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Trece
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Libro electrónico175 páginas2 horas

Trece

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Información de este libro electrónico

Estos cuentos son extraños. Van mutando desde la vida cotidiana hacia las formas más complejas de la imaginación, como si el mundo real no existiera sino en alguna clase de pensamiento fuera de todo lo convencional. A través de relatos breves, que rodean lo verosímil cuestionándolo hasta en los detalles más mínimos, el autor da cuenta de un universo que podría estar no solo entre las páginas de este libro. Jauregui apela a una escritura concisa y a historias simples para demostrar que, finalmente, la cabeza es ese universo en el que estamos todos.
IdiomaEspañol
EditorialRIL Editores
Fecha de lanzamiento1 oct 2024
ISBN9789562846684
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    Trece - Elías Jauregui Castro

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    Elías Jauregui Castro

    Trece

    Cuentos

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    Trece

    Primera edición: mayo de 2009

    © Elías Jauregui Castro, 2009

    Registro de Propiedad Intelectual

    Nº 167.191

    © RIL® editores, 2009

    Alférez Real 1464

    750–0960 Providencia

    Santiago de Chile

    Tel. (56–2) 2238100 • Fax 2254269

    ril@rileditores.com • www.rileditores.com

    Composición e impresión: RIL® editores

    Epub hecha en Chile • Epub made in Chile

    ISBN 978-956-284-668-4

    Derechos reservados.

    A Isabel y Fidel,

    y a la hermosa familia que han creado

    Nano

    Se abrió una compuerta metálica y los niños entraron a un inmenso salón levemente iluminado, iban siendo guiados por un adulto vestido con una especie de bata muy blanca. –Niños, el documento que verán a continuación fue rescatado por nosotros, pero fue hecho por un ser como ustedes; periodista le llamaban, anoten eso, y anoten todo lo que no entiendan. Después les aclararemos las dudas–. Los niños tomaron asiento en silencio, se apagaron las luces de las paredes y frente a ellos se desplegó una gran pantalla.

    Todo comenzó en el año 2012. Los primeros avisos de la campaña publicitaria, que fue lanzada el 21 de Septiembre a nivel mundial, anunciaban una revelación para todo aquel que tuviera una mascota, o en general, para todos los amantes de los animales. Durante meses generaron expectación, porque la campaña solo daba mensajes ambiguos mostrando a unos abuelitos, o niños, o a una pareja, o en fin; varias personas con distintos animales en funciones realmente ridículas; los perros cenando en la misma mesa con sus amos, los pájaros libres en la pieza del niño, los gatos escribiendo frente al computador; era realmente cómico verlo, pero lo que no encajaba era el tono de los mensajes: «después de probarlo, esto será real»; «entenderás porqué deben ser libres», «sabrás la verdad», «verás al mundo de otra manera». Era francamente intrigante. Todo el mundo hablaba de la campaña, en todas partes era materia obligada de discusión. Los noticiarios, contagiados con la moda, destinaron espacios especiales en sus programas para hablar del producto; lo poco y nada que se llegó a saber fue lo que no era: no era un alimento, no era un juego, no era una ropa especial para mascotas, ni una nueva forma de adiestramiento.

    La noticia que dejó a todos perplejos vino desde Europa. Una fuente no oficial (como suele suceder en estos casos) reveló que la empresa tras la misteriosa campaña era la «Asian Biogenetic Corporation», o la «abc», como se le comenzó a llamar desde entonces. A partir de esa información volvieron las especulaciones: que sería una especie creada artificialmente, la mascota ideal; que sería un robot de apariencia humana, que todo era un engaño, que sería un nuevo sistema computacional (eso defendían los que veían al gato frente al computador en los avisos), que sería una nueva forma de energía, amigable con el medio ambiente; que era una estrategia de posicionamiento de imagen y que nada tenía que ver con los animales. Todos estábamos equivocados.

    La gran respuesta nos llegó, justo un mes antes de Navidad, de la boca del mismo presidente de la abc. Durante 30 segundos se vio en pantalla a un simpático chinito sentado en el living de su ostentosa casa mirando de frente a la cámara, en un segundo plano se veía a su perrito jugar con un trapo cerca de la chimenea. El asiático se presentaba, daba su cargo y, siempre sonriendo, explicaba que la campaña que tanto debate había ocasionado no era una metáfora de nada, simplemente estaba presentando un producto nunca antes visto por el hombre (obvio); después decía, siempre manteniendo la mueca risueña en su cara, que los precios serían moderados para que estuvieran al alcance de cualquier persona en el mundo, que el objetivo de la compañía no era el dinero, sino el bienestar de las personas y de los animales; y que lo que veríamos a continuación era real, no era un efecto especial ni nada por el estilo, era verdadero, era el resultado del producto. Justo en los 10 segundos finales se veía lo increíble. El hombre se ponía de pie e inclinándose un poco llamaba a su perro, obviamente en idioma inglés, pero en los subtítulos se leía lo siguiente: –Pinta, ven acá– el perrito se acercaba moviendo la cola –dile a la cámara como te sientes– y en ese momento el perrito hablaba, sí, hablaba; le respondía a su amo en un inglés algo deformado, no muy claro, pero entendible –«Estoy feliz viviendo contigo, papá»–. Esas fueron las primeras palabras de un perro dichas por televisión y todo el mundo fue testigo del milagro. Después, el chinito tomaba a su perro y ambos se despedían; uno moviendo la mano y el otro la pata.

    Fue un caos total. Todos los gobiernos del mundo se pusieron en contacto con la abc, todos querían saber qué le habían hecho al pobre perro; pero al cabo de una semana el problema estaba resuelto con otro comercial. Nuevamente el chinito simpático, pero esta vez vestido con una bata blanca, nos explicaba en qué consistía el producto. El asiático se presentaba dando su nombre y cargo, como en el comercial anterior, y nos invitaba a ingresar, según decía, al corazón de la abc. Se habría una puerta metálica tras él, y entraba a un gran laboratorio lleno de otros chinos muy ocupados que lo saludaban amablemente, reverenciándolo, cuando él pasaba al lado de alguno; después, muy serios, seguían metidos en sus microscopios, o pipetas, o computadores; o lo que fuera. El chino explicaba que todo comenzó con el objetivo de dar bienestar a los animales, que eran nuestros hermanos menores, acotaba; después decía que, en un intento de comprensión supremo quisieron dar un paso más allá para tratar de entender mejor a las especies con mayores capacidades, lo expresaba como «una vuelta de mano», (durante esta introducción se veían en la pantalla perros, delfines, cerdos, gatos, cuervos, primates, etc). Luego seguía explicando que durante años se dieron a la tarea de investigar, en profundidad, el cerebro de varias especies para ampliar sus capacidades y hacerlas más «inteligentes» (lo decía así, haciendo el gesto de comillas con los dedos), y que por casualidad dieron con la solución: «Las nanomáquinas». En ese momento la cámara hacía un close-up a un microscopio y con un efecto televisivo daba la impresión que viajábamos a través de él, entonces nos encontrábamos con miles de pequeñísimos artefactos, casi trasparentes, moviéndose todos en distintas direcciones; parecían más espermatozoides o bacterias que máquinas, pero ahí, el asiático explicaba que si bien los nanorobot hace ya años, se estaban desarrollando, ellos habían descubierto la forma de reproducirlos sin la necesidad de otra intervención que el empuje inicial, es decir, introduciendo una cantidad mínima de nanomáquinas programadas para una tarea específica en el organismo, daban por resultado las suficientes para desarrollar y mantener diferentes modificaciones a nivel celular en las especies, eso, más un tiempo necesario de espera, conducía al milagro. Sí, lo hacía parecer muy sencillo, claro, era un comercial.

    Varias empresas, gobiernos y movimientos sociales se opusieron a la manipulación de las especies, pero el caso es que las patentes, los permisos y todo lo relacionado con lo legal y/o comercial ya estaba cubierto y nada ni nadie pudo parar la fiebre. Fue como la revolución anticonceptiva de los años sesenta.Todos querían, perdón, todos «debían» implantar las nanomáquinas en sus mascotas; imagínense, escucharlas hablar, saber qué piensan, qué sienten; fue maravilloso, fue verdaderamente una revolución mundial. Con solo darle de tomar una pequeña capsulita, el animalito, a las semanas comenzaba a dar muestras de una inteligencia superior, y después de algunos meses, a comunicarse verbalmente (les aclaro, no era que hablaran fluidamente como un humano, sino que con palabras básicas en el idioma que se les enseñaba. Podían aprender, dependiendo de la especie, unas 100 o 200 palabras creando con ellas oraciones medianamente complejas, además, dependiendo de la capacidad fonética de cada animal, la pronunciación era muy a nivel onomatopéyico o un poco superior, pero de todas formas, suficiente para el entendimiento con su amo).

    Para el año 2017 ya no era novedad escuchar hablar a un perro o a un gato en la calle, incluso, hubo un juicio en Inglaterra en que se llamó a declarar a la mascota de la familia, un perro, para desenmascarar a un padre abusador. Todos nos acostumbramos rápidamente al cambio, los grupos y gobiernos que antes se oponían a la abc de a poco fueron aplacando sus opiniones dando paso a un diálogo más constructivo, es más, varios miembros de grupos pro-animales aparecían en comerciales testimoniales avalando el uso de las nanomáquinas o «nano» (así las llamaron comercialmente) en sus mascotas, explicando cómo la vida les había cambiado después de comunicarse con ellas e incentivando a la gente a que las usara.

    ¿Se han dado cuenta que antes de una gran tormenta existen unos minutos en que todo es calma y paz, sopla un viento tibio muy agradable, e incluso se produce un extraño silencio?; en ese instante uno presiente que, aunque todo parece normal, el ambiente se está electrizando; las piezas se están ordenando para que de un momento a otro se desate el vendaval. El mundo vivió así, como esperando que algo pasara, hasta el año 2022. Fue en el Mundial de Fútbol que ese año correspondió organizarlo a Chile y a Argentina, cuando el equipo japonés ganó la copa sin perder ni un solo partido (control antidoping mediante). Jugaban casi sin mirarse, «de memoria», pero mejor; sabían exactamente qué haría el compañero en el momento preciso, sus pases eran exactos en tiempo y distancia; arrasaron en casi todos sus encuentros: Japón v/s Chile 12-4, Japón v/s Inglaterra 8-0, Japón v/s Brasil 9-1, Japón v/s Nigeria 10-3, Japón v/s Argentina 9-3; y así, todos los resultados fueron sospechosamente favorables para los asiáticos. Fue así como llegó la tormenta: «Los asiáticos habían utilizado las nano para mejorar el rendimiento de sus atletas», esa fue la conclusión mundial. En una primera instancia se manejó el problema desde la perspectiva deportiva, se llamó a declarar en la fifa a los representantes de la selección japonesa, pero estos negaron todo; luego se les practicaron exámenes a todos los jugadores, pero no se pudo comprobar nada. Los gobiernos, viendo que las investigaciones eran infructuosas, decidieron intervenir en el proceso y llevarlo al nivel político. La onu llamó a la directiva de la abc a declarar al respecto, ellos enviaron a sus abogados y, pruebas mediante, los leguleyos comprobaron que la abc nunca dispuso pruebas de nano en humanos y el caso se cerró. Japón retuvo el título mundial de fútbol, pero por poco tiempo.

    Ocurrió algo insospechado. De todos los hombres de la selección nipona, al año siguiente, solo siguieron jugando dos; los demás se retiraron de sus respectivos clubes aduciendo problemas personales. Los programas deportivos daban la noticia irónicamente, como diciendo que ninguno pudo con el peso de sus conciencias y optaron por renunciar a seguir con la farsa que les habían obligado a sostener. Después de unos meses de la renuncia, uno de los ex-seleccionados dio una entrevista que fue retransmitida en todo el mundo. Lo verdaderamente asombroso no fue lo que dijo, sino cómo se comportaba, era como estar viendo a una especie de Lama hablar, irradiaba la paz e inocencia propia de un niño, pero hablaba

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