Las conversaciones que no tenemos
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demanda, un deber, un regalo, una oportunidad de aprendizaje, una responsabilidad, un derecho, un medio connatural al ser humano.
La inquietud última del autor, y esto explica el NO con mayúsculas del título, es animar al lector a tener el coraje y la lucidez para afrontar sin más demora, con tacto, empatía y espíritu de grandeza, aquellas conversaciones que debemos a los demás y a nosotros mismos, y el resto, innecesarias, torpes, injustas, triviales, mandarlas a la cesta de la indiferencia.
Un libro para saborear sin prisas, un diálogo intenso y honesto con el autor y con nosotros mismos. ¡Qué fácil y qué difícil nos resulta conversar!, curiosa paradoja.
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Las conversaciones que no tenemos - Santiago Álvarez de Mon
Las conversaciones
que NO tenemos
Filosofía del encuentro
Santiago Álvarez de Mon
Plataforma EditorialPrimera edición en esta colección: enero de 2021
© Santiago Álvarez de Mon, 2021
© de la presente edición: Plataforma Editorial, 2021
Plataforma Editorial
c/ Muntaner, 269, entlo. 1ª – 08021 Barcelona
Tel.: (+34) 93 494 79 99
www.plataformaeditorial.com
info@plataformaeditorial.com
ISBN: 978-84-18285-73-8
Realización de cubierta y fotocomposición:
Grafime
Reservados todos los derechos. Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo públicos. Si necesita fotocopiar o reproducir algún fragmento de esta obra, diríjase al editor o a CEDRO (www.cedro.org).
Índice
Introducción. Las conversaciones de nuestra historia
1. El arte de conversar
2. Las dos caras de la palabra
3. La empatía, un todoterreno
4. Charlando con uno mismo
5. La sabiduría del silencio
6. Aquí y ahora
Trabajo de campo
Epílogo: morir… para vivir
Bibliografía
Introducción.
Las conversaciones
de nuestra historia
Si supiera que estos son los últimos minutos que te veo, diría «te quiero» y no asumiría, tontamente, que ya lo sabes.
GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ (1927-2014)
27 de agosto de 1983. Son las ocho de la tarde. Mañana me voy a EE. UU., concretamente a Washington D.C. En unos días comienzo el máster en International Relations en la Universidad de Georgetown. Vendré a España en Navidades y en verano. He quedado para cenar con mis amigos, antes pensaba dejar la maleta lista. De repente mi padre me invita a charlar mano a mano, trastocando todos mis planes. Hombre campechano, sencillo, noble, no es muy dado a compartir sus pensamientos y sentimientos más íntimos. Yo, tampoco, tildado en casa de introvertido, no hago más que dar la razón a los que así me etiquetan. Me debato entre el placer, despedida de amigos, y el deber, conversar de tú a tú con un padre de sesenta y siente años. Como habitualmente pasa, felizmente vence este segundo. «Ya desayunaré con mis amigos a primera hora, antes de irme a Barajas», pienso para mis adentros.
Me acomodo en el sofá con cierta reserva mientras percibo la mirada limpia y transparente de mi padre. Arrancamos los dos tímidamente, no frecuentamos estos encuentros, para después vernos enfrascados en una conversación fácil, distendida, que fluye con naturalidad y franqueza recíprocas. A menudo podemos constatar que el momento más difícil, delicado, de una conversación está al principio, cuando todavía no ha arrancado. A la entrada, en ese umbral afectivo, apocado, conocido, que todavía podemos controlar, se coaligan una variada gama de razones para despacharla con generalidades insustanciales, para no afrontarla o, al menos, para posponerla. Una vez dentro, en sus albores, superados los escarceos preliminares, puede tomar cuerpo y hasta sorprendernos gratamente.
Recuerdo a mi padre hacer balance de algunas etapas y decisiones de mi vida. Licenciado en Derecho por el C.E.U., buen expediente académico, tuvo que desistir de que hiciera oposiciones al Estado. Pinchaba en hueso cada vez que me abordaba directamente, o a través de mis compañeros de facultad; casi todos ellos opositaban a Registros, Notarías, Abogacía del Estado. Intento baldío, vio con resignación cómo empezaba a trabajar en dos despachos de abogados distintos. Ni uno ni otro —el primero dirigido por un inglés más pendiente de la consolidación de la tierna democracia española que de su cartera de clientes, el segundo por un jurista cansado, escéptico, de vuelta de todo— colmaron mis ilusiones de formarme y ejercer una profesión para la que sinceramente creo que tengo cualidades y aptitudes naturales. El debate, la dialéctica jurídica, la agilidad verbal, la letra y el espíritu de la ley, un arraigado sentido de la justicia, el respeto al Estado de derecho, el equilibrio entre los tres poderes —legislativo, ejecutivo y judicial— me son muy queridos. Sin embargo, misterios de la vida, aquel proyecto incipiente de abogado penalista se vio truncado muy pronto.
Después de trabajar unos meses en una compañía de seguros para ganar un dinerillo, me fui al extranjero. Hiciera lo que hiciera en un futuro incierto, mejorar mi inglés era prioritario. Además de pulir mi espanglish del Colegio Santa María del Pilar, deseaba salir de casa, observar otras culturas, respirar otros aires. Siempre me ha encantado viajar, conocer países, pasearme por lugares referidos en los libros de historia, cobrar perspectiva, distancia, ver tu mundo desde lejos, empaparme de la diversidad de otros pueblos y tradiciones. Entre Inglaterra e Irlanda se pasó un curso académico. Ya mi padre veía entonces que volvía a casa contento, renovado. Recuerdo que me suplicaba que el hombre que se abría por cartas dirigidas a toda la familia, con especial atención a mi madre, no se cerrara a cal y canto de vuelta al hogar familiar. Me enrollé sin darme cuenta hablando del verano de 1981. Lo pasé en el estado norteamericano de Wyoming, en un pequeño pueblo llamado Dubois. Allí trabajaba para los dueños de un inmenso rancho, como chófer y guía turístico. Jackson Hole, precioso parque nacional, y la reserva india de los shoshones eran las dos grandes excursiones requeridas por clientes acaudalados venidos de las costas este y oeste. En medio de una naturaleza magnética probé un poco el sabor del salvaje Oeste, las películas de John Ford, de John Wayne, siempre me han encantado, amén de descubrir la dureza y hermetismo de los cowboys.
A continuación, recordamos juntos Zaire, un viaje inolvidable en el verano de 1982. Después de pasar allí un mes con dos amigos, África me cautivó de tal manera que volví al antiguo Congo Belga solo, echando una mano en Mukila, una misión salesiana a mil kilómetros de Kinsasa. La sonrisa de aquellos niños, la mirada de aquellas madres fuertes, la vocación de servicio, la fe de aquellos misioneros valientes, la magia de la selva, el alma africana me han acompañado de un modo u otro desde entonces. Envuelto en un clima de silencio, bondad, de paz, acompañado por el amor, el respeto, de personas humildes, solidarias, que juegan en otra liga superior, revisé en profundidad mi relación con Dios. Giro copernicano, era como una llamada nítida y sonora a la madurez espiritual. Me debatía interiormente entre mis deseos de que me revelase el misterio de su plan de vida para mí, felicidad y obediencia iban de la mano, y el ejercicio de mi libertad. Es como si una voz delicada me susurrara: «¿Y tú qué quieres hacer con tu vida?». Sentí más fuerte que nunca el peso de la responsabilidad, Dios me invitaba respetuosamente a asumirla. Tranquilo y esperanzado volví a Europa, pasando una semana de transición imborrable en Asís, cuna de san Francisco. En los aires limpios de Umbría cargué pilas para reemprender mi incierta marcha. Mi padre observaba con creciente tranquilidad a un hijo aventurero, curioso, trotamundos, que se iba de España pero que volvía con ganas de pelea. De África salté a la Saint Louis University, estado de Misuri. Mientras estudiaba unos cursos de Contabilidad y Economía, trabajaba en un club de tenis como camarero, amén de competir con otros clubs como miembro del equipo. Vivía en la residencia de los jesuitas. A cambio de hacer las camas de los hermanos más ancianos, me daban habitación y tres comidas al día, no estaba mal.
De esta manera, brincando por encima de los años transcurridos desde mi licenciatura en Derecho, entre viaje y viaje, llegamos mi padre y yo al presente más rabioso. Tres horas transcurrieron volando, salvando las reticencias iniciales. Mi padre, aquejado de una enfermedad cuyo alcance real desconocía, me daba los últimos consejos. Confiado, apacible, solo le preocupaba si me acababa enamorando de una norteamericana y me quedaba en EE. UU. definitivamente. A la mañana siguiente nos dimos un abrazo que no necesitaba de más palabras.
La sonrisa de aquellos niños, la mirada de aquellas madres fuertes, la vocación de servicio, la fe de aquellos misioneros valientes, la magia de la selva, el alma africana me han acompañado de un modo u otro desde entonces.
15 de octubre de 1983. Ya instalado en mi apartamento de Georgetown, un sótano pequeño a unos setecientos metros del campus universitario, suena el teléfono. Al otro lado oigo la voz de mi madre. Mi padre ha empeorado gravemente, me urge a volver enseguida. Recuerdo ese día, aniversario de santa Teresa de Jesús, como si fuera ayer. Después de hacer la reserva de mi billete de vuelta a Madrid, hablo con mis profesores del máster, me despido de algunos compañeros, una mezcla maravillosa de culturas, y visito la capilla, recogido en un silencio tenso, nuevo para mí. 17 de octubre, primera hora de la mañana, aterrizo en Barajas. En un coche me esperan dos de mis hermanos (somos una familia de seis hermanos y tres hermanas), en otro, cuatro grandes amigos que asumen discretos su segundo papel. Las caras de mis hermanos lo dicen todo. Hace unas horas, 16 de octubre, nuestro padre acaba de fallecer. Aturdido, emocionado, intento entender la sucesión de acontecimientos que me cuentan, cómo se ha precipitado todo. Llegamos a nuestra casa de toda la vida, en el barrio de los Jerónimos, al lado del Retiro. Encuentro con una madre fuerte, llorosa, abrazo eterno, hondo, y con el cadáver de mi padre. El resto, se lo imaginan. Entierro en San Isidro entre el calor y cariño de familiares y amigos.
Superada la primera semana, decidí no volver a Georgetown. Cerré mi etapa de estudiante viajero y me puse a buscar trabajo. Después de dar clases de Derecho en una academia, me incorporé en 1984 a Bank of América en su sede central en Madrid. En enero de 1985, misterios del camino, comencé el Executive MBA del IESE en Madrid. Gracias a un compañero de clase conocí a la que hoy es mi mujer, la madre de mis cinco hijos. Más tarde, después de haber trabajado en el grupo francés Promodès, Continente, su marca de hipermercados, durante dos años (el máster lo acabé en diciembre de 1986), empecé mi doctorado en Sociología y Ciencias Políticas por la Universidad Pontificia de Salamanca mientras daba clases en el campus de Saint Louis University en Madrid, además de arrancar tímidamente como autónomo, como asesor de empresas y profesionales. En septiembre de 1989 me incorporé al claustro de profesores del IESE, donde desde entonces todavía me soportan.
Pienso en aquella época de mi vida y siempre me viene a la memoria con una sensación de alivio y gratitud la última conversación que sostuve con mi padre. No elimina el dolor de su pérdida, la imposibilidad de despedirnos, su espacio nadie lo puede ocupar, pero ayuda a pasar esa página sensible y seguir escribiendo capítulos de mi historia personal. Desgraciadamente no siempre ha sido así. No siempre he seguido el sabio consejo de Baltasar Gracián (1601-1658): «La diligencia hace con rapidez lo que la inteligencia ha pensado con calma… El prudente hace a tiempo lo que el necio a destiempo… Mucho consiguió quien no dejó nada para mañana».
Otra historia, el mismo protagonista, yo. Año 2008. Amigo entrañable de la Facultad de Derecho. Bellísima persona, trigo limpio, vago para los estudios, espabilado para otros oficios (coches, cocina, restaurantes…), después de años de convivencia casi diaria, los derroteros profesionales de uno y otro nos separaron temporalmente. Gracias a Dios recuperamos el contacto. Nuestras dos familias juntas pasamos unas vacaciones maravillosas entre el Pirineo francés y nuestro querido País Vasco. Lourdes, San Sebastián, un caserío increíble en Tolosa donde batimos nuestros récords culinarios… Los recuerdos se agolpan agradecidos.
Aquel verano no le iba bien. Profesionalmente le sobraba dignidad y sentido de la responsabilidad para trabajar en lo que fuera —cocinero, camarero, vendedor, camionero, conductor…— y sacar a su familia adelante. Un día su mujer me llamó animándome a verlo. Estaba preocupada. «A ti te hace caso —me dijo esperanzada—, te escucha seguro. Será una inyección de ánimo.» Le dije que lo haría sin falta; no mentía. Mañana, mañana lo llamo y lo veo antes de irme como visiting scholar a Boston, a la Harvard Business School, donde escribí ese verano uno de mis libros. Crucé el charco sin ese prometido mano a mano personal. Estando un fin de semana de excursión con mis hijos por el vecino estado de Maine, sonó mi móvil. Era la mujer de mi amigo. Dado de alta prematuramente, asumiendo enteramente su responsabilidad, acababa de fallecer de un infarto. Me quedé de piedra, atónito, los sentimientos se agolpaban en mi corazón. Después de despedirme de ella me invadió una sensación de vacío inefable, intentando disimular cara a mis hijos más pequeños. A la pena por mi amigo, por su mujer, por sus hijos… se unía un reproche justificado hacia mi negligente y estúpida conducta.
Avergonzado por mi dejadez, nada orgulloso de mi insensibilidad, un sentimiento imparable de culpa ocupaba casi todo el espacio de mi conciencia. Nada podía narcotizarla, ninguna coartada o pretexto venía en mi auxilio. Al menos tuve la dignidad de encarar frontalmente omisión tan imperdonable. Créame si le digo que entiendo muy bien la frase de Bertrand Russell (1872-1970) en Autoridad e individuo: «Somos pasivos respecto a lo que es importante y activos respecto a las cosas triviales». ¡Qué cosa más importante aquellos días que abrazar a mi amigo, charlar con él, reconfortar a su mujer! Y sin embargo, antes de viajar a Boston, consumí mi tiempo en tareas tan triviales y pasajeras que ni me acuerdo de ellas. Aquellos meses tuve que aprender a hacer las paces conmigo mismo, superar el resentimiento —sentimiento feo, seca el alma—, aceptar mi lado oscuro, perdonarme de corazón, imprescindible y laborioso trabajo de limpieza personal. Confesado mi pecado, herida cicatrizada, en paz con este triste episodio de mi vida, no tiene sentido mortificarme con algo que ya no puedo cambiar, ¡qué distinta experiencia la conversación tenida con mi padre y la frustrada e inexistente, por culpa mía, con mi amigo! Una te permite mirar hacia delante y caminar ligero de equipaje. La otra, frustrada, se convierte en una incómoda y pesada mochila moral de la que no es trivial librarse. Si hoy la comparto libremente, es porque ya no me pesa, ya no la llevo encima.
Dicho esto, qué verdad es que el hombre es el único animal que tropieza varias veces en la misma piedra. Hace año y medio murió una de las personas que más he querido en mi vida. Sacaba siempre mi lado bueno, me inspiraba una ternura especial. Nunca le resultó fácil vivir, no acababa de encontrarse cómodo en ninguno de sus trajes. En cambio, niño grande, noble, como los payasos, maestros del sufrimiento, hacía reír a los que tenía a su alrededor, con él me partía a carcajadas. Mis hijos y mi mujer lo adoraban, sabían de mi debilidad por él. En noviembre del 2018 lo ingresaron, a raíz de una crisis severa, en una clínica cerca de mi casa. Lo fui a ver varias veces. Impresionado por su deterioro físico, volvía a casa tocado, nostálgico, rememorando alegrías pasadas. Justo antes de las Navidades lo trasladaron a un hospital fuera de Madrid. Le comenté a mi mujer de ir a verlo sin falta, una bonita excursión con él como excusa. Mañana, mañana…, entremedias el trajín habitual en que derivan las fiestas navideñas. Intención sincera, deseo auténtico, hasta que suena el teléfono y un hermano suyo me comunica su muerte. Intentaba controlar unas lágrimas que salían a borbotones. Pena inmensa por su marcha prematura —¡los buenos siempre se van pronto!— y tristeza de no haberle dado físicamente un último y gran abrazo. «Seré imbécil», me dije. Ya, ya, lo sé, Navidades ajetreadas, familiares, grandes, pequeños, compras, cenas, conciertos… En ese maremágnum, ¿qué cosa
