al cabo de la séptima vuelta, se dio de bruces con el caminante mayor, que parecía emerger de la penumbra de la capilla, cuyo portal entreabierto dejaba escapar un efluvio como de plegarias marchitas.

    —Salud.

    Servus.

    Era el caminante mayor hombre de estatura mediana, recio sin asomo de gordura, de rebasados sesenta años. El pelo entrecano, color panoja de maíz, largo hasta los hombros, le daba una traza antigua y septentrional; a la sazón resplandecía de puro curioso, talmente que parecía llevar una antorcha sobre la cabeza. Nada en las facciones del caminante mayor llamaba la atención; ni tan solo se le podía atribuir una mirada penetrante, consabido trazo de las personalidades iniciáticas. No, el caminante mayor miraba con recato, sin ánimo de azorar. Vestía camisa de manga larga de lino verde oscuro y pantalón de algodón del mismo color, más pulcros de lo que cabría esperar en un tragaleguas. Calzaba botas de piel de apariencia ligera. Trajinaba un breve morral de lona verde oliva que denunciaba un viático más bien exiguo, extremo que en su momento habrá que esclarecer, pues no es propio de grandes caminantes mostrarse tan parcos en la impedimenta.

    Cumplido el silencio inicial, el caminante mayor señaló el sol con un gesto vago y dijo:

    —¿Te parece que partamos? El sol va a la puesta y tenemos una hora hasta Puente la Reina.

    El caminante asintió, y partieron.

    Desde Eunate el itinerario sigue por el camino que en Enériz, media hora río arriba, se separa de la carretera. Se trata de una pista de tierra que discurre entre los cultivos, dejando a la izquierda las boscosas estribaciones del monte Mocha. La pista no tarda en regresar a la carretera. Menos de un kilómetro más abajo, en la encrucijada de Obanos, se halla el punto de confluencia de los caminos aragonés y navarro. El monumento al peregrino, que tendría aquí su emplazamiento congruente, se halla más abajo, sobre la carretera nacional 111, poco antes de la entrada de Puente la Reina.

    Caminaban casi siempre en silencio. El caminante mayor dejaba caer, con estudiada parsimonia, observaciones sobre los parajes que atravesaban. Cuando alcanzaron la encrucijada de los caminos, el caminante mayor recitó al caminante su primera lectio, con expresión concisa que no disimulaba su remisión a un texto escrito: «El iniciado no necesita formular preguntas acerca del Camino Alto de Santiago; los conocimientos pertinentes se le irán ofreciendo en sus tiempos y en sus lugares. En cuanto a la simple peregrinación, sus rutas, sus etapas, sus monumentos y sus gentes, el caminante puede recabar cualquier información que se le antoje, como también ofrecerla».

    A partir de la encrucijada, los señaladores del itinerario han marcado un sendero que discurre a la izquierda de la carretera y que de huerto en huerto regresa a ella justo a la altura de un mesón y del monumento al peregrino.

    —¿Quién pintó esas flechas amarillas?

    —Fueron los primeros recuperadores de la tradición compostelana, vecinos de Roncesvalles, de Estella, de San Juan de Ortega, de Sahagún, otrora capitaneados por el capellán del Cebreiro. Hace algunos años se le veía por estos pagos acompañado de sus mozalbetes gallegos, acarreando botes de pintura en su viejo dos caballos. El intento consistía en ofrecer al caminante itinerarios alternativos que le ahorraran el engorroso trayecto por las carreteras asfaltadas, que son las que han acaparado la antigua calzada. De Ostabat a Santiago, sobre un recorrido de casi ochocientos kilómetros, han ido imprimiendo en las rocas, en los vallados, en los árboles, en los muros de las casas, las sencillas flechas amarillas que conducen a Santiago. En ocasiones concurren con las señales de las Grandes Rutas, la Grande Randonnée. Pero las Grandes Rutas son itinerarios de excursionista y no les importa dar amplios rodeos para gozar de los paisajes y de los monumentos, mientras que el Camino de Santiago pretende ser un trazo derecho y lo más corto posible hasta Compostela. En este punto se aparenta a las vías romanas, que no miraban al comercio de las poblaciones, sino a la celeridad del transporte militar.

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    1

    De Puente

    la Reina a Estella

    A la caída de la tarde los dos caminantes se detuvieron bajo el paso abovedado que enlaza la iglesia del Crucifijo con el antiguo hospital, en las afueras de Puente la Reina, Gares de su nombre vasco. Fue el conjunto primero priorato templario con el nombre de Santa María de las Huertas, y pasó en el siglo xv a los sanjuanistas. Por aquella época vino a parar al convento el crucifijo de estilo renano que todavía se venera en la iglesia, insólita escultura en la que Jesús aparece colgado de una rama de árbol en forma de Y. Junto al convento hay ahora un albergue de peregrinos.

    Poco se entretuvieron los caminantes en el recinto conventual.

    —Ya volveremos con calma —adujo el caminante mayor—, ahora tenemos otros apremios.

    Así que, a paso vivo, entraron en la villa por la rúa Maior, que atraviesa la población de punta a punta, como que no es otra cosa que la calle de los Romeus o sirga peregrinal. Dejando a su derecha la iglesia de Santiago el Mayor, con sólida portada románica del siglo xii, desembocaron en la plaza principal. Allí, sobre la rúa, una casa con balcones medio hurtados por persianas de listones verdes. Una puerta lateral, demasiado nueva, estaba abierta. Por ella entró decidido el caminante mayor y tras él Ramón Forteza. Era el Hostal Lorca. Subieron al primer piso y el caminante mayor entró sin más preámbulos en la cocina, donde fue recibido con grandes agasajos. El caminante aguardaba en la puerta, un tanto cohibido. A la postre repararon en él, le hicieron entrar y le dieron a probar las primicias de la cena, a cuya descubierta estaba ya entregado su compañero con transportes de contento.

    —¿Nos esperaban?

    —Sí, los compañeros dieron aviso de que llegaba el Mair con un principiante.

    El principiante, en trance de trasegar dos dedos de clarete, puso cara de circunstancias y arguyó cansancio, lo que le valió ser conducido sin más cumplidos a una espaciosa alcoba del segundo piso, amueblada con sobriedad de fonda antigua. Recostado en la cama, de colchón ligeramente disconforme, oyó por breve tiempo las regocijadas voces que subían de la cocina y, preguntándose por el significado del nombre de «Mair», cayó en un sueño profundo y tranquilo. Lo despertaron para la cena. Había anochecido.

    Cenaron los dos caminantes en una mesa junto al balcón. Trajeron de primero, con ingenua audacia, unas crepes de borrajas con salsa de almejas. Luego apareció un patorrillo, plato más bien invernal, que combina, sobre fondo de puerros y zanahorias, el menudo del cordero, en esta ocasión tripas y sangrecilla. Lo templaron con clarete de Mañeru, que es el vino que hay que beber en estas tierras del Arga. De postre se contentaron juiciosamente con unos granos de moscatel. Tras lo cual sentenció el caminante mayor:

    Post prandium dormire, post cenam mille passus ire¹. Vamos a dar una vuelta.

    Mientras paseaban despaciosamente hacia el barrio del hospital, el caminante mayor explicó que el nombre de «Mair» con que era conocido significaba ‘mayor’ en la antigua fabla mozárabe, que los compañeros se complacían en recuperar.

    El núcleo antiguo de Puente la Reina está dispuesto en torno a tres calles paralelas. La del medio es el Camino, que va a parar directamente a «la linda puente» que da nombre a la villa. La reina pontificante parece que fue doña Mayor, esposa de Sancho el Mayor de Navarra, en la primera mitad del siglo xi. El puente salva el río Arga con seis arcos de medio punto y cinco pilares con sus correspondientes aliviaderos, y está todavía en uso para viandantes.

    Los dos amigos deambularon por el recinto gozando del frescor de la noche. Al cabo, el caminante mayor se detuvo ante las puertas abiertas de una tasca —la mayoría de establecimientos del lugar son bares de vocación moderna, bastante ruidosos—, echó un vistazo al interior, saludó a unos clientes e invitó a su compañero a entrar y sentarse a una mesa de madera ocupada ya por tres hombres y una mujer. Al punto se pusieron a conversar como si los recién llegados fueran asiduos parroquianos del lugar. «No cabe duda —pensó Ramón Forteza— de que se trata de compañeros». Lo que no sospechaba, sin embargo, era que el encuentro no tenía nada de fortuito.

    Mientras paladeaba el espeso pacharán de la casa, el caminante acechaba la ocasión de terciar en la animada charla aduciendo la primera de la larga serie de preguntas «autorizadas» que aguardaban turno en su imaginación. Al cabo, uno de los contertulios, un hombracho barbudo de mirada y maneras cordiales, le interpeló acerca de sus primeras impresiones del Camino, y Ramón Forteza, después de algunas observaciones triviales, levantó su primera cuestión: «¿Cuáles son las grandes rutas de peregrinación que confluyen en Puente la Reina?». El barbudo miró de soslayo al Mair y, obtenida la anuencia, entabló el recitado de su cartapacio:

    —Cuatro son las rutas tradicionales que desde hace un milenio recogen la riada de peregrinos que de toda Europa convergen hacia Compostela. Como la nervadura de un sistema fluvial, van enlazándose hasta confluir todos en la gran calzada que arranca de Puente la Reina. La cuaternidad de las rutas jacobeas es reconocida ya por el itinerario del Codex Calixtinus, cuyo texto te voy a recitar:

    Cuatro son los caminos a Santiago que en Puente la Reina, ya en tierras de España, se reúnen en uno solo. Va uno por Sant Gèli, Montpeller, Tolosa y el Somport; pasa otro por Santa María del Pueg, Santa Fe de Conques y San Pedro de Moissac; un tercero se dirige allí por Santa Magdalena de Vézelay, por San Leonardo de Llemotges y por la ciudad de Peirigús; marcha el último por San Martín de Tours, San Hilario de Poitiers, San Juan d’Angély, San Eutropio de Saintes y Burdeos. El que va por Santa Fe y el de San Leonardo y el de San Martín se reúnen en Ostabat y, pasado Port de Cise, en Puente la Reina se unen al camino que atraviesa el Somport y desde allí forman un solo camino hasta Santiago².

    —Desde principios de la Baja Edad Media, los peregrinos del norte y del este se congregaban en determinadas ciudades de Francia y de Occitania para recabar instrucciones, recibir la bendición y agruparse para viajar en compañía. Yo voy a describirte la llamada Vía Tolosana, que he recorrido por menudo en ambas direcciones. La compañera y los compañeros te reseñarán las otras vías, por las cuales han sido afectados.

    »Los peregrinos de Italia y del oriente y del oeste de Francia solían reunirse en Arle, en el condado de Provenza. Pero el verdadero punto de partida jacobeo se hallaba, como indica el Codex Calixtinus, en Sant Gèli, ya en el Languedoc, en cuyo pequeño recinto se levantaban los grandes prioratos de la orden hospitalaria de San Juan de Jerusalén y de la orden militar del Temple. De allí seguían a Montpeller, donde se juntaban con los caminantes que venían de Alemania por Ginebra y el valle del Ródano. De Montpeller a Tolosa la ruta más cómoda era la calzada romana por Besiers hasta Narbona y de aquí hacia el oeste por Carcassona, entrando en el condado de Tolosa por Castelnau d’Ari. Pero los peregrinos más excursionistas preferían el camino que daba el rodeo por Sant-Guilhem-del-Desert y Castres, bordeando las montañas del actual Parc National du Haut Languedoc.

    »Tolosa del Llenguadoc era una parada importante. La iglesia románica de Saint Sernin se inspiraba en los mismos cánones arquitectónicos que la basílica compostelana, y los peregrinos hallaban acogida en el hospital de Santiago del Burgo. De Tolosa pasaban a Auch, abandonando aquí la bien trazada calzada romana que seguía hasta Burdeos. Hollando ya su propio camino, el camin romiou, los peregrinos alcanzaban las primeras estribaciones del Pirineo en Oloron. Por el valle del Aspe ascendían hasta el puerto de Somport, donde los acogía el hospital de Santa Cristina. Luego descendían por el valle del río Aragón, y por Canfranc, Jaca y Sangüesa enlazaban con los caminos del norte en Puente la Reina.

    Calló el barbudo y se escanció un vaso de pacharán, como si acabara de rendir un fatigoso viaje. Las miradas de todos convergieron en la compañera, una robusta mujer de pelo castaño y corto, acertadamente vestida de azul oscuro. Habló con seguridad y sin disimular la cadencia recitativa:

    —Yo recorro la Vía Podense. En lo antiguo partía de la ciudad occitana de Puèg en Velai (Le-Puy-en-Velay), en el condado de Alvernia. Sede episcopal, era a su vez el centro de una importante devoción mariana. Desde la escalinata de la catedral, los peregrinos, sobre todo borgoñones y alemanes, descendían a través de un paisaje volcánico hasta el valle del Alier, y de allí, atravesando bosques interminables, alcanzaban la soberbia abadía de Santa Fe de Conques, emplazamiento sentidamente jacobeo hasta el día de hoy. En Figeac se internaban en los apacibles meandros del valle del Celé, y por el valle del Olt llegaban a Càors, la de los ásperos vinos. Dejando atrás los páramos del Carcí, alcanzaban Moissac en la Gascuña. Atravesando el Garona por Auvillar, proseguían hacia Lectoure, Condom, Eauze, en los dominios de la casa de Armagnac, Aire sur l’Adour y Arzac Arraziquet. Ya en el Vizcondado de Bearn, podían seguir por Orthez y Sauveterre, o bien dar un rodeo por el Hospital Saint Blaise, Navarrenx y Maule-Letxarre. Ambas rutas confluían en Ostabat, Inzura, en la linde del País Vasco. Y paso el relevo a nuestro amigo Luis, que está prendado de su Vía Lemosina.

    —La Vía Lemosina —comenzó a recitar el aludido, un hombre joven, cenceño, con aspecto montaraz— arrancaba de Vézelay, en la Borgoña, donde florecía la devoción a la Santa Amiga de Jesús. Siguiendo las rutas comerciales por Bourges y Chateauroux, los peregrinos entraban en Occitania por Limoges. Luego se adentraban por tierras del condado de Peirigord, cruzando el Garona por La Réole. En Bazas comenzaban a pisar país gascón. Seguían derecho hacia el sur por Mont de Marsan y en Orthez, en el Bearn, se unían al itinerario de la Vía Podiense hasta Ostabat.

    —La mía es la Vía Turonense —comenzó a narrar el cuarto recitador, un personaje de exterior enclenque, sienes plateadas y acento marcadamente francés—. Aunque toma su nombre de Tours, esta ruta se iniciaba realmente en París, mi ciudad, villa atravesada de norte a sur por el Camino de Santiago. Saliendo por la puerta de Orleans, los peregrinos llegaban a Tours por Étampes, Orleans y Blois. En Tours retomaban a la inversa el antiguo itinerario de los peregrinos que desde Galicia y Asturias acudían a la tumba de san Martín. En Châtellerault entraban en el condado de Poitou, hacia la capital, Poitiers. Luego se dirigían hacia Melle, Saint Jean d’Angély y Saintes, entrando en el ducado de Aquitania por Blaye. Pisaban ahora pura tierra galorromana, la única región de las Galias no invadida ni ocupada por las tribus germánicas, poseedora de una antiquísima tradición cultural romana y cristiana.

    »Aquí podían embarcar para remontar el curso del Garona hasta Burdeos, Bordéu, ciudad donde los peregrinos eran muy bien acogidos. Después de Burdeos, el Camino coincidía con la antigua calzada romana de Burdigala a Asturica, Astorga, atravesando los insalubres llanos de Las Landas hasta Dax. Después, por Peyrehorade, la abadía de Sorde y Saint Palais, llegaban a Ostabat. En Ostabat se juntaban las tres grandes vías jacobeas del norte y del nordeste. Ostabat perteneció un tiempo al reino de Navarra, pero pasó pronto al vizcondado de Bearn. Después de Ostabat el Camino entra ya en pleno País Vasco. La ruta actual sigue la carretera departamental a Saint Jean de Pied de Port. El tránsito del Bearn, tierra ruda y pobre, al País Vasco se percibe instantáneamente en la profusión de ventas y cantinas que jalonan los caminos, extremo este de singular utilidad para el caminante.

    »El Camino, sobre la antigua calzada romana, llega a San Juan por Larceveau, Lacarre, Aphat Hospital y Saint-Jean-le-Vieux. La travesía del Pirineo puede efectuarse siguiendo el valle del río Valcarlos hasta el puerto de Ibañeta, o bien por el puerto de Cise, siguiendo al comienzo una carreterita local y luego un camino azagador. Ambas rutas descienden a Roncesvalles, tradicional lugar de acogida de peregrinos. Desde Roncesvalles el Camino baja por Burguete, Espinal, Viscarret y Erro hasta alcanzar el valle del Arga en Zubiri, y de aquí a Pamplona con un ligero desvío por el puente y el convento de la Trinidad del Arre. Desde Pamplona el camino actual sigue por terreno llano hasta Cizur Menor, y allí comienza la subida a la sierra del Perdón. El camino antiguo coincide con la carretera que pasa por el puerto. La ruta marcada, para soslayar el asfalto, llega a Uterga por un camino ganadero y luego sigue a Muruzábal y Obanos. A la salida de este pueblo se encuentra a la izquierda el camino que viene de Somport. En adelante hay ya un único camino hasta Santiago, que en Puente la Reina vira decididamente a poniente. Mañana por la tarde comenzarás a caminar con el sol en los ojos, y así hasta

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