El cancerbero de la flama
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La debacle del joven es peor cada día, ya no importa su familia, su fracaso, su persona… hasta que surge una luz de esperanza.
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El cancerbero de la flama - Luis Camarena
© 2018, Luis Camarena
© Gilda Consuelo Salinas Quiñones, (Trópico de Escorpio)
Empresa 34 B-203, Col. San Juan
CDMX, 03730
www.tropicodeescorpio.com
1a Edición, noviembre 2019
ISBN: 978-607-9281-93-9
Pintura de portada: El Observado., Luis Camarena
Diseño de portada y formación: Montserrat Zenteno
Cuidado de la edición: Gilda Salinas
Este libro no puede ser reproducido total o
parcialmente, por ningún medio impreso, mecánico
o electrónico sin el consentimiento de su autor.
HECHO EN MÉXICO
Edición electrónica: Heurística Informática, Procesos y Comunicación Objetiva.
Quiero dedicar este libro a la memoria
de mi maestro y amigo
Daniel Sada.
Mas he ahí el secreto del Tenebroso
que olvidó sonreír.
Vicente Huidobro
Cecilia tenía un mastín negro y un cuerpo de esos que dan miedo. También tenía otras cosas, por ejemplo, era la dueña de La Flamme, un bar austero y discreto… tanto, que fácilmente podías pasar de largo sin notarlo.
El bar de Cecilia tenía, además de la puerta, un ventanal amplio cuyos canceles se abrían a media altura hacia la calle del Pas de la Mule, esa calle que sube desde la Place des Vosges hasta el Boulevard Beaumarchais. En ese tramo las banquetas son tan estrechas que los restaurantes no pueden poner mesas afuera como se acostumbra en París, de manera que todo el bar no era más que un simple salón rectangular de cara al interior.
Cecilia era una de esas mujeres que se sienten tan bien con su cuerpo que te acomplejan nomás de mirarlas, como si fueran perfectas. A simple vista el único defecto que le podías endilgar era la impúdica conciencia con la que mostraba sus encantos, sobre todo cuando la mirabas al lado del perro, al que dejaba echarse detrás de la barra. La Bella y la Bestia, sin más.
El animal parecía más poderoso y aterrador debido a la ominosa oscuridad que reinaba ahí adentro. Aunque aquello no debía importar si a uno le gustaba el jazz. O bien, si se era uno de esos tipos que, como yo, buscaba un sitio a solas para tumbarse a mirar el mundo sin arriesgar nada, simplemente para lamer sus heridas hundido en el anonimato. Ahí estaba: el bar ideal, con su intenso olor a madera; el sitio perfecto para ocultarse en la penumbra mientras la luz titilante de las velas hacía bailar las sombras al ritmo de esa música embriagadora.
Empecé a ir a La Flamme por la música. Nunca fui un gran conocedor del jazz, pero desde mi llegada a París era lo que más oía, sobre todo si tenía la oportunidad de hacerlo en algún sitio cavernoso y atemporal, como era el caso.
La primera vez que entré fue por casualidad, solo para tomarme una cerveza. Era de día. Qué suerte
, pensé, hoy me tocó buena música
Luego empecé a tomar esa calle regularmente, pues me quedaba entre la casa y el trabajo. Me extrañó que la música siguiera siendo tan buena. Alguien ahí dominaba lo que hacía; un conocedor que hilaba las secuencias con sensibilidad auditiva, con experticia temática. Eso no lo podía desdeñar. Había invertido mucho tiempo buscando un lugar así.
El resultado de todos aquellos sondeos en vano, hasta esa tarde, había sido desalentador y en nada me ayudaba cuando quería engancharme a cualquier cosa que fuera sobradamente intensa para olvidar mis asuntos. Esos… los que duelen, los que no te dejan vivir. Por eso lo de La Flamme fue tan peculiar… Y no es que pasara y siempre estuviera sonando el mismo disco. Para nada: lo de ahí era selecto, jazz a pasto que daba para mostrar lo memorable o bien, para introducirte en lo oculto; eufonía creadora de atmósferas; música para perderse o ausentarse del mundo: tonos que te inspiraban.
Una noche, agotados los recursos para vencer el hastío que mi inevitable soledad me infligía, jalé para allá dispuesto a tomar unas copas. Como hacía regularmente llevé conmigo un cuaderno. El ambiente era propicio: la penumbra, las copas y la música formaban el empalme, ese estado ideal que uno, que escribe, pinta o dibuja, busca siempre, como si con ello se pudiera evocar a la musa.
Entonces pasó ella. Me deslumbró.
No solo era su figura voluptuosa sino la mordaz soltura con la que se movía. Si te sonreía jurabas que darías la vida por ella. Imposible parar de mirarla. Era un hechizo. De musas, nada, más bien una distracción, un duende corrosivo e intruso que no te permitía siquiera mirar el cuaderno. Desde entonces se metió en mi cabeza como un insectito imperceptible que tras recorrer el laberinto interno de mis cavidades, había depositado ahí los huevecillos de sus larvas.
Durante algún tiempo, mis noches ahí pasaron sin nada que reportar: un par de copas, dos o tres anotaciones para los artículos que escribía, el óptimo jazz, la cuenta y de vuelta a casa; sin embargo, pasado algún lapso descubrí que el sitio ejercía una extraña influencia sobre mí. Influencia que, como se verá, no podría definir como buena, ciertamente.
Una noche, por ejemplo, empecé a sentir decepcionantes los artículos que retocaba mientras la violenta trompeta de Miles Davis me perforaba el vientre con sus esquizofrénicos flagelos atonales. Lo escrito, frente a la fuerza cruda de esa trompeta maquiavélica, me hacía sentir —con demasiada conciencia— la burda timidez de mis intentos literarios. Abominable sensación la de mirar el cuaderno plagado de tachones y frases inútiles que no acertaban a expresar lo que realmente quería decir.
En realidad no sabía siquiera lo que en el fondo quería decir. Entonces me detenía, miraba las páginas frente a mí, con la ansiosa caligrafía estampada sobre la superficie del papel en busca de alguna idea relevante, digna, que validara mi presencia en aquel sitio inspirador.
Naufragio total: el bar marchaba a su ritmo, sus engranajes embonaban, los míos no.
El ambiente me impelía a querer más. Era como si el tejido de los instrumentos formara un patio amurallado del que no podía salir, como si cada vez, sin excepción, descubriera algo nuevo en cada estrofa y estuviera en el estado perfecto para apreciarlo. Lo estaba, de hecho: era ese el magnético atractivo con que La Flamme te recibía: quedabas atado y no te querías mover. ¿Y cómo iba uno a desearlo si además de ello estaba la inquietante belleza de Cecilia?
Es verdad que en un principio todo se trataba de la música, pero a fuerza de volver y volver la mujer se metía en tu cabeza y era casi imposible sacarla de ahí. Había algo misterioso en su forma de estar sin jamás darte indicios de que notaba tu presencia. Algo como para echarse a correr y no regresar, porque el hecho devastaba la autoestima de cualquiera. La música, la bendita música me alcanzaba para vivir aquello con indolente aceptación. Ella estaba ahí, sobre su pedestal, solo para ser admirada. Era cosa de sufrirlo o aceptarlo porque no podías hacer nada más.
De modo que me quedaba la música. Como ya era un cliente al que se podría llamar asiduo
, ella se dirigía a mí con apática familiaridad, quizás hasta recordara mi nombre —si bien yo desconocía el suyo— pero en lo que a mí concierne, era como si en mi lugar estuviera sentado un muñeco de trapo.
Desde las primeras noches, cuando la veía andar entre las mesas como una yegua juguetona en un establo poblado de garañones, había tenido el atrevimiento de imaginar su cuerpo desnudo bajo el conspicuo esfuerzo de mi virilidad.
Obcecadamente me imaginaba derribando sus barreras hasta el punto culminante, ya saben: ese momento cuando ella cede y te deja hacer. La poseía una y mil veces en mis entelequias. Me tocaba pensando en ella en el secreto rincón de mi intimidad, ansioso y descontrolado, como si el cráter de mis apetitos pugnara por hacer erupción con o sin su beneplácito. Urdía planes que de antemano sabía que jamás iba a cumplir, pero que ayudaban a convencerme de que tal vez ahora sí, de que quizás estaba
