El destino no perdona
Por Corín Tellado
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—Sheila, salimos para San Francisco mañana mismo.
—¿A conocer a mi futuro esposo?
—Exactamente."
Corín Tellado
Corín Tellado (1927-2009) nació en un pequeño pueblo pesquero de Asturias, pero vivió la mayor parte de su vida en Cádiz. Publicó su primera novela a los diecisiete años, y en su larga carrera escribió más de cinco mil obras.
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El destino no perdona - Corín Tellado
I
Lady Norma Payter se hallaba apoltronada en una butaca. Tenía un cigarrillo entre los dedos y lo llevaba a la boca a pequeños intervalos. Al mismo tiempo, hablaba enérgicamente, si bien con cierta desgana. Se diría que realizaba un gran esfuerzo.
Sidney Payter la escuchaba atentamente. Se diría, asimismo, que escuchaba a su madre por cortesía. Era un muchacho de pelo castaño, ojos azules, alto, atezado, con aspecto de deportista. Hundido en una butaca, con una pierna cabalgando sobre la otra, fumaba y expelía el humo hacia lo alto, contemplando, abstraído, las caprichosas espirales ascendentes que se perdían lentamente por el ventanal abierto.
Parecía que nada de cuanto decía la dama le interesaba, mas de pronto algo llamó su atención. Algo que despertó su interés y lo incorporó a medias en la butaca.
Lady Norma, negligente y con cierta desgana, decía en aquel instante:
—Tienes veintisiete años, querido Sid. He dado palabra de matrimonio a sir Winters desde que cumpliste quince.
Sidney volvió a hundirse en la butaca. Una cierta sonrisa indefinible bailaba en sus labios.
La dama continuó:
—Nuestra compañía petrolífera exige el matrimonio, querido Sid. No conozco a Sheila Winters, pero presiento que debe ser muy bella. Además, nuestra compañía se desmoronaría sin ese matrimonio.
—¿Quién lo decide así, mamá? —preguntó Sid, suspicaz—. ¿La compañía o tu esposo?
Lady Norma, que llevaba el cigarrillo a los labios, lo detuvo en el aire y miró severamente a su hijo.
—¿Quieres dejar de decir tonterías? William es un gerente de la compañía, eso nada más.
—Querida mamá —apuntó Sid, muy calmado—. Eso no implica para que tu marido desee quitarme de en medio.
—Sidney.
Este se puso en pie, muy despacio. Se diría que la seriedad de su madre le tenía muy sin cuidado. Y era así, en realidad. Pensó que no estaba dispuesto a sacrificar su vida por nadie, puesto que nadie la sacrificó por él. En vida de su padre, éste y su esposa hicieron lo que quisieron. Viajaron, disfrutaron de la existencia, gastaron y se olvidaron del niño que clamaba por una ternura fraternal verdadera. Aquel niño que creció entre preceptores, institutrices, doncellas y criados, sin el cariño de sus padres, porque éstos... tenían que vivir su vida. Era absurdo que, después de eso, aún pretendiera su madre que él salvara aquella fortuna. Más tarde su padre falleció y ella se volvió a casar con William Borner. Esbozó una sonrisa.
—Sid —gritó la dama, perdiendo un poco su estudiada compostura de gran señora—. Nuestra fortuna se tambalea.
—Estoy cansado de ser millonario —dijo Sid tranquilamente.
—¿Qué dices, insensato?
—Que estoy cansado de ser el señorito, el niño bonito y mimado de la sociedad. Muy cansado, mamá. No tienes ni idea.
—Escucha, Sidney —se sofocó la dama—. Ten en cuenta que no todo depende de lo que tú sientas. Nuestra sociedad petrolífera necesita los millones de sir Winters. Y éste sólo firmará nuevamente el contrato si te casas con su hija.
—Pobre joven —rió Sid—. ¿Tan fea es?
—Al contrario. Tengo entendido que es muy bella.
—Pues que se case con ella su padre —inclinó levemente la cabeza—. Hasta otro momento, mamá.
—¡Sid!
—Lo siento. No puedo seguir escuchándote.
* * *
—¿Me llamabas?
—Pasa, Sheila.
La joven traspasó el umbral y se quedó de pie, apoyada en el brazo del sillón. Era una muchacha esbelta, de buena estatura, pelirroja, de grandes ojos verdes, como uvas maduras. Muy bella, pero más que eso, atractiva.
—Toma asiento, Sheila.
—No estoy cansada, papá.
—Te he dicho que te sientes.
La muchacha se alzó de hombros y tomó asiento frente a la mesa de despacho de su padre.
—Tú sabes, querida Sheila, que mis negocios en San Francisco son importantes.
—Sí.
—En particular la compañía petrolífera «Pay-ters».
—No estoy muy al tanto de tus asuntos, papá —dijo Sheila con cierto desdén, que pasó inadvertido para el caballero.
—Hace años firmamos un contrato y trabajamos juntos durante dos lustros. Ese contrato toca a su fin: Es preciso firmarlo de nuevo. Me interesa que te cases con el heredero de los Payter. Sidney Payter.
Sheila se puso en guardia. La verdad, tenía veintiún años y no le interesaba en modo alguno casarse. Y menos con un desconocido. Esbozó una sonrisa, indefinible. Por lo visto, para su padre continuaba siendo el instrumento. Primero la educó interna en un colegio, del cual no salió en doce años. Muerta su madre, su padre se dedicó a vivir lo mejor posible y se olvidó de que tenía una hija. Ahora, al parecer, lo recordaba, también para manejarla a su voluntad. Era absurdo.
—Es conveniente unir esas dos fortunas, Sheila.
—No me interesa el dinero, papá —dijo la joven gentilmente—. A decir verdad —añadió, haciendo caso omiso de la ira despertada súbitamente en su progenitor—, estoy cansada de ser la heredera del acaudalado sir Winters.
—¿Qué dices? Pero..., ¿qué dices?
—No doy gran valor al dinero, papá —sonrió Sheila tranquilamente—. Si me permites ser sincera, te diré que me gustaría ser una chica como mi doncella, por ejemplo.
Sir Winters descargó un puñetazo sobre la mesa, haciendo volar todos los papeles que en ella había.
—Tú harás lo que yo mande, Sheila. Es tu deber. Me parece que no debes ignorarlo.
La joven pensó que no, que no estaba dispuesta a casarse con un desconocido, sólo porque su padre lo ordenara así. Además, hacía varios días que estaba decidida a dejar aquel palacio. La verdad, se había cansado, en efecto, de que la sociedad la halagara sólo por ser hija de un millonario. Necesitaba conocer una vida de trabajo y sacrificio, como las demás personas. Tenerlo todo no producía ninguna satisfacción, aunque su padre pensara lo contrario.
—Sheila, salimos para San Francisco mañana mismo.
—¿A conocer a mi futuro esposo?
—Exactamente.
—¡Ah!
—Supongo que no tendrás objeción alguna que oponer.
Las tenía, pero sería muy poco inteligente haciéndoselas conocer a su padre en aquel instante.
—Dejaremos Los Angeles al amanecer en nuestra avioneta particular, Sheila. Estaremos en San Francisco mañana mismo. ¿De acuerdo?
La muchacha se alzó de hombros.
—Ten en cuenta que ese capital no se puede perder.
—¿Y no sería más conveniente perderlo —contestó— y no sacrificar a dos seres que ni siquiera se conocen?
—No me fío de William Bosner —gruñó—. La loca de lady Norma se casó hace años por segunda vez, y ese tipo es un ambicioso. Casada tú con Sidney... no tendré temor alguno.
—¿Ellos desean la boda o la impones tú como condición?
—Hace muchos años que explotamos juntos ese negocio. Tal vez ellos no tengan en efectivo tanto capital como yo, pero es su negocio el que me interesa conseguir. Sí, esa boda es tan conveniente para ellos como para mí.
—¿Y qué dice Sidney?
—Ese hace lo que su madre ordena.
—Como yo.
—Exactamente.
—¡Ah!
Y juró que aquel mismo día dejaría Los Angeles para vivir su vida. Tenía derecho a ello, ¿no? Ella era una joven honesta, bien educada, valiente. No podía vender su existencia y su libertad. Tenía derecho a vivir... e iba a hacerlo.
* * *
El avión tomó tierra, y sir Winter,
