Antología 6: Camino al Cielo: 33 autores relatan su tránsito por el camino de la fe
Por Ana María Ruiz, Ariel Pérez, Beatriz Orco y
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Antología 6 - Ana María Ruiz
33 autores relatan su tránsito
por el Camino de la fe.
Ana María Ruiz, Ariel Pérez, Beatriz Orco, Betty Heinze, Carlos Maure, Christian Mark, Claudia Pujel, Cristian Oviedo, Cristina Luchetti, Estela Filippini, Esther Szczerba, Jorge Puzenik, Laura Díaz, Lázaro Jesús Pérez, Lidia Masalyka, Lito Choda, Luis Aranda, Luis Lecca, Marcelo Laffitte, Marcia González, Marta Szust, Maxi Salomón, Miguel Díaz, Mónica Fischer, Nelly Baz, Noelia Agosta, Pascual Bavasso, Pedro Stepaniuk, Raúl Aranda, Rocío Acheritogaray, Santiago Klimiszyn, Silvina Fernández Bonifetto y Víctor Béliz.
Copyright © 2020 - Autores Varios
mlaffitteediciones@gmail.com
M. Laffitte Ediciones
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www.mlaffitteediciones.online
Coordinadora de Antologías
Esther Szczerba
Todos los derechos reservados conforme a la ley. Prohibida la reproducción de esta obra, salvo en segmentos pequeños, sin la debida autorización del autor.
Esta editorial destaca la noble actitud del señor Eduardo Fagliano, de la ciudad de Hurlingham, Buenos Aires, por su ofrenda económica destinada a cubrir la participación en este libro de un pastor del interior del país.
ISBN 978-987-4435-77-4
Diseño & Diagramación
Estudio Qaio. DG. Pablo Gallo
PRÓLOGO
Estamos de fiesta:
Una nueva criatura ha nacido
¡Bienvenidos a la sexta Antología, o como le llamamos en nuestra editorial libro colectivo
!
Una edición totalmente cruzada por la pandemia y con muchas interrupciones provocadas por las cuarentenas del gobierno que, de pronto, nos obligaban a detener las máquinas impresoras.
Pero aquí estamos. Cuando este consistente trabajo literario llegue a manos de los lectores, no dudamos que estallará como una enorme bendición para sus vidas. Lo digo desde mi función de director de la editorial y luego de haber leído detenidamente cada uno de los trabajos. Nuestra coordinadora, Esther Szczerba, también opina que los escritos tienen un importante nivel.
Ahora, cuando estos libros lleguen a manos de los autores -la mayoría de ellos publican por primera vez- se repetirá la gratísima situación que nosotros hemos observado en todas las antologías anteriores: ¡sentirán el gozo de haber dado a luz un hijo! Y les aseguro que esto no tiene una pizca de exageración. ¡Felicitaciones a todos ellos!
Y, por último, todos ellos y nosotros, experimentaremos el gozo que produce una rápida distribución de los libros en todo el territorio nacional. ¿Por qué aseguramos esto? Porque esta treintena de autores son de ciudades muy distintas del país, todos recibirán una importante cantidad de libros en forma gratuita que, sin dudas, se los sacarán de las manos
en sus pueblos y ciudades; y entonces, cientos y cientos de personas se convertirán en lectores de Camino al Cielo
, sin contar los que se sumen de otros países en las versiones física y digital.
Ha visto la luz el sexto libro colectivo. Ha llegado repleto de testimonios y relatos llenos de bendiciones. Esto, para los autores y para nosotros es un verdadero Cielo
.
Marcelo Laffitte
¿Qué somos los cristianos?
Somos una comunidad noble llamada a ser sal y luz allí donde el Espíritu Santo nos guíe.
Por Estela Filippini
Para el entorno secular que nos observa, los cristianos evangélicos somos esa comunidad de fieles que más allá de sus curiosidades y limitaciones, ha sido reconocida tradicionalmente, desde sus orígenes, por dos características salientes: su honorabilidad y su sensibilidad hacia los marginados por el sistema. Tal concepto prevalece hasta la actualidad, cuando la cuestión ideológica en torno a temas tan resonantes como el diezmo, el matrimonio igualitario, el feminismo y el aborto han tensado fuertemente hacia ese lado la cuerda de las críticas.
Una comunidad solidaria
Pero a pesar de eso, podemos afirmar sin temor a equivocarnos que nuestras iglesias siguen siendo reconocidas por los no cristianos por su permanente presencia solidaria, más allá de su labor central, la difusión de la Palabra: los comedores comunitarios; las clásicas Horas Felices que convocan multitud de niños en las que se ofrecen meriendas, contención afectiva, ayuda escolar y juegos; el acompañamiento a familias disfuncionales, a madres solas y mujeres y niños víctimas de violencia familiar; los Roperos abiertos a la comunidad; las Brigadas Misioneras que recorren el país alfabetizando, llevando agua, medicamentos, mano de obra solidaria y materiales de construcción, ropa, alimentos, asistencia médica y social. Todas ellas son, entre otras, acciones reconocibles en cada ciudad, pueblo, o paraje donde haya una iglesia evangélica, desde hace muchísimo tiempo.
Somos una masa minúscula que, más allá de los límites denominacionales, se mueve poderosa respondiendo al llamado de ser sal y luz allí adonde el Espíritu nos guíe, y que se da al mundo en forma de palabra de consuelo, alivio, acompañamiento, conductas amorosas que impactan los corazones en cada lugar donde se ofrecen: en la oficina, la escuela, los talleres, los campos, las ciudades, el hogar, las calles, la universidad.
Porque cuando la vida arrecia, y hay que aguantar las tormentas, las gentes de este mundo, los que se llaman a sí mismos ateos, saben muy bien adónde, a quiénes recurrir. Siempre habrá cerca algún cristiano, alguna cristiana ferviente que entregará la palabra exacta, el abrazo justo para calmar el dolor de su semejante, ese otro ser humano que, como él, sufriente, transita el mundo en carne viva.
Un estilo de vida particular
Porque el cristianismo genuino, más que un dogma o un credo es, ante todo, un modo de vivir. Y no uno más entre tantos, sino un estilo de vida comprometido y muy particular. Situados entre dos mundos -este que transitamos como todos los mortales y el otro, eterno, invisible, que abrazamos apasionadamente- los creyentes concebimos nuestra vida terrenal como una andadura de fe que, según las célebres palabras de la carta a los Hebreos, es la certeza de lo que no se ve
.
Así, pues, nuestra creencia nos ha convertido en los salmones que describe la canción. Elegimos la difícil
: nadar contracorriente. Transitamos una ruta que nos lleva a contramano de este mundo, y por si esto fuera poco, se trata de una senda que no vemos en su totalidad. El apóstol Pablo lo explicó apelando al ejemplo del espejo, que en su época eran muy distintos a los nuestros, pues consistían en una pieza de metal pulido: la imagen no se veía claramente, sino tosca, borrosa, no demasiado definida. Y así -declara el apóstol- es nuestro caminar aquí.
De modo que mientras dure nuestro peregrinar no lo comprenderemos todo acerca de nuestra fe. Esto debe ser dicho con toda claridad. No tenemos todas las repuestas. Es más, en muchos temas andamos a tientas, como cualquier hijo de vecino. Somos nada más (y nada menos) que gente seguidora de un Maestro a quien reconocemos como nuestro Dios, que se entregó a sí mismo a una ignominiosa muerte de cruz hace más de 2000 años. Nuestra fe se basa en esa contradicción y nuestra vida cotidiana asume el riesgo de creer en la resurrección de ese Señor nuestro que desafía la lógica de este mundo. He ahí el escándalo de nuestro evangelio, locura para los que no creen, pero para nosotros, fuente de sabiduría y poder.
El misterio de una permanencia
¿Cuál es la razón de la permanencia de una doctrina semejante a lo largo de los siglos? ¿Qué hay en esta fe que ninguna persecución, ningún cataclismo, ni siquiera ningún renuncio humano –que los hubo, y los habrá- consiguió extinguirla?
Sucede que, en el corazón de cada creyente, existe una certeza que lo cambia todo y nos sostiene más allá de toda contingencia: cada cristiano redimido ha experimentado en algún momento de su vida un encuentro poderoso con el Resucitado. Sobre esa Roca está fundada nuestra fe. Sin ella, claro está, nuestra esperanza sería imposible de sustentar.
Pero cada uno de nosotros, en su azaroso recorrido, ha tenido alguna vez su zarza ardiente, su lucha en Peniel, su camino a Damasco, su Monte de la Transfiguración, lugares señalados donde hemos podido reconocer, como los caminantes a Emaús, que en nuestro interior se ha metido un fuego que no es de este mundo.
El Espíritu que empezó a arder el día de nuestro nuevo nacimiento no se apaga jamás, y nos guía en nuestro caminar. A partir de ese suceso tenemos la dicha de comprobar cotidianamente, con mayor o menor intensidad, pero siempre con asombro, la vivencia palpable de Su inexplicable amor por nosotros.
Tal es la experiencia medular del auténtico cristianismo: un encuentro irrefutable con el Amor. He ahí el núcleo de nuestra fe, el punto más sensible, la piedra de toque.
Aquella noche en que sentí a Dios como nunca
Hubo una noche, quizás la más terrible de mi vida, en la que sentí como nunca la cercanía de Dios. Él fue mi consuelo. Un calor suave y a la vez abrasador me rodeó como un manto tangible, poderoso, y en la espesura de las tinieblas que se cernían sobre mí, ese relámpago interminable me confortó más allá de todo entendimiento.
En ese abrazo cesaron las preguntas; desaparecieron los porqués y los para qué; la contundencia del amor divino aquietó cada repliegue de mi corazón. Ceñida en mi dolor dejé que la caricia reparadora de mi Padre Celestial secara mis lágrimas y a partir de esa noche Su paz incomprensible fue allanando el camino en los duros tiempos que siguieron.
Los cristianos andamos por el mundo brindando lo que ya tenemos: hemos sido amados primero por Aquel que dio Su vida por nosotros y resucitó para introducirnos en esta nueva dimensión. De ahí en adelante, somos llamados a practicar un camino de amor y donación.
Tal llamado es necesariamente radical porque su origen no es de este mundo. Es sobrenatural y auténticamente inclusivo. Nos invita a amar a todos, tal como Él lo hizo con nosotros. La Escritura lo dice con claridad: Dios demuestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros
. (Romanos 5:8).
Cuando estábamos enemistados con Él, Dios nos amó primero: Él se acercó a nosotros cuando éramos lejanos, y nos eligió, aún muertos en nuestros delitos y pecados. Lo sabemos de primera mano: Dios ama al pecador, esa ha sido nuestra experiencia inicial, y esa sigue siendo nuestra hoja de ruta.
Amen a sus enemigos, hagan bien a quienes los odian, bendigan a quienes los maldicen, oren por quienes los maltratan. Si alguien te pega en una mejilla, vuélvele también la otra. Si alguien te quita la camisa, no le impidas que se lleve también la capa. Dale a todo el que te pida y, si alguien se lleva lo que es tuyo, no se lo reclames. Traten a los demás tal y como quieren que ellos los traten a ustedes. Porque, ¿qué mérito tienen ustedes al amar a quienes los aman? Aun los pecadores lo hacen así. ¿Y qué mérito tienen ustedes al hacer bien a quienes les hacen bien? Aun los pecadores actúan así. ¿Y qué mérito tienen ustedes al dar prestado a quienes pueden corresponderles? Aun los pecadores se prestan entre sí, esperando recibir el mismo trato. Ustedes, por el contrario, amen a sus enemigos, háganles bien y denles prestado sin esperar nada a cambio. Así tendrán una gran recompensa y serán hijos del Altísimo, porque él es bondadoso con los ingratos y malvados. Sean compasivos, así como su Padre es compasivo
. (Lucas 6:27-36, NVI)
Sin embargo, hablar del amor desde la teoría en general es más fácil que amar en la arena de la lucha cotidiana, cuando nuestro prójimo tiene nombre y apellido, cuando los más amados nos han herido, o han traicionado nuestro afecto. En la cancha se ven los pingos
, dice la sabiduría popular. Bajar del púlpito y practicar lo que se predica. Salir del templo donde se pregona el amor al otro y dar tiempo, dinero, poner el cuerpo, despojarse de uno mismo para llegar al que piensa diametralmente diferente, pero que, mirado como mira Dios, tiene nuestra misma vulnerabilidad. Comprender a la luz de la Escritura la verdadera inclusión. Sentir que nada nos separa de los demás, cualquiera sea su ideología, conducta, pensamiento.
Entender que todos los seres humanos somos imagen de Dios, hechos del mismo barro, expuestos a las mismas angustias de la existencia, enfilados hacia ese mismo final que es la muerte, la conciba cada uno como la conciba; salir de las hipótesis y amar incondicionalmente. Vivir perdonando al lejano, pero también al cercano, al cónyuge, a los padres, a los hijos, construyendo la paz en lo íntimo del hogar, de la pareja, en lo secreto del corazón, en lo minúsculo, en lo cotidiano. Ese es el mandamiento.
En ese espacio extraordinario Su divinidad se revela en toda su magnificencia. Frente a ella, nuestra naturaleza terrenal ruge y estalla de dolor, pues nos enfrenta a los límites de nuestra humanidad. Allí se revela agudamente la distancia infinita que nos separa de Él. En ese punto sabemos, más que en ningún otro, que sólo podremos continuar en el Camino si Su mano poderosa nos mantiene firme y amorosamente sostenidos en Su prodigiosa Gracia.
Las batallas del alma
El camino del amor es sinuoso y escarpado, pero cuando se experimenta, aunque sea una vez, queda impreso en el alma para siempre, y a pesar de las caídas, uno quiere volver a él. Es innegable la tensión que existe entre el mandamiento y la vida de todos los días. Sabemos también que da pasto a las críticas de quienes aborrecen la doctrina de Cristo. No les faltan razones para acusarnos: los estándares divinos son demasiado elevados para seres caídos como nosotros.
Pero el encuentro genuino con el perdón de Dios produce el milagro: nos da el coraje necesario para mirar dentro de nuestro corazón y vernos en nuestra flaqueza. En esa intimidad con el Padre, Su aceptación amorosa y el poder del Espíritu nos van transformando momento a momento a la imagen de Cristo. En esas batallas secretas libradas en lo profundo del alma lo personal y lo divino pujan, hasta que el amor de Dios nos conquista y seduce.
Reconocemos en nosotros la tremenda precariedad de la raza humana, y esa revelación nos acerca al dolor, al sufrimiento, a la debilidad de los demás; aleja de nosotros el dedo acusador, la crítica, la descalificación, el rechazo. Podemos así tomar conciencia de la condición humana, de su extrema fragilidad. Y anhelamos correr como niños a arrojarnos a los brazos de Aquel que nos ama tal cual somos, y compartir la dicha del perdón con todos los que nos rodean.
En verdad, el requisito es exigente, y hasta parece imposible de cumplir, pero -dijo el Señor- quien demuestra mucho amor, es porque le han sido perdonados sus muchos pecados
. (Lucas 7:47, BLPH). Entregarnos tal como somos a Él es la mayor fuente de alegría y plenitud que podemos experimentar, y recibir Su amor ilimitado nos regala la herramienta más fina y eficaz para desarrollarnos en el arte de amar.
He ahí el secreto de la fe triunfante de la Iglesia de Cristo que, victoriosa, aquí y ahora, en medio de los desafíos de este mundo, cumple con alegría y fidelidad la Gran Comisión: compartir con todos el inexplicable, multiforme y obstinado Amor de Dios.
Fragmento de mi libro Extranjeros en la tierra
, en proceso para ser publicado.
Estela Filippini realizó estudios de Letras en la UBA y, junto a su esposo Daniel -ya en la presencia del Señor-, de Teología en el Seminario IBBA, donde cursa actualmente el último año de la Maestría en Teología con Orientación en Pensamiento Cristiano. Investigadora de historia regional y escritora, trabajó como docente de secundaria en literatura, ha publicado libros de ficción, fue columnista en diarios de su provincia y colaboró en la edición de libros de Lengua de Editorial Kapelusz. Disfruta de su retiro de la docencia en compañía de sus hijos y nietos y participa activamente en las labores de su iglesia, Ministerio Jesucristo es Fiel
, en General Pico, La Pampa.
E-mail: filippiniestela@gmail.com
WhatsApp: +54 9 230 245 7904
Facebook: www.facebook.com/estela.filippini
¿Dónde estás?
El conmovedor relato sobre el camino a Emaús.
Por Luis Lecca
La pascua ya había terminado. El ánimo cargaba la pesadez de lo que se había vivido pocos días atrás. Volvamos, ya no hay nada más que hacer acá
—dijo a su amigo. En silencio tomaron sus pocas cosas y emprendieron el regreso. La tarde estaba avanzada. Era un trayecto conocido para ellos, dos o a lo sumo tres horas a pie, no les importaba llegar de noche pues no estaban dispuestos a esperar más.
A cada paso Cleofas parecía navegar entre emociones que iban desde el enojo hasta la tristeza más profunda; su mirada fija recreaba cada escena y revivía cada dolor, hasta que por fin estalló: ¡Ese juicio fue de lo más absurdo!
Su amigo tenía los ojos clavados en el camino y aunque recién empezaban, sus pies parecían significativamente más pesados. Barrabás, libera a Barrabás gritaban
—dijo a media voz pensando en los ausentes que entonces podrían haber volcado a favor de Jesús la balanza de la asimétrica justicia reinante.
Cleofas sintió pena y frustración por su amigo, al que había convencido y traído desde la aldea para conocerlo a Él. Pero hoy volvían con el corazón vacío y la esperanza desvanecida.
- "Estaba seguro de que algo iba a pasar, algo tenía que pasar—aseveró sacudiendo levemente su cabeza—, nunca imaginé que iba a terminar así". Inmediatamente tomó una piedra del suelo y la arrojó con furia contra una roca que estaba a unos veinte metros al costado del camino. Escuchó el golpe seco de las piedras y un tenue eco, y eso le jugó en contra. Sin poder controlarla, su mente rememoró vívidamente cada golpe del martillo sobre los clavos; al principio sonaban apagados, luego más fuertes cuando en su avance perforaban la madera ensangrentándola. Un estremecimiento interno reverberó en todo el cuerpo de Cleofas. Al momento descubrió la secreta y malvada ironía… que Aquel que había sido carpintero fuese fijado con clavos al madero.
Su amigo lo miró como adivinando su pensamiento. ¿Era necesario?
—preguntó con un hilo de voz. Cleofas levantó su vista mirando al cielo rojizo como buscando una respuesta más allá de su comprensión. En su interior batallaba una mezcla de indignación y remordimiento creciente. Ese día había estado entre la multitud. Se llenó de ira y repugnancia al ver la morbosa satisfacción del soldado cuando le clavaba la lanza en el costado. Las mujeres que estaban cerca estallaron en sollozos, otras lloraban arrodilladas con la cara en el suelo como evitando ver tanta crueldad descargada sobre un inocente. Él sintió como propia la herida y sin poder soportarlo más, fue vencido por el impulso instintivo de huir de la escena.
- ¿Que podíamos hacer?
—dijo saliendo de su abstracción, como excusándose.
- "No lo sé —contestó su amigo aminorando el paso—, sólo estábamos ahí, mirando… sin hacer nada, éramos inútiles espectadores."
Cleofas, poniendo paternalmente su mano sobre el hombro, le dijo: Todos fuimos testigos de su soledad
. Las miradas de ambos se buscaron en un diálogo sin palabras, luego con un gesto de su cabeza le aminó a seguir.
Cleofas había caminado junto con los que estaban con el Maestro, le habían contado de la pesca milagrosa, él mismo había estado presente cuando con cinco panes y dos peces comieron cerca de cinco mil. Tampoco jamás se le borraría la felicidad indescriptible de Jairo al ver a su hija volver a la vida, y difícilmente podría olvidar a Bartimeo que andaba como loco por la ciudad reconociendo a quienes solo los había podido conocer por la voz.
Él sabía quién era Jesús y lo que era capaz de hacer, por eso no podía entender lo que había pasado. Incluso, cuando escuchó que le dijeron que se baje de la cruz, él estaba seguro de que lo podría hacer. Íntimamente deseó que un rayo cayera del cielo, consumiera a los soldados y a todas sus miserias, y que los ángeles bajasen para liberarlo de ese sufrimiento inmerecido.
Creyó también que todo podía ser parte de un gran plan. Esperaban a un Libertador como Moisés en la antigüedad. El Mar Rojo había sido la prueba de lealtad
de Dios por su pueblo elegido, de la misma manera ahora la cruz se presentaba como un nuevo Mar Rojo
; sería la señal irrefutable de que Dios estaba con ellos y al fin serían libres del imperio romano. Todo coincidía.
La savia vital del cuerpo de Aquel cuyo propósito en su vida fue amar, se estaba vertiendo sin pausa, gotas espesas de sangre caían de la cruz, extrañamente algunas parecían dibujar pétalos de rosa en el piso. La muerte irreverente
