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El anatomista
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Libro electrónico283 páginas2 horas

El anatomista

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La novela que consagró a Federico Andahazi como una de las voces más importantes de la literatura argentina contemporánea.
En la Italia renacentista, Mateo Realdo Colón, un prestigioso anatomista, se enamora de Mona Sofía, la cortesana más codiciada de Venecia. Esa pasión imposible lo conduce a un territorio prohibido: la exploración del cuerpo y el alma de la mujer, con la obsesión de revelar el secreto del deseo y el amor. En su búsqueda, Colón se atreve a cruzar todos los límites. Experimenta con prostitutas, disecciona cadáveres y llega a un descubrimiento tan perturbador como fascinante: el Amor Veneris, "su dulce tierra hallada". Como su homónimo Cristóbal, también él encontró su América: un continente nuevo y diminuto, la llave capaz de abrir el corazón de las mujeres. Convencido de la trascendencia de su hallazgo, Colón intenta hacerlo público, pero pronto se enfrenta al poder implacable de la Inquisición. La pasión se transforma en riesgo y el saber, en una herejía capaz de costarle la vida. Atrapado entre la ciencia, el amor y el Santo Oficio, Mateo Colón deberá elegir qué precio está dispuesto a pagar por la verdad. Con El anatomista, Federico Andahazi recrea con maestría y audacia el clima de una época en la que el conocimiento podía condenar a la hoguera, y el placer convertirse en el mayor de los crímenes.
IdiomaEspañol
EditorialGRIJALBO
Fecha de lanzamiento1 nov 2025
ISBN9789502818382
El anatomista
Autor

Federico Andahazi

Federico Andahazi nació en Buenos Aires en 1963. Se graduó en Psicología en la Universidad de Buenos Aires. En 1997 publicó la novela El anatomista, con la que ganó el primer premio de la Fundación Fortabat y que se transformó en un rotundo éxito de ventas y se tradujo a más de cincuenta idiomas. Desde entonces publicó más de quince títulos entre novelas, cuentos y ensayos. En 2006 ganó el Premio Planeta de Novela con El conquistador. Sus novelas El anatomista y Errante en la sombra fueron llevadas al teatro con gran éxito de público y crítica. En octubre de 2011 fue distinguido como Personalidad Destacada de la Cultura por la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires. En Grijalbo también ha publicado las novelas Las huellas del mal, Psicódromo y Mares de furia. andahazi.com

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    El anatomista - Federico Andahazi

    CubiertaFederico Andahazi. El anatomista. Grijalbo

    Prólogo

    La primavera de la mirada

    "¡Oh, mi América, mi dulce tierra hallada!", escribe Mateo Realdo Colombo (o Mateo Renaldo Colón, según consigna la rúbrica hispanizada) en su De re anatomica¹. No es esta una prorrupción presuntuosa a guisa de ¡Eureka!, sino un lamento, una amarga parodia de sus propios avatares y de su infortunio, proyectada sobre la figura de su tocayo genovés, Cristóphoro. Un mismo apellido y, acaso, un mismo destino. No los une parentesco y la muerte de uno sucede apenas a doce años del nacimiento del otro. La América de Mateo es menos remota e infinitamente más breve que la de Cristóbal; de hecho, no excede en mucho las dimensiones de la cabeza de un clavo. Sin embargo, debió permanecer silenciada hasta la muerte de su descubridor y, pese a la insignificancia de su tamaño, no provocó menos revuelos.

    Es el Renacimiento. El verbo es Descubrir. Es el ocaso de la pura especulación a priori y de los abusos del silogismo, en favor de la empiria de la mirada. Es, exactamente, la primavera de la mirada. Quizá Francis Bacon en Inglaterra y Campanella en el Reino de Nápoles repararon en el hecho de que mientras los escolásticos derivaban en los repetidos laberintos del silogismo, el bruto de Rodrigo de Triana, a la misma hora, gritaba ¡Tierra! y, sin saberlo, precipitaba la nueva filosofía de la mirada. La escolástica —la Iglesia finalmente lo comprendió— no era demasiado rentable o, al menos, representaba menos utilidades que la venta de indulgencias desde que Dios decidió pedir dinero a los pecadores. La nueva ciencia es buena siempre que sirva para acercar oro. Es buena siempre que no exceda la verdad de las Escrituras y es mejor aún si se trata de la escritura de bienes. Conforme el sol empezaba a detener su marcha alrededor de la Tierra —cosa que no ocurrió desde luego de un día para otro—, del mismo modo la geometría se rebelaba a la llanura del papel para colonizar el espacio tridimensional de la topología. Es este el mayor logro de la pintura renacentista: si la naturaleza está escrita en caracteres matemáticos —así lo anuncia Galileo—, la pintura habrá de ser la fuente de la nueva noción de la naturaleza. Los frescos del Vaticano son una epopeya matemática, tal como lo testimonia el abismo conceptual que separa la Natividad de Lorenzo de Mónaco de El triunfo de la cruz, que cubren el ábside de la Capella della Pietá. Por otra parte, pero por causas semejantes, no hay cartografía que quede en pie. Cambian los mapas del cielo, los de la Tierra, los de los cuerpos. Allí están los mapas anatómicos que son las nuevas cartas de navegación de la cirugía... Y entonces volvemos a nuestro Mateo Colón.

    Alentado quizá por la homonimia con el almirante genovés, Mateo Colón decidió que también su destino era descubrir. Y se hizo a sus mares. Ciertamente, no eran las suyas las mismas aguas que las de su tocayo. Fue el más grande explorador anatómico de su tiempo y entre sus descubrimientos más modestos se cuenta, nada menos, el de la circulación de la sangre, anticipándose a la demostración del inglés Harvey (De motus cordes et sanguinis), aunque incluso este descubrimiento es menor respecto de su América.

    Lo cierto es que Mateo Colón no pudo ver nunca su hallazgo publicado, hecho este que ocurrió el mismo año de su muerte en 1559. Con los Doctores de la Iglesia había que ser cuidadoso; sobran los ejemplos: tres años antes, Lucio Vanini se hizo quemar por la Inquisición a despecho, o quizás a causa, de su declaración acerca de que no diría su opinión sobre la inmortalidad del alma hasta que fuera viejo, rico y alemán². Y ciertamente el descubrimiento de Mateo Colón era más peligroso que la opinión de Lucio Vanini. Sin contar con la aversión que nuestro anatomista sentía por el fuego y por el olor de la carne quemada, más aún si se trataba de la suya.

    ¹ De re anatomica,Venecia 1559, lib. XI, cap. XVI.

    ² A. Weber. Historia de filosofía europea.

    El siglo de las mujeres

    El XVI fue el siglo de las mujeres. La semilla que cien años antes sembrara Christine de Pisan florecía en toda Europa con el dulce perfume de El dictado de los verdaderos amantes. No es en absoluto casual que el descubrimiento de Mateo Colón haya tenido lugar en el tiempo y en el sitio en que aconteció. Hasta el siglo XVI, la Historia estaba narrada por la grave voz masculina. Allí donde se mire, allí está ella con su infinita presencia: del siglo XVI al XVIII, en la escena doméstica, económica, intelectual, pública, conflictual e incluso lúdica de la sociedad, encontramos a la mujer. Por lo común, requerida por sus tareas cotidianas. Pero presente también en los acontecimientos que constituyen, transforman o desgarran la sociedad. De arriba abajo de la escala social, ocupa el conjunto de los espacios y de su presencia hablan constantemente quienes la miran, a menudo para asustarse, declaran Natalie Zemón y Arlette Farge en Historia de las mujeres³.

    El descubrimiento de Mateo Colón irrumpe, precisamente, cuando los ámbitos de las mujeres —siempre de puertas adentro— comienzan, de a poco y sutilmente, a salir extramuros desde los beatarios y los monasterios, desde los prostíbulos o desde la cálida pero no menos monástica dulzura del hogar. La mujer, tímidamente, se atreve a discutir con el hombre. Con cierta exageración, se ha llegado a decir que en el siglo XVI se libra la batalla de los sexos. Cierto o no, el asunto de las incumbencias de las mujeres se instala como tema de discusión entre los hombres.

    Bajo estas circunstancias, ¿qué era la América de Mateo Colón? Ciertamente el límite entre descubrimiento e invención es mucho más difuso de lo que pudiera parecer a simple vista. Mateo Colón —es hora de decirlo— descubrió aquello con lo que, alguna vez, todo hombre soñó: la mágica llave que abre el corazón de las mujeres, el secreto que gobierna la misteriosa voluntad del amor femenino. Aquello que, desde el comienzo de la Historia, buscaron brujos y hechiceras, chamanes y alquimistas —mediante la infusión de toda clase de hierbas o el favor de dioses o demonios— y, en fin, aquello que siempre anheló todo hombre enamorado, herido por el desamor del objeto de sus desvelos y su desdicha. Y, por cierto, aquello con lo que soñaron monarcas y gobernantes, por la sola ambición de omnipotencia: el instrumento que sojuzgara la volátil voluntad femenina. Mateo Colón buscó, peregrinó y, finalmente, halló su dulce tierra anhelada: el órgano que gobierna el amor en las mujeres. El Amor Veneris —tal el nombre con que el anatomista lo bautizara, si me es permisible poner nombre a las cosas por mí descubiertas— constituía un verdadero instrumento de potestad sobre el escurridizo —y siempre oscuro— albedrío femenino. Por cierto, semejante hallazgo presentaba más de una arista: ¿A qué calamidades no se vería confrontada la cristiandad si del femenino objeto del pecado se apoderaran las huestes del demonio?, se preguntaban, escandalizados, los Doctores de la Iglesia. ¿Qué sería del rentable negocio de la prostitución, si cualquier pobre contrahecho pudiera hacerse del amor de la más cara de las cortesanas?, se preguntaban los ricos propietarios de los espléndidos burdeles de Venecia. O, lo que sería peor aún, ¿qué sucedería si las hijas de Eva descubrieran que llevan en el medio de las piernas las llaves del cielo y del infierno?

    El descubrimiento de la América de Mateo Colón fue también —y en su medida— una épica quebrantada por la letanía de un réquiem. Mateo Colón fue tan feroz y despiadado como Cristóbal; como aquél —y dicho con la misma literal propiedad—, fue un colonizador brutal que reclamaba para sí el derecho sobre las tierras descubiertas: el cuerpo de la mujer.

    Pero, por otra parte, además de lo que significaba el Amor Veneris, otra polémica habría de suscitar lo que era este órgano. ¿Existe el órgano que describió Mateo Colón? Es esta una pregunta inútil que, en cualquier caso, habría que reemplazar por otra: ¿Existió el Amor Veneris? Las cosas son, finalmente, las voces que las nombran. Amor Veneris, vel Dulcedo Appeletur —tal el nombre con que su descubridor bautizó a su órgano—, tenía un contenido fuertemente herético. Si el Amor Veneris coincide con el menos apóstata y más neutro kleitoris (cosquilleo, según una de sus acepciones) —que alude a efectos antes que a causas— es un asunto que habrá de preocupar a los historiadores del cuerpo. El Amor Veneris existió por razones diferentes de las de la anatomía; existió por cuanto no sólo fundó una nueva mujer, sino que además promovió una tragedia. Lo que sigue es la historia de un descubrimiento.

    Lo que sigue es la crónica de una tragedia.

    ³ Historia de las mujeres, Editorial Tarcus.

    PRIMERA PARTE

    La Trinidad

    I

    Al otro lado del Monte Veldo, en el callejón de Bocciari, cerca de la Santa Trinidad, estaba il bordello del Fauno Rosso, la casa de putas más cara de Venecia, cuyo esplendor no tenía competencia en todo el Occidente. La atracción del burdel era Mona Sofía, la puta mejor cotizada de Venecia y, por cierto, la más espléndida de Occidente. Superior, aun, a la legendaria Lenna Grifa. Igual que ella, recorría las calles de Venecia tendida sobre un palanquín llevado por dos esclavos moros. Igual que Lenna Grifa, Mona Sofía llevaba a los pies del palanquín una perra de Dalmacia y un papagayo al hombro. Según podía constatarse en el catalogo di tutte le puttane del bordello con il lor prezzo⁴, su nombre aparecía impreso en letras destacadas y, en números más notables todavía, el precio: diez ducados, esto es, seis ducados más cara que la misma legendaria Lenna Grifa⁵. En el catálogo, de muy prolija factura, que se editaba para viajeros selectos, nada decía, desde luego, de sus ojos verdes como esmeraldas, ni de sus pezones duros como almendras cuyo diámetro y tersura se dirían los del pétalo de una flor —si la hubiese— que tuviera el diámetro y la tersura de los pezones de Mona Sofía. Nada decía de sus muslos firmes de animal, torneados como la madera, ni de su voz de leño ardiendo. Nada decía de sus manos que, de tan pequeñas, parecían no abarcar el diámetro de una verga, ni de su boca mínima en cuya cavidad se hubiera dicho imposible acoger el volumen de un glande inflamado. Nada decía de su talento de puta, capaz de erguírsela a un anciano desahuciado.

    Una madrugada de invierno del año 1558, poco antes de que el sol asomara desde el centro de las dos columnas de granito —traído desde Siria y Constantinopla—, y se pusiera entre el león alado y San Teodorico, cuando los autómatas moros de la Torre del Reloj se disponían a golpear la primera de las seis campanadas, Mona Sofía acababa de despedir a su último cliente, un rico comerciante de sedas. Al descender las escalinatas que conducían hasta el pequeño atrio del burdel, el hombre se acomodó la estola de lana que llevaba sobre el lucco, se calzó la beretta hasta las cejas y, oteando en el vano de la puerta, se aseguró de que ningún viandante lo viera salir. Desde el burdel se encaminó derecho hacia la Santa Trinidad, cuyas campanas llamaban al primer oficio.

    Mona Sofía tenía la espalda fatigada. Para su fastidio, cuando descorrió las cortinas de seda púrpura de la ventana de su alcoba, pudo comprobar que ya había amanecido. Odiaba tener que dormirse con el alboroto que llegaba desde la calle. Se dijo que era aquella una buena oportunidad para aprovechar el día. Reclinada sobre la cabecera de su cama, empezó a hacer planes. Primero se vestiría como una señora e iría al oficio de la catedral de San Marco —en rigor, hacía mucho tiempo que no iba a misa—, luego se confesaría y, libre de cualquier remordimiento, se llegaría finalmente hasta la Bottega del Moro para comprar unos perfumes que se tenía largamente prometidos. Siguió planificando, a la vez que se tapaba un poco más con las cobijas —el reposo después de aquella noche fatigosa empezaba a destemplarla— y cerró los ojos para poder pensar con más claridad.

    No habían terminado de sonar las campanas, cuando Mona Sofía, como todas las mañanas, se quedó profunda y plácidamente dormida.

    ⁴ Catálogo que menciona D. Merejkovski en su Leonardo de Vinci. Edit. Juventud, Barcelona, 1940.

    ⁵ Nótese que una fortuna suficiente para vivir toda una vida de lujos era de unos mil ducados.

    II

    Por aquella misma hora, pero en Florencia, caía una fina garúa sobre el campanario de la modesta abadía de San Gabriel. Las campanas sonaban con una decisión tal, que se hubiera dicho que quien tiraba de las cuerdas era el obeso abad y no las delicadas manos de una mujer. Y sin embargo el abad aún dormía. Con la puntual devoción que todas las mañanas la sacaba de la cama antes del alba —hiciera frío o calor, lloviera o helara—, Inés de Torremolinos se colgaba de las cuerdas con su leve humanidad y, como si estuviera animada por el Todopoderoso, conseguía mover las campanas, cuyo peso superaba en no menos de mil veces al de su femenino e inmaculado cuerpo.

    Inés de Torremolinos vivía con una austeridad franciscana pese a que era una de la mujeres más ricas de Florencia. Hija mayor de un noble matrimonio español, era muy joven cuando contrajo casamiento con un insigne señor florentino. De modo que, según ordenaban las normas maritales, marchó de su Castilla natal para ir a vivir al palacio de su cónyuge en Florencia. Quiso la fatalidad que Inés enviudara sin haber podido dar a su marido un eslabón en su noble genealogía: parió tres hijas mujeres y ningún hijo varón.

    Siendo una viuda muy joven, todo lo que Inés tenía era: un pesar por no haber engendrado un varón, unos cuantos olivares, vides, castillos, dinero y un alma devota y caritativa. De modo que, para olvidar su pena y remediar su culpa en memoria de su marido, decidió convertir en dinero todos los bienes que había heredado de su finado —en Florencia— y de su difunto padre —en Castilla— y construir un monasterio. De esa manera quedaría para siempre unida a su esposo inmortal mediante una existencia de pureza y

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