Primero estaba el hielo
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Primero estaba el hielo - John Jairo Saldarriaga Londoño
Primero estaba el hielo
Primero estaba el hielo
John Saldarriaga
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Primero estaba el hielo
© John Saldarriaga
© Institución creditoblanespa
Universitaria de Envigado, (IUE)
Colección Literaria
Edición: septiembre 2024
Publicación electrónica: septiembre 2024
Publicación impresa: enero 2025
Institución Universitaria de Envigado
Rector
Rafael Alejandro Betancourt
Vicerrector de docencia
David Alberto Londoño Vásquez
Jefe de Biblioteca
Juan Paulo Vélez
Equipo Editorial
Coordinadora Fondo Editorial
Ladis Frías Cano
Asesora editorial
Juana María Alzate
Asistente editorial
Nube Úsuga Cifuentes
Corrección de texto
Tómas Vásquez
Diagramación
Leonardo Sánchez Perea
Editado en Institución Universitaria de Envigado
Fondo Editorial IUE
publicaciones@iue.edu.co
Institución Universitaria de Envigado
Carrera 27 B # 39 A Sur 57 - Envigado Colombia
www.iue.edu.co
Tel: (+4) 604 339 10 10 ext. 1524
Impreso en Colombia – Printed in Colombia
Prohibida la reproducción total o parcial del libro, en cualquier medio o para cualquier propósito, sin la autorización escrita del autor(es) o del Fondo Editorial IUE.
El contenido de esta obra corresponde al derecho de expresión del autor y no compromete el pensamiento institucional de la Universidad de Antioquia, de la Institución Universitaria de Envigado, ni desata su responsabilidad frente a terceros. El autor asume la responsabilidad por los derechos de autor y conexos.
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En verdad, no hay respuesta para nada. Y nada es cuanto existe.
Taylor Caldwel, en Médico de cuerpos y de almas.
Quizás entonces pensarás que nada hay tan fantástico como la vida real y que, a fin de cuentas, al poeta solo le es dado reproducirla, como un oscuro reflejo en un espejo mate.
Ernst Theodor Amadeus Hoffmann, en «El hombre de arena».
Presentación
El conjunto de relatos de este volumen parte de la certeza de no tener ninguna certeza o, mejor, de la intuición de que la incertidumbre rige la vida. La realidad es relativa e inasible. Por tal razón, en algún momento estuve tentado a titularlo: Realidad, sustancia inestable, como si de un gas radioactivo se tratara. Si no lo hice y opté más bien por nombrarlo Primero estaba el hielo, como uno de los relatos —uno que podría interpretarse como distopía producto del cambio climático—, es porque preferí un título menos abstracto que pudiera fijarse con más sencillez en la mente de los lectores.
Juan de Arco
Tú inspiras toda la música de la Naturaleza
con la multisonante y armoniosa lira.
Tan pronto termina el acorde en un tono dulcísimo,
como en modulaciones divinas suena la cuerda aguda.
Orfeo
, en el himno A Apolo.
Juan de Arco nació para la música. Antes de dar sus primeros pasos, hacía sonar tarros, cajones y jarras. Se emocionaba con los rugidos de los truenos, los sonidos de los animales, el ruido del agua. Se solazaba con el ulular del viento. Se estremecía con el silencio de las piedras, que para él era otra suerte de sonido. Cuando creció unos cuantos centímetros y podía desplazarse aunque torpemente por su casa, una de las más humildes de la aldea, metía sus manos en los sacos de semillas de la cocina, arvejas, lentejas, habas, todo eso, las agarraba por puñados y las introducía en botellas vacías del aguardiente de su padre, solo con el fin de agitarlas y hacerlas sonar como maracas. Tamborileaba con sus manitas en el cristal de la ventana. Se quedaba con la cuchara del almuerzo para sacarle sonidos diáfanos al plato de loza, al vaso de cristal y al pocillo de peltre, y otros sordos al madero de la mesa. Cuando llegó a los noventa y cinco centímetros de estatura, cada mañana recogía hojas del laurel del patio y, como si alguna voz le dictara qué hacer, las guardaba en sus axilas hasta que el sol se ponía. Las sacaba de allí cuando estaban flácidas y amarillentas y las llevaba a sus labios para arrancarles sonidos de flauta traversa. Con el tiempo, las resonancias que emitía con estas hojas no eran accidentales, sino las correspondientes a creaciones conocidas como el himno nacional o las canciones tradicionales.
La sonoridad producía en Juan de Arco un arrobamiento inefable. Cantaba. Cuando se quedaba solo —bueno, un sujeto así siempre está solo; sus dos hermanos mayores trabajaban, siendo apenas un poco mayores que él, en la tienda de abarrotes del caserío y su padre manejaba la azada—, cantaba canciones con letras incoherentes que iba improvisando mientras miraba el río.
Por el firmamento amarillo
vuelan las vacas violetas
Antes de cantar, antes de que entendiera lo que decían las canciones, Juan de Arco repetía solamente la, la, la cuando estaba alegre y ababuy si se sentía triste. Y estaba convencido de que los cánticos que interpretaban los artistas en las ferias del pueblo, a las que acudía de la mano de su padre, y los que pasaban en la radio, no podían referirse a asuntos cotidianos u ordinarios. Debían contar historias sobrenaturales y sublimes, valiéndose de palabras extrañas, solo hechas para la música y, por supuesto, distintas a las que se usan al hablar. Cuando entendió por primera vez la letra de una canción, al principio, se sintió defraudado.
¡Qué puedo hacer yo, Dios mío, si ella fue mi amor
primero, si todavía la quiero, qué puedo hacer yo, Dios mío!
¡Qué pena! Cómo pueden las canciones mencionar «amor», «Dios», «puedo», «ella», «yo»... unas palabras tan comunes, usadas en las conversaciones triviales y hasta en los chismes cotidianos de la barbería a la que su padre lo llevaba. Le parecía un tanto vulgar. Se lamentó. Con los días, se resignó. Y con otros más, comenzó a hallarle a este asunto algo ventajoso: de este modo, se dijo, hasta él, que apenas leía y garrapateaba las letras del alfabeto, en breve escribiría palabras y compondría oraciones, es decir, podría hacer canciones. Total, cualquier cosa, lo que uno quiera, se puede cantar.
La abuela llora, el río se va rápido como si llevara prisa
el aire es un caballo blanco y negro que no tiene ruedas
la espuma
Quién podía decirle que esas no eran canciones. Nadie. Lo mismo, nadie podía señalarle que los sonidos que él creaba no eran música.
Ninguna de las persona de su casa, ni abuelos ni tíos ni primos ni padres ni hermanos mayores, se habían dedicado jamás al arte y menos al arte de los sonidos. Todos ignoraban de dónde había sacado ese espíritu musical. Tampoco había habido en la pequeña aldea un vecino que tocara siquiera la armónica. Para el bazar de San Isidro de la Iglesia, ese santo del cual aprendió pronto que era labrador y tenía el poder de quitar el agua y poner el sol, costaba trabajo encontrar quién tocara la guitarra o hiciera trovas para divertir a la multitud agolpada contra la tarima de los remates de utensilios y animales domésticos.
Era un chico de seis años cuando aprendió a silbar. Supuso que para perfeccionar este arte debía comer uvas: una de estas frutas cabía perfecta en el hueco de los labios dispuesto a la salida del aire. Imitaba los cantos de los pájaros: el sinsonte, el turpial, el canario, el arrendajo, la calandria. Y aprendió a seguir las canciones populares con el silbo. Una mañana, despertó con la idea de que tenía una melodía en la cabeza. Ocho sonidos sencillos y melosos, separados por breves silencios, que le salían naturales como un manantial. Y los entonó de ida a la escuela y de regreso. En los descansos y durante la clase de dibujo. Por los campos, cuando iba a buscar a su padre. No abandonaba ese silbo para nada. Se le pegó como una sanguijuela. Se dormía repitiéndolo, soñaba con esa melodía y al despertar era lo primero que emitía. Se la enseñó a sus hermanos cuando llegaban cansados a casa, a su madre en la cocina, a su padre mientras bebía. Podía ser el principio de algo mayor o, por qué no, dejarla así.
Dejó de imitar el canto de los pájaros y de seguir las melodías de las canciones. Encontraba más deleite en repetir su propia creación sonora.
Junto al río, silbaba su tonada de ocho notas, que no podía escribir porque aún no sabía solfeo, y si bien notaba que las aves se quedaban cerca de él, en las ramas de los árboles, no podía adivinar que una de ellas, habitante permanente del manzano, el níspero y el mango que daban sombra a su casa, lo escuchaba con el mismo interés con el que él oía los cantos de los pájaros, a quienes consideraba sus maestros.
Pasaron los días. Juan de Arco comenzó a oír, desde el amanecer hasta la media mañana, y desde el atardecer hasta las ocho de la noche, cuando ya estaba muy oscuro, su melodía silbada por otro. ¿Por quién? Al principio creyó que su madre o alguien de la casa se la habían escuchado y la había aprendido de tanto oírla. Pero no era así. Una vez descubrió que su madre dormía, su padre se enajenaba en alcohol y sus hermanos no habían regresado a casa y, sin embargo, seguía oyendo su creación. Era una interpretación tan fidedigna, un silbido tan diáfano, que quiso hallar a su intérprete, no para reclamarle el crédito de la composición; para pedirle ayuda en el perfeccionamiento de su arte. Buscó su procedencia. Le costó creerlo: un pájaro de cuerpo verde, cabeza negra y blanca, y cola larga y azul, posado en una rama del manzano, era el que repetía una y otra vez la melodía, sin pausa, como un condenado.
Se sintió feliz de que un ave, uno de los inventores naturales de la música, hubiera tomado esa humilde obra para incorporarla a su repertorio.
Y Juan de Arco sonrió.
Andando los años, ya adulto y, después, ya viejo, Juan de Arco escucha, no ya en un solo sitio, no ya a un solo pájaro, sino a muchos de la misma especie, cantar su tonada y en diversas regiones. Adivina que ese vecino alado de su infancia les transmitió ese canto a sus hermanos, a su hembra, a sus hijos y estos después a los suyos. Lo hicieron propio para cantarlo desde el amanecer hasta la media mañana y desde el atardecer hasta bien entrada la noche. A nadie le ha revelado jamás este aporte a la Naturaleza, modesto y gigantesco a la vez.
