Las flores del desván
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Las flores del desván - María Belén Almohalla Martín
© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
info@Letrame.com
© María Belén Almohalla Martín
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz
Diseño de cubierta: Rubén García
Ilustraciones de interior y portada: Lucía Navas Almohalla @liamskot
Supervisión de corrección: Celia Jiménez
ISBN: 979-13-7012-540-0
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.
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A mi hija Pilar, por su ayuda y sus correcciones, y a mi hija Lucía, por sus ilustraciones. Sin ellas, nada de esto hubiera sido posible.
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«Ser un buen recuerdo en la vida de alguien es una forma de quedarse para siempre ».
—Joaquín Sabina
Prólogo
Isabel peina los rizos rojizos de su hija, Teresa. Tiene tres años. Ha heredado el pelo de su madre y los ojos color miel de su padre. Isabel le había dicho que hoy subirían a jugar al desván. Pasan las escaleras agarradas de la mano. A Teresa le encanta ese lugar, y también le encanta a su madre. Isabel le ha dicho a su hija que el desván había sido la habitación de juegos de una niña que había vivido en aquella casa hace ya mucho tiempo. La gatita de la casa las acompaña siempre que suben al desván, y se podría decir que a ella también le gusta. Cuando abren la puerta, un rayo de sol entra por la pequeña ventana e ilumina la habitación. Todo sigue igual que cuando aquella otra niña jugaba allí. Teresa va directa a por el libro que hay en la mesilla guardado, lo coge con sus pequeñas manos y lo lleva a la mesa donde suele sentarse con su madre para leerlo. Es un libro que tiene unos dibujos muy bonitos y siempre le ha encantado. Tiene una atracción particular. Teresa coge a la gata en brazos y espera a que su madre se siente con ella para empezar a leerlo.
¿Son los gatos animales mágicos?
Capítulo 1
Sonaban las doce horas del mediodía en el reloj de la catedral. Isabel y Marco esperaban a María, la agente inmobiliaria, que llegó con paso apresurado y puntual como tenía costumbre. Saludando a la pareja sacó del bolso un manojo de llaves, y empezó a abrir la puerta de la casa. Se resistió un par de veces la cerradura hasta que la puerta cedió.
—Pasad —dijo María apartándose hacia un lado y dejando sitio para Isabel y Marco.
Nada más entrar en el portal, una mezcla de olores se coló por la nariz de Isabel: humedad, madera, olores cítricos y otro olor especial que en ese momento no supo distinguir.
La puerta de la calle era de medio arco, con vidrieras en la parte de arriba que dejaban pasar los rayos del sol al portal.
La casa era de tres plantas y con un patio con diversos árboles frutales: un limonero, un naranjo, un peral y unas parras, que por sus troncos debían de ser muy antiguas. Las hierbas silvestres se habían apoderado de los arriates. Dos gatos que estaban tumbados al sol salieron saltando por los tejados, mientras un tercero, gris, se quedó mirando a las tres personas que entraban en el patio.
La planta baja tenía tres habitaciones, un baño y una cocina-comedor por la que se salía al patio. Había algunos muebles muy antiguos, como el recibidor del portal, de madera de castaño, sobre el que se sujetaba un espejo de gran altura. En el portal había una puerta que daba a una habitación con un escritorio. A juego con el escritorio, había unas sillas con las patas torneadas, todo ello también de madera de castaño. Detrás del escritorio se encontraban unas estanterías hechas a medida, con sus puertas y cajones. Allí se guardaban gran cantidad de libros, todos ellos de hace tiempo.
La primera planta constaba de tres habitaciones habitables y una cuarta oscura, sin ventana. Una de las habitaciones era más amplia que las demás y posiblemente había sido la habitación de matrimonio. Las otras dos eran un poco más pequeñas pero igualmente luminosas: una daba a la calle Albaicín y la otra al patio. Una de ellas tenía un diván tapizado en un color azul turquesa y sillas y mesa a juego, algunas mesitas, lámparas de pie y alguna otra cosa. Esta planta también contaba con un baño, un salón que daba a la calle y una cocina amplia. De la cocina salían unas escaleras para poder bajar al patio desde la primera planta.
La segunda planta se dividía en dos habitaciones, un saloncito pequeño y un baño; siguiendo las escaleras a la izquierda había una terraza que daba al patio; y a su derecha, el desván. La puerta se resistió a abrirse al igual que la puerta de la calle, y al entrar en el desván una paloma pasó sobrevolando la cabeza de Isabel y salió por un ventanuco que tenía roto un cristal. La joven lanzó un grito y con las manos se cubrió la cabeza. El mismo olor pero más intenso que al entrar en la casa volvió a Isabel. Lo reconoció como flor de lavanda y una sensación de bienestar la atrapó en aquel lugar.
Marco trató de tapar con un cartón la pequeña ventana para así evitar que volviera a colarse algún otro pájaro en la estancia.
En el desván estaba todo cubierto por sábanas. Por el polvo que se encontraba allí, hacía tiempo que nadie tocaba esos muebles. Una mancha negra en el techo delataba el mal estado del tejado. La casa tenía humedades, sobre todo en la parte de abajo. Las paredes necesitaban una mano de pintura y había algunas grietas que había que tapar.
Marco e Isabel se miraron entusiasmados. De todas las casas que habían visto de la parte antigua, sería esta, la de las Cuatro Calles, la casa que más les había encantado; tendrían trabajo duro por delante, pues necesitaba arreglos y reformas, pero merecía la pena. Además Isabel sabía que se quedarían con la casa nada más poner un pie en ella, por la extraña energía que se había apoderado de la joven.
Un año después de atravesar por primera vez la puerta de la casa Isabel y Marco se quedaron a vivir definitivamente.
Habían dejado la habitación de la parte de abajo con las estanterías como biblioteca. En esa misma planta, la cocina estaba ya hecha de obra, y tan solo había sido necesaria una restauración. La habitación oscura había sido habilitada como cuarto de baño y unida a la habitación principal que daba a la calle. Los muebles de la casa los habían restaurado y aprovechado todo lo que pudieron.
Cuando quitaron las sábanas del desván descubrieron una sala de juegos de algún niño que había vivido allí, quizás hacía ya mucho tiempo. Encontraron un baúl, una cómoda, una mesa con dos sillas, una camita pequeña y una mesita de noche. Se complementaba con unas muñecas de porcelana, libros y unos juegos infantiles, todos muy bien cuidados.
Quedaban algunas cosas por poner y restaurar, pero ya estaba listo para empezar a vivir.
Capítulo 2
Era una noche calurosa de principios de julio. Habían pasado tan solo unos días desde que había finalizado la fiesta grande de la ciudad, y ahora volvía el silencio y la quietud tras el bullicio y el griterío.
Isabel se recogió el pelo rojizo y rizado en un moño alto. Después de preparar la cena cogió los platos y los llevó a una mesa que tenían en el patio. Allí se estaba más fresco. La luna llena iluminaba con resplandor el cielo.
