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A Traves de Mis Ojos Un Viaje de Superaciion
A Traves de Mis Ojos Un Viaje de Superaciion
A Traves de Mis Ojos Un Viaje de Superaciion
Libro electrónico122 páginas1 hora

A Traves de Mis Ojos Un Viaje de Superaciion

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"A Través de Mis Ojos: Un Viaje de Superación" es el testimonio real de una vida vivida con intensidad. Desde una infancia modesta en Madrid hasta la madurez marcada por el esfuerzo, el amor, la pérdida y la lucha por mantenerse en pie. José Ángel nos abre su corazón para compartir un camino lleno de desafíos, decisiones valientes y recuerdos imborrables. Una historia cercana, sincera y profundamente humana que invita a reflexionar sobre lo que realmente importa.

IdiomaEspañol
EditorialJose Angel Ranera Gutierrez
Fecha de lanzamiento16 jun 2025
ISBN9798231055364
A Traves de Mis Ojos Un Viaje de Superaciion

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    A Traves de Mis Ojos Un Viaje de Superaciion - Jose Angel Ranera Gutierrez

    A Través de Mis Ojos:  Un Viaje de Superación

    J.Angel Ranera

    ©Copyright by J.AngelRanera

    Prólogo

    ––––––––

    La vida es un viaje impredecible, lleno de luces y sombras, de victorias y derrotas, de momentos que nos marcan para siempre. Este libro no es solo la historia de mi vida, sino un testimonio de lucha, aprendizaje y transformación. A través de estas páginas, recorreremos juntos los senderos de mi infancia, los desafíos de la adolescencia y los sueños que, pese a las dificultades, nunca dejé de perseguir.

    Escribo estas memorias no solo para recordar, sino para compartir. Porque cada paso que di, cada obstáculo que enfrenté, puede resonar en aquellos que buscan respuestas, inspiración o simplemente compañía en su propio viaje.

    Este no es un relato de perfección, sino de humanidad. De caídas y levantadas. De fe, amor y búsqueda. Si algo deseo, es que, al llegar a la última página, estas palabras hayan dejado una huella en tu corazón.

    Bienvenido a mi historia.

    ––––––––

    Agradecimientos

    Escribir este libro ha sido un viaje lleno de recuerdos, emociones y aprendizajes. Pero ningún viaje se hace en soledad, y hay personas sin las cuales este sueño no habría sido posible.

    En primer lugar, quiero expresar mi más profundo agradecimiento a Francisco Navarro Lara, mi mentor y guía en este proceso. Su sabiduría, paciencia y generosidad han sido una luz en el camino, dándome las herramientas y la confianza necesarias para plasmar mi historia en palabras. Sin su apoyo, este libro tal vez nunca habría visto la luz.

    También quiero rendir un homenaje especial a mi madre, la mujer que me dio la vida y me enseñó el verdadero significado del amor, la fortaleza y la perseverancia. Su ejemplo ha sido mi mayor inspiración, y su cariño incondicional, el refugio que siempre me sostuvo en los momentos difíciles.

    A ambos, mi gratitud eterna. Este libro es, en parte, suyo.

    ​Los Primeros Pasos: Infancia y Sueños Inocentes

    Nací en Madrid a mediados de la década de 1950, en una ciudad que todavía se recuperaba de tiempos difíciles, pero donde la vida seguía su curso con la esperanza de un futuro mejor. Crecí en Ciudad Lineal, un barrio que en aquellos años era una mezcla de tradición y modernidad, con sus calles tranquilas, pequeñas tiendas de barrio y vecinos que se conocían entre sí.

    Fui el primero en llegar a mi familia, el hermano mayor de los cinco que con el tiempo seríamos. Desde pequeño, ese rol me marcó de muchas maneras: tenía la libertad de explorar el mundo con ojos curiosos, pero también la responsabilidad de ser un ejemplo para mis hermanos. En nuestra casa, siempre había ruido, risas y alguna que otra travesura, porque con cinco niños en un mismo hogar, el silencio era un lujo raro.

    Los días de mi infancia estaban llenos de juegos en la calle, donde los niños del barrio nos reuníamos sin necesidad de planear nada. Bastaba con salir de casa y allí estaban todos, listos para una partida de fútbol improvisada con una pelota que había visto mejores días, para montar en bicicleta o simplemente para inventar historias que nos llevaban a mundos lejanos. Ciudad Lineal era nuestro patio de recreo, un espacio donde la imaginación volaba libre y donde cada rincón tenía una historia que contar.

    La escuela fue una parte importante de aquellos años. Aunque la disciplina era estricta, me abrió las puertas al conocimiento y a la lectura, un descubrimiento que cambiaría mi forma de ver el mundo. Aprender a leer fue como recibir una llave que me permitía viajar sin moverme de sitio, sumergiéndome en relatos que despertaban mi curiosidad y mi deseo de aprender más.

    En casa, mis padres trabajaban duro para que no nos faltara nada. Con su esfuerzo nos enseñaron valores fundamentales: la importancia del trabajo, el respeto y la solidaridad. La mesa familiar era el centro de nuestras reuniones, el lugar donde se compartían historias, preocupaciones y, por supuesto, alguna que otra riña entre hermanos que nunca duraba demasiado.

    Ser el mayor de cinco significaba aprender a compartir desde muy temprano. No solo se trataba de juguetes o ropa, sino también de tiempo y atención. A veces, sentía el peso de la responsabilidad, pero con el tiempo entendí que ser el hermano mayor era un privilegio: me permitía ver crecer a mis hermanos, protegerlos y, en cierto modo, guiar sus primeros pasos en la vida.

    Mirando atrás, aquellos años en Ciudad Lineal fueron el inicio de mi viaje, un tiempo de inocencia y aprendizaje, donde comenzaron a forjarse los sueños que más adelante me llevarían a enfrentar retos y a buscar mi propio camino.

    ​Tormentas Internas: Los Desafíos de la Adolescencia

    La adolescencia es un periodo de cambios profundos, tanto externos como internos. En mi caso, esos años estuvieron marcados por las emociones intensas del primer amor, la responsabilidad de ser el hermano mayor y la influencia de mis creencias. Durante mi adolescencia, fui testigo de Jehová, una fe que moldeó en gran parte mi forma de ver el mundo y de relacionarme con las personas.

    Ser testigo de Jehová en aquellos años no era solo una creencia, sino un estilo de vida que marcaba mi manera de actuar, mis valores y mis relaciones. Formaba parte de un grupo con normas claras y una comunidad unida, lo que me daba un sentido de pertenencia, pero también establecía ciertos límites en lo que podía y no podía hacer.

    Fue a través de este grupo de amigos testigos de Jehová donde conocí a ella, mi primer amor. Rubia, con esos ojos que cambiaban entre verdes y azules dependiendo de la época del año, me cautivó desde el primer momento. No íbamos a la misma clase, ni siquiera al mismo colegio, pero el destino nos puso en el mismo camino, y pronto se convirtió en una parte fundamental de mi vida.

    Nuestros encuentros no eran en fiestas ni en salidas nocturnas como los de otros adolescentes de la época. Nos veíamos en reuniones, en salidas con el grupo y, sobre todo, en nuestros paseos por el parque, un espacio que se convirtió en nuestro refugio, donde podíamos hablar sin prisas y sin interrupciones. Allí, entre árboles y senderos, nos descubrimos el uno al otro. Hablábamos de todo: de nuestras familias, de nuestros sueños, de las reglas que nos guiaban y de lo que queríamos para el futuro.

    Pero el primer amor, por más hermoso que sea, no siempre es fácil. En mi caso, las creencias con las que había crecido jugaron un papel importante en la relación. Había normas, límites y expectativas. No podía simplemente dejarme llevar por lo que sentía sin antes cuestionarme si estaba haciendo lo correcto dentro de los principios que regían mi vida en aquel momento.

    A veces sentía que estaba atrapado entre dos mundos: el del deseo juvenil de vivir el amor sin restricciones y el de la disciplina que

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