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El siglo del desencanto
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Libro electrónico365 páginas4 horas

El siglo del desencanto

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Mirada crítica al siglo XX, un siglo que comenzó con la esperanza de consolidar un avance en distintos campos del saber humano, pero que también conoció la barbarie y la destrucción. La autora resalta el espíritu de orfandad que impregna cada uno de los diversos estadios y obsesiones del pensamiento filosófico, literario, musical y artístico de este convulsionado siglo.
IdiomaEspañol
EditorialFondo de Cultura Económica
Fecha de lanzamiento5 nov 2015
ISBN9786071633637
El siglo del desencanto

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    El siglo del desencanto - Angelina Muñiz-Huberman

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    EL SIGLO DEL DESENCANTO

    I. EL SIGLO DEL DESENCANTO

    APRETADO SIGLO ESTE NUESTRO PASADO SIGLO XX. Enjundioso. Encerrado en un puño o lanzado a campo abierto. Entre las estrellas y entre los granos de arena. Con guías erradas y sin guías. Sin método. Sobre todo sin método. Que los que hubo se desmoronaron. En un espasmo y en un esperpento.

    Largo tiempo y largo espacio aprovechados. Entretejidos. Abarcados. Confundidos. Idolatrados. De máximas guerras y violencias. De la tortura y de lo execrable. Y sí: de los inventos, de los avances, de los progresos. Tal vez, siglo similar al de Erasmo de Rotterdam que le hizo exaltar sus maravillas en un principio y que después lo sumió en la desesperanza; que creyó en el advenimiento de la paz y temió el resurgimiento del paganismo; que fluctuaba entre lo prodigioso y lo deleznable. Siglo más bien semejante a todos los siglos, pero que por ser el que vivimos nos parece, en ocasiones, el mejor, y en otras, el peor.

    Siglo dependiente del humor. Siglo que une su fin al del milenio y que quiere encontrar en la mente afinidades, analogías, presagios, catástrofes. Toques apocalípticos que no pueden ser evitados. Cuando la realidad es que todo es relativo y que cualquier afirmación aporta en sí su negación. Seguiríamos diciendo que nada es verdad ni mentira y que el color del cristal es lo definitivo. Pero tampoco el color del cristal es verdad, que su primera cualidad es la transparencia.

    Y eso es lo que falta, la transparencia, el grado de lo incoloro, de lo primigenio. Todo lo demás es rellenar el vacío con violencia y desastres.

    LOS ALBORES

    El siglo XX despuntaba bien. Promesas y esperanzas. Se desarrollan la industria y el comercio. Hay nuevos logros: radio, fonógrafo, televisión, helicóptero, descubrimientos científicos y médicos. Las artes evolucionan y se crean originales tendencias. El art nouveau se hace presente. Dan comienzo excavaciones arqueológicas tan importantes como las de Machu Picchu o San Juan de Teotihuacan o la tumba de Tutankamón. Es la época de los grandes trasatlánticos y de la tragedia del Titanic. De las exploraciones hacia el Polo Sur. Movimientos revolucionarios prometen grandes cambios en la sociedad basados en el reino de la justicia y la igualdad. En algunos países los movimientos feministas ganan batallas y la mujer obtiene el derecho al voto. En general, un aire de bonanza y de aparente tranquilidad se deja sentir. Cuando, a sus catorce años, estalla la primera de las cruentas guerras. Si por un lado se exalta la libertad, por el otro, la muerte sin piedad reclama sus fueros. En la batalla del Somme (1916) mueren un millón de soldados.

    De nueva cuenta, restablecida la paz nace un periodo de readaptación, pero también de incubación del huevo de la serpiente. Nada ha quedado saldado y el espíritu de la venganza acecha su oportunidad. Mientras, en la entreguerra, se abren camino otras manifestaciones en todos los aspectos culturales, sociales, artísticos, científicos. El tango se pone de moda y aparecen las primeras tiras cómicas con el Ratón Miguelito y con Popeye el Marino. Chaplin, el Gordo y el Flaco y otros cómicos divierten a los cinéfilos. En el aspecto político afloran las revoluciones: la mexicana de 1910, la soviética de 1917.

    España también ha pasado por una peculiar historia, marcada, sobre todo, por la pérdida de las últimas colonias americanas y asiáticas. La Generación del 98 se encarga de esclarecer y de proponer una nueva visión del mundo. La Generación del 27 eleva la poesía a la máxima expresión de los nuevos tiempos. El 14 de abril de 1931 se proclama la República española y será el gran parteaguas del siglo. Lo que hoy vivimos es todavía sus secuelas. La Guerra Civil y luego la segunda Guerra Mundial serán el principio del desencanto y el origen de las nuevas posiciones filosóficas que prevalecerán hasta fines del siglo. El desconcierto se instaura a partir de la caída de los regímenes comunistas. Dos poderosas instancias: el concepto de globalización y el avasallador dominio de los medios de comunicación cambian radicalmente la visión del mundo. A partir de ahora, nada será igual.

    La realidad se trastroca cuando deja de funcionar y se traspasa a su virtualidad. Los sentidos se desplazan. El predominio de la imagen visual y el opacamiento del sonido por su desmedido volumen son fenómenos irrefrenables. Fenómenos que se imponen sin remedio y que coartan la libertad individual.

    LOS SACRIFICIOS

    Para María Zambrano la historia de Occidente debe ser entendida como una historia sacrificial. Más que crisis, lo que resalta es la orfandad. Oscuros dioses han tomado el lugar de la luminosa claridad¹ y esta última es la que hay que rescatar. Es la historia del sacrificio continuo, de este nuestro siglo XX de sacrificio continuo, donde todo se ha ganado y todo se ha perdido. Donde la amputación y la renovación parecieran brote de planta imperecedera o doble vena de Medusa cuya sangre cura o mata.

    Historia del camino hacia la salvación, sí, pero por medio del sacrificio. Para dar un paso adelante cuánta muerte derramada, piedra destruida, ciudad arrasada. Para llegar al llanto que redime, a la nueva luz instaurada, a la espera del nacimiento.

    Las teorías, las formas utópicas, son sólo discursos bien ordenados. En el fondo asalta el caos. Desbaratado caos que ni siquiera es el contrario de la creación. Había una vez la necesidad del génesis y su historia se quedó en el principio de los tiempos.

    Ingenuamente se piensa que cada ciclo repite su individualidad y se olvida que cada instante es sólo el cero del que se parte, es decir, la nada de que se parte. No hacen falta cien ni mil años. La historia es esa nada sin guía, sin dirección. Todo lo demás lo inventamos impíamente. Se agitan los pueblos como hormigueros inundados.

    De ahí la necesidad de la ofrenda más grata. La que habrá de ser rechazada porque los dioses ya ni siquiera exigen. Tal vez no importe la ofrenda, sino el gesto de hacerla. Es más, ni siquiera existe la oportunidad de hacerla. Y sin qué ofrecer a cambio, el hombre se siente perdido. Sin culpa que expiar cómo aplacar a los dioses enterrados. ¿Acaso alguien se encargará de desenterrarlos?

    En la religión azteca el centro del hombre, su corazón, era ofrecido como el máximo sacrificio. A veces los dioses hicieron caso, y a veces no. Pero había qué ofrecer. En nuestro siglo no hay qué ofrecer, como no sea un retorno a los más bajos instintos. Pareciera que la solución a los problemas elementales y la mayor seguridad trajeran consigo la más alta inconformidad y que el reino del tedio desembocara en la destrucción del espíritu. Las cosas se magnifican en su polaridad. La sensación de que el todo se ha perdido y, en consecuencia, de la prevalencia de la nada condena al derecho de transgredir. La pasión, la imaginación, se desplazan hacia el odio y la insatisfacción que sólo se calman con la soltura de las amarras de las represiones. Quien se siente encasillado en la sociedad se quita toda máscara y se ataca y castiga a sí mismo en el rostro de los demás. Confunde su espejo con la realidad y lo estrella en mil pedazos. Todo ejemplo de mutilación es la renuncia a una parte del ser por el llamado bien de la comunidad. Hasta que llega el momento, para quien no ha comprendido, de la explosión mediante el nacimiento de las formas pervertidas. Aquello que es denominado demoniaco es la manifestación del salvaje instinto nunca domeñado. Únicamente la adquisición de la conciencia histórica podría borrar la necesidad del sacrificio extremo.

    LAS INCONGRUENCIAS

    Momentos de altibajos. Reunión de opuestos. Entre la primera y la segunda grandes guerras un periodo de ilusión y de trivialidad lucha entre las voces de advertencia. Las palabras no son necias, pero los oídos sí son sordos. Tal vez por eso hubo que subir tanto el volumen del sonido. La sordera condujo a la instauración del ruido infernal. Fábricas, aparatos, máquinas, altavoces: todo debe sonar para denotar acto de presencia. El sentido más fino de todos fue violado y execrado.

    Esta vez no se pudo hablar de voces en el desierto, porque el desierto se borró. Ciertas voces, únicas, herederas de la tradición de la soledad y del espíritu mesiánico se modularon en vano. Su mensaje fue obliterado en vista de que era preferible olvidar el origen. Voces de pensadores hablaron con claridad. Hoy tratamos de rescatarlas por si quisiéramos aprender de ellas.

    La bonanza acarrea también confusión. El ocio puede convertirse en fuente de negaciones. Tal parece el rumbo en la segunda mitad del siglo. Integrantes de grupos sociales con aspiraciones aparentemente resueltas desfogan, sin embargo, su inquietud en la destrucción por la destrucción. Neonazis, neofascistas, hinchas, hooligans aprovechan su mediocridad para salir de ella en un desborde de pasiones. Fanáticos religiosos caen en la intransigencia despiadada y cometen matanzas inconcebibles. Entonces sabemos que los valores se han invertido.

    En el campo de la teoría literaria surge, asimismo, la crítica de la deconstrucción. Venenos y antídotos empiezan a nivelarse. El futuro se pinta como una sola línea continua. Valles y montañas desaparecen. ¿Será el advenimiento de la tan ansiada igualdad?

    LOS ILUMINADOS

    He aquí que sí hubo iluminados, que sí se señalaron a tiempo los olvidos, las incongruencias. Lo que no hubo fue receptores dispuestos a corregir sus desviaciones. Después de todo, la desviación es un largo camino. En su libro Memoria de Occidente, Manuel Reyes Mate lo ha expuesto. Para él, los iluminados fueron las víctimas de la modernidad, quienes propusieron otra manera de entender la realidad distinta de la de Occidente y que por Occidente fueron condenados:

    Hubo gente, con nombres y apellidos, en la filosofía, en el arte y en la literatura que, madrugadoramente, levantó acta de las insuficiencias del proyecto ilustrado y se puso a pensar alternativamente, a sabiendas de que los errores metafísicos pueden acabar en catástrofes físicas. Ese fue el origen de lo que uno de ellos, Franz Rosenzweig, llamó Nuevo Pensamiento.²

    A los nombres de Franz Rosenzweig y Hermann Cohen podríamos agregar los de Walter Benjamin, Gershom Scholem, Hermann Broch y Ludwig Wittgenstein como iluminadores del siglo XX que se ha consumido. Stefan Zweig, otro desencantado, llegó a afirmar que la conciencia moral del mundo había sido agotada. Y, desde luego, el nombre de María Zambrano se une a la lista.

    Aquello que faltaba en el proyecto ilustrado y cuyas consecuencias hemos arrastrado hasta el siglo XX al borde del aniquilamiento, era la diferencia como parte de la identidad y la marginalidad como parte del todo. En pocas palabras, la prioridad radica en el ser antes que en el pensar. De este modo, se invertiría la fórmula de Descartes, como quería Miguel de Unamuno: Sum, ergo cogito.

    Puesto que desde el siglo XVIII hasta el XX los experimentos de la vía racional del conocimiento no tuvieron el resultado esperado, se pueden probar otras vías. Una de ellas es la de la revelación que aunque sospechosa para los pensadores europeos, puede ser entendida en un amplio contexto que implica la búsqueda de fuentes heterodoxas y de una instantánea lucidez. Algo semejante a lo que se refería Walter Benjamin cuando decía que para comprender la vida era necesaria la teología, él que era cercano al marxismo.

    EL CAMINO DE LA REVELACIÓN

    Para Franz Rosenzweig, revelación es la capacidad de volver a hallar la irreligiosidad del mundo: el primer instante en que las cosas se iluminaron sin sombras y en que la palabra entrañó su total escala gramatical. En la mística judía, la revelación es el inagotable mensaje que está inscrito en la primera letra del alfabeto. El álef, letra áfona que incluye en sí todos los sonidos y que en su trazo se halla el de las demás letras del alfabeto. Letra origen y compendio. Para Jorge Luis Borges es la representación del Libro de libros, y así titula al suyo. Si se pudiera recapturar el momento inicial de esa letra cuando todo es posible, pero aún no sucede, el mundo de la revelación sería accesible. En la fugacidad y en la esencia misma del álef estaría la clave de una lectura del universo desde el lenguaje y no desde el concepto. Se recuperaría la instancia primera del Génesis en donde la pronunciación de la palabra da lugar a la creación de los seres. Se reforzaría la interpretación viva y en movimiento del universo y no la estatización conceptual. Esta teoría, opuesta al logos aristotélico, aparece en las academias rabínicas y los grupos cabalistas hispanohebreos de los siglos XII y XIII. Sin embargo, el camino de Occidente ignoró la vía de la revelación que, en su versión cristiana, tuvo representantes como Lulio y los renacentistas Pico della Mirandola y Giordano Bruno.

    Esta visión del mundo en la que palabra, ética y libertad son modos de la revelación o de la orientación (oriente como opuesto a occidente) es lo contrario a razón autonómica, como propuso después la Ilustración. Y ésta fue la gran imposibilidad de Occidente. En el caso de España, donde las raíces semíticas se afianzaron, propició unas vías alternas que marcaron su gran diferencia con el resto de Europa. Así, su evolución histórica se apartó de la norma y creó una cultura de esencias móviles. Ser y estar, dos verbos que difícilmente aparecen separados en otras lenguas, amplían los matices interpretativos de la creación. Razón vital sería el término que mejor propone un nuevo orden de las cosas. Un nuevo orden en apariencia contradictorio pero que explica el origen de una literatura conflictiva, como diría Américo Castro, según la óptica del converso. Sólo así puede entenderse el nacimiento de tipos literarios como la Celestina, el pícaro o don Quijote, marginados de la sociedad, al mismo tiempo que actuantes y críticos de ella. O la pregunta tantas veces planteada de cuál fue el grado de intensidad de la Ilustración española. Con lo que razón y revelación son términos a discutir. Después de todo, la fórmula cervantina de la razón de la sinrazón seguiría vigente.

    Retomando el sentido de la revelación en el nuevo contexto es algo que viene de fuera a dentro. Es, también, la posibilidad de reconocer al otro, al tú, y de enfrentarlo. De desarrollar el íntimo proceso de la responsibilidad y el ejercicio de la libertad. Es, ante todo, la desacralización del entorno. Es, de igual modo, la prioridad del tiempo sobre el espacio: anticipar el futuro en el presente: antítesis de la idea occidental de Historia. Es, de nuevo, la elección de una lectura desde el lenguaje y no desde el concepto.

    Caminos errados los hay. Tal vez el de la revelación hubiera evitado muchas catástrofes.

    LOS TOTALITARISMOS

    Hablando de caminos errados, no los ha habido mayores que los de los totalitarismos del siglo XX. Fascismo, nazismo, franquismo y estalinismo acabaron con las esperanzas de un mundo mejor. Desde puntos de vista encontrados, la conclusión fue la misma: violencia y crueldad exacerbadas que sólo desataron la destrucción, la injusticia y la muerte. Quienes tuvieron fe en esas ideologías vieron destruidas sus ilusiones y el fin de ellas. Finalmente, quedó el campo abierto a la democracia. Pero aún así, la insatisfacción existe, asunto quizás imposible de resolver.

    Las imágenes demoniacas persisten: cuestión de hallar al enemigo adecuado. Una vez hallado, desatar contra él el azote de la irracionalidad. El enemigo o, más bien, la víctima, será culpable de todos los males imaginarios y por imaginar. Por lo tanto, su persecución y absoluto exterminio habrá de ser la meta ideal. También aquí hay que referirnos a Cervantes: don Quijote no atribuye sus males a sus errores y confusión, a su locura, en una palabra, sino a los malsines y encantadores que cree que lo acosan.

    Son extraños los caminos del desencanto y, en palabras de Octavio Paz, un tiempo nublado se cierne sobre nosotros. Las guerras siguen, como si el aprendizaje de la historia no sea tal, sino su opuesto.

    LA GENERACIÓN DEL 98

    España siempre será otra. Su evolución, diferente. Su historia, aislada, o más bien peninsulada, que la lleva a actuar de manera propia frente al resto de Europa o de África, según se considere. La Generación del 98, surgida como una respuesta a un hecho histórico muy concreto, tuvo en cuenta esa diferencia. Las respuestas de los integrantes variaron, aunque coincidieron en su esfuerzo de autoanálisis y de reforzar los valores de la cultura española. Miguel de Unamuno se rebeló contra cualquier encasillamiento y su rigor fue un pensamiento indomable, un riesgo reflexivo y, ante todo, un cuestionamiento de la verdad filosófica. Partió del concepto de una filosofía agónica, es decir, del ser del hombre en lucha. Para él, la realidad fue una energía en marcha y sin fin. Antes del existencialismo, propuso la vida como eje central del quehacer humano y lejos de idealismos trasnochados. Profundo analizador de las pasiones y de los conflictos, de lo tortuoso y también de lo lumínico. En contradicción y en agonía él mismo.

    Antonio Machado, entre la poesía, la filosofía y el humor. Con heterónimos que duplicaron o triplicaron su ser, Juan de Mairena, Abel Martín. Tuvo también una visión crítica de la realidad española, con ese su poema:

    Ya hay un español que quiere

    vivir y a vivir empieza,

    entre una España que muere

    y otra que bosteza.

    Españolito que vienes

    al mundo, te guarde Dios.

    Una de las dos Españas

    ha de helarte el corazón.³

    De Ramón María del Valle-Inclán, su teatro esperpéntico sería una buena muestra del carácter renovador y fársico que pretende con su obra. Tremendismo y deformación de la realidad, dentro de un equilibrio matemático expresan una estética entre expresionista y cubista. Su preocupación por depurar el lenguaje le enfrenta al seudotradicionalismo, por un lado, y a la solemnidad académica, por el otro, para acabar con ellos.

    La generación inmediata, la del 27, expresará en su arte una experiencia más devastadora, marcada por la guerra civil y el exilio. Su poética se transformará al transformar, a su vez, una realidad desencantada y desvirtuada. Luis Cernuda lo expresará en Ser de Sansueña:

    Vivieron muerte, sí, pero con gloria

    Monstruosa. Hoy la vida morimos

    En ajeno rincón. Y mientras tanto

    Los gusanos, de ella y su ruina irreparable,

    Crecen, prosperan.

    LOS VIGÍAS

    ¿Quiénes son los vigías? Los primeros en enterarse, en advertir y en no poder hacer mucho más. Parece que los que ven no son los que actúan. Los de vista y mente claras nunca serán escuchados. Se les considera aves de mal agüero. Para qué hacer caso si aún no nos llega el agua al cuello. Los profetas y las casandras son desoídos.

    La larga lista de frustraciones de los vigías es una lista de irrealidades y de desalientos. No pueden ser detenidos porque son insistentes y nos regalan sus teorías perfectamente estructuradas. Ven lo que no ven los demás, para quienes un caballo de madera nunca será un escondrijo de soldados listos para tomar una ciudad.

    La impotencia se agrega a la lista, amén de la testarudez. Y la mayoría, que siempre se cree que lo que pesa es la verdad, se da el lujo de reírse de los videntes. Realismo se confunde con pesimismo.

    Grandes vigías sí que los hubo. Walter Benjamin advertía sobre los peligros y placeres de las ciudades. Algo que ha llevado al cine el director Wim Wenders. Robert Musil denunció al hombre indiferenciado, sin cualidades. Aldous Huxley ironizaba sobre un venidero mundo feliz. George Orwell denunciaba excesos y barbaridades. Todos, en fin, se preocupaban por el avance del tiempo y la fragilidad de las ideologías.

    Otras atalayas que erigieron los vigías proveían visiones muy diferentes. Si el pragmatismo, la razón y el materialismo estaban en vías de derrumbamiento, tal vez el camino era otro y lo inefable reclamaría sus fueros. Posturas de índole mística y espiritual tomaron fuerza. Movimientos renovadores de vanguardia propusieron la antirrealidad: aquello que debe ser descubierto con un mayor esfuerzo y cuyo verdadero ser yace oculto.

    Se actualizaron antiguos mitos y se acudió a las raíces profundas del origen de los tiempos y los sueños. Uno de ellos, el de Orfeo, piedra de toque, renació con bríos.

    FILOSOFÍA Y MÚSICA

    Las artes aspiran a su origen unitario. La separación siempre anhela la unión. Ludwig Wittgenstein, renovador del pensamiento filosófico y de la lógica matemática, se sintió atraído por las posibilidades lúdicas del lenguaje y sus interrelaciones estéticas. Gran conocedor de la música por el ambiente familiar (su hermano fue el famoso pianista Paul Wittgenstein, a quien Maurice Ravel dedicó el Concierto para la mano izquierda luego de que quedara manco en la primera Guerra Mundial), trató de definir cuál era su característica como lenguaje especial. Se refirió siempre a su cualidad abstracta y trató de deslindarla de sentimientos o pensamientos, pero en el fondo prevaleció ese inexplicable carácter de signo sagrado que acompaña a la música. En sus palabras: la música nos transporta por sí misma (El libro café).

    PINTURA EXPRESIONISTA

    El orfismo también se hace presente en el arte de la pintura. Los colores no son ornamento y pierden su simbolismo. Aspiran a una determinada distorsión que los extiende. Estallan en ecos y gritos. Exhiben la realidad violenta, la intrínseca. Vincent van Gogh en una carta a su hermano Theo lo explica así:

    En lugar de intentar reproducir exactamente lo que tengo ante mis ojos, uso el color arbitrariamente para expresarme con mayor fuerza [...] Me gustaría hacer

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