Un jinete solitario
Por Rodolfo Martínez
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Premio Ignotus a la Mejor Novela Corta 1997
Tal como sabemos por *La sonrisa del gato*, Vaquero era un ciberpirata, tal vez el mejor. Pero también fue algo más, mucho más. Fue un hombre enamorado, fue un espía, fue alumno y tal vez profesor. ¿Y qué más? Control, el implacable jefe de los Servicios Secretos de la Confederación de Drímar, encarga a Peter Highsmith, el antiguo instructor de Vaquero, que escarbe en el pasado de su pupilo. Lo que encontrará ahí le dirá tal vez le diga más sobre sí mismo que sobre Vaquero.
El volumen se completa con «Mensajero de Dios», un relato corto que continúa parte de la peripecia narrada en *La sonrisa del gato*.
Rodolfo Martínez
Rodolfo Martínez (Candás, Asturias, 1965) publica su primer relato en 1987 y no tarda en convertirse en uno de los autores indispensables de la literatura fantástica española, aunque si una característica define su obra es la del mestizaje de géneros, mezclando con engañosa sencillez y sin ningún rubor numerosos registros, desde la ciencia ficción y la fantasía hasta la novela negra y el thriller, consiguiendo que sus obras sean difícilmente encasillables. Ganador del premio Minotauro (otorgado por la editorial Planeta) por «Los sicarios del cielo», ha cosechado numerosos galardones a lo largo de su carrera literaria, como el Asturias de Novela, el UPV de relato fantástico y, en varias ocasiones, el Ignotus (en sus categorías de novela, novela corta y cuento). Su obra holmesiana, compuesta hasta el momento de cuatro libros, ha sido traducida al portugués, al polaco, al turco y al francés y varios de sus relatos han aparecido en publicaciones francesas. En 2009 y con «El adepto de la Reina», inició un nuevo ciclo narrativo en el que conviven elementos de la novela de espías de acción con algunos de los temas y escenarios más característicos de la fantasía. Recientemente ha empezado a recopilar su ciclo narrativo de Drímar en cuatro volúmenes, todos ellos publicados por Sportula.
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Un jinete solitario - Rodolfo Martínez
En diciembre terminé el curso en la Guardería y no me quedó más remedio que pasarme por la Central. Firmé las seis copias de los comprobantes, me acerqué a la administración a recoger mis atrasos y terminé en la cafetería con una taza en las manos asintiendo distraídamente a los chismes que me contaba Aldo Esteban. Era lo último que me apetecía, después de seis meses intentando hacer comprender a dos docenas de hombres y mujeres el tipo de mundo cruel, brillante y a veces aburrido que les esperaba allí fuera. Como de costumbre, dudaba de haberlo conseguido. Los idealistas ingenuos seguían siendo idealistas ingenuos, los mercenarios ansiosos no habían perdido el brillo de hambre en los ojos, los adictos a la información seguían deseándola como si la vida les fuera en ello y los escasos fanáticos patrioteros continuaban usando la bandera para envolver en ella sus sueños más húmedos. Sólo los años podrían cambiarlos y quizá con el tiempo recordaran mis palabras; era poco probable y en el fondo no me importaba. Creo que hubo una vez en que mi trabajo en la Guardería me pareció interesante, más aún, en alguna época lo consideré esencial. Ese tiempo había pasado. Me había ido convirtiendo en un instructor derrotado que repetía su cantinela con una desesperación monótona que nadie salvo yo mismo conseguía captar.
Qué más daba. Al menos la Guardería me permitía mantenerme apartado durante la mitad del año de la Central, de sus zancadillas y comadreos, de las sonrisas obsequiosas que apuñalaban por la espalda y de la eterna burocracia que parecía ser la única constante en el universo del espionaje. Cuando el curso terminaba volvía a la Central y procuraba irme de allí lo más pronto posible. Casi siempre tenía suerte, pero había ocasiones en las que caía en las redes de algún antiguo conocido y la buena educación, la cobardía o ambas me impedían deshacerme de él.
Así que allí estaba, calentándome las manos en la taza de café mientras Esteban desgranaba sus chismes intrascendentes intentando convencerme (y convencerse) de que era un tipo importante, estaba al tanto de todo y sabía bien lo que se cocía en los pasillos del mundo secreto. De vez en cuando asentía distraídamente o dejaba escapar un gruñido carente de significado. Eso le bastaba a Esteban, cuyo público solía ser mucho menos complaciente.
—¿Recuerdas a Vaquero, el ciberpirata? —dijo de pronto—. Coño, claro que lo recuerdas, fuiste su instructor, ¿no?
Aquello me despertó de mi estado de espectador abstraído.
—Sí. Pero es historia antigua. Hace años que nos dejó.
—Y ahora ha dejado al resto del mundo —dijo Esteban, con una risita entre dientes—. Quemado completamente.
—¿Cómo?
—No está muy claro. Pero algún asunto turbio, allá en la Peonza. Al parecer al enchufarse a la red recibió una microdescarga que le fundió todas las sinapsis. Un vegetal. Quemado, chico, quemado del todo.
—Cuéntame—dije, procurando no sonar excesivamente interesado. Si Esteban creía que su información valía algo era capaz de hacerme sudar para conseguirla.
No se dio cuenta de mi interés, así que fue dejando escapar la historia con su voz monótona. Como narrador de relatos Esteban resultaba tedioso e insoportable, como cronista era una joya: no había un solo detalle, por trivial que fuera, que no hubiese guardado en su memoria. No es que Esteban supiera gran cosa, pero lo que sabía lo contó con todo lujo de detalles.
La historia de Vaquero tenía algo ridículamente trágico. Después de renunciar en el Servicio, se había ido a la Peonza, la estación espacial de la Convergencia, y había permanecido allí durante siete años, trapicheando con la información que conseguía robar de las redes de datos. Lo irónico del asunto es que su destrucción vino motivada porque se involucró, sin saberlo, con un agente encubierto que llevaba diez años en la Peonza. El agente estaba en dificultades con una de las inteligencias artificiales conscientes de la estación. Vaquero intentó ayudarle a escapar y tuvo cierto éxito, lo que lo convirtió en objeto de la ira de la IAC. Su venganza fue tan cruel como eficaz: cuando Vaquero se enchufó los cables de conexión a la red en el eslot de la oreja, la IAC le envió una descarga de microamperios que le fundió la mayor parte del cerebro y lo dejó convertido en un vegetal.
Algo no acababa de convencerme en aquella historia. Vaquero no era ningún novato, sabía muy bien que la IAC tenía que estar esperando el momento oportuno para vengarse, y pese a ello se había conectado sin tomar precauciones. Luego recordé lo que conocía de su carácter y no me sorprendió tanto: siempre hubo una vena autodestructiva en su forma de ser. El método que eligió para morir (pues, aunque su cuerpo físico todavía respondía a los estímulos, su mente se había ido para siempre) no era más que un suicidio complicado y rocambolesco.
Cuando Esteban terminó de contarme la historia hacía tiempo que el café se había enfriado. Lo arrojé al reciclador de deshechos, murmuré una excusa sin sentido y dejé a Esteban allí sentado, en busca de otra víctima a la que atormentar con sus trivialidades.
La cabina de transporte me dejó junto a mi casa. En realidad, era el último sitio en el que quería estar en aquellos momentos. Para ser exactos, era el último sitio en el que había querido estar en los últimos años, desde que Sara decidió que no aguantaba más la vida a mi lado y desapareció una tarde de abril sin la menor explicación. No era necesaria: llevaba tiempo viéndolo venir.
Abrí la puerta y me enfrenté a la realidad prosaica de unos muebles que no me gustaban y unas paredes que proclamaban a gritos mi fracaso. No había comido nada desde hacía al menos ocho horas, pero me dejé caer vestido en la cama, me tomé un par de sedantes y dormí el resto de la noche sin sueños que pudiese recordar.
El amanecer, como siempre, fue igual que una promesa frustrada. Me levanté y permanecí la mayor parte de la mañana sumergido hasta los hombros en agua caliente y burbujeante. A medida que me iba hundiendo poco a poco en la paz triste de la bañera, la imagen de Vaquero, tal y como lo había conocido nueve años atrás, se fue haciendo más nítida en mi cabeza.
Recuerdo perfectamente lo que dije en mi primera clase. No es extraño, iniciaba cada curso soltando la misma parrafada que a mí mismo empezaba a sonarme estúpida.
—Esto que ven no es una persona virtual. Mi cuerpo no es un holograma. Si me pinchan sangro, si sufro lloro, y si me agravian, ¿por qué no vengarme? —La cita del viejo Shakespeare no era correcta del todo, pero eso no importaba—. Se preguntarán ustedes por qué. Llevan tres meses atendidos por los más eficientes automaestros que nuestros especialistas en software han podido programar. Ahora les envían un viejo, cansado e ineficiente humano. ¿Qué motivo puede haber para eso? La respuesta oficial es que hay cosas que una máquina, por bien diseñada que esté, no puede enseñarles como lo haría un ser humano. Eso es una tontería. La verdadera respuesta es que el Servicio, como toda máquina burocrática, es lento e ineficaz en el cambio y tiende a conservar las cosas más allá de su utilidad. No crean que no se lo agradezco. Gracias a eso tengo un trabajo.
En esos momentos hacía una pausa para encender mi pipa y contemplar disimuladamente a mi auditorio. Las respuestas podían ser tan variadas como predecibles, y eso me permitía hacer una rápida catalogación de mis alumnos: desde el que se reía con disimulo hasta el que me miraba despectivo, pasando por los pocos que habían encontrado en mis palabras una crítica al sistema y dudaban entre tratar de llevarme por el buen camino o echar a correr en busca del censor más próximo para denunciarme.
Aquel curso, sin embargo, me encontré con una reacción que se salía de los patrones establecidos. En un pupitre del fondo un individuo vestido de forma estrafalaria me miraba pensativo, mientras acariciaba con la mano derecha las anchísimas alas de un sombrero. Dudó unos instantes, levantó la otra mano y, cuando hubo captado mi atención, dijo:
—Quizá lo que las máquinas no nos pueden enseñar es que las cosas acostumbran a sobrevivir a su utilidad.
Al principio lo tomé por una simple salida ingeniosa, aunque no tardaría en saber que, en cierto modo, estaba hablando de sí mismo. Sin embargo, en aquellos momentos lo único que hice fue consultar mi base de datos unipersonal en busca de su nombre y responderle:
—Señor Velasco, su comentario, aunque no carente de ingenio, es en realidad un oxímoron. Si las máquinas no nos pueden enseñar eso, ellas mismas están sobreviviendo a su utilidad.
—Quizá sea así —apostilló, sin darse por vencido.
En mi interior no tuve más remedio que convenir. Pero no dije nada en voz alta. Me limité a enarcar una ceja en un gesto divertido y continuar con la clase. La verdad es que me sentía regocijado. Había encontrado lo que todo maestro ansía y raras veces consigue: un hereje. Di gracias al cielo en silencio y pensé que aquel curso iba a resultar realmente interesante.
Volví a la Central ese mismo día. Firmé mi entrada y cogí el turboascensor hasta los sótanos, en dirección a los archivos. Después de unos minutos de charla intrascendente con el encargado me perdí en el laberinto de informes impresos y deambulé entre los anaqueles como si no tuviera en mente nada concreto. Si alguna vez hubiera necesitado alguna confirmación para las palabras con las que empezaba cada curso, la habría encontrado allí. El Servicio tiene uno de los sistemas informáticos más avanzados de la Confederación, y sin embargo, allí estaban aquellos cientos de miles de papeles apilados en estantes de madera, como si von Neumann aún no hubiera inventado a su terrible criatura.
No necesitaba consultar el expediente de Vaquero para refrescarme la memoria. Recordaba cada detalle de su historia, al menos de la parte que había vivido a su lado, y no dudaba de que lo contado por Esteban fuera más que suficiente para que no hiciera falta averiguar más sobre lo que había hecho después de dejarnos. Pero releer un expediente que ya conozco es para mí una forma más de pensar, así que cogí el de Velasco, Andrés (a. Vaquero) y me senté en el rincón más alejado y silencioso que pude encontrar con él en la mano.
No me interesaba mucho lo que allí había consignado sobre sus antecedentes, aunque sin duda explicaban la clase de persona que era cuando llegó a nosotros. Odio la psicología de salón, y no necesito un doctorado para comprender que una infancia solitaria puede empujar a un niño al mismo tiempo hacia la informática y hacia la pedantería.
Las páginas interesantes empezaban unos seis meses antes de su reclutamiento, con el fallido atentado terrorista que le dio en bandeja la presidencia de la Confederación a Mijail Katanawe. Claro que Vaquero no habría estado muy de acuerdo en considerarlo fallido. La bomba
