Sendero de Pensamientos
Por David Lomax
()
Información de este libro electrónico
Una obra de no ficción literaria, reflexiva y basada en historias reales, con un relato profundamente ligado a la vida y los paisajes de Alaska. Este cautivador memoir narra una inspiradora aventura de supervivencia en la implacable naturaleza de Alaska. A través de la construcción en aldeas remotas y de desafíos al aire libre, David enfre
David Lomax
David Lomax (Toronto, Canada) was born in Scotland and moved to Canada at age eight. He currently divides his time between four great passions: writing, reading, teaching high-school English, and his wonderful family. Backward Glass is his debut novel.
Relacionado con Sendero de Pensamientos
Libros electrónicos relacionados
Carreteras azules: Un viaje por Estados Unidos Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesLo Que Pasó En Un Verano Calificación: 5 de 5 estrellas5/5Ovnis: Investigacion Y Conclusiones Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesViajes a los confines del mundo Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesSamarra Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesViajes con Charley: En busca de Estados Unidos Calificación: 4 de 5 estrellas4/5Porciones individuales Calificación: 4 de 5 estrellas4/5La Guerrillera Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesBrújulas rotas Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesMatasanos: Una Novela De Patrick Flint Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesAceite De Serpiente: Una Novela De Patrick Flint Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesGamboa 3:15 Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificaciones13 y el más allá Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesLa Venganza del saguaro: Viajes únicos por el suroeste de Estados Unidos Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesSupervivencia en el mundo real: Prepárate para la supervivencia a desastres Calificación: 5 de 5 estrellas5/5Superviviente: El miedo bajo control Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesLos Años Canadienses: Los Años Canadienses, #1 Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesUn Vistazo al Sueño Americano Calificación: 5 de 5 estrellas5/5Un Viaje Ordinario y Lapis de Goa Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesRiviera Redneck Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesEl Accidente de la Corteza Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesMi vida como explorador Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesCuentos Cortos Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesLos 7 pasajeros Calificación: 5 de 5 estrellas5/5Historias, Cuentos Y Fantasías Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesOscuro reflejo Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesNómada Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesNitro Mountain Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesUn Engaño Verde: Series thriller de suspenses y misterios de Katerina Carter, detective privada, #4 Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesOnce Para Las Doce: Once Historias Para Antes De Dormir Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificaciones
Memorias personales para usted
El propósito de la oscuridad Calificación: 5 de 5 estrellas5/5Una vida robada Calificación: 4 de 5 estrellas4/5A pesar de todo, decir sí a la vida Calificación: 5 de 5 estrellas5/5Cuando Dios parece injusto Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesTenía que sobrevivir Calificación: 5 de 5 estrellas5/5Sí, Señor Calificación: 5 de 5 estrellas5/5Visceral Calificación: 5 de 5 estrellas5/5El fin del vacío: Más que existir, es tiempo de vivir Calificación: 5 de 5 estrellas5/5Toda mi vida hecha nudos: Una autobiografía Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesAferrándose a la Esperanza: Un camino a través del sufrimiento hacia el corazón de Dios Calificación: 5 de 5 estrellas5/5Francotirador (American Sniper): La autobiografía del francotirador más l Calificación: 5 de 5 estrellas5/5arte tolteca de la vida y la muerte (The Toltec Art of Life and Death) Calificación: 3 de 5 estrellas3/5Música escondida Calificación: 5 de 5 estrellas5/5Apegos Feroces Calificación: 4 de 5 estrellas4/5Molly's Game: La historia real de la mujer de 26 años Calificación: 3 de 5 estrellas3/5La Morada De Los Demonios: Por qué Dios no actúa Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesCómo Superar la Muerte de Alguien que Amas: Recibe consuelo y esperanza para sobrellevar el duelo Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesNARANJAS VERDES: Una odisea en Honduras en búsqueda de redención, esperanza y transformación. Calificación: 5 de 5 estrellas5/5¿Qué hace este botón?: Una autobiografía Calificación: 5 de 5 estrellas5/5La distancia entre nosotros Calificación: 5 de 5 estrellas5/5Inquebrantable: Mi Historia, A Mi Manera Calificación: 5 de 5 estrellas5/5Su nombre era Dolores: La Jenn que yo conocí Calificación: 4 de 5 estrellas4/5Perdón (Forgiveness Spanish edition) Calificación: 4 de 5 estrellas4/5La jugada de mi vida: Memorias Calificación: 4 de 5 estrellas4/5Todo en su sitio: Primeros amores y últimos escritos Calificación: 5 de 5 estrellas5/5No leer Calificación: 4 de 5 estrellas4/5Cien años de sociedad Calificación: 4 de 5 estrellas4/5Historias de mi abuela: Recuerdos felices acerca de Elena G. de White Calificación: 4 de 5 estrellas4/5Instrumental: Memorias de música, medicina y locura Calificación: 4 de 5 estrellas4/5Autobiografia de un 7 en el eneagrama Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificaciones
Categorías relacionadas
Comentarios para Sendero de Pensamientos
0 clasificaciones0 comentarios
Vista previa del libro
Sendero de Pensamientos - David Lomax
Sendero de Pensamientos (Trail of Thoughts)
Originally published in English as Trail of Thoughts.
Copyright © 2025 David Lomax.
Copyright © 2025 por David Lomax.
Spanish translation / Traducción al español: Marcela Lomax.
Publisher / Editorial: David Lomax.
All rights reserved / Todos los derechos reservados.
Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada en un sistema de recuperación o transmitida de ninguna manera por ningún medio, ya sea electrónico, mecánico, fotocopia, grabación o cualquier otro, sin el permiso previo del autor.
Ninguna parte de este libro puede ser utilizada o reproducida de ninguna manera con el fin de entrenar tecnologías o sistemas de inteligencia artificial. No se ha utilizado inteligencia artificial en la redacción o producción de este libro.
Con el fin de mantener el anonimato, en algunos casos he cambiado los nombres de personas y lugares, y es posible que haya modificado algunas características y detalles identificativos, como las características físicas, las profesiones y los lugares de residencia. Esta memoria es un recuerdo veraz de hechos reales de la vida del autor.
Este libro está diseñado para proporcionar información precisa y fidedigna sobre el tema tratado.
Publicado en los Estados Unidos de América por Lomax Family, LLC.
Identificadores:
979-8-9988263-6-8 Spanish Edition (Rústica/Paperback)
979-8-9988263-7-5 Spanish Edition (Libro de tapa dura/Hardcover)
979-8-9988263-8-2 Spanish Edition (Libro electrónico/E-Book)
979-8-9988263-9-9 Spanish Edition (Audiolibro/Audiobook)
Mapa de Alaska
Dedicatoria y Agradecimientos
Este libro está dedicado a mi amado hijo, Robert. Fue su amable insistencia y su sincera esperanza de que compartiera mi sendero de pensamientos lo que me dio el valor para contar esta historia. Su fe en mí, incluso cuando yo dudaba de mí mismo, ha sido mi mayor regalo y motivación.
También quiero expresar mi gratitud a mi querida esposa, Marcela, cuyo amor inquebrantable, apoyo y ayuda en la producción de este libro lo hicieron posible.
INDÍCE
A person walking with a backpack AI-generated content may be incorrect.CAPÍTULO 1
Rumbo al Sur
CAPÍTULO 2 Panorama Completo
CAPÍTULO 3 Kiana
CAPÍTULO 4 Técnicas de Construcción
CAPÍTULO 5 Turbulencia en Aire Claro
CAPÍTULO 6 Peligros en Tierras Remotas
CAPÍTULO 7 Disparos
CAPÍTULO 8 Poderes de Persuasión
CAPÍTULO 9 Pitkas Point
CAPÍTULO 10 Decisiones
CAPÍTULO 11 Cara o Cruz
CAPÍTULO 12 Sudor Frío
CAPÍTULO 13 Paso de Lake Clark
CAPÍTULO 14 Oso Despellejado
CAPÍTULO 15 Newhalen
CAPÍTULO 16 De Puntillas
CAPÍTULO 17 Sin Piedad
CAPÍTULO 18 Nondalton
CAPÍTULO 19 Lecciones Eternas
CAPÍTULO 20 Hijo Amado
Nota del Autor
Dios te Bendiga Nuestro Dulce Príncipe
Notas
CAPÍTULO 1
Rumbo al Sur
¿Cuántos kilómetros más tendría que manejar antes de quitarle la tracción doble a la camioneta? Tenía que ser pronto.
Acababa de dejar atrás el frío extremo. Después de salir de Alaska y dirigirme hacia un clima más cálido en Canadá, empecé a notar tramos sin nieve mientras avanzaba hacia el sur, kilómetro tras kilómetro. La carretera parecía extraña; donde era visible, era del color de la arcilla y estaba llena de baches. Provocaba fuertes vibraciones que se transmitían a la cabina del vehículo y a todo mi cuerpo. Bajé la ventanilla de la Dodge blanca de 1995 y sentí el aire frío en mis dedos; era una sensación refrescante, que me hacía sentir vivo. Sentí una sensación de libertad.
Mi corazón estaba lleno de alegría ahora porque tenía puesta una chamarra ligera en lugar de un grueso abrigo de invierno. Las noches de invierno habían sido tan frías que temía que, al apagar la camioneta, se congelara el radiador y se produjeran daños internos en el motor, ya que no contaba con un bloque calefactor. Arrancar un motor a temperaturas bajo cero puede provocar averías graves. Cuando crucé la frontera canadiense, el frío era tan intenso que tuve que dormir en la camioneta con el motor encendido. Durante toda la noche, estuve al pendiente de los medidores. Durante el día, no corrí ningún riesgo: manejé con cuidado, evitando forzar de más la mecánica del vehículo.
Mientras viajaba, me di cuenta de que los árboles eran más frondosos y robustos que los del norte. Siempre me han fascinado los pinos grandes. Son magníficos: imponentes, erguidos, como si miraran al mundo desde arriba. Las ramas largas y anchas rozaban el suelo, y las gruesas agujas verdes sobresalían de ellas, añadiendo profundidad y suavidad a estos colosos.
Me conmovía pensar en la antigüedad de algunos de estos hermosos gigantes del bosque. Tienen tanta historia. Una parte de mí deseaba que pudieran hablar. Imaginen las lecciones que podríamos aprender de estos guardianes del bosque. Era como un sueño, y me sentía tranquilo. Era el 6 de enero de 1998, el sol brillaba en un cielo sin nubes y yo acababa de cumplir treinta y tres años. Era un buen día para estar vivo.
Sin embargo, hacía tiempo que me faltaba algo. Necesitaba un respiro del trabajo, de los negocios, de los inviernos interminables, oscuros y gélidos por los que Alaska es tan conocida. La larga temporada invernal empezaba a volverme claustrofóbico. Necesitaba una cura, y el sol era lo que me había recetado el médico. Así que, cuando mi padrastro me pidió que le hiciera un favor y llevara su camioneta a México, donde pasaba el invierno, estuve más que dispuesto a complacerlo. Acababa de conseguir un nuevo trabajo en el Departamento de Vivienda y Desarrollo Urbano de Alaska (HUD). El trabajo me permitía quedarme en la ciudad la mayor parte del tiempo, lo que me daba flexibilidad y la oportunidad de seguir desarrollando propiedades. Estaba extremadamente agradecido de que mi nuevo jefe me hubiese dado unos días libres para este viaje.
El plan era evitar rayar la camioneta, ahorrar todo el dinero posible reduciendo los gastos del viaje y devolverle a mi padrastro parte del dinero que me había prestado. Sería un desafío, porque había invertido todo lo que tenía en mi incipiente negocio, y eso significaba, en ocasiones, dormir dentro de la camioneta en medio del frío.
Mientras manejaba por la carretera en Canadá, me preguntaba por qué estaba tan llena de baches. Sobre todo porque, al igual que los habitantes de Alaska, los canadienses tienen un excelente equipo para limpiar el hielo y la nieve. Reduje la velocidad a setenta y dos kilómetros por hora. Estaba manejando hacía bastante tiempo, y era hora de hacer una parada. Detenerme me daría la oportunidad de revisar el estado de la carretera. Al pisar el freno, la camioneta empezó a deslizarse. Extraño, no veo hielo por ninguna parte.
Finalmente, la camioneta se detuvo por completo. Luego de asegurarme de orillarme de forma segura en el amplio acotamiento, miré con atención a mi alrededor para comprobar que no viniera nadie. Nada, parecía despejado. Aún era temprano en la mañana, por lo que había muy pocos vehículos en la carretera. Al abrir la puerta y mirar hacia el suelo, noté que la superficie estaba cubierta por una delgada capa de hielo negro. Se llama así porque es muy difícil distinguirlo al manejar. Esto genera condiciones extremadamente peligrosas para manejar, especialmente por la noche.
Bajé de la camioneta y resbalé inmediatamente sobre el pavimento. Empecé a deslizarme, casi sin control, y tuve que aferrarme a la manija de la puerta para mantenerme en pie. Caray, esto está resbaladizo. Me costó mucho llegar al lado opuesto de la camioneta, que estaba estacionada sobre una ligera pendiente. Después de un rato, lo logré, y finalmente llegué al borde del camino.
Al día siguiente, decidí que ya no podía seguir durmiendo en la camioneta y me propuse buscar un hotel o algún lugar con cochera para poder descansar en una cama caliente. Por suerte, a última hora de la tarde encontré un bed and breakfast
. Los propietarios, una pareja de ancianos, me recibieron con esa cálida hospitalidad canadiense tan característica. No solo me ofrecieron una habitación acogedora para dormir, sino que el esposo se ofreció a guardar la camioneta en su garaje. Me dijo que la temperatura había llegado a -31 grados centígrados, igual que la noche anterior, y que hacía demasiado frío para dejar el vehículo afuera. Estaba profundamente agradecido.
Nací en el area de la bahía
en noviembre de 1964. Era un muchacho de California y me encantaba serlo. En aquel entonces, era el paraíso en la Tierra. No eran los viejos buenos tiempos
; eran los grandes viejos tiempos. Teníamos excelentes escuelas y buenos amigos, béisbol en las ligas menores, patineta, motociclismo, una alberca en el patio que había construido mi abuelo, paseos en lancha, esquí acuático, pesca, carreras de automóviles, partidos de los 49ers en el Candlestick Park y, de vez en cuando, viajábamos a Baja California, México, a pescar atún de aleta amarilla, entre tantas otras cosas.
Una de mis actividades favoritas era volar hacia o desde el aeropuerto de San Francisco en un Piper Twin Comanche privado y ver el Golden Gate, ya fuera de ida o de regreso de nuestra cabaña. Me encantaba esa capa de niebla baja cubriendo las montañas y la bahía, envolviendo suavemente el puente. Siempre me transmitía calma y paz, como si estuviera en otro mundo. Nunca me cansaba de esa vista.
Nuestra familia se asoció con otra, y muy pronto se convirtieron en una empresa constructora en expansión, dedicada a desarrollar complejos residenciales de alta gama. Los socios eran grandes amigos, y nosotros, los hijos, íbamos a las mismas escuelas. Un día, los padres de ambas familias decidieron ampliar el negocio y mudarse a Anchorage, Alaska, y rápidamente dejaron su huella, contribuyendo al paisaje urbano.
Sin saber qué esperar, aterrizamos en Anchorage en el verano de 1975. Mi mente todavía estaba en California. Elton John acababa de sacar Captain Fantastic y KISS se preparaba para sus grandes shows. Esperaba que se presentaran en Alaska el año siguiente para la celebración del bicentenario. Mientras el avión descendía, pensé en mi mejor amigo Jimmy. Hacía poco habíamos visto las películas Tommy y Jaws. Después de Jaws, quedamos demasiado asustados como para salir a pescar tiburones con su padre en la bahía. Lo extrañaba; éramos como hermanos. Que en paz descanse.
Alaska se conoce como la última frontera
por una buena razón. Con una superficie de aproximadamente un millón setecientos mil kilómetros cuadrados y más de tres millones de lagos, hay mucho espacio para explorar. Es el estado más grande de la unión: ocupa una quinta parte de lo que miden los otros cuarenta y ocho juntos y es el doble de grande que Texas. Resulta fácil dimensionar la magnitud de este lugar y la libertad que ofrece, la libertad de explorar las ilimitadas tierras fronterizas. Cuando llegamos, la población apenas superaba los 400,000 habitantes. Se podía volar durante días enteros sin ver un alma. En ese entonces aún existían lugares que jamás había pisado un ser humano. Es posible que hoy en día todavía existan algunas zonas así. La inmensidad de la tierra y la independencia que exige son lo que hacen a Alaska tan misteriosa y fascinante.
La tierra del sol de medianoche es radicalmente distinta a California. Los veranos son cortos, con un clima que puede pasar de fresco a caluroso en cuestión de minutos.
Bosques verdes y salvajes rodeados de enormes cordilleras nevadas, lagos, ríos, cascadas y fauna abundante conforman un paisaje de una belleza impresionante. Hablo, en particular, de Anchorage, la ciudad más grande del estado, con unos 174,000 habitantes, y la tercera ciudad más extensa de Estados Unidos en superficie, con poco más de tres mil kilómetros cuadrados.
Las aguas de la ensenada de Cook, que reciben su nombre en honor al capitán James Cook, que exploró la zona en 1778, rodean casi todo Anchorage y son un estuario semicerrado con una de las mareas más altas del mundo. La altura promedio de la marea es de diez metros. Ver hasta dónde se extiende la marea desde la costa es un espectáculo en sí mismo.
Acostumbrado al clima templado de California, tuve que adaptarme rápido y aprender a trabajar y a divertirme en los veranos breves y en los inviernos largos, oscuros y glaciales de Alaska.
Los inviernos son algo diferente a los veranos. Son duros, largos, helados, con nevadas y tormentas. En ocasiones, sobre todo en Anchorage, se produce un fenómeno climático conocido como vientos Chinook. Vientos fuertes que arrastran aire cálido, derriten la nieve y el hielo rápidamente, dejando el suelo húmedo y enlodado, y las rutas hechas un desastre. Luego, cuando los vientos paran, todo ese lodo y agua se congelan otra vez.
Como muchas personas, me sentía triste durante los inviernos, aunque lo que más me pesaba era tener que trabajar afuera, en plena oscuridad, con temperaturas bajo cero. Si a eso le sumamos el factor del viento, todo parecía aún más helado. Por mucho que me quejara, disfrutaba muchísimo de los deportes de invierno.
Cuando era más joven, practicaba esquí alpino y de fondo, andaba en motonieve y jugaba al hockey. Si se trataba de un deporte de invierno, lo más probable era que lo practicara. Incluso participé en el equipo escolar de esquí de fondo que clasificó para el campeonato estatal, y quedé en el décimo octavo lugar. Nunca olvidaré esa carrera porque, a unos cuarenta y cinco metros de la meta, se me salió un guante y con él el bastón, por lo que tuve que terminar la competencia con uno solo. El locutor de la carrera dijo: Ahí viene otro sin bastón
. Comencé a reírme mientras cruzaba la línea de llegada, porque había pensado que era la única persona que había perdido un guante y un bastón ese día.
El deporte de invierno que más disfrutaba era andar en moto de nieve. En inglés, muchos lo llaman snowmobiling
, pero a mí me gusta más el término snowmachining
. Siempre que podía ir con un amigo, jamás decía que no. Por supuesto, mis actividades favoritas eran las de los meses de verano.
Me encantaba manejar lanchas en ríos y lagos, pero mi actividad preferida era volar en hidroaviones. Es difícil describir la belleza de volar sobre el exuberante paisaje y tener la libertad de aterrizar y despegar en cualquiera de los millones de lagos y ríos. Incluso volando por la zona de la bahía, no hay nada en el mundo que se pueda comparar con ello, debido a la inmensidad y la belleza escénica de Alaska. Si te gusta la vida al aire libre, Alaska es el epicentro absoluto de las actividades al aire libre.
A drawing of a mountain range AI-generated content may be incorrect.CAPÍTULO 2
Panorama Completo
Quería disfrutar de mi viaje de 6500 kilómetros. Caray, tengo que ir al baño. He estado aguantando desde la última parada. Después de orillarme en el acotamiento y bajarme para ir al baño, miré hacia el cielo y contemplé los enormes árboles y las montañas. Sentí paz. Canadá es un país tan grande y hermoso. La gente solía ser cortés, amable y cálida conmigo. El país y su gente me acogieron, casi como si estuviera en casa. Será mejor que empiece a manejar si quiero llegar al estado de Washington esta noche, pensé.
Empecé a reflexionar sobre mi vida, que había sido a la vez una bendición y una maldición. Había visto y hecho muchas cosas, y me había esforzado por mejorar desde mis días en la intemperie, dirigiendo dos negocios, trabajando a tiempo completo y asistiendo a la escuela nocturna. Siempre me preguntaba por qué mi vida había estado en peligro más veces de las que quería recordar.
Mientras avanzaba por la carretera helada, rebotando en los baches, esa pregunta no dejaba de perseguirme. Alguien —o algo— me había salvado una y otra vez, pero ¿para qué? ¿Cuál podía ser el motivo? Soy un tipo complicado, lleno de defectos y fallas. Dios sabe que he cometido un montón de errores y he hecho muchas estupideces en mi vida. He cerrado algunas puertas, de algunas me arrepiento. De la mayoría, no. Peleo por lo que creo justo. No siempre tengo razón, pero cuando estoy convencido de algo, me mantengo firme, aunque me cueste.
Mis pensamientos volvieron a la carretera cuando apreté el acelerador y noté que la camioneta se deslizaba, incluso con la doble tracción puesta. Tendría que seguir manejando muy despacio hasta dejar atrás el hielo. Qué fastidio, pero esta no era mi camioneta.
Se acercaba la hora de cenar. Encontré un lugar para parar y me pregunté si tendrían ensaladas y un teléfono. Me vendría bien llamar a algún familiar en Alaska para avisar que estaba bien. Al pasar por la entrada y ver el pequeño letrero del restaurante, el estómago me gruñó todavía más fuerte. Abrí la puerta de la camioneta y bajé, pero resbalé de inmediato y caí de rodillas; me costó levantarme. El suelo estaba cubierto de hielo y tuve suerte de no lastimarme. Afuera del pequeño restaurante había un teléfono público. Me alegré de que no hiciera frío, así que llamé para dar señales de vida.
¿Todo en orden?
, me preguntaron.
Por ahora, sin problemas
, respondí. Dormí en la camioneta, con un frío glacial, pero la temperatura estaba subiendo rápido. El único problema real son los tráileres: me pasan con sus dobles remolques en curvas llenas de hielo y cerradas. Vengo lidiando con eso desde que salí de Alaska. El oficial de aduanas canadiense en la frontera me dijo que no era asunto suyo.
Tendrás que esquivarlos. ¿Cuándo piensas cruzar a Estados Unidos?
, me preguntaron.
Todavía tengo que ir despacio por el hielo. Creo que me faltan una o dos horas para llegar a la frontera con Washington. Después de cruzar, voy a buscar un hotel
.
¿Estás cansado?
No, para nada
, dije. Lo que quiero es bañarme
.
Maneja despacio. Cuídate y llámame cuando cruces la frontera
, me dijeron. Colgué el teléfono. ¡Uf! No veía la hora de comer una ensalada.
Decidí comer lo más rápido posible y volver a la carretera cuanto antes. Después de una buena noche de descanso en Washington, planeaba levantarme temprano e intentar llegar a Oregón. Al regresar a la camioneta luego de la cena, resbalé en el hielo mientras bajaba las escaleras. Caminando hacia el vehículo y mirando la carretera, me pregunté si los canadienses todavía la llamarían la Carretera de Alaska
. Noté que el hielo seguía con ese mismo tono gris arcilloso. Era algo común: podía hacer calor afuera y, aun así, había hielo en la carretera. La temperatura parecía rondar los -1° C.
Despacio, tengo que manejar muy despacio, me repetí.
La carretera seguía llena de baches y con bastante tráfico, incluidos más camiones monstruosos de carga. Miré el velocímetro y marcaba cincuenta y seis kilómetros por hora.
Esto es ridículo, manejar tan lento en una carretera principal, pensé. Tardaré mucho en llegar a la frontera.
Me resultaba extraño no animarme a ir más rápido, siendo que siempre había sido un poco hiperactivo —quizás más que un poco—, pero a esa velocidad me sentía seguro.
Cuando levanté la vista hacia la carretera, de golpe, el mundo se oscureció.
A person walking with a backpack AI-generated content may be incorrect.No podía estar
más contento de tener unos días libres del trabajo en medio de aquel clima tan frío. Mientras avanzaba rumbo al sur por la Carretera de Alaska, ya en el extremo sur de Canadá, pensaba en los dos pequeños negocios que había creado y que empezaban a dar frutos, tanto en lo económico como en lo personal.
Mi negocio principal consistía en renovar y vender casas antiguas que requerían grandes remodelaciones. La autodeterminación y el espíritu emprendedor me daban la certeza de que podía abrirme camino en este mundo. Me apasionaba, aunque a veces uno solo lo comprueba de verdad cuando la vida lo pone a prueba. Me sentía orgulloso de lo que había logrado, sobre todo considerando las circunstancias que me tocaba enfrentar.
Tuve la idea de mi segundo negocio mientras remodelaba una de mis propiedades. Al descubrir que estaba habilitada para uso residencial y comercial, aproveché la oportunidad y convertí esa, y otras, en alquileres por día. Las casas estaban cerca del aeropuerto internacional y de la base de hidroaviones más grande del mundo, desde donde cazadores, pescadores y turistas alquilan hidroaviones de flotadores. El concepto era simple: en lugar de alquilar una habitación, ofrecía la casa entera e incluía traslado gratuito desde el aeropuerto.
Ofrecía a mis clientes un lugar estupendo donde alojarse. Era un verdadero hogar lejos de casa, con todas las comodidades, incluyendo utensilios de cocina, fax, videocaseteras VHS, jacuzzis al aire libre, cochera, asadores, lavadora, secadora, servicio de limpieza… prácticamente todo lo que alguien pudiera necesitar. También sumé un fregadero exterior para limpiar pescado y grandes congeladores para conservar la pesca del día. Incluso instalé pequeñas áreas de práctica de golf en los patios traseros.
Las propiedades ofrecían privacidad, algo que mis clientes valoraban muchísimo. Además, quería que quienes venían del extranjero se sintieran cómodos, así que solía
