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Sibila, hija de lobos
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Libro electrónico180 páginas6 horas

Sibila, hija de lobos

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Lo que en principio iba a ser un intercambio de nueve días entre adolescentes de dos institutos de la ESO de Granada y Annecy en Francia, acabará en una historia de terror.
Ana Olmedo y Amber Gautier son las protagonistas de un relato trepidante cargado de odio y venganza. En ella, una joven francesa convencida de ser la última superviviente de los Cátaros, una cultura perseguida por el cristianismo, secuestrará a su amiga para iniciar un macabro ritual que la convertirá en heredera del movimiento religioso en Andalucía.
IdiomaEspañol
EditorialLetrame Grupo Editorial
Fecha de lanzamiento20 mar 2017
ISBN9788417011598
Sibila, hija de lobos

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    Sibila, hija de lobos - María Jesús Peregrín

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    © Derechos de edición reservados.

    Letrame Editorial.

    www.Letrame.com

    info@Letrame.com

    Colección: Novela

    © María Jesús Peregrín

    Edición: Letrame Editorial.

    Maquetación: Juan Muñoz Céspedes.

    Diseño de portada: Antonio F. López.

    Fotografía de cubierta: © Fotolia.es

    ISBN: 978-84-17011-59-8

    Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

    Letrame Editorial no tiene por qué estar de acuerdo con las opiniones del autor o con el texto de la publicación, recordando siempre que la obra que tiene en sus manos puede ser una novela de ficción o un ensayo en el que el autor haga valoraciones personales y subjetivas.

    «Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

    Dedicada a toda la familia de Ana Olmedo.

    Annecy, Francia. Primavera del 2013.

    Me llamo Ana Olmedo, tengo dieciséis años y estudio cuarto de la ESO en el Instituto San Galo Mártir de Granada. Escribo a espaldas de mis secuestradores, por si alguien encuentra esta carta y puede ayudarme. Después de mucho tiempo de sufrimiento y agonía he conseguido huir del bosque, donde me han tenido amarrada sobre una helada mesa de mármol. Vine aquí la semana pasada para hacer un intercambio de francés. Ahora sé que cometí el mayor error de mi vida, al elegir a la chica equivocada para realizarlo. Así de simple. Su nombre es Amber Gautier. Dos meses antes de que yo viajara hasta Annecy para estudiar en el College Les filles de Jacob, ella estuvo enGranada nueve días. Al principio era alegre y extrovertida, pero luego mostró todo el mal que anidaba en su interior.

    Está loca. Jura que sus padres no son sus padres. Dice que desciende de los Cátaros, un movimiento religioso que nació en el sur de Francia y que luego la Inquisición exterminó por hereje. Ella dijo que tenía grandes planes para mí. Yo, imbécil total, pensé que se refería a salir de marcha, o a estar todos los días de fiesta en fiesta. Pero su plan era otro, mucho más macabro. Su plan era acabar conmigo, matar antes a mis padres, y convertirme en lo que ella cree que es: la heredera elegida para reencarnar a los Cátaros en Andalucía. Como no pudo acabar con mi familia en Granada, urdió un plan para llevarlo a cabo después. Y esperó pacientemente a tenerme a tiro. Ahora estoy escondida en lo que parece ser un gallinero abandonado, entre el sótano y las escaleras que suben a la casa. No tengo comida ni agua, y el estómago vuelto del revés. También me ha robado el teléfono móvil y el ordenador que traía. Seguro que espera a que me debilite completamente para acabar conmigo. Desde el mismo día en que llegué he tenido pesadillas o alucinaciones. No sé cómo llamarlas exactamente. En ellas he visto y oído cosas muy extrañas, y he sido testigo de rituales sangrientos. También me han obligado a decir y a hacer cosas que quiero olvidar. Pero de algo sí estoy segura: si salgo de ésta, no volveré a repetir nunca un intercambio con nadie. Aunque los institutos no tengan la culpa de que algunos de sus alumnos estén locos, o sus padres, como en el caso de Amber.

    Tengo miedo, no lo voy a negar, pero también dieciséis años y sé que la vida te puede poner a prueba. Ojalá alguien pueda leer lo que escribo ahora, aterrada ante el temor de que me descubra. Mi plan es escapar por el atajo que sale del gallinero y llegar hasta la carretera. No me importa morir, pero juro que no será una extraña quien acabe con mi vida.

    Granada. Diario de Ana. Dos meses antes de la llegada de Amber.

    Estaba loca por conocerla. La había elegido para hacer el intercambio del instituto. Llevaba más de dos horas viendo fichas de otras candidatas, pero cuanto la tuve delante de los ojos descarté a las demás.

    Se llamaba Amber Gautier Dupont. Tenía dieciséis años y vivía en la ciudad francesa de Annecy.

    Era pelirroja y medía exactamente lo mismo que la actriz Liz Taylor. Búscalo en Internet si tienes curiosidad, escribía ella en un asterisco al margen. Su interés por los peces me llamó la atención. Yo tenía que acabar el trimestre hablando sobre profundidades marinas si quería aprobar la asignatura de Biología. Lo comenté en la red porque necesitaba información actualizada y pedí ayuda. Al día siguiente, ella colgó sólo para mí el último trabajo que había publicado la revista Sciencie sobre peces eléctricos. Salve el culo y me dieron matrícula de honor. La historia era alucinante y la firmaba un equipo de investigadores de varias universidades, entre ellas, la de Wisconsin-Madison, la de Texas y el Instituto Systemix de Redmond, en Washington. El estudio explicaba que los peces utilizan el órgano eléctrico, precisamente para comunicarse con otros animales cuando no hay luz. Algunas veces para navegar y otras como defensa para aturdir a sus presas. Esa era, al parecer, la verdadera razón por la que en el fangoso y asqueroso Amazonas hubiera tantos peces eléctricos, incluida la anguila eléctrica, la más terrorífica de todos ellos. Agh.

    En clase, el profesor de Biología, Fernando Aguado, nos había hablado de ellos al referirse a Darwin, y los había puesto como ejemplo de animales de evolución capaces de adaptarse a un entorno. Pero ahora, la gran noticia que me valdría una matrícula de honor gracias a la información de Amber, era que los investigadores habían identificado los factores genéticos y los patrones de desarrollo de los animales. Se trataba de crear un órgano capaz de liberar una descarga, infinidad de veces más potente que la corriente de una toma doméstica estándar. Uf. Cuando me llamó el profesor para felicitarme, me preguntó que cómo demonios se me había ocurrido la idea de investigar por ahí. Se le notaba a la legua que estaba alucinando, o que no sabía nada de aquel descubrimiento. Le dije que cuando una mañana el secador de pelo me dio un calambrazo, porque tenía la cabeza mojada, pensé en los peces. Por la cara que puse, supo enseguida que me estaba quedando con él.

    En su ficha, Amber había señalado con rotulador rojo los nombres de los grupos a los que odiaba. Tampoco eran demasiados: The Wanted y Auryn. En cuanto a la comida, aunque era prácticamente vegetariana, no le hacía ascos a los huevos. Obviamente, adoraba los animales en libertad y la vida salvaje. El resto de sus datos estaban colgados a la vista de todos en Facebook y Twitter. Para despedirse, había elegido un escueto Kiss, dibujado con un corazón color violeta.

    Nada más ver su fotografía, imaginé lo popular que tenía que ser entre las chicas. También la cantidad de moscones que irían tras ella. La profesora de Francés nos había dado las fichas en el mes de enero para que fuéramos familiarizándonos con los estudiantes que venían a Granada. Yo flipé con el color de su pelo, tan largo y ahuecado. Y con esos pequeños rizos que tapaban por completo sus ojazos azules. Me recordaba mucho a una cantante que le gusta a rabiar a mi hermano Enrique. Ahora mismo no me acuerdo de cómo se llama. ¡Qué rabia me da!

    Mis padres ya sabían quién era ella, y tenían algunos datos sobre su familia. Gastón, el padre de Amber, trabajaba en una granja de donde, al parecer, salía la mejor miel de Francia.

    Gracias a que no le tenía miedo a las picaduras de abejas, llevaba allí media vida. Con la cabeza a cubierto bajo su escafandra de apicultor, su hija lo describía como un pobre hombre que utilizaba guantes con puños de algodón, incapaz de levantar la vista de los malditos enjambres. No decía si era viejo o muy gordo, amable o cascarrabias. Ni si tenía alguna afición desconocida, más allá de su amor por los himenópteros.

    Sobre su madre había escrito en la ficha muy poca cosa. De ella decía que era una mujer corriente, obsesionada por el orden, irreflexiva, dominadora y siempre hambrienta. Me extrañó el comentario.

    Yo estaba mosqueada también porque a la mía le diera la obsesión de cambiar completamente las cosas de mi cuarto para dejarle sitio a Amber.

    En cuanto a mi padre, cuando le pregunté que si estaba contento con su llegada, me miró con el rabillo del ojo. Y me dijo eso que dice siempre cuando no se entera de nada, o pasa directamente de las cosas que no le interesan: Claro que sí corazón. Lo que tú quieras, cariño.

    Yo nunca podría decir nada malo de mi padre, ni siquiera cuando veo que se pasa todo el día vendiendo fruta de un país a otro, dando órdenes con el puto móvil en la mano.

    Después de su marcha, sería yo la que fuera a Francia.

    Elegí a Amber porque me había gustado nada más verla, no sólo porque se enrolló con lo de los peces eléctricos. Me hubiera traído al fresco si, en vez de francesa, hubiera sido china o nigeriana. Pero mi instituto en Granada, con el que se hacía el intercambio era francés. Así que no quedaba más remedio que superar el hecho de que yo odiaba profundamente a los franceses.

    Las dos habíamos hablado varias veces por Skype, y me había parecido siempre súper simpática. Estaba segura de que las dos nos lo íbamos a pasar genial. Lo que me temía era que tendría que soportar a mi madre hasta entonces todo el día en el colegio, preguntándole a los profesores sobre qué educación le habían dado sus padres, y bla, bla, bla. Se nota que no puede dejar de ser abogada ni un momento.

    Yo me había preparado toda clase de respuestas para explicarle qué tipo de familia éramos nosotros. Le diría que, a ratos, hasta parecíamos normales.

    Luis, mi padre, ahora es exportador de frutas, pero antes no paraba de viajar. Hace unos años conducía un camión tráiler casi todos los días, y apenas lo veíamos en casa.

    Mi madre está pendiente de él a cada momento. Es muy desastrado y si no fuera por las camisas blancas de algodón, la chaqueta de sport y los pantalones oscuros que le obliga a ponerse, iría siempre vestido con ropa ácida y bermudas, deleitándonos a todos con los pelos de sus piernas.

    Es tan alto como yo, je, je. Mide casi dos metros y es raro que no le veas sonreír siempre por algo. Mi abuela dice que es como su padre, un bonachón que no ve malicia en nada. Por eso mi hermano y yo nos echamos a temblar cuando se pone serio o discute con mi madre. Cuando no sonríe, es la guerra.

    Hace unos cinco años tuvo un golpe de suerte. Al dueño del almacén para el que trabajaba exportando melocotones, peras y manzanas, le dio un infarto y se murió una mañana al intentar ponerse en el coche el cinturón de seguridad. Los hijos del muerto eran muy jóvenes y no tenían otra familia, así que su mujer le pidió a mi padre, como un favor, que se hiciera cargo del negocio en la oficina. Al principio mi madre no lo entendió. De hecho se mosqueó bastante con mi padre, porque creía que la viuda y él tenían un lío.

    A veces en mitad de la noche sonaba el teléfono y no era nadie. Mi madre le gritaba cabrón al auricular y, cuando volvía a la cama echando humo, se les oía chillar a los dos. Ellos creían que no escuchábamos, pero las paredes son puro papel. Nosotros tampoco éramos idiotas, aunque lo pareciéramos entonces.

    El caso es que mi madre finalmente dejó de pensar en que mi padre le engañaba, una idea absurda como, lógicamente, el paso del tiempo se encargó de demostrar. En fin que, gracias a eso, pudo bajarse del camión, ponerse corbata y dejar de estar siempre cansado.

    Yo estaba convencida de que a Amber le encantaría mi madre. Tiene un nombre tan curioso, Miranda, que puede ser al mismo tiempo nombre y apellido. Acaba de cumplir 44 años y trabaja como abogada en un despacho que comparte con otros compañeros de la universidad. También ha sufrido mucho para poder llegar a ser quien es. Cuando acabó la carrera, se especializó en derecho de familia. Era la época en la que los divorcios y las separaciones se pusieron de moda. Alquiló un pequeño local, un bajo. Era precioso, con cojines de muchos colores, alfombras y cuadros alegres. Estaba tan bonito, que algunos de sus clientes, mientras esperaban en la sala, se relajaban

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