La casa de la poesía
Por Carmen Berenguer
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Max G. Sáez
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La casa de la poesía - Carmen Berenguer
© Copyright 2018, by Carmen Berenguer
Primera edición: septiembre 2018
Colección Delirios
Director: Máximo G. Sáez
Edita: MAGO Editores
editorial@magoeditores.cl
www.magoeditores.cl
Registro de Propiedad Intelectual Nº 110.989
ISBN: 978-956-317-503-5
Diseño y diagramación: Catalina Silva Reyes
Lectura y revisión: MAGO Editores
Edición electrónica: Sergio Cruz
Derechos Reservados
500 Años en el Barrio Chino de Valparaíso
(1492 1992)
Juan D. registraba todo recopiando estas imágenes, recoloreando esos rostros mestizos, dibujando inteligibles nuestros ojos achinados. Ojos chinescos como cúpulas orientales. Juan Dávila recopiaba unos pómulos altos engastados como planicies cóncavas, poniéndole un color cetrino, aceitunado, un negro decolorado antes de la oscuridad, un negro, un negro de sol después del amarillo, un color jaspeado por el sol –sur de Latinoamérica. Después de varias cruzas pintó el sueño de Bolívar y retocó una utopía lijada en los colores de las iglesias barrocas del siglo XVII. Le puso mis senos al prócer porque esa noche yo era la única que tenía tetas, y le agregó un sexo al héroe del sueño latinoamericano. Al lado le hizo un hoyito, un huequito con su mano, un guiño a nuestros escépticos sueños.
Esa noche, motivo de otras noches, Juan D. buscaba mi boca y se encontraba con la boca de Pedro. En ese juego de espejos Juan D. buscaba un destino mestizo, un destino chinesco, una mezcla criolla. Y encontró en mi boca el lagar salobre de la machi. En las dos bocas provocó la ruptura: vacío de mil bocas repentinas. Y las repintó como granas carcajadas sin poder dramatizar aquel momento que por entremedio de las comisuras, escurría toda la risa inquilina de los dominados que vuelven la boca profanada de Simón Bolívar al primer mundo su propia postal: su retocada.
Esa noche fue simulacro del ritual pagano de la diversión alegre de la chilenidad. Esa noche fue el carnaval andino y sentido, dejando atrás la clásica y profana noche de Velásquez.
Juan Dávila firmó esta pinturita.
Acerca de lupanares migratorios, la poeta leyó el poema que el poeta (Q.E.P.D.), escribió esa su única y última noche en el puerto y le responde aunque ya no esté
Olor a turbulencias corpóreas rasgó el olfato con los brazos
extendidos, allí pájaro de argenta temblaba su glande y
llámonos «tías» para ahuyentarnos, y uac, uac,
respondieron las urracas al destemplado graznido de las
heridas plumas que perfilaban suave su caída ¡Vaya vacío!
ornadas bolas tristes del fígaro,
en medio de un trino el gorrión palabrero fundía lupanares
migratorios,
negro en un blanco yermo,
nos miramos en mis crenchas vivas madreselvas gruesas
crines cruzaron el corazón, ahí en el puerto, puteros chuscos
y mandarines, –dije– olor a ñato y gañanes los ojos fieros
del queltehue lanzaron soplos,
a ratos opacos bríos, a ratos nervaduras de vieja en las
manos trepanaba el deseo, ahí sujeta al ala con el chal
lanudo pegado al cuervo, entre sí,
las urracas brincaban alrededor, mirando carno
el entrepiernas,
mudos espectros del destino, aquí ni polvos mágicos, sudor
porando estrellas por si cae, al pie
mis pieses a tus pies pije por si acaso,
las
